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Sigo

Se cierra un ciclo, se inicia otro. Se supera una etapa, se emprende otra nueva. El camino que trazan mis pasos sigue haciéndose. Atrás queda lo avanzado -desvíos, interrupciones, callejones sin salida incluidos. De todo se encuentra uno cuando se pone en ruta.

Aguardan ahora nuevos proyectos, distintos a los anteriores y, sin embargo, íntimamente emparentados, pues todo no deja de ser un continuo.

Esta será la última entrada a este blog. En breve lo desactivaré. De ahora en adelante seguiré compartiendo historias, impresiones de aquí y de allá en este otro https://mariajesusortizmoreiro.wordpress.com/

Gracias, muchas, infinitas a quienes de aquí y de allá me habéis acompañado.

No es esto, por tanto, una despedida. Es un hasta dentro de un rato.

 

Detalle de escultura | Museo George Kolbe, Berlín ©MOrtiz

 

 

Aquí arriba las palabras no sirven. Se las lleva el viento, que quiere llevarme a mí también y me bandea, a ver si cedo, desde poniente, desde levante. Levanta mi blusa, enreda mi pelo, me ataca por todos los frentes.

Me rindo. ¿Qué, si no, puedo hacer ante esto que es brisa allí abajo, pero que aquí, entre campanas, bien tiene hoy ganado el nombre de “airazo” que Guadix le presta cuando sopla con este empeño?

Mi vista echa a volar sobre los cerros, los tejados, la sierra, la vega, que le hablan de tú a tú a la torre donde estoy, lenguaje que tal vez las aves alcancen a entender, con la venia, ¡claro!, de las corrientes que entran y salen del campanario, que llenan y envuelven las campanas y a mí, aquí pluma, polvo, sin palabras.

 

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Si febrero fuera una moneda, por un lado tendría acuñado “amor” y, por el otro, Andalucía. La onomástica de San Valentín y el día de la región comparten algo más que hoja de calendario y para mí son cara y cruz, cruz y cara de una misma realidad.

Hay diferentes maneras de amar, pero resulta complicado hablar de amor sin que lleve aparejados la generosidad y el desprendimiento. La cara del amor es el gozo de vivirlo. La cruz, aceptar sus cláusulas, algunas difíciles de asumir, como esta de dar sin esperar nada a cambio o esa otra de practicarlo desterrando miedos siempre dispuestos a convertirlo en lo que no es.

También uno tiene distintos modos de sentirse unido al lugar donde vino al mundo (desde quien hace ostentación del desafecto, pasando por aquel para quien es un hecho irrelevante, hasta el que considera el vínculo como parte de su esencia), pero solo uno de hablar de amor a la tierra y es que lleve aparejadas las condiciones que hacen del amor el sentimiento que es, como quererla con generosidad y desprendimiento.

Llevo un par de décadas sin residir de continuo en Guadix, donde me crie. Hoy día más de 3.000 kilómetros me separan de aquel rincón hermoso de Andalucía donde tengo amigos, hermanos, padres. Sin embargo, hay cosicas en mi forma de mirar, de escuchar, en mi idea de la luz, de las sombras, del color, del calor, en cómo hablo y me muevo al hacerlo, que reconozco en otros que habitan bajo aquel sol, mismas que me permiten no sentirme bicho raro cuando voy de visita. Son cara, algunas; otras, cruz, pero todas, mi presente y ¡bien a gusto que convivo con ellas!, tanto que defiendo esta unión mía a la tierra y correspondo al vínculo escribiendo con frecuencia sobre su paisaje y paisanaje, a veces sobre su cara, otras sobre su cruz, pero procurando siempre poner en valor sus costumbres genuinas, sus personajes pintorescos, sus modismos y expresiones peculiares. Estas singularidades se suman a las otras muchas que hacen de Andalucía una apabullante obra polifónica que se ha ido componiendo a lo largo de sus muchos siglos de historia. Normal que toque la fibra sensible de quien sea llegado de donde quiera; en algo de lo mucho que engloba tiene que verse ¡irremediablemente! Esta Andalucía inmensa, inabarcable en un tuit, un mitin, un programa de televisión es la que siento en mí y a la que aporto desde mi condición de accitana practicante y desde la convicción de que, cuanto más la amo, menos me pertenece. Andalucía y amor, amor y Andalucía, esa moneda que me da febrero.

En la misma medida en la que me pierde seguir el rastro de lo auténtico, declino tomarlo como factor que sirva para excluir y rechazar. Abundan estos días, suele ocurrir, lecciones sobre el “buen andaluz”, como si el sentir fuera homogéneo o como si entusiasmarse con cualquiera de sus diversas facetas, dimensiones, manifestaciones fuera una facultad exclusiva de y para los allí nacidos. Se creen quienes las pregonan que están haciendo un gran favor a “su” tierra, pero más bien la empequeñecen.

Me dijo en cierta ocasión uno de mis alumnos que la erre española suena como cuando rasga las cuerdas de su guitarra. Concentró en su boca toda la fuerza que pudo reunir para pronunciar con la contundencia necesaria la doble erre de “guitarra”, queriendo emular el rasguido con su voz. Ducho en el violín y con conocimientos de italiano, ha cambiado de instrumento y de idioma de aprendizaje tras su paso por Málaga, provincia que ha visitado varias veces. Málaga, es evidente, ha pasado a través de él. Nunca antes nadie de allí bajos me había hecho un comentario tan finamente hilado como este, venido de un alemán recién iniciado en la técnica flamenca, al que le ha bastado oír bien para poner palabras a sus sensaciones. Nada nos pertenece, mucho menos el terruño en el que nos parieron. Cualquiera de donde sea con los sentidos afilados y el corazón abierto a lo que la tierra ofrezca, puede encontrar en ella ese puerto en el que echar el ancla. Claro que cuando se ama la tierra en la que se nace, la gracia es completa y las gracias, nunca totalmente dadas ni la relación suficientemente correspondida.

 

Amor y Andalucía, Andalucía y amor

Quince (II)

No puedo dejar de pensar en él. He probado a no mirarle, a no cruzarme en su camino, a no nombrarle. También lo contrario. A perseguirle y hacerme la encontradiza, a buscar la amistad de sus colegas, a entusiasmarme con sus aficiones. Nada funciona.

No es guapo ni simpático ni de buenas notas. Sin embargo, no me lo quito de la cabeza. No llegan a quince los minutos sumados de todas nuestras conversaciones -y somos compañeros desde hace años-, pero cada frase, cada silencio, cada gesto suyo durante esos quince minutos cara a cara se me reproducen a cada instante una y otra vez.

¿Cómo era yo cuando él no estaba en mi vida? ¿En qué pensaba? ¿Qué hacía? En la estantería de mi cuarto hay libros, muchos, de dinosaurios, hadas, unicornios los más viejos. Quiero recordar que los leía y me gustaban. Qué más… Siguen bajo la cama las cajas de piezas de construcciones. Levantaba torres altas. Tengo una foto en el corcho en la que aparezco junto a una pila de bloques tan grande como yo.

A ver, qué más tengo… Ropa. En el armario tengo mucha ropa. También disfraces. Antiguos, de cuando cría, y de no hace mucho, con purpurinas, lentejuelas, tules. Solía disfrazarme. Ahora no. Es algo tonto disfrazarse. Quizás debería donarlos, si es que no me los voy a poner. Yo qué sé. Solo sé que él no sale de mi cabeza. Qué sé yo qué me está pasando, qué me está haciendo… ¿Qué hora será ya?

No soporto a Martin. Ahí está, con su corte de lameculos. No sé cómo le ríen las gracias. ¡Si es estúpido, presumido, mentiroso, y mucho! Pero ahí están. Patéticos… Él no. Tal vez por eso lo admiro. Bueno, no solo por esto, pero por esto también, porque no le baila el agua al imbécil de Martin. ¿Por qué me miras, eh? Podría potarte ahora mismo en tus morros. Eso tendría que hacer tu camarilla. Potarte en tu cara de mocoso. Pero no, ellos te adoran.

Es tarde. ¿Y el autobús?

¿Cómo? ¿Cómo te atreves a nombrar ahora a Emil? ¿Cómo te pones su nombre en tu boca? Sophie me sonríe. Boba, pero linda. Sophie susurra a su manera, que es dando voces, que…  Podrías disimular mejor, Sophie, pienso y le respondo abriendo mucho los ojos, mis ojos, como faros de alarma. Martin se ha dado cuenta de que os tiene de público. ¡Martin, que no te aguanto! ¿Y si cojo el andador del viejo ese y te arrollo con él? Un par de pasadas serían suficientes para acabar con esa risa tuya de idiota. Ensucias todo lo que piensas, lo que tocas, lo que nombras. Emil…

¡Tardísimo! Y media… ¡Y cuánta gente! ¡Mierda de autobús, mierda de gente, mierda de todo! Antes de Emil todo tuvo que ser distinto.

Sí, sí que lo era…

La medalla. Colgada de una esquina del corcho está la medalla que gané patinando en mi primer invierno en el colegio. Eso fue antes de Emil… Me regalaron dos entradas para el cine. Fui con Sophie a ver… ¡sí, aquella película! Tenía el vestido de aquella princesa y estuches, sábanas, de todo con ella. Quiero tirar la medalla, pero mamá insiste en que no estorba, aunque en realidad, sí, porque se está cayendo continuamente. Hasta tiene los bordes descascarillados de tanta caída…

También quiero bajar al contenedor el lienzo que manché -papá dice que “pinté”- en el jardín de infancia. “¡Pero si es un cuadro muy bonito, Lisa!”, comenta siempre que propongo deshacerme de él. Solo veo las huellas de unos dedos churretosos. Un cuadro, dice…

Un cuadro, por cierto, tengo que pintar para el proyecto de plástica. ¿Y qué mancho? ¿Otro árbol de dedos?

Un árbol no. ¡Muchos! Será un bosque, un bosque en otoño… Con la palma de la mano estamparé troncos; con los dedos, ramas; con la punta, hojas. Muchas. Usaré colores. Tantos como encuentre. Habrá lluvia. Hará viento. Saldrá el sol. Llegará…

“¡Viene!”, avisa Sophie. Sí, viene el bus. Puf, menos cuarto. ¿Quince? ¡Sí, quince minutos sin pensar en él! Quince justos, como quince son nuestros minutos conversados. ¡Qué coincidencia! “Quince”, digo. Sophie lo escucha. No lo entiende, pero sonríe. ¡Qué boba, qué linda es! Quince. Es una señal, ¡sí! No es mucho, pero es algo. Es el inicio de algo.

 

 

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de diciembre de 2018

*Relato derivado de lo que me pasó no hace mucho en una parada de autobús. Puede leerlo aquí

Quince

No puedo dejar de pensar en él. He probado a no mirarle, a no cruzarme en su camino, a no nombrarle. También lo contrario. A perseguirle y hacerme la encontradiza, a buscar la amistad de sus colegas, a entusiasmarme con sus aficiones. Nada funciona.

No es guapo ni simpático ni de buenas notas. Sin embargo, no me lo quito de la cabeza. No llegan a quince los minutos sumados de todas nuestras conversaciones -y somos compañeros desde hace años-, pero cada frase, cada silencio, cada gesto suyo durante esos quince minutos cara a cara se me reproducen a cada instante una y otra vez.

Este par de párrafos me vienen susurrados de la escena de la que he sido testigo hace poco. Lo bueno de cuando el urbano se retrasa es que, en ocasiones, en especial cuando se acumula en la parada de autobús un número considerable de viajeros, se tiene el privilegio de tomar parte en dramas dignos del escenario más exigente. El tono y complejidad de la trama varían en función de la materia prima congregada y de los factores que tensen la intriga.

Pues bien. Además de abueletes con andadores, mamás con carricoches, señoras con cestitas, unos cuantos fumadores separados entre sí y del resto y otros tantos que podrían clasificarnos como “otros tantos”, sin más aquel, había entonces adolescentes enmochilados. Algunos se arremolinaban en torno a uno que destacaba por ser el más alto y tener una voz grave que contrastaba con su cara de crío, herencia de una infancia aún cercana. Los que con él estaban eran claramente coro y reían y hablaban sin pisar los compases del solista. A poca distancia un grupo de chicas y chicos tenían la parabólica apuntando al satélite anterior: sus comentarios, escasos y espaciados, se referían a los otros. Fuera de órbita, sentada en el banco bajo la marquesina, había una niña. Bueno, tenía cuerpo de niña. La expresión del rostro, sus movimientos eran, sin embargo, propios de alguien con mucho vivido. Miraba hacia acá, hacia allá sin ningún afán. De los de la parabólica recibía alguna pregunta. Quedaba sin responder. Como mucho, movía la cabeza de abajo a arriba -y de arriba a abajo- o de derecha a izquierda -e izquierda a derecha-. Miraba el reloj. Dudo que se acordase después de la hora, de ahí que lo tuviera que consultar varias veces. Miraba a los de los andadores, pero no creo que más tarde lograse recordar detalle alguno, ni siquiera el más sobresaliente, de quienes los empujaban. Miraba, pero quién sabe qué veía. Miraba en dirección al larguirucho, pero no a él. Tampoco de continuo. Cuando lo hacía, apretaba las manos, que tenía agarrando los bordes del asiento, con más y más fuerza. No era por odio ni envidia ni rabia ni furia ni miedo ni celos. Reunía esa pena, esa decepción, esa impotencia, esa soledad, ese desarraigo de quienes sufren mal de amores. “Fünfzehn” (quince), soltó cuando pasó cerca de mí al llegar el bus. ¿Por qué diría lo que dijo? Una del grupo mixto sonrió pazguata. Un chaval que iba con ellas saludó a uno del clan del desgarbado. Subieron todos al piso de arriba y me dejaron a mí en el de abajo con un corazón roto y, como he comprobado cuando me he sentado a escribir, con la posibilidad de recomponerlo y devolvérselo arreglado hablando sobre ello -compartiré el relato completo en breve-. ¡Y yo que pensaba tratar hoy cosas importantes, esas cosicas que a políticos y votantes nos mantienen entretenidos ahora que estamos a nada de las andaluzas! De esto tenía un borrador del que he salvado el título, “Quince”, por venir muy a cuento del teatrillo de la parada de autobús. En mi idea original me atrevía a darle al olvido un plazo de quince días después de las elecciones para que disolviera las promesas que están aireando unos y otros para nuestra comarca y que, noblotes nosotros, tomamos por sinceras. Ya se encargará ya la vida, que es muy suya, de hacer añicos nuestras esperanzas y lamentaremos entonces haber vuelto a caer en la trampa de siempre. ¡Si va a ser que este otro escrito también iba de penas del alma, de decepción, de impotencia, de soledad, de desarraigo!

 

 

 

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de noviembre de 2018