Feeds:
Entradas
Comentarios

¿Que qué es el Cascamorras? Es color -¡sin duda!-: ocres, almagre, azul, verde. Mientras observo a unas muchachas pintarrajeadas de colorines a apenas dos metros de mí, me salta, inevitablemente, la imagen de la marabunta multicolor cascamorrera. ¡No tengo remedio! y, pese a los miles de kilómetros que me separan de mi tierra, viven esperando la oportunidad de ser sacados a colación escenas, sonidos, texturas, sabores y olores que guardo de Guadix y aprovechan para ello casi cualquier excusa. Bueno, en este caso la evocación viene bastante a cuento, porque las chavalas van vestidas de guisa parecida a como uno queda tras la carrera del 9 de septiembre; y preciso del día 9 porque la indumentaria de mis compañeras de vagón es más como esa con la que se desfila por las calles accitanas, que a como se hace en Baza el día 6, cuando el negro cobra un protagonismo indiscutible sobre cualquier matiz colorista.

Ropas, las de las chicas, empercudías de pinturas y, además, empapadas, a lo que ha contribuido el chaparrón monumental que está cayendo desde hace un buen rato. Imposible no mojarse, por mucho paraguas, mucha katiuska, mucho transporte que coja uno. ¡Ay! Complicada pareja la que forman verano y Berlín. Pese a que tienen días buenos, es una relación tormentosa, y de tormentas vamos bien servidos este año…

Heme, pues, compartiendo trayecto de tren con estas dos… no, ¡espera!, me acabo de dar cuenta de que lo hago con una decena de personas manchadas de pigmentos diversos. Y sí, el golpe de vista me lleva a donde me lleva, al Cascamorras, pero las sensaciones no escalan posiciones hasta alcanzar los sentimientos que hacen latir el corazón cascamorrero. En apariencia, lo que veo aquí puede ser similar a lo de allí, sin embargo, en esencia obedecen a realidades distintas. Esto me reafirma en la idea de que el Cascamorras es color, pero no solo, y si en un futuro se redujera al caparazón visual, su identidad se diluiría y pasaría a ser otra manifestación cultural colorida más, sí, otra más sin más, en un nicho de mercado ya muy saturado, por lo que tendría complicado hacerse hueco. Entraría a competir, por ejemplo, con la Tomatina de Buñol o la traducción desacralizada que Occidente ha hecho de la fiesta religiosa hindú Holi. Precisamente, y según leo cuando llego a casa, esos con quienes he coincidido en el tren venían de un festival de música electrónica que ha incorporado el baño cromático de los rituales de Holi como una actividad más, por supuesto desposeído de su sentido religioso. Pero, insisto, el Cascamorras no juega en esa liga. Queridas cascamorreras, queridos cascamorreros. Para nuestra tranquilidad, el Cascamorras es mucho más que color.

La fiesta sigue una traza singular y genuina y lleva la marca indeleble de la tierra que la alumbró. Por cada aspecto que la define derrama idiosincrasia, lo cual imposibilita cualquier equiparación más allá de la anécdota estética. Este sabor propio es el que despierta interés y por el que continuará habiendo adhesiones.

Como bien sabéis, es algo autóctono de Guadix y de Baza. Sin este contexto, la fiesta será lo que se quiera, pero no el Cascamorras. Fue un albañil accitano el que, según se viene contando, encontró en la Baza recién recristianizada la imagen de una Virgen y, ante el celo de pertenencia que despertó la talla mariana en ambas poblaciones, se resolvió que Guadix mandara un emisario a Baza y, si este lograba llegar al templo de la Merced sin mancha, podría llevársela, lo cual no ha ocurrido en el más de medio milenio que ha transcurrido desde entonces.

José Antonio Escudero, durante su presentación como Cascamorras 2015

El Cascamorras necesita a Guadix y a Baza no ya por cómo comenzó todo, sino por el significado que adquiere en la actualidad, de ser la fiesta en la que se refrenda la buena vecindad de ambas ciudades: no hay ganadores ni perdedores ni espacio para la violencia o la rivalidad. Que, año tras año, Guadix mande su mensajero de colorines y que lo haga con ilusión y ganas, muestra una voluntad por perpetuar el ritual: gentes de todas las edades acompañan al Cascamorras en Baza para mancharlo y que no consiga así su propósito, y en Guadix se le pinta como “reproche” por no haberlo logrado y como aviso para que lo intente la siguiente vez, pero todo desde el cariño a un personaje que es símbolo de hermanamiento entre ambos pueblos. Que la fiesta haya evolucionado en la sana dirección en la que lo ha hecho le otorga un valor añadido muy importante y una fuerza grandísima, la que le viene por los siglos que acumula y por haberse agarrado al noble principio de sustituir la gresca del litigio originario por una ocasión para el encuentro y el disfrute. Planteamiento que bien podríamos extrapolar a casi cualquier situación y dimensión de nuestro día a día.

Desfile del Cascamorras infantil. Guadix, 2015

Para Guadix, que podría considerarse como el bando que sale perdiendo, no conseguir el objetivo no se interpreta como una derrota: el Cascamorras nunca fracasa, pues nunca se da por vencido -lección tampoco menor- y en el intento se persiste.

El Cascamorras tiene demasiado que ver con Baza y Guadix, Guadix y Baza, como para obviar este pequeño gran detalle. En lo que se siente durante las carreras del 6 y el 9 de septiembre el paisaje y el clima tienen, asimismo, mucho que decir. Por los cerros de las Arrodeas emprende el descenso a Baza la comitiva cascamorrera y desde una cueva de la Estación arranca el desfile en Guadix. Ambas localidades están cercadas por montañas, recorridas por ramblas y salpicadas de cerros que la lluvia, el viento y el tiempo modelan a su antojo y que, no obstante, dan permiso a alameas y huertas que crecen bajo un sol que señorea un cielo azul casi a diario. La fiesta hunde sus raíces en una tierra muy concreta, que en Guadix hasta determina los colores de las pinturas: amarillo -sol-, ocres y almagre -cerro de arcilla-, azul -cielo-, verde -vega-. La misma historia cascamorrera empieza en el subsuelo bastetano, donde se hallaba oculta la imagen de la Piedad cuando el accitano Juan Pedernal dio con ella. Solo, por tanto, el Cascamorras puede ser celebrado y vivido en ambos sitios y, por ende, es difícilmente “franquiciable”, si bien, por otro lado, es muy fácilmente vendible, si se hace promocionando la fiesta desde su esencia, considerando todos sus aspectos: el color, ¡claro!, de las atípicas “mejores galas” del “traje de faena”, pero también la misma liturgia que se sigue durante las carreras -no se pringa uno de cualquier manera ni hace lo que quiera cuando le venga en gana-. Qué decir del poso legendario, el valor antropológico, el sentimiento religioso en torno a la Virgen de la Piedad, la impronta local en su puesta en escena, el atractivo magnetismo del entorno natural, el ambiente festivo y distendido que invita a la participación de gentes de todo tipo y procedencia.

Multitud cascamorrera llegando a la iglesia de San Miguel, Guadix (2009)

 

La fiesta del Cascamorras no necesita prescindir de nada de lo que es para pescar nuevas voluntades. Es más. Cautiva por lo que es en su totalidad, por todo lo que significa dentro de unas coordenadas concretas. Hemos de persuadir desde las peculiaridades que la singularizan. Es tan auténtica que, en cuanto los nuevos corredores la vivan in situ, se convertirán, irremediablemente, en cascamorreros convencidos.

 

Desfile del Cascamorras infantil. Guadix. 2015

 

Artículo publicado en el cuadernillo anual que edita la Hermandad accitana de la Virgen de la Piedad

(agosto 2017)

Anuncios

Algo pasa. Vacía se ha quedado la placeta. Sin dueñas, unas sillas de anea puestas en corro. Hasta hace una chispa las ocupaban unas mujeres que andaban remendando ropas que se apilan en un par de canastos de mimbre. Han ido detrás de sus hijos, que han salido corriendo cañá abajo llevados por el griterío. Algo, alguien sube. “¡Que viene, que viene!”, jalea uno. “¡Un coche!”, añade otra. “¡Son los parientes de fulanica!”, concluye un tercero cuando el vehículo está ya a pocos metros. Se siguen sumando vecinos. ¡Menudo revuelo!, proporcional al terreguerío que va levantando el coche, un seiscientos amarillo, color que se intuye bajo el manto pardusco de polvo que lo envuelve. Avanza despacio, de la de gente arremolinada. El conductor, con cientos de kilómetros al volante, desea aparcar de una vez por todas delante de la cueva de sus primos, con quienes pasará, junto a su mujer, las vacaciones de verano. Y confía en que el desenlace se resuelva más pronto que tarde. Tarda, pero lo logra. Alcanzada la meta y, apenas saludados los anfitriones, los recién llegados deciden inmortalizar el momento y sacan rápidamente del equipaje una cámara, su flamante adquisición, para hacerse una foto con los visitados. Y hay quien, previendo que, como con ellos guarda cierto parentesco, tal vez se ofrezcan a retratarla a ella y a los demás que con ella están, deja a su niño entretenío con los otros chiquillos y entra en su cueva como una exhalación, se cambia de delantal, se empolva un poco, se pinta los labios y regresa de inmediato a la placeta. Que no se puede salir de cualquier manera… no, ¡ni hablar!

La llegada de los emigrantes en verano suscitaba siempre interés en el vecindario (Inicios de los 70)

 

Entonces, cuando se tomó la foto de la emigrante y su prima junto al seiscientos, cuando se tomaron fotos como estas de las mujeres zurciendo o la de los músicos de la rondalla del Teleclub, las cuales comparto contigo, no había segundas oportunidades. La gente no tenía réflex digitales ni smartphones ni tablets para hacer cuantas tomas fuesen precisas hasta dar con la instantánea perfecta, tal y como hoy sucede. Se hacían y así quedaban. Por eso, mejor era ir medio-presentables. Por eso, mejor, no menearse durante el proceso: todos, bien puestecicos, bien quietos, como si estuvieran no delante de una cámara, sino de un pintor.

 

Rondalla del Teleclub Nuestra Señora de Gracia (Finales de los 60)

 

Tampoco miramos al objetivo como miraban entonces sobre todo los más mayores, con una mezcla de respeto y recelo ante una “modernura” impropia de su día a día, algo totalmente excepcional en el sentido de ser una absoluta rareza, porque pocas eran y porque eran hechas por unos pocos, ya fuesen fotógrafos profesionales o contados afortunados con posibilidades de costearse una cámara. Posaban con igual solemnidad, ya estuvieran recién levantados de la siesta o vestidos de Viernes Santo. Ahora sobreactuamos sin tregua; vemos demasiado por demasiadas vías con demasiada continuidad. Incluso en las poses “forzadas” de entonces hay más naturalidad que en cualquier instantánea actual hecha sin previo aviso.

 

Se hacía mucha vida con los vecinos (Inicios de los 60)

 

Sí, las cosas han cambiado. Como sí ocurría cuando se tomó la foto de la visita de los emigrantes, los coches no son ahora ajenos a las calles de las Cuevas de Gracia y de Fátima. Tampoco sus viviendas son como las de antes: las de ahora aprovechan las ventajas de insonorización y aislamiento térmico de aquellas, pero incorporan comodidades de las que pueda tener cualquier casa en cualquier otra zona de Guadix. Así, si bien las barriadas de cuevas tuvieron su origen en la adaptación del hombre al medio, actualmente son ejemplo de la adaptación del medio a las necesidades humanas, hasta el punto de que algunas se han habilitado como alojamientos turísticos. ¡Y qué alojamientos!

Volvamos a estas fotos, fotos que invitan a viajar en el tiempo y recrear vivencias, fotos que sugieren escenas como la que me ha servido de introducción. En concreto la que he usado para arrancar el relato refleja una realidad, la de la emigración, que afectó severamente a Guadix, pero en particular a estos barrios, que sufrieron una durísima posguerra rica en hambres, generosa en enfermedades, panorama ante el que muchas familias se vieron abocadas a labrarse fuera su porvenir. Pero ya residiesen en Cataluña, Madrid, Francia, Suiza, las visitas al pueblo eran ineludibles: ser de las Cuevas lo convertía en un deber. No es asunto menor venir al mundo en una cueva. Figúrate lo que debe ser salir de un vientre y que te acoja otro, las entrañas de la tierra. Imagínate dar el primer grito, tomar la primera bocanada de aire, llevarte el primer susto al abrigo de la arcilla. Eso deja huella. Estoy convencida de que este factor influye en el apego especial de los vecinos de las Cuevas por su barrio, sobre todo los que ya tienen una edad como para haber nacido al calor del cerro y no en la cama de un hospital. Lo noto en la rama de mi familia que allí nació y se crio y en la efusividad con la que se saludan con aquellos con los que convivieron, ya continúen en Guadix o hayan hecho fuera su vida: hermanos de barrio, unidos a la tierra que los alumbró.

Escucha, si no, con qué concreción repasan nombres y motes de gentes que vivían en esta cueva, en esa placeta, en aquella cañá, y las anécdotas personalizadas con las que acompañan la enumeración. Para mí esto tiene un plus de dificultad, por la homogeneidad del paisaje en toda la zona. Al menos, para quien no es de allí, todos los caminos resultan parecidos. Vamos, sin duda que me perdería si me sacasen de las calles principales. Me llama mucho la atención que incluso quienes no han pisado su barrio en años, pueden trazar con tino un itinerario por cerros y familias que los habitaban.

Que te cuenten, ¡sí!, los “desafíos” de fútbol que echaban los críos de aquellas cuevas en blanco y negro contra los de otros barrios en las eras terrizas, que de la emoción con la que los reviven casi te figuras se trataba de auténticos Madrid-Barça. Que te expliquen esos mismos niños de entonces cómo disfrutaban fabricando con sencillos materiales cometas que hacían volar desde los altos de los cerros: bastaba con pelar con navajas cañas de escobas desechadas hasta dejarlas finas para hacer la estructura y pegarle con gacheta papel de seda del que sus madres tenían en casa para los patrones, a las que también les “tomaban prestados” trapos viejos, que servían de cola.

Comprueba cómo se les ilumina el rostro cuando recuerdan las excursiones a la playa de Almería promovidas por el que fue párroco -y consejero familiar y dinamizador zonal y amigo en momentos duros y…- de la Ermita Nueva en las Cuevas de Gracia don Rafael Varón, cuando el veraneo era un lujo inaccesible. Bueno, en general, cuando se acuerdan de cualquier actividad -las funciones de teatro, los talleres, la rondalla…- de las impulsadas desde el Teleclub, asociación parroquial que don Rafael creó para que los jóvenes tuvieran opciones de ocio a su alcance, o las otras muchas para todas las edades que puso en marcha durante los 37 años que estuvo allí de cura (1951-1988). Acércate a las procesiones de las patronas de ambas barriadas de cuevas, la Virgen de Gracia y la de Fátima, respectivamente, y palpa el fervor con el que las acompañan. La identidad de barrio, esa voluntad de identificarse con un grupo humano con el que se comparte mucho más que mera vecindad, aún perdura aquí, mientras que, en otros barrios accitanos, de tradicional peso e idiosincrasia, está más diluida. El tirón de la tierra “tierra” tiene mucho que ver en esto.

De alguna forma este magnetismo está presente en el carácter del accitano y lo ejerce el lugar en el que se mueve. La comarca de Guadix está cercada por montañas, recorrida por ramblas y salpicada de cerros que la lluvia, el viento y el tiempo modelan a su antojo y que, no obstante, dan permiso a alameas y huertas regadas con el agua que corre subterránea. Puro contraste que cala también en el ánimo. El paisaje determina las maneras del paisanaje, que tan solo puede elegir pasión o desafecto por su comarca, por su pueblo, por su barrio. Atrae o repele. Y punto.

Las tradiciones accitanas llevan la marca de la tierra. Ocres y almagres predominan en la marea multicolor que acompaña al Cascamorras en su desfile del 9 de septiembre. Por ramblas, entre cerros y cárcavas avanza el peregrino rumbo a la ermita de Face Retama, donde dieron muerte al patrón San Torcuato. Bebemos en botijos y vasos, cocinamos en cazuelas y comemos en platos y fuentes hechos de arcilla por nuestros alfareros, de cuyos tornos salen también maceteros, murales cerámicos y azulejos que decoran nuestras casas.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

 

Tierra que acoge en su seno una vega fértil que produce hortalizas y frutas para ser comidas cuando toca, lo cual suena a perogrullada, pero con el servicio 365 días al año que prestan los invernaderos, esto se convierte en indicador de calidad. Huerta que innova, pero que mantiene acequias pretéritas; ¿por qué dejar de lado lo que funciona? Huerta con su fauna y su flora, huerta que mancha de verde la roja palidez de la tierra, que la pone en valor, ofreciendo ese contrapunto que se replica, en otros tonos e intensidades, en otras partes de la comarca, de la que es su distintivo y que se brinda como reclamo para el turismo.

De la tierra, de este “dónde” reconocible hablan las fotos que hoy nos ocupan, pero también de un “cuándo” cuyas costumbres no encuentran acomodo en el presente. Eran aquellos otros tiempos y no solo lo dice el peculiar posado de los fotografiados o la excepcionalidad con la que se tomaban fotos, sino sobre todo porque retratan hábitos extinguidos o en extinción. ¿En cuántas imágenes de ahora, de las que guardas en tu móvil, apareces junto al vecino? ¿Cuántas tienes de tus hijos jugando en la calle donde vivís? ¿Una modesta merendola a la vera de un riachuelo merece comentario en el muro de Facebook? Todo es muy distinto al entonces sobre el que estas fotos cuentan historias, en especial, todo lo que se refiere a las relaciones sociales. Los hábitos mostrados se derivaban de unas necesidades materiales muy concretas. Así, cuando tenías que compartir el agua del pozo con quien vivía en el mismo cerro, pues mejor llevarse bien que estar a tortas y si, para evitar quebrantaeros de cabeza adicionales a los muchos que ya traía la rutina consigo, había que convidar al vecino a sangría y papas asás en verano y a una palomica con un dulzajo en Navidades, pues se hacía y sanseacabó. Hoy no nos vemos abocados al hermanamiento en las distancias cortas ni a la preferencia de trato con aquellos a quienes nos unen lazos de sangre. Tampoco a mirar al máximo por lo que se tiene, a sacarle el mayor partido posible a las cosas, como sí les pasaba a los protagonistas de estas fotos de viejos álbumes: ¿qué era, si no, el zurcido de prendas o el reaprovechamiento del agua de haberse aseado o de haber lavado la ropa, para fregar los suelos de la cueva o de la placeta?

Zurcido y lavado, labores cotidianas en comunidad (Mediados de los 60)

 

Fotos, todas estas, que encierran tramas, que engarzan argumentos, tantos como estemos dispuestos a leer en ellas. Te emplazo, por tanto, a ver más allá de la estampa pintoresca de las cuevas, de una belleza visual innegable, con esas chimeneas y fachadas encaladas en cerros pardos. Venga, anímate y mira a quienes te observan desde el papel fotográfico. Te verás metido en una conversación que, ya te advierto, irá para largo.

 

 

Veraneo

Veraneo es agua en movimiento y el viento dándote en la cara, revolviéndote el pelo, y sol, al menos algo, lo suficiente como para que los pájaros que sea que surquen el cielo sobre tí hagan algo de sombra a tu lado. Veraneo es espacio libre, campo despejado, horizonte abierto ahí, delante.

Veraneo, para mí, es un sitio distinto al que frecuento para pasar unos días, un día, un rato, pero no solo. Debe incluir disfrute, matiz que los académicos de la lengua no han contemplado en la definición que aparece en el diccionario, pero que, pienso, resulta fundamental para colmar el propósito con el que te embarcas en dicho proyecto. Si no, ¿ibas a aguantar kilómetros de atascos, agobios en los aeropuertos, colas en los chiringuitos, ampollas en los pies, quemaduras en la piel, picotazos traicioneros…? Si no hay, además, eso que te hace pesar menos, respirar mejor, dormir a pierna suelta, ¿deberíamos llamarlo “veraneo”? No, de ningún modo. Veraneo solo puede ir aparejado a cositas buenas y que, además, se recuerden después incluso con nostalgia. Porque, por ejemplo, en mi caso, puede haber agua, viento y sol y estar yo a otras cosas. Pero cuando hay agua y viento y sol y estoy, da igual si un rato, un día o varios, el cuerpo y el alma se entregan al veraneo y claro que tengo los sentidos echando horas extras al llegarles tanto estímulo desde el exterior cuando hay deleite de por medio, pero sarna, con gusto, no pica, y currar a destajo hasta el punto de que las experiencias dejen huella en forma de recuerdo inolvidable es tarea que les merece la pena… y se lo agradezco.

Veraneo de playa o montaña, en cueva o iglú, con compañía o en soledad, en medio del bullicio o en un silencio absoluto… eso es algo secundario. Pero ¿el disfrute? Sin esto, sencillamente, sería cualquier otra realidad, pero ¿veraneo?, desde luego que no.

Waren (Müritz See)

 

 

¡Cuán agradecidos deberíamos estarles a los aeropuertos! Bueno, más bien a quienes los proyectan con ese plus de incomodidad, a quienes los diseñan teóricamente prácticos y en la práctica, impracticables, a quienes los conciben ajenos a lo que un ser de carne y hueso puede llegar a necesitar en especial cuando, por circunstancias sobrevenidas, llámense temporales más fuertes de lo previsto, volcanes con nubes de ceniza de alcance impredecible, huelgas por esto o por aquello -adversidades, por cierto, más frecuentes de lo deseado-, esos meros lugares de paso se convierten en espacios donde quemas, más mal que bien, horas y horas irreemplazables de tu corta existencia.

Recién he descubierto su verdadera vocación, el enorme servicio que prestan a la humanidad los aeródromos, pues eliminan todo resto de nostalgia que podamos tener tras las vacaciones.

En tal fastidio se torna el hecho de coger un avión que, cuando debemos tomar el que nos lleve de vuelta a casa, durante este proceso no dejamos un momento de evocar realidades agradables del retorno, como pueden ser la ducha que nos vamos a dar cuando lleguemos o el tacto de las sábanas de nuestra cama, e incluso las que no nos causan tanto alborozo y sí nos alborotan una hartá, como las músicas hasta las tantas del vecino macarra o el ambiente recalentao de las habitaciones al haber estado cerradas y sin ventilación alguna en nuestra ausencia. Todo es una Arcadia feliz, frente a la infelicidad por arrobas que trae consigo todo este latazo de andar de aeropuertos pa’rriba/ pa’bajo.

Hablan con desacierto quienes definen los aviones -sean o no de compañías de bajo coste, aunque los de estas en particular- como “autobuses con alas”. Dadas las estrecheces de espacio y la de bártulos con los que embarcan los pasajeros, estas máquinas aéreas se asemejan más a las diligencias destartaladas que iban por los áridos caminos de tierra en las pelis de indios y vaqueros, que a un medio de transporte del siglo XXI. De igual modo se equivocan quienes creen que, por haber salido de estudios de arquitectura megafashion, los aeropuertos actuales van a perder su consideración de apeaderos, como aquellos otros montados con cuatro tablones y que usaban los sufridos viajeros que, en tiempos de la conquista del Oeste, osaban ponerse en ruta aun sabiendo de las andanzas de saqueadores y del peligro de atravesar praderas cuya propiedad reivindicaban indios al galope con hacha en mano. Hoy día los viajeros siguen con el miedo en el cuerpo antes, durante y después del trayecto en avión. “Antes”, porque, cuando inicias la compra del billete, es difícil estimar su coste completo, pues la cantidad de extras es considerable y, ante el sablazo que sirve de epílogo, no hay VISA que no tiemble. “Durante”, por el desgaste que provoca todo cuanto ocurre desde que sales del lugar donde te has alojado hasta que aterrizas. Y, “después” del vuelo, porque queda la incertidumbre de si habrán perdido la maleta y la siempre certeza de descubrirle nuevas magulladuras.

En tal suplicio se convierte todo el asunto este de que si colas para facturar, agobios con los kilos de más del equipaje, que si sacar los líquidos, las cremas, los aparatos electrónicos para el control, que si esperas en asientos en los que es imposible adoptar una postura buena para la espalda, que si demoras, que si nervios por perder el vuelo de enlace, que si te tienen formando más y más colas -¡ay, por todo!- ante la puerta de embarque, en el finger o para subir al autobús que te lleva al avión, en el propio avión, etcétera, etcétera, que, lo dicho, las ganas de regresar a lo de siempre, siendo esto estimulante en mayor o menor grado, crecen de manera exponencial al tiempo que malgastas en este tedioso periplo.

Tanto que, cuando sales por la puerta del recinto, te encantaría echarte en los brazos de quienes aguardan sosteniendo cartelitos con los nombres de a quienes deben recoger o irte cuerpo a tierra y besar el suelo como hacía Juan Pablo II cuando aterrizaba en cualquier sitio o, al menos, ponerte a dar saltos de alegría por volver a aquello de lo que en su día huiste: los agobios rutinarios, los marrones habituales, los sinsabores diarios. Cualquier cosa se antoja mejor que el tostón presente.

¿Vacaciones? ¿Qué fue eso? ¿Morriña? ¿Añoranza? ¿Por qué razón?

Pon un aeropuerto en tu viaje de vuelta y di adiós al síndrome posvacacional. Mano de santo.

 

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de julio de 2017

 

 

¿Cómo distinguir a un maleducado de un malafollá? Pues, en ocasiones, resulta tan difícil como definir el carácter que se considera propio de la capital alemana y que denominan Berliner Schnauze, cuya traducción literal es “morro berlinés” y cuyo significado quisiera afinar en este escrito. No es tarea fácil separar a sus más insignes practicantes, de seres que son sencillamente intratables, vamos, no hechos para vivir en sociedad. En estas estrecheces semánticas me hallo y, por las circunstancias que a continuación aclararé, me veo obligada a avanzar por una delgada línea, débil, difusa frontera entre una y otra cosa que son parecidas, pero en esencia diferentes.

Y es que no estoy segura de haber interactuado con un representante del Berliner Schnauze o con un individuo falto de modales, sin más. A ver si, durante este rato que comparto con ustedes, se hace la luz y logro llamar al pan, pan, y al vino, vino, en lo que respecta al carácter de mis convecinos. Entiéndanme; tengo una sensación en el cuerpo un tanto rara, pues no sé si celebrar haberme topado con tan peculiar espécimen o, por el contrario, ponerle a caer de un burro. Seguro que en Granada usted se ha visto también involucrado en escenas en las que no ha sabido si felicitarse por el hallazgo del malafollá o lamentarse por la existencia de siesos de semejante calibre. ¿A quién llamar qué?

Resulta que fui a hacer un trámite a un organismo y nada más llegar a la amplia sala en la que debería guardar turno siguiendo el orden marcado por los tiques numerados que proporcionaba una maquinita, salió a mi encuentro un conserje. Todo serio, todo tieso, venía hacia mí con paso firme y aguantándome la mirada en todo momento. Entonces dijo algo así como que yo tenía que desconfiar de la máquina, argumento en el que se escudó para darle al botón y mandar estampar mi número. Yo, que estaba un poco desconcertada por si no había comprendido bien su mensaje -dicho, por cierto, en un alemán muy alejado del aprendido en la escuela de idiomas- y la desconfianza a la que él aludía no era relativa a la maquinita, sino a otra cosa, y también por si su actuación iría sucedida de una explicación sobre un procedimiento nada obvio, me encogí de hombros y me quedé quieta cual pasmarote esperando más indicaciones… que no vinieron. El figura me señaló la ranura por la que ya asomaba el papel con mi número y, ante mi falta de decisión, espetó que si acaso quería “también” que él me lo diera. La ausencia de sonrisa alguna en su rostro y el silencio sepulcral imperante en una estancia en la que había otras tres personas me hicieron pensar que estaba ante el rey de los bordes y que yo era la reina de los lelos, pero ahora, a posteriori, creo que ese hombre ladró con el genuino morro berlinés. Me ha ayudado a decantarme por esta opción lo que me acaba de comentar una amiga alemana sobre un típico caso de Berliner Schnauze: tren recién llegado a una estación de metro, viajeros que quieren subir al convoy segundos antes de su marcha y que se apelotonan en la puerta más próxima a las escaleras por las que han bajado al andén, conductor de metro que coge el micrófono y suelta un “¡Que hay más puertas!” [“Et jibt nich’ nur eene Tüa!” -transcripción de una frase, por cierto, repleta de atropellos gramaticales].

Esto poco tiene que ver con lo directos y sin tacto que son los berlineses para decir las cosas, algo que ellos definen como una honestidad de la que sacar pecho -en fin… se puede ser honestos y educados- ni tampoco con el mal pronto que gastan ni con la impaciencia natural con la que salen de casa y que les hace bufar ante el más mínimo elemento que altere su hoja de ruta. Cierto es que todos estos comportamientos, notablemente llamativos para esta que les habla, nacida bajo otro sol, pueden darse también en quien esboza el Berliner Schnauze, pero esa seca ironía que desarma al, más que interlocutor, contrincante, y que se expresa, además, en una concreta variedad dialectal, me recuerda a la del malafollá granaíno. Demasiado…

 

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de junio de 2017

 

Torre de la Televisión. Berlín 2017

Berlín no sabe sudar. Incluso en una actividad tan fisiológica como esta, la herencia cultural y el poso antropológico marca el resultado de la acción. Sudar es la gota que cae por la frente y las gotas que empapan el pelo y arroalan camisas, pero también, por supuesto, la actitud que comporta el hecho de la sudoración, algo que en España -en particular, en los lugares donde el personal tiene las glándulas sudoríparas echando continuamente horas extra- se conoce, se asume y se sabe apaciguar, aguantándose, pues, con una resignación muy llevadera. Claro que con el calor los nervios se pierden con más facilidad. Eso es así en Écija, Manila y Sebastopol. No obstante, no es menos cierto que el umbral de tolerancia cambia de unos sitios a otros y si, de por sí, el mal pronto typisch Berliner sale a relucir en las situaciones más cotidianas e intrascendentes, si se le añaden unos cuantos grados de más y estos llegan, además, de repente, de un día para otro, entonces se forma la tormenta perfecta. Y es que para los berlineses, a los que les queda un buen ramalazo prusiano -por mucho que renieguen de ello-, todo eso de la improvisación, de lo que viene de sopetón, no tiene encaje sencillo y, ante lo espontáneo, no reaccionan con la naturalidad que baña las regiones mediterráneas, de ahí que en estos días de avanzadilla del verano su humor de perros se vea acentuado por la incomodidad de sentir la camiseta sudada o de tener que soportar el tufo de los pies del colega o del vecino de asiento del metro, por ejemplo. En que Berlín no sepa sudar cuando el calor aprieta influyen, sin duda, las dificultades que encuentra para vestirse cuando el sol hace lo que debe, o sea, cuando calienta en condiciones. El aspecto es algo que en absoluto quita el sueño por estas latitudes, pero digamos que, en invierno, con todo lo que hay que echarse por lo alto, el cascamorreo pasa más desapercibido. Sin embargo, en estos días a los que me refiero, queridos paisanos, esto es un colorín que solo tiene parangón estético con la fiesta accitana más internacional. Las estrambóticas combinaciones de prendas de invierno y verano que prodigan con este tiempo en parte provocan ese sudor que no sabe ser sudado.

Y es que Berlín es una ciudad de frío y esto cala en el ánimo y determina los hábitos incluso durante los meses de deshielo. Tanto que no puede faltar en el vagón de tren el nostálgico de turno que, pese al calorazo, va con su gabardina y sus botas. Tanto que Berlín no sabe caminar erguido. Acostumbrado uno a ir encorvado, embebiíco ante las bajas temperaturas y el recurrente airazo del este, a la hora del destape cuesta ponerse tieso, de manera que la chepa permanece ahí. “Los jorobados invaden la ciudad”, podría rotularse el pie de foto de una instantánea cualquiera de una vista general de cualquier calle en jornadas de mercurios animados. Berlín, pues, no se reconoce, no se halla en este brete, se siente incómoda. Le pilla con el pie cambiado este sol bravucón y sobrevenido y el festival de pies calzados de cualquier manera es apabullantemente pintoresco. Esto sí es pintoresquismo, y no el romance del torero y la folclórica. Bueno, hasta los hay que van a lo rey de la selva sin zapato que les cubra los pinreles.

Por no saber, ni siquiera Berlín tose y estornuda con garbo en los días posteriores a la irrupción del calor “calor”, propicios para enfriamientos, insolaciones y demás familia.

En definitiva. Que sí, que con la calor las terrazas estarán llenas, las áreas verdes con overbooking de picnics y los carriles-bici atascados, pero la ciudad sigue latiendo con el mismo tono y el personal continúa con sus usos y costumbres, esto es, con el careto largo y lánguido habitual y el bramido por casi todo. Berlín, de frondosos bosques, hermosos parques, surcado por ríos y canales que, en los días soleados, proyectan una claridad deslumbradora, perfecta para kilométricos maratones de fotos, no es ciudad para el calor. No sabe disfrutarlo. Ni calzarlo ni vestirlo ni sudarlo. Berlín y el calor. Cómica pareja. Sublime paradoja. Matrimonio imposible.

(c)www.pixabay.com

 

 

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de mayo de 2017

Anda-lucía

En sus meses de frío, que son unos cuantos, Berlín suele teñir su cielo y, por extensión, lo que hay bajo él, de un gris perla, gris plomo, gris que levanta y acuesta al día, obra y gracia de unas nieblas y demás nubes dispuestas a diferentes alturas. Tono de gris que, por lo muy común que es en estas latitudes, merece apellidarse como la capital alemana, “gris-Berlín”, igual que Madrid podría patentar el negro anaranjado/el naranja negruzco de sus cielos nocturnos (“negro-Madrid”) o Guadix el celeste intenso que señorea sus cielos diurnos durante casi todo el año (“azul-Guadix”). Va a resultar, a la vista de lo visto, que de los lugares que han formado parte de mi vida archivo sus colores, o sea, su luz, como recurrente souvenir. Bueno, no solo…

Gris-Berlín

Gris-Berlín

Creo haber pasado ya las etapas más turbulentas de la migración y superado el duelo de la partida. Tras la euforia inicial, la confrontación posterior, la inconsolable nostalgia subsiguiente y la tentación de la huida, vivo ahora un momento de calma emocional, en el que escuece bien poco que en España me llamen “la berlinesa” y en Berlín “la española”, en el que la identidad deja de ser un conflicto permanente para pasar a convertirse en el mural donde todo cabe y nada desentona. Por eso, no esperen encontrar en este escrito que pretendo dedicar a Andalucía un discurso de exaltación regionalista. Cuando una madre ha llamado a su hija al grito de “¡Anda, Lucía, ven!” en un castellano dulzonamente caribeño, justo a unos metros de mí en una calle de esta ciudad hoy pintada de ese gris-Berlín antes referido, las primeras sensaciones, las primeras imágenes que me han llegado aparejadas a la combinación sonora “anda-lucía” no han sido ni la de carretas rocieras, playas hasta la bandera o faldas de volantes sacudidas al son del rasgueo aflamencado de una guitarra, ni la de un cortador de jamón, un espeto de sardinas o una dolorosa entre velas, sino que han venido de donde guardo el olor a aceite de las almazaras, y el de los pinos calentados por el sol, también generoso con las aromáticas a las que les basta una chispa de lluvia para subsistir, y el de los cerros de arcilla que se van secando tras la tormenta, y el que sale de las casas viejas a una humedad que condensa agua e historias pa’aburrir, y el aroma a limpio de los trapos colgados en las cuerdas en balcones y terrazas, y el de las alacenas, fragancia mezcla de especias, bollos de horno y embutido oreado o echado en aceite, y el de los palos recién removidos en lumbres que calientan y en las que incluso se guisan comidas de recetas antiquísimas sin prisa alguna. Es en impresiones como la que dejan esos olores recolectados un día cualquiera en un lugar cualquiera del sur de España, es en ese poso que queda a partir de esto, eso y aquello de unos y otros, donde mi corazón ha anclado mi idea de Andalucía, quizás, interpreto yo, porque hay escasas posibilidades de que las realidades que evocan cambien a cada poco y, por tanto, evitar así la ocasión para el desencanto y el desapego y el desarraigo que sobrevienen cuando se vuelve y se comprueba que no existe nada de lo que uno allí conoció. “¡Lucía, anda, ven!”, le repite la madre a la hija, que me mira extrañada tal vez por la atención que les presto. Les estoy tan agradecida por haberme hecho sentir Andalucía, sin ellas quererlo ni yo buscarlo, que les doy lo mejor que ahora les puedo ofrecer: un “adiós” con acento accitano.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.