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Crisis

Hace unos días fue la fiesta de verano de la guardería de mis niños. Cada familia tenía que aportar un postre casero. Como el asunto “tartas” es un imposible para mí, dije de hacer unas magdalenas, creyendo que esto era empresa menor… ¡maldita la hora! Hice una prueba tres días antes de la fecha marcada en rojo en el calendario y me salieron 2D, osease, espachurradas. “Crisis” es término flojo para describir aquella cocina patas arriba y aquella cabeza mía más chamuscada que la base ennegrecida de aquellos conatos de magdalenas. Me eché la rabia por montera, prometiéndome que unas montañitas de masa no podrían conmigo. Decidí entonces aplicar algo que aprendí del oficio periodístico: la receta tradicional de investigar y contrastar antes de pasar a la acción, algo no muy del gusto de los nuevos chefs de las principales redacciones, donde dar gato por liebre -o un rumor por noticia- está a la orden del día.

“Operación Magdalenas” en marcha

Resulta que las magdalenas son muy suyas y conseguir un producto decente implica muchos pequeños objetivos que hay que ir alcanzando, hasta el punto de que, si fallas en alguno, adiós muy buenas. Leí blogs de mamás hacendosas, husmeé en foros de “cocinillas” y recopilé trucos para que quedasen esponjosas, para que no se bajasen tras ser sacadas… Que si hay que batir la masa con batidora de varillas para que coja aire y dejarla reposar en frío para que tome hechura, que si no andar abriendo y cerrando el horno una vez dentro las unidades, que si…

Consulté técnicas de bañado para que este no derivase en inundación y de añadido de virutitas y lacasitos para que estos no destiñeran al incorporarse a la cobertura. Me agencié también un hornito con huecos para mini-magdalenas, así como moldes de silicona tamaño estándar en los que colocar los papelitos y las masas y evitar así la bidimensionalidad. Incluso me hice con un preparado de masa por si no había ligado bien los ingredientes. Siempre quedaba el último recurso: comprarle al panadero del barrio unos muffins -aquí son al estilo americano-, aun a riesgo, primero, de que no le quedaran suficientes y, dado el caso de que tuviera, aun a riesgo de ser sorprendida por el sanedrín de buenas madres de la guardería ¡llevando productos comprados!, algo inconcebible en un contexto en el que la competición y la competitividad se traslada a todos los campos, incluida esta patética exhibición de músculo repostero. Que sí, que estoy muy concienciada con los logros conseguidos en la causa por la emancipación de la mujer y comprometida con la lucha contra las mamás-multitarea-lo pueden todo, pero la vida te hace pisar arenas movedizas que te atrapan y de las que tienes que escapar de la mejor manera posible, como fue este episodio que cuento, reflejo de una sociedad que, lejos de lo que se cree, es profundamente conservadora.

“¿Que en qué quedó la crisis de las magdalenas?”, me preguntas. Pues cuando probé la primera y comprobé que la textura y el sabor eran adecuados, me sentí como debe sucederle al investigador cuando da con su eureka, aunque lo mío, más que satisfacción era alivio y no más de un aprobado raspadillo: en comparación con aquellas tartas de trazado perfecto, esos muffins de dos plantas con cascadita, aquellos majestuosos pasteles de queso, bizcochos a colores y otras fantasías a la altura de profesionales del rodillo, mis magdalenas eran poquita cosa. Sin embargo, me gustaba mirarlas entre aquellos dulces por lo mucho que significaba que estuvieran allí.

Apariencia final del experimento

Fui feliz hasta que vi a un niño coger una y comerse de ella solo los lacasitos. “¡Si supiera lo que cuesta dar con la masa y la de nervios que he quemado durante estos días de infarto intentando cuadrar el círculo, es decir, salir airosa de semejante brete dados mis escasos dotes para la cocina…!”, me lamentaba, sufriéndolo en silencio. Me calmó que otros críos estaban arrancando las perlitas simétricamente colocadas en una tarta que parecía de boda, lo que me hizo ver que, después de todo, era una mera fiesta infantil donde a los principales comensales lo único que les importaba era jugar por jugar. Pues eso, que pa´ qué tanto postureo. Pues eso, pa’ na.

 

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de julio de 2018

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Los fantasmas del pasado, presente y futuro se pasearon por la séptima Nochebuena del que se definió como poeta -fue mucho más- en el escrito que vuelve, un año tras otro, a ocupar un ratito de mi tiempo por estas fechas.

Pesebre de Guadix

Pedro Antonio de Alarcón, que fue cronista, político y escritor y al que parió mi mismo pueblo, viaja al pasado, vagabundea por el presente y se asoma al futuro de la mano de dos villancicos populares, a los que se refiere como “coplas”, y toma una estrofa de “La marimorena” y otra de “Dime niño de quién eres”. En concreto, fue parte de este tema la que le “heló el corazón”: “La Nochebuena se viene, la Nochebuena se va, y nosotros nos iremos, y no volveremos más”. Y fue que el sentimiento de melancolía pasó a impregnar cada línea de este escrito tierno, duro, hermoso, sincero, profundo, valiente, intenso… imprescindible. “La Nochebuena del poeta”, se llama, y rescato este párrafo que resume el tránsito del autor por las Navidades de su alma.

 

Y era que se habían desplegado súbitamente ante mis ojos todos los horizontes melancólicos de la vida.

Fue aquel un rapto de intuición impropia de mi edad; fue milagroso presentimiento; fue un anuncio de los inefables tedios de la poesía; fue mi primera inspiración… Ello es que vi con una lucidez maravillosa el fatal destino de las tres generaciones allí juntas y que constituían mi familia. Ello es que mis abuelas, mis padres y mis hermanos me parecieron un ejército en marcha, cuya vanguardia entraba ya en la tumba, mientras que la retaguardia no había acabado de salir de la cuna. ¡Y aquellas tres generaciones componían un siglo! ¡Y todos los siglos habrían sido iguales! ¡Y el nuestro desaparecería como los otros, y como todos los que vinieran después!…

 

Madre

Aunque ya han pasado más de dos años desde mi segundo parto, aún mi cuerpo y mi mente se están adaptando a la nueva situación. Si, por un lado, engrandece comprobar en carne propia la capacidad de la mujer para dar vida, por otro te sientes chiquitica ante los mil y un retos que plantea criar y educar a los hijos, que vienen sin manual de instrucciones.

No es fácil, asimismo, aceptar que algo que estuvo dentro de una, al que físicamente se le dio tanto, tras nueve meses inicie su camino por su cuenta, con apoyos al principio, claro, pero ya al margen de ti. De hecho, hay madres que no lo logran asumir nunca.

Me hallo, pues, en la fase de asimilar cambios que la maternidad ha desencadenado en las distintas dimensiones que me definen. Ahora siento que soy más incisiva, peleo con más garra, discuto con menos reparos, dejo la vergüenza encerrada bajo llave sin problema alguno, en particular cuando se trata de hacer algo en beneficio de mis hijos. Tener que dar la cara por ellos me ha endurecido la piel. He hecho callo. Pero, por otra parte, ese instinto de supervivencia, muy animal, muy visceral, muy auténtico, que se convierte en tu espada y tu escudo cuando te haces madre, que te ayuda a salir airosa de atolladeros complicadísimos, por la misma razón de deber detectar la amenaza venga de donde venga, te obliga a afilar los sentidos y a mejorar tu facultad de interpretar lo que acontece: a ser más sensible, sensitiva, intuitiva. Parece contradictorio ser más dura, resistente y persistente y, a la vez, más perceptiva y receptiva, pero en realidad son habilidades complementarias. Lo noto en mí, pero identifico similares cualidades en madres de mí muy diferentes, con las que, sin embargo, comparto tan intensa vivencia, hasta el punto de que entiendo lo que dicen sin mediar con ellas palabra alguna. No hace falta que me expliquen con pelos y señales cuán fuerte retumba en sus adentros la onda expansiva que ha provocado este o aquel percance que incumba a su hijo. Esta complicidad que me une veladamente a mujeres que madres son, da igual de dónde provengan, el idioma que hablen o cuáles sean sus inquietudes, es algo difícil de explicar para quien no lo es, pero existe, y me he percatado de que mantener ejercitada esta capacidad para contar cosas sin abrir la boca, sin mandar un tuit, lima un talento imprescindible en nuestros días, como es ponerse en el lugar del otro.

 

Ahora también veo distinta a María, nuestra María, la Virgen María, madre de Dios, madre nuestra.

De la Virgen de las Angustias, nuestra patrona, tengo en casa estampas de tamaños diferentes, en primer plano y plano medio, algún que otro póster y fotos que amigos y familiares me envían cuando van a rezar a su basílica y, por supuesto, cuando Guadix entero se echa a la calle para acompañarla en el rosario de la aurora, en la semana de cultos en la Catedral, en la procesión por los barrios accitanos. No obstante, ahora, cuando las miro, en vez de soliviantar la nostalgia por mi condición de expatriada, encienden esa conexión entre madres a la que antes me he referido, de forma que en la bella escultura en la que Castillo Lastrucci representa a María con Jesús muerto en sus brazos, veo la angustia de la madre de cuya hija han abusado, o la de esa cuyo hijo de apenas 10 años han secuestrado para instruirlo como soldado, o la de esa otra que padece, como si se lo hicieran a ella, el acoso en redes sociales que su hijo, su hija recibe por tener una ideología, una creencia, unos gustos o una orientación sexual determinada, o la de la que afronta un día a día cuesta arriba por las necesidades especiales de su hija, su hijo, o la de aquella a cuyos hijos solo puede legarles una casa en escombros en un país en guerra, una larga travesía y un futuro incierto. Miro y veo en la Virgen de las Angustias la angustia de las madres que sobreviven a sus hijos, o que los tienen, pero perdidos en el laberinto de las adicciones o que saben que viven en algún lugar, pero sin la menor intención de tratar con ellas… la miro y veo en ella su angustia y la angustia de otras madres en tantas otras situaciones, cuyo desgarro puedo llegar a imaginarme con tan solo intercambiar una mirada.

Pero esta angustia, irremediablemente amplificada cuando media una relación carnal entre madre e hijo, no es lo único que es capaz de generar tan estrecho vínculo. Hablaba yo antes de la hermosa fortaleza que trae aparejada la maternidad y Castillo Lastrucci supo captar esto y expresarlo a la perfección en la imagen de nuestra patrona: más que una mujer, es una roca, la roca donde descansa su hijo muerto. Fuerte, firme. Las flaquezas no caben cuando cuerpo y alma, instinto y voluntad cimientan el amor de una madre por su hijo. Y de un hijo hacia su madre, para quien es la fuente de la que bebe, el motor que le impulsa, la mano que le levanta, la voz que le alienta en horas bajas, la vela que le ilumina en noches cerradas, quien le espera sin desesperarse, quien simplemente está, quien siempre está.

 

De lo sentido y vivido relacionado con la Virgen de las Angustias guardo recuerdos que recupero con gusto y cariño: que si el madrugón dominguero para el desfile, deliciosamente desordenado, del traslado orado de la imagen desde su templo hasta la Catedral, que si el órgano marcando con brío las notas de arranque del himno de la patrona o el murmullo hipnotizante de las letanías, que si, ya en la procesión, esas larguísimas filas de fieles, devoción que también se traduce en un cueterío que no conoce fin, en petalás, cánticos rocieros y canciones de tuna, en piropos, aplausos y lágrimas.

Pero no soy la misma y todo lo nuevo que viene y venga pasa y pasará, de manera inevitable, por el filtro de estos sentidos míos transformados por la maternidad. Así, ahora miro a la Virgen de las Angustias y veo a María, madre en la inmensa profundidad de la palabra.

 

Texto publicado en la revista editada por la Archicofradía de Nuestra Señora la Virgen de las Angustias de Guadix (2017)

El último temporal ha dejado tras de sí una tupida alfombra de hojas, unas ramas, en consecuencia, tan tiritonas como quienes bajo ellas, más que pasear, pasan a paso marcial, y la inequívoca impresión de que estamos a nada del fundido a negro del solsticio de invierno. En Berlín noviembre es un mes vestido de viento y humedad y frío de los pies a la cabeza. Vacía las calles de gente y llena de enfermos las consultas médicas, hervideros de virus que uno va encadenando hasta bien avanzado marzo. Noviembre gasta hato largo y oscuro. Algún día suelto se arremanga y nos premia con luz solar directa que dura lo que un caramelo en la puerta de un colegio.

Anocheciendo| Berlín, otoño, 2017

Del colegio y de las guarderías salen por san Martín niños en procesión armados con farolillos de papeles de colores y ofrecen cierta resistencia a las tardes envueltas en noche, batalla que se continúa en las casas prendiendo velas casi con cualquier excusa.

Las noticias que me llegan de España son las de un otoño bañado de verano y lejano de aquel otro que nuestros abuelos recibían comiendo castañas y boniatos asados, echando las sayas gordas en las mesas camilla y poniendo a punto las pellizas. Aquellas circunstancias, como estas con las que el tiempo “bendice” a Berlín, invitan a replegarse, a atrincherarse bajo techo, ya sea en la casa de uno, en un café, en sus propios pensamientos. Esta hibernación, parcial o completa, según las necesidades sociales de cada cual, que arranca con la oscuridad otoñal de noviembre, nos facilita ocasiones para pisar el freno y pensar en aquello y en aquellos en los que, cuando tenemos que resolver tanto y tan rápido, no reparamos. La fiesta de Todos los Santos, que en España se celebra el primer día del mes y la de los fieles difuntos, el segundo, que en Alemania tiene lugar el domingo anterior al primero de Adviento, sirven como antídoto frente al olvido, auténtica muerte de los finados. El recuerdo de sus hábitos, de sus frases y sus silencios, sus habilidades y sus desatinos, sus malos o buenos prontos, sus manías y sus genialidades, sus buenos o malos gestos, traerlos a nuestro hoy y ahora con palabras, entre lágrimas y sonrisas, es ejercicio suficiente como para conjugarlos en un digno y merecido presente continuo.

La vida y la muerte… hechos tan indiscutibles y, sin embargo, interpretados y experimentados de manera tan diferente según el rincón del globo en el que se pazca. Así, aunque noviembre sea para alemanes y españoles el mes de referencia para honrar en comunidad la memoria de los difuntos, la forma de efectuarlo varía sensiblemente de una a otra latitud. No soy amiga de generalizaciones, por lo que me limitaré a comentar lo que veo que pasa en Berlín y a lo que alcanzo como accitana practicante. Por aquí, queridos paisanos, la muerte no es un tabú a nuestro estilo. Los cementerios están integrados en las ciudades. Cuesta distinguirlos de parques. Si no fuera por las lápidas parcamente ornamentadas que brotan del césped, se diría que son zonas arboladas de esparcimiento. Supongo que si en estos camposantos predominaran las paredes de nichos y hubiese ese horror vacui determinado por lo mucho que cuesta el metro cuadrado de tierra, como ocurre allí, otro gallo cantaría, otra campana doblaría. Sea como fuere, el hecho es que por aquí para el personal no es problema alguno que la ventana del dormitorio dé al patio de un cementerio o que la guardería de los críos esté pared con pared con un negocio de lápidas, como tampoco ir en vida a elegir el modelo de ataúd o la modalidad de exequias deseadas. Por “allí bajos” estas cosicas se llevan de otra manera. Si no para todos, para parte de los nuestros la muerte, mejor no mentarla mucho, porque trae mal fario, y que el cementerio esté a las afueras, aunque pille a desmano, no es cosa que provoque queja alguna, y que todo lo que tenga que ver con lo fúnebre, algo que objetivamente no tiene mayor importancia, subjetivamente sí y mucho. En lo dicho veréis reconocido a ese primo, a aquella vecina e incluso, aunque os/nos cueste afirmarlo, detectamos la presencia de lo supersticioso, de trazo ancestral, en nosotros mismos, por mucho siglo XXI que pisemos.

Aquí, por el 1 de noviembre, lo único que hay son disfraces de plasticucho por doquier, ya sea en supermercados, tiendas de juguetes, como en gasolineras, las radios queman “Thriller” de Maicol Yekson y las fiestas de cumpleaños celebradas en torno a la fecha lo son también de “Halloween”. Poca repercusión en el uso y costumbres locales tiene la conmemoración de la Reforma luterana, que comenzó hace 500 años el último día de octubre a unos pocos kilómetros de la capital germana, más allá de que este año, por ser el aniversario redondo, es festivo en toda Alemania. Todo lo inundan las calabazas de sonrisa siniestra, escobas, colmillos protuberantes y demás decoración jalogüiniana. Una de las pocas estampas discordantes con la estética que nos viene envasada al vacío desde Estados Unidos la aportan los mexicanos expatriados con sus altares de muertos. A Dios gracias.

Ruina

No hay tanto friolero junto como en España ni tanto friolero exagerao juntito como en Andalucía ni tanto friolero exagerao juntico al que le guste más quejarse como en Graná ni tanto friolero exagerao juntico al que le guste más quejarse y hacerlo, además, a sabiendas de que ante ello no moverá ni medio deo, como en la muy noble y leal ciudad de Guadix. Lo de que “hay que ver qué maretilla corre”, “si eso échate la rebeca por lo alto” y similares a poco que se baje de los veinte grados, es una cantinela que cansa una barbaridad, por mucho cariño que mis orejos expatriados quieran poner en la descodificación del mensaje plañidero recibido. En esta historia del frío, trending topic en el día a día del accitano raso, además de una flagrante falta de perspectiva por parte del denunciante, identifico, por un lado, un tanto de ombliguismo. “¡Jesús bendito, chiquilla! ¿Qué tendrá que ver la velocidad con el tocino?”, exclamará usted. Pues mucho, querida paisana, querido paisano. En vez de ser humilde y avenirse a lo que toque y, si hace frío, naturalmente abrigarse como Dios manda y, por qué no, descargar esa indignación en los constructores y exigirles dotar las casas de aislantes en condiciones, el guadijeño se agarra a la queja, porque, ¡claro!, es la meteorología la que debe ser grata con él y adaptarse a su conveniencia y no a la inversa, ¡qué disparate! Hasta nos vemos en posición de poner en un brete constante a medio santoral a santo del mal/buen tiempo. ¿Que mi sobrino se casa? ¿Que mi nieto hace la Comunión? ¿Que sale tal procesión? Pues a rezarle a tal o cual para que no llueva. ¿Que los acuíferos no dan más de sí? ¿Que peligran las cosechas? ¿Que se anuncian restricciones de agua? Pues a rezarle a tal o cual para que llueva.

Esta forma de proceder choca con la que gastan mis vecinos berlineses. Aquí no dejan de salir caigan chuzos de punta, sin punta o de cualquier manera. Se visten con más o menos capas de ropa, se echan un impermeable más o menos forrado, y listo Calixto. No por el hecho de que haga frío, airazo o nieve abortan lo de ir en bici o salir a correr, si eso era lo que estaba planeado. No digo yo que esta fijación por seguir el plan previsto, aun en tales circunstancias, sea lo sensato. Ni tanto ni tan calvo, pero lamentarse sistemáticamente del frío y no poner remedio inmediato y eficaz a ello desde luego que no tiene sentido alguno. O ¿sí lo tiene? Estoy empezando a pensar que quizás sí tenga “un” sentido.

Decía antes que en esta actitud mu de Guadix hay mucho de orgullo y prosigo ahora que, por otro lado, deja asomar algo que arrastra esa parte que menos nos gusta de nuestro pueblo: la pereza. Venga, que sí, que hay días del año en los que hace un frío del carajo y que, al menos en esas ocasiones, la queja tendría licencia. Pero acerquemos la lupa: la queja no escala. Fijémonos bien y comprobaremos cómo, pese a poner el grito en el cielo, seguimos con los tiritones y no buscamos una pelliza más abrigosa. Continuamos pajizos y helaícos vivos hasta que sale el sol, que incluso en invierno calienta, y ya se nos olvida que algo tendríamos que hacer para remediar el asunto. Se está tan agustico al sol, ¿verdad?, que… ¿de qué estábamos hablando? Pues eso.

Con el frío pasa como con otros tantos temas recurrentes de chachareo: el plan comarcal, la apertura de las minas o la puesta en valor del casco histórico de Guadix. Se habla, y mucho, se vierten quejas por arrobas y, después de una temporaílla en el candelero, adiós y mu buenas… hasta dentro de un tiempo, en que volverá a servir de muletilla en los discursos de unos y de objeto de crítica por parte de otros, hasta que unos y otros, cansados de rumiar y rumiar, acaben por dejarlo pa’ otro ratico. Y vuelta a empezar.

Nuestra Alcazaba está al borde de la ruina. No soy experta en la materia, pero es evidente que, para darla por restaurada, no basta con repellar por aquí, pintar ese roal de allá ni con quitar los yerbajos de la explanada interior. Lo bueno -por ver algo bueno en todo esto- del mal estado en el que está es que ha movido a muchos accitanos a salir de ese bucle de lamentaciones e iniciar diferentes acciones de concienciación y, por consiguiente, de presión a las autoridades. Que la Alcazaba quedase reducida a escombros en un futuro no muy lejano sería una clara metáfora de esa pereza que camina por las sombras de la Accitania para garantizar que no acaba pasando nada. Y por eso de que las fuerzas deben equilibrarse y a la tétrica pereza debe contrarrestarle una constructiva resistencia al olvido es por lo que sienta como agua de mayo cualquier iniciativa, como esas que se dejan oír, que reivindique tan perentoria intervención y cualquier noticia, como esas que se dejan leer, que hable de posibles vías de financiación para la rehabilitación.

Una ciudad que dice apostar por el turismo no puede permitirse no ya que uno de sus monumentos más significativos esté como está, sino tampoco que el entorno mismo en el que se halla luzca como luce, tónica decadente extensible a los demás barrios de un casco más que viejo, decrépito. Algo se podrá hacer para frenar el progresivo deterioro de su patrimonio.

Confío en que lo que agita las conciencias de tantos paisanos nuestros sea síntoma de que poco a poco se está cambiando. Lo deseo con todo mi corazón. Quiero creer que esto no tendrá el final de muchos relatos similares y que la imagen que me viene de un triste monolito arrumbado en un corralazo lleno de cascotes con la leyenda “Aquí estuvo la Alcazaba”, no es más que el retazo de un mal sueño, nunca el último estadio de un destino inevitable.

 

Vista de Guadix desde el barrio de las cuevas

Verbena

A riesgo de que me digáis “¡Que esto ya no es así!” o “¡Que esto no es así en to’s laos!”, me atrevo a incluir la verbena entre lo typical spanish. Que sí, que saraos bailongueros se registran en distintos puntos del planeta, distantes entre sí en kilómetros y en cuanto a hábitos y creencias, pero lo que encierra tal término obedece a usos y costumbres, formas de ser y maneras de vivir fácilmente identificables en quienes habitan eso que se viene llamando España. Me da un vértigo terrible asomarme a la ventana y no reconocer lo que se abre ahí, delante, pues soy consciente de que en estos siete años siete que llevo viviendo más allá de la marca pirenaica el reloj no se ha parado allí, como tampoco lo ha hecho en este Berlín que hoy piso, muy diferente del que me recibió, pese a que sigue rebosando de gruñones y malhumorados, algo que le es tan idiosincrásico como el “currywurst” (salchicha aliñada con kétchup y curry) o los trocitos de muro “de pega” de las tiendas de souvenir.

Que sí, que hemos cambiado. Que semos distintos queda claro apenas meta uno el hocico en las redes sociales y le eche un vistazo a los mensajes escritos en la lengua de Cervantes y que atañen a lo que se guisa en el caldero patrio. Además de por las inmisericordes faltas de ortografía y de lógica del discurso, se caracterizan por ir a la yugular del otro, enemigo por el mero hecho de discrepar. El muro de Facebook ha devenido en paredón y los gorjeos del pajarito tuitero, en fuego cruzado que acaba incluso con los que tan solo pasaban por ahí y salen mal parados a poco que trinen. Este panorama donde solo buenos y malos tienen cabida, aun siendo engendro añejo, sí que se ha impuesto en el debate público últimamente. Modernidad acuñada en viejos moldes.

Pues eso, “distintísimos” en tiempo y también en espacio. Pero, aun con todo y, a pesar de los esfuerzos de algunos por remarcar las diferencias entre regiones, provincias, comarcas y arrinconar lo que nos une, existen expresiones populares que continúan dándose en distintos lugares de nuestra geografía y que se refieren a eso mismo que corre por nuestras venas, hechas de una pasta que nada tiene que ver, por ejemplo, con la que usan aquí, a la ribera del Spree. Y, a este respecto, hay cosas que no varían sustancialmente de una ciudad española a otra. Que niños y ancianos, bailongos y patosos, cantarines y desafinados natos bailoteen y canturreen por igual “La zarzamora”, “Corazón salvaje” o “Black is black” ante familiares, vecinos y amigos, habla sobre esa polivalencia tan nuestra. Aunque no ejecutemos con precisión los pasos de una coreografía, salimos airosos del brete. Servimos pa’ un roto y un descosío, en este y otros contextos, versatilidad que nos parece natural, pero no lo es: no la traen de fábrica en otras latitudes. En Berlín es normal que quien tiene inclinación por el baile, no dude en gastarse un dinerito en academias para impresionar a la concurrencia cuando pone un pie en la pista. No dejan nada en manos de la improvisación. Pero nosotros, cada cual con el talento que Dios nos ha dado, sin pudor alguno nos lanzamos a coger de la cintura a quien sea que esté dispuesto a formar la conga de Jalisco, las hileras del “sirtaki” de Zorba el Griego o seguir el cha-ca-chá del tren, cuando suenan estas canciones en la verbena. ¿Que no nos sabemos la letra? Pues movemos la boca y con desparpajo la adaptamos a algo que suene similar. Esto que, en mentalidades cocidas bajo otros soles, es inconcebible, nosotros lo hacemos sin más. Lo importante es echar un ratico bueno, que el conjunto musical interprete un repertorio variadito -adorable concepto el del “popurrí”, tan delicioso como el de la “pachanga”- y que los presentes se muestren contentos y relajados como para que nos sintamos animados a participar.

Un bodorrio sin verbena que cierre no da las nupcias por oficiadas. No hay fiesta de barrio o pueblo sin su escenario para, al menos, un casio y un cantante todoterreno que lo mismo entona “Maldito duende” de Héroes del Silencio que “Yellow submarine” de los Beatles. A los que se empeñan en lo que distingue a un murciano de un gallego, les digo que siempre nos quedarán los edificios de los años 60 de ladrillo visto, la caña de cerveza fresquita y, ¡cómo no!, la verbena, para echar por tierra sus maximalismos.

Publicado en Wadi As Actualidad y Cultura en su edición de septiembre de 2017

¿Que qué es el Cascamorras? Es color -¡sin duda!-: ocres, almagre, azul, verde. Mientras observo a unas muchachas pintarrajeadas de colorines a apenas dos metros de mí, me salta, inevitablemente, la imagen de la marabunta multicolor cascamorrera. ¡No tengo remedio! y, pese a los miles de kilómetros que me separan de mi tierra, viven esperando la oportunidad de ser sacados a colación escenas, sonidos, texturas, sabores y olores que guardo de Guadix y aprovechan para ello casi cualquier excusa. Bueno, en este caso la evocación viene bastante a cuento, porque las chavalas van vestidas de guisa parecida a como uno queda tras la carrera del 9 de septiembre; y preciso del día 9 porque la indumentaria de mis compañeras de vagón es más como esa con la que se desfila por las calles accitanas, que a como se hace en Baza el día 6, cuando el negro cobra un protagonismo indiscutible sobre cualquier matiz colorista.

Ropas, las de las chicas, empercudías de pinturas y, además, empapadas, a lo que ha contribuido el chaparrón monumental que está cayendo desde hace un buen rato. Imposible no mojarse, por mucho paraguas, mucha katiuska, mucho transporte que coja uno. ¡Ay! Complicada pareja la que forman verano y Berlín. Pese a que tienen días buenos, es una relación tormentosa, y de tormentas vamos bien servidos este año…

Heme, pues, compartiendo trayecto de tren con estas dos… no, ¡espera!, me acabo de dar cuenta de que lo hago con una decena de personas manchadas de pigmentos diversos. Y sí, el golpe de vista me lleva a donde me lleva, al Cascamorras, pero las sensaciones no escalan posiciones hasta alcanzar los sentimientos que hacen latir el corazón cascamorrero. En apariencia, lo que veo aquí puede ser similar a lo de allí, sin embargo, en esencia obedecen a realidades distintas. Esto me reafirma en la idea de que el Cascamorras es color, pero no solo, y si en un futuro se redujera al caparazón visual, su identidad se diluiría y pasaría a ser otra manifestación cultural colorida más, sí, otra más sin más, en un nicho de mercado ya muy saturado, por lo que tendría complicado hacerse hueco. Entraría a competir, por ejemplo, con la Tomatina de Buñol o la traducción desacralizada que Occidente ha hecho de la fiesta religiosa hindú Holi. Precisamente, y según leo cuando llego a casa, esos con quienes he coincidido en el tren venían de un festival de música electrónica que ha incorporado el baño cromático de los rituales de Holi como una actividad más, por supuesto desposeído de su sentido religioso. Pero, insisto, el Cascamorras no juega en esa liga. Queridas cascamorreras, queridos cascamorreros. Para nuestra tranquilidad, el Cascamorras es mucho más que color.

La fiesta sigue una traza singular y genuina y lleva la marca indeleble de la tierra que la alumbró. Por cada aspecto que la define derrama idiosincrasia, lo cual imposibilita cualquier equiparación más allá de la anécdota estética. Este sabor propio es el que despierta interés y por el que continuará habiendo adhesiones.

Como bien sabéis, es algo autóctono de Guadix y de Baza. Sin este contexto, la fiesta será lo que se quiera, pero no el Cascamorras. Fue un albañil accitano el que, según se viene contando, encontró en la Baza recién recristianizada la imagen de una Virgen y, ante el celo de pertenencia que despertó la talla mariana en ambas poblaciones, se resolvió que Guadix mandara un emisario a Baza y, si este lograba llegar al templo de la Merced sin mancha, podría llevársela, lo cual no ha ocurrido en el más de medio milenio que ha transcurrido desde entonces.

José Antonio Escudero, durante su presentación como Cascamorras 2015

El Cascamorras necesita a Guadix y a Baza no ya por cómo comenzó todo, sino por el significado que adquiere en la actualidad, de ser la fiesta en la que se refrenda la buena vecindad de ambas ciudades: no hay ganadores ni perdedores ni espacio para la violencia o la rivalidad. Que, año tras año, Guadix mande su mensajero de colorines y que lo haga con ilusión y ganas, muestra una voluntad por perpetuar el ritual: gentes de todas las edades acompañan al Cascamorras en Baza para mancharlo y que no consiga así su propósito, y en Guadix se le pinta como “reproche” por no haberlo logrado y como aviso para que lo intente la siguiente vez, pero todo desde el cariño a un personaje que es símbolo de hermanamiento entre ambos pueblos. Que la fiesta haya evolucionado en la sana dirección en la que lo ha hecho le otorga un valor añadido muy importante y una fuerza grandísima, la que le viene por los siglos que acumula y por haberse agarrado al noble principio de sustituir la gresca del litigio originario por una ocasión para el encuentro y el disfrute. Planteamiento que bien podríamos extrapolar a casi cualquier situación y dimensión de nuestro día a día.

Desfile del Cascamorras infantil. Guadix, 2015

Para Guadix, que podría considerarse como el bando que sale perdiendo, no conseguir el objetivo no se interpreta como una derrota: el Cascamorras nunca fracasa, pues nunca se da por vencido -lección tampoco menor- y en el intento se persiste.

El Cascamorras tiene demasiado que ver con Baza y Guadix, Guadix y Baza, como para obviar este pequeño gran detalle. En lo que se siente durante las carreras del 6 y el 9 de septiembre el paisaje y el clima tienen, asimismo, mucho que decir. Por los cerros de las Arrodeas emprende el descenso a Baza la comitiva cascamorrera y desde una cueva de la Estación arranca el desfile en Guadix. Ambas localidades están cercadas por montañas, recorridas por ramblas y salpicadas de cerros que la lluvia, el viento y el tiempo modelan a su antojo y que, no obstante, dan permiso a alameas y huertas que crecen bajo un sol que señorea un cielo azul casi a diario. La fiesta hunde sus raíces en una tierra muy concreta, que en Guadix hasta determina los colores de las pinturas: amarillo -sol-, ocres y almagre -cerro de arcilla-, azul -cielo-, verde -vega-. La misma historia cascamorrera empieza en el subsuelo bastetano, donde se hallaba oculta la imagen de la Piedad cuando el accitano Juan Pedernal dio con ella. Solo, por tanto, el Cascamorras puede ser celebrado y vivido en ambos sitios y, por ende, es difícilmente “franquiciable”, si bien, por otro lado, es muy fácilmente vendible, si se hace promocionando la fiesta desde su esencia, considerando todos sus aspectos: el color, ¡claro!, de las atípicas “mejores galas” del “traje de faena”, pero también la misma liturgia que se sigue durante las carreras -no se pringa uno de cualquier manera ni hace lo que quiera cuando le venga en gana-. Qué decir del poso legendario, el valor antropológico, el sentimiento religioso en torno a la Virgen de la Piedad, la impronta local en su puesta en escena, el atractivo magnetismo del entorno natural, el ambiente festivo y distendido que invita a la participación de gentes de todo tipo y procedencia.

Multitud cascamorrera llegando a la iglesia de San Miguel, Guadix (2009)

 

La fiesta del Cascamorras no necesita prescindir de nada de lo que es para pescar nuevas voluntades. Es más. Cautiva por lo que es en su totalidad, por todo lo que significa dentro de unas coordenadas concretas. Hemos de persuadir desde las peculiaridades que la singularizan. Es tan auténtica que, en cuanto los nuevos corredores la vivan in situ, se convertirán, irremediablemente, en cascamorreros convencidos.

 

Desfile del Cascamorras infantil. Guadix. 2015

 

Artículo publicado en el cuadernillo anual que edita la Hermandad accitana de la Virgen de la Piedad

(agosto 2017)