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Archive for 26 mayo 2009

1. Aparentarás hacer, siempre; nunca harás nada. Si quieres ser un “jeta” profesional, deberás construir tu poder sobre las apariencias. Nunca tendrás que hacer nada. ¡Eso es cosa de “pringaos”! Pero siempre deberás aparentar que trabajas mucho, que estás siempre ocupado. ¿Cómo? No cogerás el teléfono cuando se te necesite, no responderás a los mensajes “urgentes”, no entregarás a tiempo tu parte del trabajo, prometerás ir a reuniones a las que finalmente no acudes… ¿Tu respuesta? Que estás muy liado en unos temas muy gordos que, por cierto, nunca tendrán por qué llegarse a conocer. ¿Que te despiden? Pues sueltas paridas tales como “soy un incomprendido”, “me siento profundamente infravalorado”, “¡con tanta envidia me pagáis lo mucho que he hecho por vosotros!” o “¡no sabéis lo que estáis perdiendo dejándome escapar!”.

2. Convertirás el lenguaje en tu arma letal. Para empezar a ejercer como “jeta”, lo primero que tienes que hacer es ganarte al personal. Para ello, deberás desplegar una argumentación que hipnotice a los “pringaos” a los que vas a estrujar. Éntrales por el lado sensible. Diles que, “por un buen amigo y mejor compañero, darías hasta tu propia vida”. Promételes que les harás favores en lo personal o que tienes muchas influencias, para que así confíen en ti y, tras una primera charla, saquen de ti la impresión de que eres “un tipo guay”, “un colega majo”… favores que, ¡tranquilo!, por supuesto nunca tendrás que cumplir, pero mantendrán coaccionado al pobre “pringao”, que se verá atado a ti por una especie de compromiso o fidelidad emocional que jamás será correspondida.

3. Hablarás en críptico. Sácale rédito a tu ignorancia hablando de cosas raras que catalogas como “muy importantes”, metiendo extranjerismos en tu discurso, aprendiéndote las citas tópicas del típico libro de pretensión enciclopédica de serie B, …

4. Delegarás los marrones en el prójimo. Es el colchón de supervivencia del “jeta”. Siempre se rodea de gente capaz (capaz de soportar sus marrones, claro). El “jeta” profesional jamás emprende solo una iniciativa. Siempre trabaja en equipo, vamos, que se sirve del trabajo del equipo que luego proclama como mérito propio. El “jeta” se vende como la mente pensante, como el “salvador” de ese barco que se iba a la deriva, como el gurú, el maestro al que se le debe todo.

5. Harás culpables a los demás de tus propias culpas. Es la máxima del “jeta”. Una vez que te haces con la confianza del resto, atacas y dejas las cosas claritas: el “jeta” tiene una habilidad pasmosa para proyectar sus fallos en los “pringaos” de “su” equipo, a los que hace culpables de sus mil y un errores.

6. Deberás mantener la calma en los momentos de gran crisis (crisis derivada de tu inevitable solemne incompetencia). El secreto está en callarse o en fingir “no saber nada” del origen de un conflicto desatado por tu soberbia incompetencia. Ante esto, debes callarte y observar. Entonces, con aplome y con aparente sinceridad, confesarás que no entiendes cómo se ha podido llegar a esta situación tan insostenible. Y te vuelves a callar, y vuelves a observar los rostros, primero de perplejidad, luego de indignación, de los miembros del grupo, que acabarán enfrentándose y echándose la culpa entre ellos. Es fundamental que la calma y tu “jeta” te invadan en esos momentos de tensión ilimitada. Es en esta situación cuando tú, como gran “jeta”, debes dar el do de pecho y poner en práctica tu arte pa salirte de rositas e incluso reforzar tu calidad de líder natural en “esa panda de tontos del bote que te rodean”.

7. Y demostrarás tu superioridad humillando al prójimo trabajador… Si para hacerte notar, si para amedrentar al resto tienes que escupir, zancadillear, pisotear a algún pobre “pringao”, pues lo haces y ya está.

8. …O te venderás como la pobre víctima de un complot universal, pasto de la envidia mundial, de la conspiración internacional, al sentirte incomprendido por el vulgo inculto e inferior que te rodea. Es muy propio de los “superjetas” cambiar continuamente de actividad, debido a una “ilimitada” capacidad “creativa” de la que presumen y que tan poquito es valorada (ver argumentarios del mandamiento 1). Tú, si quieres llegar a ser un “jeta” profesional, deberás aparentar siempre ser el más creativo y, por ello, el más envidiado, debido a tus innumerables cualidades. Se trata, en fin, de manejar, manipular y jugar con la fibra sensible de los “pringaos” de turno, ya sea presentándose ante ellos como víctima (mandamiento 8 ) o como verdugo (mandamiento 7).

9. Tomarás el brazo entero aunque sólo te den la mano. O, lo que es igual, descargarás todo el peso de un encargo sobre el “pringao” que se ofreció a ayudarte, ocuparás por un mes completo el chalet de la playa de ese amigo -“pringao”, claro está- que te lo ofreció para un solo fin de semana o, ¿por qué no?, te liarás con la mujer de ese mismo amigo “pringao” al que convences que le harás un gran favor pues “¡menuda arpía es!”.

10. El jeta, por encima de todo, se toma la vida a guasa. Si, al final del pastel, resulta que descubren la jeta impresionante con la que te abres paso en este mundo atroz y voraz, no te pongas nervioso (ver mandamiento 6). El “jeta” profesional se toma la vida a guasa. ¿Qué te echan del trabajo? Pues te buscas otro. Visto de otra manera, que tu currículo se vea inundado de tan diversas ocupaciones, hasta te puede venir bien para ofrecerte ante cualquier otro “pringao” que se deje embaucar por tu “mucho” de “nada”.

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Publicado en Wadi As en su edición del 26 de septiembre de 2008.

Va a ser verdad que los españoles somos una raza sufrida y dura, capaz de resistir lo indecible, pues al parecer nos tomamos más a pecho eso que dicen en las bodas de comprometerse con la pareja no sólo en la salud, sino también en la enfermedad. Yo subrayaría lo de ‘en la enfermedad’, pues, leyendo los datos relativos al número de divorcios en septiembre, mes por antonomasia de amores reglados que llegan a su fin, uno se queda con que en tiempos de vacas flacas, de apretarse el cinturón, hasta están de crisis las ganas de romper. En este otoño de 2008, el ritmo de disoluciones se ha frenado desde el año pasado, lo que psicólogos, abogados y demás expertos en este mundillo vinculan de manera directa con la recesión económica que vive esta España que no va tan bien como se cree.

Porque divorciarse de la pareja legalmente no es difícil, pero del banco resulta misión imposible. En estos días que corren es complicado recurrir a la venta de la vivienda compartida durante los años de feliz matrimonio como solución económica inmediata al ‘y ahora, ¿qué?’ que surge tras la firma del finiquito sentimental. Cuesta dar salida a un piso; el proceso no es tan rápido como años atrás y el tiempo que uno gana con el divorcio exprés lo pierde con la venta a cámara lenta. Y eso de seguir viviendo bajo el mismo techo que la persona de la que poco o nada uno quiere seguir sabiendo en tanto se vende el piso o uno de los dos tiene medios para irse es un sudoku de difícil encaje en una mente sana.

La cosa se enmaraña si uno, encima, se ha quedado en paro y tiene hijos, por lo que, de divorciarse, tendría que reservar, de sus escasos ingresos, una parte para la pensión alimenticia de sus criaturas.

Dicen los entendidos que se llega a la ruptura matrimonial porque no hay nada de qué hablar. No hay mal que por bien no venga y quizás al calor del brasero surja más que una conversación sobre cómo cuadrar las cuentas para cumplir con la hipoteca, pagar el colegio del niño y alcanzar el fin de mes sin morir en el intento y quién sabe si de tanto sumar y restar y multiplicar y dividir no se sumen también esfuerzos, se resten sinsabores, se multipliquen los encuentros y se dividan las penas, pues ya se sabe que del fuego siempre quedan ascuas.

Así, lo que Dios no puede impedir sí parece frenarlo la crisis, por lo que se me ocurre que para salvar la institución matrimonial en vez de bodas en las iglesias se celebren ante la casa en vías de embargo, en vez de arras se comparta la calderilla que de tantos apuros salva, en vez de cura se ponga como oficiante un cobrador del frac y, por supuesto, que se añada al ritual que ‘lo que la crisis ha unido, que no lo separe el hombre’.

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Publicado en Wadi As el 13 de julio de 2007.

Que lleguen las vacaciones no siempre significa que llegue el descanso. Más bien en raras ocasiones uno logra en verdad desconectar durante este período de tiempo del ritmo frenético que marca nuestro día a día. Las vacaciones, muy al contrario de su vocación original, agobian, estresan y cansan… y mucho. Muy al contrario, las vacaciones implican engarzar un rosario de obligaciones que aceptamos en el nombre de una sólo teórica distensión. Que si acordar las libranzas con el jefe cuando a éste le da sólo por destacar tu imprescindible labor en la empresa y la imposibilidad de encontrarte sustituto cuando llegan estas fechas. Que si cuadrar las vacaciones con la pareja, amigos o familia sin que parezca que ceden ante tus intereses. Que si el hecho de concretar el destino vacacional supone más reuniones, más tensiones, más idas y venidas que la mismísima negociación de los Presupuestos Generales del Estado. Que si repartirse, calendario en mano, los días para el disfrute con la familia propia y la familia política, midiendo al milímetro los planes reservados para cada cual. Que si comprobar, ya en el sitio del relajo, cuán diferente es el apartamento lujoso reservado por Internet del cuchitril, infestado de mosquitos, en que estamos albergados. Que si querer aprovechar al máximo el tiempo disponible metiendo en la agenda mil y un planes, ya sea visitando hasta la última ruina arqueológica, ya bailando en los aerobics playeros, ya quedando para tomar cañas hasta con el último mono del pueblo. Que si hacer colas para todo (para entrar en museos, para tapear en el chiringuito, para bailar en la discoteca, para usar el wc en el camping…). Que si hacer codos para defender tu lugar en el mundo para que el vecino de playa no se beneficie “by-the-face” de la espléndida sombra de tu sombrilla, para ganarte el derecho de darte un baño en la piscina sin que nadie te roce, para que el conserje del hotel responda a tus preguntas sin esa cara de ajo que sólo pone a los clientes de tercera división. Que si dónde llevar al niño que se ha puesto con 40 de fiebre sin venir a qué. Que si implorar a los santos del Cielo para que pongan fin a este despropósito hábilmente vendido como pasaporte para un merecido descanso… demasiados factores como para andar distraído en tanto trascurren estos días de campo y playa, de juerga nacional. Nada, ni siquiera en vacaciones nos dan tregua para bajar la guardia. Estrés, estrés, estrés. Los bañadores, la visera de turista o el look rural son mero atrezzo. La procesión va por dentro, y las prisas, y nuestro agobio. Por eso es que no entiendo en verdad ese “síndrome post-vacacional”, término que causa sensación en las revistas de otoño, y que dicen afecta a los que felizmente regresan de sus días libres y vuelven a sus ocupaciones habituales. Yo le llamaría “afección vacacional” en general, pues muchas veces el acelere nos puede venir mucho antes de lo esperado.

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Publicado en Wadi As en su edición del 27 de marzo de 2009.

Probablemente no nos quede otra opción, no tengamos otra vía de escape, que recurrir al cuento de la lechera como salvavidas ante tanta crisis económica, laboral y afectiva. Que, sin querer, se nos vaya la cabeza hacia paraderos futuribles de poca consistencia es algo que más bien debemos achacar a nuestra capacidad de supervivencia, de resistencia al lío, a la desilusión, a la desesperanza que amenaza con quedarse y habitar para siempre en nosotros en estos malos tiempos. Por eso, si bien al principio me resistía a llenar mi cabeza de historias inverosímiles de trama apasionante y final mejor durante esos momentos del día con licencia para desconectar, ahora veo en ello un mecanismo rápido, sencillo y gratuito de escape a cualquier lugar cuando aprieta el agobio. ¿Quién no se ha imaginado alguna vez que le toca la Lotería? ¿O que se encuentra un cheque en blanco tirado en la calle? ¿Quién no ha pensado en si la viejecilla del quinto, ésa a la que saludas todas las mañanas, a la que le recoges su barra de pan cuando se marcha a dar un paseo, resulta estar superforrada y te nombra heredero de su fortuna, para alarma de sus sobrinos nietos? ¿Quién no ha soñado que va tan tranquilamente por la calle y de repente te para un famosísimo director de Hollywood y te dice que te ha estado observando de manera detenida desde la mesa de una terraza mientras hablabas con unos amigos y ha visto lo genial que darías en cámara y lo bien que encajarías en su nueva película?

Pero lo más interesante viene después del planteamiento de la historia y son todas esas ramificaciones que avanzando, avanzando incluso nos pueden llevar a la mismísima presidencia de los Estados Unidos, al trono de un reino perdido, al centro de la Tierra o a los volcanes de Marte en un pispás. Lo mejor son esos cuentos de la lechera a partir de los que podemos llegar a ser algo muy alejado de lo que somos, de nuestras circunstancias, de nuestro enclave humano y social, pero muy cercano a la vez a esas inquietudes más íntimas y desconocidas que albergamos y que se activan cuando ahí fuera todo es oscuro y tenebroso. Y, así, imaginamos que si tal vez nos tocase una burrada de dinero, después de hacer el reparto pertinente a todo aquel bicho viviente con quien quisiésemos compartir nuestra alegría, nos iríamos de aventura a dar la vuelta al mundo, periplo durante el cual, mira tú por dónde, resulta que nos ganamos las simpatías del pueblo americano, que nos vota masivamente, y nos convertirnos en el mejor presidente jamás recordado, para hacernos, tras cumplir el mandato, los reyes de un reino perdido en Oriente, y los primeros en conquistar la cima del Everest sin oxígeno asistido y en descender por grutas fantásticas hasta el corazón de la Tierra siguiendo el relato de Verne y en embarcar hacia Marte en nuestra nave espacial y levantarnos un adosado y…

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Publicado en Wadi As en su edición del 1 de mayo de 2009.

Pienso en el fin del mundo. Lejos de las siete plagas de Egipto, del impacto de un meteorito o de una imprevista glaciación, me da por imaginarme que el fin de los días viene de la mano del extravío, en dudosas circunstancias, de una vacuna experimental salida de la sala oculta de una empresa farmacéutica, y de cómo va a dar a parar a una granja en México, donde el encargado, que empieza a notar que a sus cerdos les pasa algo, siente a los días fiebre y malestar general, y así se lo cuenta al vecino, que, a la semana, también enferma, y que así ese ‘lo que sea’ llega a la capital mexicana, donde infesta a cien, doscientas, miles de personas, de allí y de otros países, a donde regresan, dejando, por desconocimiento, que ‘la cosa’ viaje con ellas a sus lugares de origen, donde empiezan a toser, a moquear, a tener calentura, y son hospitalizados y temen acabar muertos tal y como comienza a suceder en México… y eso, a lo que llaman ‘gripe porcina’, muta y hace que los cerdos infestados se transformen en monstruos y que los humanos muertos -que no están nada muertos- salgan de sus tumbas por la noche y se coman lo primero que encuentran… y todo esto me viene a la cabeza al escuchar la acalorada conversación que mantienen dos señoras que guardan cola en la carnicería delante de mí, durante la que una le dice a la otra que, por si acaso, no comprará cerdo, y la otra añade que ni siquiera viajará en metro durante unos meses, hasta que se aclare el asunto, porque, cuenta, la tele ha dicho que en México la gente ni va a trabajar ni nada, y a ver si va a resultar que como el virus salta de persona en persona va una a pillar algo. Y entonces una apunta que incluso un hospital ya ha sido aislado y la otra se muerde el labio, mira hacia arriba y exclama un “¡Ay, Dios mío!” que me hace pensar en qué poquito nos hace falta para desatar esa natural disposición a la exageración y esa particular tendencia de ciertas personas a seguir a pies juntillas cualquier teoría conspirativa. ¡Ay, el Apocalipsis! A poco que surge una lejana amenaza, ésta se erige en una versión creíble del temido fin de los tiempos, pero, ¡claro!, narrado e ilustrado por el primero de turno, con conocimiento de causa o no, quedando pues en un Apocalipsis apocado, de mercadillo, de rebuscar en el montón para coger algo y dejarlo de nuevo. Se dice, se comenta mucho sobre el futuro de algo que en el presente se sigue desconociendo. Sin embargo, estas señoras que todo lo saben sobre el mañana descuidan un detalle del presente en el que yo, por el contrario, sí cargaría las tintas apocalípticas, y es que para evitar la extensión del contagio, se han prohibido los besos. En un mundo sin amor, nada bueno puede pasar.

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Publicado en Wadi As en la edición del 19 de diciembre de 2008.

Me paré cinco minutos a descansar del peso de las bolsas en la entreplanta de un centro comercial y, sin quererlo, asistí a uno de los momentos más divertidos de los últimos días. Subían tres chicas adolescentes por las escaleras mecánicas. Las voces habitualmente altas a estas edades, de repente, aumentaron si cabe aún más de intensidad. “¡Mi zapato, mi zapato!”, gritaba una de ellas, mientras iba dando saltitos a la pata coja a pocos metros de mí. “¡Que la escalera se ha chupado mi zapato!”, seguía diciendo la chica, altísima, delgadísima, mirando hacia todos lados, buscando quizás a algún dependiente que le ayudara a domar la máquina caníbal y recuperar después su prenda… porque lo que eran sus amigas, poco iban a hacer, oyendo las carcajadas que le devolvían como respuesta. Incluso una estaba tan sumamente contagiada de este golpe de risa que tuvo que sentarse en una peana con maniquíes para seguir con la fiesta. “¡Qué bueno, qué bueno!”, parecía decir ésta entre risas que no hallaban fin, con la cara roja como un tomate y los ojos empapados de lágrimas.

La escalera, con el zapato engullido, empezaba a emitir un sonido similar al de las bicis poco engrasadas. La gente que por ella subía, además, avanzaba como a trompicones. “¡Mira la que has liado!”, apuntaba la otra colega, también sofocada, también entre risas, que ya se habían apoderado de la propia afectada y de los curiosos que habían acudido ante tamaña escandalera. “¡Al menos súbete el calcetín de la pierna que llevas colgando!”, apuntó la del ataque de risa, mientras señalaba la pierna de su amiga, en la que efectivamente se dejaba ver un calcetín rosa corto con pelotitas fucsias en el borde, detalle que contrastaba, ¡y de qué manera!, con la cazadora de cuero y la gorra que llevaba a juego. Era imposible mantener la compostura al ver a esta chica, tan alta, tan delgada, girando, cual veleta, sobre su pie hacia allí, hacia allá, exhibiendo, además, esa parte infantil que permanece en quienes ya se adentran en el mundo adulto. Y esto acabó por desatar la risa en todos los que allí estábamos, que éramos muchos. “¡El botón rojo! -comentó un espontáneo-; ¡en las escaleras mecánicas hay un botón rojo que las bloquea!”, pero ninguno podíamos dejar de lado esa risa tonta y ponernos a buscar el botón. Al fin llegó una dependienta y, sin apenas escuchar explicaciones –quizás por la experiencia-, se fue directa al botón. Al parar la máquina, empezaron a amainar las risas y a disolverse el populoso corrillo que se había formado en torno a las adolescentes.

Algo tan simple y la de risas que ha provocado, risas como hacía tiempo no oía ni sentía, risas de ésas que salen desde dentro porque en verdad hace tanta gracia una cosa que no se pueden contener. Éste fue el mejor regalo que me llevé ese día del centro comercial. Échale risas al pavo y sonrisas al espumoso. Oportuno recetario para tiempos raros.

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Publicado en Wadi As en su edición del 3 de abril de 2009.

La impaciencia, consustancial al hombre moderno, gana enteros en quien vive y se mueve en la gran ciudad. Por tanto, es razón de peso acostumbrarse a ella, aprender a tolerarla para evitar ser pasto de la ansiedad. Es necesario y nada fácil emprender dicha encomienda, pues lo primero que surge cuando ves que el metro tarda y en el andén se va acumulando gente delante de ti es esa furia que, primero, convierte tu cara en un tomate, para ir tomando después el resto del cuerpo; pues estar metido en un atasco donde no se atisba una inmediata disolución, donde todo son claxons, malas caras y coches que intentan adelantar por lugares imposibles, no es precisamente la mejor manera de comenzar el día; pues tener que ir de acá para allá cuando las distancias entre los puntos son tan enormes resta un tiempo de oro de esas 24 horas que tan poco nos saben; pues deber guardar cola hasta para lo más nimio no es hábito que precisamente contribuya a la paz interior.

Yo he dado con una solución que aplico en situaciones similares a éstas que relato y que son muy frecuentes en la gran ciudad y consiste en que cuando estoy a punto de estallar en el abarrotado andén del suburbano, cuando me dan ganas de bajarme del coche, dejarlo ahí en el atasco atrancado y marchar hacia mi destino a pie, cuando compruebo cómo los desplazamientos me roban al día mínimo un par de horas, cuando llego a la frutería, a la panadería, a la dársena del bus, al médico, al parking, a cualquier sitio donde se suponga presencia humana y me encuentro una hilera más o menos formada de gente esperando, rápidamente me saco de la manga el as preciso para ganarle la partida a la impaciencia. Y entonces pienso en esas mañanas de primavera en Guadix, aún frescas, si bien el sol irrumpe ya con ganas y empieza a calentar esos campos húmedos por el frío de la madrugada, mañanas que van desperezándose poco a poco bajo los toques del reloj de la Catedral, que retumban a distinto tiempo ya en la vega, ya en los barrios, ya en las cuevas, mañanas en las que las calles, que amanecen solitarias, se van llenando de gente, pero poco a poco, y en pequeñas dosis. Pienso en esos mediodías en los que se escapan por las ventanas los aromas de comidas de cuchara y en esas sobremesas donde el pueblo se atrinchera en sus casas buscando ese breve descanso que da fuerzas para completar el último tramo de trabajo y regresar, al fin, con la caída de la noche. Y este ciclo tranquilo que, desde hace mucho, mucho tiempo, rige la vida de Guadix impide que los embotellamientos que padecen sus calles más céntricas y las gentes arremolinadas en torno a los montones del ‘sábado’ causen esa impaciencia que consume, que apaga, que agota y que quien no tiene un pueblo donde refugiarse sufre en grado extremo.

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