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Archive for 21 octubre 2009

NO NOS QUIEREN

Este artículo ha sido publicado en Wadi As en su edición del 22 de agosto de 2009.

¿Cómo pretenden que me sienta europea? ¿Cómo, después de la humillación recibida en Eurovisión, voy a tener ánimo suficiente como para combatir esa pereza natural, esa natural inercia de quedarse en casa el día de las elecciones al Parlamento europeo? El enésimo fracaso en esta gala mina, desde luego, ese leve espíritu europeísta que podamos albergar en el fondo, muy fondo de nuestro corazón, pero, sobre todo, ataca, y de qué manera, nuestro amor propio. Y es que, después de esta última edición, ya nos ha quedado bien clarito que da igual con qué compitamos, que no seremos premiados con los primeros puestos de la clasificación y tendremos que acostumbrarnos a ver como un triunfo mantenernos en la parte media de la tabla. Vamos, que vista la penúltima posición en la que quedó confinada Soraya, que el ente público se empeñó en vendernos como la gran esperanza eurovisiva, sabe a gloria la decimosexta que cosechó Chikilicuatre el año pasado. Da igual a quien mandemos. Da igual qué tipo de canción llevemos.

Todo huele a chamusquina. La canción de Soraya no era mejor ni peor que las de sus oponentes. Por calidad musical, se debería haber declarado desierto el concurso, al pujar todos por el mismo penúltimo puesto. Sin embargo, en el vergonzante y vergonzoso reparto de puntos, al final éstos van siempre para los mismos, y el ‘guayumíní’ y el ‘point’ se entona siempre en las mismas direcciones, todas muy lejanas. ¡Ay, España! ¿Por qué no cuajas en Eurovisión? Interpretaciones sobre el nuevo fiasco hay para todos los gustos. Desde quienes ven en ello reflejo de una mala política de relaciones exteriores, pasando por quienes señalan el desafecto patrio que siembran los nacionalismos radicales, hasta los que intuyen que tras el vigésimo cuarto lugar de Soraya se oculta el castigo de la organización del festival a nuestro país al llevar el Chiki-Chiki y no tomarse en serio el certamen. El tema es más sencillo que todo esto. Apelar a razones políticas para justificar la poca cosecha de votos queda invalidado como argumento cuando, como ha ocurrido, vemos a los países de la antigua Yugoslavia, que ayer, recuerden, se estaban pegando tiros unos contra otros, votarse, hoy, unos a otros. Echarle la culpa a los Ibarretxes y Carod-Roviras de turno de la intoxicación independentista queda caduco cuando, tirando de hemeroteca, repasamos la imagen de entusiasmo, la marea roja que inundó las calles de toda España por la victoria del combinado nacional en la Eurocopa. Quizás lo de la reprimenda por Chikilicuatre pueda tener algún sentido, pero, al menos, su estrambótica puesta en escena, su peculiar letra y su pegadizo ritmo suscitó en nuestro país el interés de televidentes que jamás habían seguido antes este paripé. Visto lo visto, tal vez sería lo mejor para todos que no volviésemos por esos lares. No nos quieren. Qué se le va a hacer. Pero no más palizas retransmitidas, no más puestos 24. Que en España, otra cosa no, pero la honra es cosa sagrada.

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Para quien se siente raro en el mundo

Publicado en Wadi As en septiembre de 2007 .

Iba ayer montada en un vagón del metro. A mi izquierda viajaba una chica de tez morena aceitunada, de pelo negro, negrísimo, duro y sufrido como sus manos, recias, fuertes, que parecían más bien dos palas dispuestas a lavar, planchar y llevar a cabo cualquier tarea con la que demostrar su resistencia. A mi derecha había un señor de cierta edad, con zapatillas de paño medio rotas, pantalones de chándal desgastado y, creo, chaqueta vaquera. Éste, de pelo blanco enmarañado, se había quedado medio dormido sobre el hombro de una chica perfectamente conjuntada en tonos rosas y grises que no sabía cómo evitar las cabezadas de su compañero de asiento. Justo enfrente de mí, un punki con su cresta, con sus cueros y sus pitillos de rigor, repetía el mismo movimiento de cabeza, monótono, constante, arriba y abajo, que seguro marcaba el grupo de música que escuchaba en su mp3. Probablemente ajeno a su voluntad, el chaval se había sentado entre dos señoras, de “50 y” que, por lo que se veía, eran colegas de oficina e intentaban mantener una conversación normalizada sobre la subida de los tomates y los huevos a pesar de la barrera natural que suponía el punki impasible.

Por no hablar del yuppie engominado que en un frenazo improvisado casi incrusta su maletín de piel en mi cara ni de la chica embutida en pantalón y camiseta de lycra oscura que, en esa misma frenada, perdió el equilibrio y se chocó contra el viejete desaliñado, despertándolo de su dulce sueño, ni de la otra chica que con gran habilidad sostenía con una mano un libro de mil y una páginas que leía con avidez y con la otra iba agarrada, cual gorila, a la barra superior del vagón para mantenerse bien sujeta. Por no hablar de ese par de señores con monos azules y chalecos enguatados que miraban el reloj cada vez con más frecuencia, como si quisiesen así acelerar la llegada del convoy a su estación de trasbordo o de final de trayecto. Por no hablar de la pandilla de colegialas, de faldas milimétricas y jerseys apegados, que se arremolinaban al fondo del vagón, cuchicheando sobre lecciones nada académicas.

Iba ayer montada en este vagón del metro, con todas estas personas y otras tantas de ocupaciones tan distintas, con preocupaciones tan diferentes, con orígenes tan dispares y destinos tan diversos, cuando me llegué a preguntar qué demonios pintaba yo allí, aquí. Segurísimo que en sus puzzles particulares yo sería tanto o más estrafalaria, pintoresca, grotesca o improcedente como muchos de ellos me resultaban a mí. ¿Que qué hago aquí? Pues estar siempre de viaje, conociendo algo nuevo cada día, siempre viviendo, siempre a mitad de ruta. Una gran ciudad como ésta no es sino el eterno lugar de paso donde el viajero logra a lo sumo formar extraños grupos de gentes surgidos por la casualidad, sin más ligazón entre sus miembros que la coyuntura, el momento… como aquel que rellenaba ayer aquel vagón del metro.

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CRISIS

Asegura que no era consciente de lo que estaba haciendo, que no sabe por qué, sin más, sacó su pistola en el vagón del metro en el que viajaba vestido de paisano. Tampoco atina a responder con exactitud a la pregunta hecha por sus colegas de profesión, sobre qué pretendía al mostrar el arma ante los pasajeros del convoy y ponerla sobre su propio pecho, pero sólo recuerda que, de repente, se vio reducido por varios policías. Las noticias que al respecto he encontrado en la red señalan que sufrió un ataque de nervios, lo que le hizo perder incluso la noción de espacio y tiempo.

Llama la atención de este caso que sea precisamente un policía, que se supone garante de la seguridad colectiva, el que pierda los papeles, el que traspase esa línea -delgada línea, a la vista de los hechos- entre la responsabilidad y el caos. Y es que nadie, ni el más recto cumplidor de la ley, está libre de un arrebato, de un bloqueo por estrés, de una crisis de ansiedad. ¡Ay, la crisis! ¡Maldita palabra! Al fin apareció y para impregnar lo que resta de artículo, pues es raro el día en que no se dé cuenta de un nuevo dato que vincula la crisis económica con el deterioro de la salud mental. El último que conozco lo aportan psicólogos granadinos, según los cuales los casos de depresión se han duplicado y los trastornos de ansiedad han podido aumentar un 60%. Otra cifra. La misma información recoge que en los últimos diez meses se han incrementado en un 50% las bajas relacionadas con el estrés laboral.

Visto cómo está el patio, con los sueldos que no dejan de menguar, con el paro que no para de crecer, no es nada difícil caer en el lío, en la pena, en la desgana, en el dejarse llevar por lo que venga hasta llegar a acomodarse en la crisis emocional, punto desde el que es imposible luchar contra la otra, la que agarra el bolsillo. ¡Crisis y más crisis!

¿Cuál crisis es causa, cuál efecto? ¿La económica, la anímica? Evidentemente, perder el trabajo o permanecer en paro durante mucho tiempo después son factores que merman el poder adquisitivo y agravan los problemas económicos, situación que genera agobio al verse uno incapaz de hacer frente a los pagos. Pero, a su vez, este agobio alimenta una sensación creciente de impotencia ante todo lo que hay ahí fuera, tan enorme, tan gigante, tan complicado de abatir, actitud que impide enfrentarse a la adversidad económica y dilata los tiempos de hallar una nueva ocupación. No está claro dónde acaba una crisis y dónde empieza la otra. Forman parte de ese mismo ambiente enturbiado y alborotado en que nos movemos y que permite que cobre sentido el numerito del policía vestido de paisano en un vagón del metro y la consiguiente reacción de los viajeros que le acompañaban, que no tardaron ni medio segundo en salir en avalancha, llenos de pánico.

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Publicado en Wadi As el 24 de agosto de 2007.

¿Qué pasa cuando ves a la misma persona, con igual pose, con idéntica vestimenta, en diferentes momentos de tu vida? Pues que te llama poderosamente la atención, que pica tu curiosidad, que la fijas como anécdota que contar a los amigos. ¿Pero qué ocurre cuando, además, esos encuentros frecuentes se producen siempre antes de atravesar una situación complicada, dura, difícil? Pues que empieza a parecerte desconcertante, demasiado raro para ser real. Envuelta en este halo de misterio permanece la niña de azul. La niña de azul no es demasiado alta. Levantará metro y poco del suelo, si bien la fuente que recoge buena parte de su oscura melena rizada hace que su altura parezca mayor. La niña viste un vestidito de cuello marinero y manga corta teñido en azul clarito. Calza zapatitos blancos, a juego con sus calcetines cortos -quizás rematados por un encaje- y con el lazo que marca su cinturita, blancura que resalta por el color dorado de su piel morena. Cuando la veo, siempre lleva algo en la mano. Creo que es una flor, ¿o es un pequeño libro?, ¿o tal vez un bloc?, ¿o un abanico?, no sé, pero siempre es algo blanco.

Su imagen suele aparecer reflejada en el cristal de un escaparate, en el retrovisor del coche, hasta en el espejo de mi casa. A veces incluso me ha parecido verla caminar por las aceras mientras yo viajaba en un bus urbano, o entre otros niños más a punto de entrar al colegio, o de la mano de alguien en esos días de calles llenas. Pero sea de la manera que sea, cuando nuestras miradas se cruzan, ella se para, me mira y me sonríe, y entonces deja entrever que su boca empieza a mellarse, y entonces sus ojillos, pequeños y oscuros, comienzan a brillar como la punta de un diamante. Me sonríe y se contonea levemente, meciéndose sobre una de sus piernas, anclada al suelo. Y, de repente, cuando quiero reaccionar, cuando incluso quiero acercarme a ella, en un instante, se me pierde de la vista, se esfuma, sin más. Y siempre, desde hace ya unos cuantos años, no menos de diez, la encuentro –o me encuentra- horas, minutos, segundos antes de que se desencadene una pequeña o gran tormenta sobre cualquier ámbito de mi vida. ¿Que si le tengo miedo? He de reconocer que al principio sí que temía la presencia de la niña de azul. Su aparición, inexorablemente ligada al desenlace inminente de un episodio no precisamente agradable, me empezó a causar cierta desazón y no menos aversión supersticiosa. Pero su aire, que me resulta muy, pero que muy familiar, y la candidez de su figura me llevaron a descartar cualquier malignidad en su existencia. La niña de azul es como ese plus de energía necesario para afrontar un sobreesfuerzo, esa recarga extra de combustible para emprender un tramo duro del camino, esa luz potente precisa para avanzar en la noche oscura. Es mi faro, mi aliento, mi ánimo, mi vigía.

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EL BESO

Sobre lo que le pasó a Lara en enero y que me ha contado ahora en agosto.

Publicado en Wadi As el 10 de agosto de 2007

¿Que qué hice? Pues que le besé. No pude hacer otra cosa. Estaba esperando la llegada del autobús. Hacía frío. Empezaba a lloviznar. Era ya noche entrada. El reloj marcaba las siete y media de la tarde, ¿o eran las ocho y media? Había poca luz. Apenas podía distinguir la orientación de las manillas. Pude comprobar que efectivamente eran las siete y media gracias al neón intermitente del poste que marcaba la ruta del bus. Iba a medio gas, pero fue suficiente. De la sombra, de repente, salió una señora que me advirtió que el último 45 acababa de pasar hacía apenas cinco minutos. “Hasta dentro de veinte minutos no llega el siguiente”, añadió con sonrisa de resignación, a la que amablemente correspondí.

Yo, sin embargo, no tenía frío. Más bien calor. Este enero con pretensiones de abril me tiene muy trastornada. ¿A qué viene tanta calefacción si a mediodía alcanzamos los 22 grados? “Sí, señorita, pero aún es enero”, me habían respondido los encargados de mantenimiento de la oficina. Y sí, es cierto que estamos en enero, pero, ¿qué es más importante? ¿Someterse a la tiranía del calendario o salvaguardar la salud personal? Así, aunque el termómetro adherido al poste del 45 marcaba ya los cinco grados, yo seguía teniendo el calor metido en el cuerpo. De hecho, llevaba el abrigo y la bufanda y los guantes en la mano. Faltaba la lluvia para aumentar mi bochorno interior. Olía a tormenta. Ya caían gotas más gordas que presagiaban un festival de agua y rayos. Y yo sin paraguas y con más sofocos. No sé si fue la intermitencia del neón, o mis caloradas, o la lluvia que empezaba a formar una capa de humedad en mi rostro, o nada de lo anterior, pero el caso es que no supe qué hacer ni tampoco pude decir que no a aquel señor que se acercó a mí, me agarró por la cintura y me besó. ¿Qué podía hacer? Pues cerrar los ojos y dejarme besar. Sabía bien. A ligero mentol. Incluso a hierba recién cortada, o a fruta hecha zumo, o al campo que acaba de ser segado. Sus labios, suaves. Como la seda, como el tacto de un bebé, como el algodón de dulce. Sí, era un beso de seda. Sus manos, delicadas, pero firmes y fuertes, me acariciaban entonces la cara, ya completamente empapada, como toda mi ropa. Llovía mucho. De aquel hombre no recuerdo su rostro ni tampoco sabría concretar su edad ni su fisonomía o su atuendo. Era todo en sí mismo un enorme beso, tan profundo que dio de lleno en mi corazón. No me acuerdo tampoco de cuánto tiempo estuvo allí besándome. Cuando de repente abrí los ojos, él ya no estaba. Ya no estaba el beso. Ya sólo quedó la lluvia. Ni siquiera la intermitencia del neón ni mis sofocos ni la señora que había estado esperando el bus. Del bus tampoco había rastro alguno. Solas, la lluvia y yo. Y ambas, bien mojadas.

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Publicado en Wadi As el 3 de agosto de 2007.

Hasta que me pidió poder hojear una de las revistas que yo acumulaba en el banco no me percaté de su presencia. Hasta ese mismo momento en que señaló el montón de periódicos y semanarios que yo había apilado para acometer la lectura dominical existíamos para mí únicamente el parque, el banco y yo. Desde aquel mismo momento, aquella voz tomó carne en un chico alto, robusto, vestido completamente de negro. Es más, el negro de su vestimenta era más negro en comparación con la blancura de su piel y con los colores vivos del entorno en que nos encontrábamos. El verde del césped, el carnaval de colores de las flores y el azul del cielo eran más ellos mismos por culpa del negro rotundo de aquel curioso impertinente. Tenía el pelo castaño cortado a melena, con algunos mechones rubios, muy lacios, que caían sobre su cara, muy redonda, cruzada por una sonrisa hecha para la ocasión. “Pero la cojo sólo si no te molesta”, indicó el chico. ¡Cómo deseaba que se callara, cogiera la revista y me dejara en paz! Pero él seguía allí. “¿No te importa que me siente aquí, en el banco?”, me dijo, ante lo que sólo pude encogerme de hombros. No pasaron tres minutos cuando me preguntó qué opinaba de Beckham. No pasaron cinco minutos cuando quiso saber si envidiaba su posición social. Y no pasó ni un minuto más para que yo respondiera a todo que no, que no me importaba lo más mínimo Beckham y sus fiestas. “Me parece una vida artificial, y punto”, afirmé, creyendo que con el “y punto” cortaría su conversación sinfín. Pero no fue así. “Ah, te molesto. Sí. Te veo muy ocupada”. La verdad es que sí que estaba realmente ocupada. Tenía que tener leída toda la prensa del domingo y ya llevaba retraso. Esbocé una sonrisa, fruto de mi desesperación. Sé que me habló de muchas cosas más. No lo recuerdo. Llegué a desconectar, la verdad, hasta que, de repente, me preguntó si era feliz. “Sí, claro”, respondí, enérgica, a lo que añadí que me tenía que marchar. Había colmado el vaso de mi paciencia. Insistió en devolverme la revista. Insistí en que se la quedara. Se quedó la revista, se quedó mi banco, y yo me llevé a cuestas su pregunta sobre la felicidad.

Son las dos de la mañana. Hace un calor asfixiante. No puedo dormir. Y la pregunta del chico de negro sigue danzando en mi cabeza desde entonces y desde entonces he vivido muy diversas situaciones tras las que me he planteado precisamente si soy o no verdaderamente feliz. No sé si el chico de negro era un ángel o un demonio. El caso es que hoy, en el sopor de la noche, estoy convencida de que el Destino, o lo que sea que juega con nuestras vidas, puso en mi camino al chico de negro para recordarme, quizás, que hay preguntas que siempre nos debemos hacer, a cualquier hora, en cualquier lugar.

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Yo soy de los andaluces que ven, o creen ver, Andalucía en todas partes. Ya sea en el metro, entre la marabunta, en los atascos, siempre hay un “no sé qué” que te lleva a ella. Yo también soy de esos andaluces que cantan el himno de Andalucía cada 28 de febrero. Yo, aunque vivo en Madrid desde hace ya unos cuantos años, sigo amando profundamente Andalucía, mantengo mi acento accitano, procuro santificar sus fiestas, aprovecho la más mínima ocasión para pregonar sus beldades y confieso que aún se me escapa alguna lagrimilla cuando cruzo Despeñaperros.

Yo soy uno de tantos cientos de miles de andaluces que aprendimos que nuestra singularidad estaba más en la suma de voluntades, en el cúmulo de culturas diferentes y, sobre todo, en la apertura a todo y todos, que en la construcción de muros identitarios de difícil comprensión. Por eso, yo como tantos otros andaluces, me siento, cuanto menos, confusa, ante el marasmo terminológico, ante la absurda guerra de palabros en la que se han enzarzado las autoridades del Gobierno autonómico durante la elaboración del nuevo Estatuto de Andalucía. “Realidad nacional”, dicen para acuñar la condición andaluza. Pero, ¿qué es una “realidad nacional”? ¿Acaso una variedad edulcorada de “nación”? ¿El reflejo bisoño de las ambiciones catalanistas? ¿El eslabón perdido entre la “autonomía” y la “nación-estado”? Y, sobre todo, ¿qué beneficios va a reportar a Andalucía este cambio de denominación?

No nos engañemos. Esta amalgama de palabrejas no nos va a sacar de nuestro complejo de “hermano pobre” ni nos va a resarcir de supuestas injusticias históricas ni tampoco, creo, que éste sea el revulsivo que Andalucía necesita para levantarse y demostrarle al mundo su auténtica valía. No nos engañemos y digamos que este debate ha estado siempre en la mesa de las prioridades políticas andaluzas, cuando no ha sido ni es así, cuando más bien la “realidad” de Andalucía sigue siendo el paro, la emigración constante, la baja productividad de su economía, el preocupante índice de clientelismo en el ámbito rural o las sombras que envuelven, con más o menos razón, las áreas económicas que se sostienen vía subvención. Estas sí son “realidades” en la vida de Andalucía, realidades que caen como pesadas losas y que le impiden terminar de arrancar hacia el progreso.

No nos engañemos y neguemos lo que no podemos atar ni con las sogas más resistentes. La esencia del espíritu andaluz, la seña básica de su identidad, la “realidad” histórica que corretea por sus calles, es su universalidad, es su “no fronteras”, es su “ser andaluz y, al mismo tiempo, ser de allí, allá y acullá”, es la ancianidad y a la vez continua renovación de sus costumbres, es, en fin, la magia, la fuerza y el carácter de un pueblo basado en el sentir y en el sentimiento, y no en banales artificios nacionalistas. Ya lo dice el himno, ya lo contó Blas Infante y Federico García Lorca y Antonio Machado y tantos otros… andaluz de nacimiento, andaluz universal.

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