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Archive for 29 noviembre 2009

COSTUMBRES SERRANAS

Publicado en Wadi As en su edición del viernes 23 de octubre de 2009

Me choca escuchar al madrileño de Chamberí mientras comenta sus fines de semana en la sierra. Así, de entrada, cuando va y te cuenta que ha estado ‘en el pueblo’, ‘en la casita del monte’, ‘comiendo comida serrana’ y ‘descansando del estrés de la capital’, uno -al menos yo- mentalmente se traslada a ese Jerez del Marquesado, por ejemplo, tan recogido, tan tranquilo, tan bonico, con tantas rutas por Sierra Nevada que parten de sus inmediaciones. Sin embargo, cuando empiezas a preguntarle detalles, te das cuenta de su extremado ‘urbanitismo’, su falta de adecuación a la realidad, y resulta que ‘su pueblo’ es más bien una urbanización a cinco minutos de la autovía, que su ‘casita del monte’ es un pedazo de chalé, y que sus actividades de esparcimiento, lejos de ser disfrutadas en la soledad y la intimidad que busca un buen senderista, un verdadero amante de la montaña, se concentran en parques multiaventura para los que hay que pedir reserva de plaza con mucha antelación o en pequeñas estaciones de esquí en las que hacer el callo para exhibirse, a posteriori, en las grandes pistas. Por no hablar de lo que entienden por ‘degustar productos autóctonos’, lo cual se traduce en largas colas de espera en restaurantes montados al estilo de la capital y, en fin, por ese ‘descanso para los sentidos’ que preconizan y que, para mí, conlleva más estrés que otra cosa, dados los monumentales atascos que se producen en los accesos a las áreas recreativas, la lucha por el espacio vital que se desata a su llegada a ellas y el agobio de sentir al vecino de tenderete comerse la tortilla de patatas casi encima tuya. Esto último, sufrido en mis propias carnes, me lleva a relativizar todo lo dicho por un ‘capitalino’ cuyo contacto directo con la naturaleza se reduce a unas cuantas visitas al zoo. ¡Costumbres serranas! ¡Cuánto daño ha hecho el marketing, al no nombrar al pan, pan, y al vino, vino, sino como tercie para vender un nuevo producto, léase, ‘turismo rural’, o también ‘cómo restarle al pueblo todo lo que el pueblo es y sumarle todos los aditivos que tenemos a mano en las ciudades’! ¿Y los lugareños? ¿Qué dirán de todo esto? ¡Pobres ellos cuando vean desembarcar a los niñitos de ciudad en sus todo-terrenos, superpotentes, que hasta los cimientos de las viejas casas deben temblar! Al menos, la llegada de la tropa y de todas sus exigencias y comodidades ha creado puestos de trabajo.

Pero, ¿y qué hacemos los que conocemos los pueblos de verdad, la sierra de verdad, y queremos hacer una escapadita rápida, suficiente para desconectar del mundanal ruido? Pues tragarnos nuestros remilgos y optar por las costumbres serranas del madrileño de Chamberí o quedarnos en casa, pasear por el barrio y, al sentir un soplo de aire fresco sobre el rostro, cerrar los ojos e imaginar ir caminando entre los castaños del barranco jerezano, subiendo a la Rosandrá de Aldeire, al Puerto de la Ragua…

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CURIOSO HALLAZGO

Publicado en Wadi As en su edición del viernes 27 de noviembre de 2009

 

El reencuentro con los paisanos en tierra extraña provoca una enorme sorpresa. Se nos hace tan difícil ubicarlos en un entorno impropio para ellos, con los que siempre nos hemos relacionado allá, en el pueblo, que nos desconcierta que aparezcan en un escenario inusual para nuestro encuentro con ellos. Nos puede alegrar o perturbar, según el vínculo que nos una, pero en cualquier caso el reencuentro no pasa desapercibido.

No obstante, a mí me causa una mayor sensación descubrir la filiación de tal o cual persona con Guadix y su comarca. En mis diez años largos de vida en Madrid, me ha pasado en muchas varias ocasiones estar hablando con alguien y, avanzada la conversación, detectar algún grado de parentesco o relación con la ciudad o con alguno de los pueblos de alrededor. Os confieso que esto sí que realmente produce una desbordante alegría. Aquí, en esta torre de Babel, también está Guadix. ¡Fabuloso! Pero hay un escalón más en este éxtasis accitanista. Hace unos días he tenido un curioso hallazgo. Sin querer, sin buscarlo, he dado con la biografía del presunto primer marino que navegó por el Paso del Noroeste, esto es, por la ruta marítima que bordea las costas más septentrionales de Norteamérica y conecta el océano Atlántico con el Pacífico, y lo hizo en el siglo XVI, mucho antes que Amundsen, quien, según la historiografía oficial, se considera como el gran explorador de esta vía de comunicación, gesta que consiguiera en el albor del siglo XX. Por lo que llevo leído del libro, la vida de Lorenzo Ferrer Maldonado, que así se llama tal marino, cabalga entre la realidad y la ficción, por lo que valorar la verdad que encierra su implicación en el descubrimiento de una de las rutas de navegación más ambicionadas por países y compañías durante todos los tiempos debería ser objeto de una rigurosa investigación. Pero sí que me tomaré la licencia de poner en relevancia el nombre de este hombre del Renacimiento que, mire usted por dónde, resulta tener una estrecha vinculación con Guadix. No sólo pasó su infancia en nuestra ciudad, sino que además su familia tuvo una especial importancia en su día en nuestra tierra, como lo acredita el hecho de que su padre luchara con Lope de Figueroa en las Alpujarras, o que mantuvieran una buena amistad con don Pedro de Mendoza, accitano y fundador de Buenos Aires, o que su hermano mayor, Francisco, fuera clérigo en la ciudad e incluso llegara a medrar en la jerarquía de la Catedral. Nunca jamás había oído hablar en Guadix de la existencia de este personaje ni de la hazaña que supuestamente consiguió. No tengo argumentos de peso para poner a Ferrer Maldonado al mismo nivel de otros grandes nombres paridos o criados en tierras accitanas. Sin embargo, creo que al menos merece un hueco en nuestros chascarrillos, en nuestras historietas de noches de verano y tardes de brasero, en las que la leyenda le gana la partida a todo lo demás.

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DE GUSANOS Y HOMBRES

Publicado en Wadi As en su edición del viernes 20 de noviembre de 2009

 

Leo que el trasbordador Atlantis de la NASA que acaba de despegar rumbo a la Estación Espacial Internacional lleva a bordo un millón de gusanos con una misión científica que, si bien carece de los tintes patrióticos de las pelis de héroes mundiales tipo Bruce Willis, sí que tiene un objetivo bastante ambicioso y es estudiar el efecto que provoca el viaje espacial en su masa muscular, para intentar dar con la tecla del desgaste que padecen los músculos de los astronautas en sus estancias prolongadas fuera de la Tierra. Y es que estos microbichejos comparten hasta el 80% del ADN con los humanos. Sí, suena raro que sólo un 20% de material genético nos separe de estos seres viscosos e invertebrados que se alimentan de bacterias procedentes de la descomposición vegetal. Sí, resulta raro estar de facto tan emparentado, celularmente hablando, of course, con estos gusanillos. Humanos y gusanos, casi hermanos. Ahí es nada. Estamos habituados a escuchar expresiones del tipo eres más terco que una mula, más lento que una tortuga, ése llora lágrimas de cocodrilo o está en la edad del pavo. Pero, ¿con gusanos? A mí, al menos, no me viene ninguna comparación humano-gusano a la cabeza. Eres más soso, más frío, más escurridizo que un gusano… no sé, no me convencen, quizás porque cuesta encontrar una faceta de su día a día, un rasgo de su complexión que se nos asemeje. ¡Gusanos! ¡Tan cerca estamos, tan lejos nos sentimos! Las únicas incursiones -que se me ocurren- del mundo gusanil en el día a día humano viene de la mano de los gusanos de seda que guardábamos de pequeños en cajas de zapatos –menudo engorro para las madres, pensado a la luz de hoy-, los ‘gusanitos’ –aperitivos que, al menos, en mi infancia, merecían la medalla de oro entre los niños- y el ‘gusiluz’, muñeco-gusano que se puso de moda en los años 80 y cuyo mérito estaba en que, si le apretabas la tripa, se le encendía la cara. Pero, poco más. Y es que siempre hemos asociado los gusanos con estados de putrefacción, de insalubridad, nunca como algo tan próximo a nosotros que incluso hasta pueden echarnos una mano a la hora de conocer mejor nuestras posibilidades físicas. Y ahí están. Ni más ni menos que un millón de microgusanos rumbo al espacio para ‘salvar’ a los astronautas de la atrofia muscular. Desagradecidos… sí, eso es lo que somos, desagradecidos e ignorantes, ajenos a lo mucho que esos pequeñitos animalejos nos pueden llegar a aportar. Somos tan sofisticados, ¿verdad?, que cualquier cosa que respire nos parecerá siempre un algo menor, excepto que sea verde, venga de otra galaxia y viaje en cohetes tuneados. Nos merecemos que algún colegui gusanero nos baje los humos, nos plante cara y se ría de nuestra soberbia superioridad, ésa que se esfuma cuando la palmamos, nos entierran y servimos de almacén de provisiones para los primos de los que hemos mandado al espacio. Nos lo estamos ganando a pulso…

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MOMENTOS REVIVAL

Publicado en Wadi As en su edición del viernes 13 de noviembre de 2009

 

Entre los titulares de un boletín de radio, me ha sorprendido escuchar uno en particular. Acompañaba a la locución una sintonía que hacía mucho, mucho tiempo que no escuchaba., y ha despertado en mí ese hormigueo que sentía cuando la oía de chiquitilla. Las tardes de mi infancia comenzaban con un trozo de pan con chocolate y un petitsuits y, por supuesto, con Espinete y Don Pimpón, y Epi y Blas, la Rana Gustavo, Coco y compañía. Después de aprender una nueva canción, epílogo para un teatrillo con moraleja, de repasar los números o la diferencia entre cerca y lejos, ya podía empezar a hacer los deberes del colegio. Nunca antes.

Esa emoción que nos embargaba a mi hermana y a mí y que hacía que apretásemos el paso de vuelta de la escuela, subiéramos rapidísimo las escaleras del piso, dejásemos de cualquier manera las mochilas en el recibidor de casa y atravesásemos corriendo el pasillo hasta llegar a la salita, a coger nuestras sillillas de anea y sentarnos delante de la tele a ver ‘Barrio Sésamo’, la he recuperado tibiamente esta mañana, tras escuchar en la radio que hace ya 40 años de la emisión del primer episodio de esta serie infantil. No he podido evitar que, durante el resto del día, se colaran en mis pensamientos distintos personajes y episodios de entonces. Así, para mí hoy la enganchada de turno entre políticos me ha parecido tan obtusa como las conversaciones imposibles y desesperantes entre dos muñegotes que tenían una especie de plátanos por orejas (uno los tenía apuntando hacia arriba, y el otro hacia abajo) y sólo emitían una suerte de sonidos. Y cuando me han entrado ganas inmensas de picar entre horas y al final he sucumbido a echarme a la boca una galletilla, me ha venido la imagen de Triqui, el monstruo de las galletas, engullendo de todo, incluso platos y vasos. Y cuando se me ha colgado el ordenador a riesgo de perder el trabajo avanzado, habría recibido como agua de mayo que Pepita Pulgarcita se hubiese metido en mi ordenador y apañado las conexiones fallidas. Y cuando llegas a tu barrio y compruebas que no hay medio vecino que si quiera te dé las buenas noches, añoras esa unión que mantenían Ana, Chema, Don Julián, Antonio, Matilde y sus hijos, y por supuesto, Espinete y Don Pimpón, que lo mismo se juntaban para pintar una casa que para localizar al ladronzuelo de unos pendientes. Y, ¿cómo olvidar a los Nabucodonosorcitos, aquellos diminutos seres que vivían en una maceta de Epi? ¿Cuántos no hemos rebuscado entre los geranios de nuestras madres por si teníamos algún bicho de estos viviendo bajo sus hojas? ¿Y cuántos no empezamos a ver un micrófono como herramienta de profesión gracias a la rana Gustavo, el reportero más dicharachero de ‘Barrio Sésamo’? Han sido varios los momentos revival que hoy he tenido a cuenta de esta vieja serie que está de aniversario, momentos que me han llenado de mucha, muchísima ilusión.

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ES DE JUSTICIA

Publicado en Wadi As en sus ediciones de los días 21 y 28 de agosto de 2009

 

Es de justicia incorporar a nuestro vocabulario habitual palabras y expresiones con las que los accitanos se han comunicado durante muchos años y que han caído en desuso, en buena medida, por la extensión del lenguaje estándar que impone el mundo globalizado. Voy a recoger algunas de estas expresiones y palabras en este artículo y en el de la próxima semana, para que, al menos, por unos momentos, vuelvan a cobrar vida, para que, a lo más, os sirva ésta de ocasión para iniciar otros tantos repasos de otros cientos de términos típicos de Guadix y comarca.

‘Alcucica’ (persona de mala salud, tacaña), ‘alicusico’ (hombre gris), ‘apañao’ (apuesto, competente), ‘arrascar’ (rascar), ‘azafate’ (bandeja), ‘aznafe’ (hornillo), ‘baberona’ (bata para estar en casa), ‘baíl’ (recogedor), ‘bigardo’ (vago), ‘botillos’ (zapatos), ‘Bute’ (similar al Hombre del Saco), ‘cacharro’ (utensilio), ‘cachazas’ (persona tranquila y vaga), ‘cacho’ (pedazo), ‘calorín’ (golpe de calor), ‘camastrón’ (vago), ‘capazorras’ (pillín), ‘castrojo’ (gañán), ‘catre’ (cama), ‘cazoletero’ (testarudo), ‘chacho’ (tío), ‘chapona’ (blusa de mujer), ‘chapines’ (zapatos), ‘charpetear’ (pisar los charcos), ‘chasco’ (decepción), ‘coletillo’ (sujetador), ‘coñiquín’ (lugar o cosa muy pequeño/a), ‘cueta’ (cubo), ‘crúo ciego’ (cuando el pan está poco cocido), ‘cuchichear’ (cotillear), ‘cuchitrín’ (similar a ‘coñiquín’), ‘cuete’ o ‘cobete’ (cohete), ‘empercudío’ (sucio), ‘engañifa’ (embutido), ‘engurruñío’ (tacaño), ‘ensartao’ (fácilmente irritable), ‘enterao’ (chulo, prepotente), ‘erdichao’ (tacaño), ‘escacharrarse’ (estropearse), ‘escalichao’ (de mala apariencia, canijo), ‘escuchimizao’ (similar al anterior), ‘espurrear’ (salpicar el agua sobre la ropa), ‘escupidera’ (orinal), ‘estartalao’ (alto, poco armonioso), ‘estornillao’ (loco), ‘faciozo’ (que come engulliendo), ‘fafa’ (zafa), ‘farfollar’ (quitar hojas secas a la mazorca para hacer colchones), ‘follares’ (alguien poco regular en un oficio, hábito…), ‘foscazo’ (calor intenso), ‘ganzúa’ (persona altiva), ‘galocho’ (goloso), ‘galbana’ (pereza), ‘gargajo’ (escupitajo), ‘gaznate’ (garganta), ‘guantá’ (bofetada), ‘guiñapo’ (trapo viejo, persona desaliñada), ‘guzarapo’ (algo enano), ‘hecho trizas’ (roto en pedazos, muy cansado), ‘mandil’ (delantal), ‘mandilón’ (tranquilón), ‘mazón’ (tranquilón), ‘meapilas’ (beato), ‘miga’ (guardería), ‘mocico rancio’ (solterón), ‘mocicón’ (solterón), ‘mondongo’ (cosa gorda y amorfa), ‘morrúo’ (testarudo), ‘mostrenco’ (mol), ‘nube’ (tormenta), ‘pan grande’ (flojo, vago), ‘panero’ (de esparto, para avivar la lumbre sobre la que se guisa), ‘paniollas’ (simplón, tragón), ‘patachula’ (cojo), ‘patochá’ (tontería), ‘pejiguera’ (lastre simbólico o real), ‘pelambreras’ (que lleva el pelo sin atusar), ‘pitarra’ (legaña), ‘pollancón’ (inmaduro y simple), ‘pollo’ (escupitajo, encimera), ‘plesiglás’ (bolsa de plástico), ‘prenda’ (piropo), ‘rasera’ (útil de cocina), ‘rebañaollas’ (comilón), ‘resfregar’ (echar en cara, dejar manchas tras limpiar algo), ‘retotollúo’ (viejo que quiere aparentar ser más joven), ‘roal’ (zona/área de delimitación imprecisa), ‘roílla’ (paño de cocina), ‘ruete’ (rodete, moño), ‘sacá de pescuezo’ (persona altiva), ‘saquito’ (jersey), ‘sarcillo’ (pendiente), ‘sardesca’ (persona que va con segundas intenciones), ‘sayón’ (vestido o abrigo muy largo), ‘secajo’ (muy delgado), ‘sieso’ (aguafiestas), ‘sobaúra’ (rozadura), ‘solarín’ (cuando quema mucho el sol), ‘somormujo’ (que actúa en su beneficio ‘por lo bajini’), ‘soponcio’ (berrinche, vergüenza, golpe de calor), ‘tísico’ (muy delgado), ‘tito’ (tío), ‘tobilo’ (tonto), ‘tontopillo’ (falso tonto), ‘tragardabas’ (comilón), ‘tripero’ (comilón), ‘tripotera’ (comilona), ‘trocha’ (atajo), ‘vestugón’ (zona inflamada del cuerpo), ‘zampabollos’ (comilón), ‘zancúo’ (que tiene el pie grande), ‘zolocotrón’ (pedazo grande), ‘zorrazo’ (borrachera), ‘zostrazo’ (azote), ‘zote’ (tonto), ‘zurriagazo’ (golpe, bofetada) y ‘zurullo’ (excremento).

 

Es de justicia que no olvidemos expresiones usadas en Guadix durante muchos años, como ‘caer chuzos de punta’ (cuando llueve, graniza o nieva mucho, o hace mucho frío), ‘caer  marranicos de plomo’ (similar al anterior), ‘dar la estrechá’ (huir), ‘darle al mole’ (beber mucho), ‘echar las lenguas’ (hablar mal de alguien), ‘echar las tórdigas’ (vomitar), ‘¡escúpete las uñas!’ (exclamación ante un imprevisto), ‘estar en el plato y en las tajás’ (estar en todo), ‘estar escacío’ (tener el estómago vacío), ‘estar metiéndose en lo sin segar’ (meterse donde no se debe), ‘estar pa’ que te den los óleos’ (exhausto), ‘estar como pellejo breva’ (muy cansado), ‘hacer mandaos’ (hacer gestiones, ir de compras…), ‘ir haciendo ricias’ (vestir haciendo el ridículo), ‘lavarse a guzarapás’ (lavarse la cara echándose el agua con las manos), ‘¡menudo percal!’ (¡vaya panorama!), ‘no me gusta como caza la perra’ (expresión usada ante un mal presagio), ‘ser sordilla’ (persona sucia, desaliñada), ‘ser un vaina’ (sin sentido común), ‘ser un follasco’ (cateto), ‘tener regomeyo’ (estar preocupado), ‘tener cenizo’ (ser gafe), ‘tener la cabeza en un laero’ (dícese sobre alguien despistado) y ‘tener ramalazo’ (ser afeminado).

Ni tampoco podemos dejar de recurrir a dichos y refranes que aún se pueden oír en estas tierras, como ‘De día no veo y de noche me expurgo’, ‘Lo que no quiere el hortelano, le nace en la huerta’, ‘Al hambre no hay pan duro’, ‘Hombre de muchos oficios, hambre segura’, ‘Si el trabajo fuera engañifa, te comerías el pan solo’, ‘Donde entra carducho, no entra pa’ mucho’, ‘La mejor inyección, el chorizo y el jamón’, ‘Cuando en mayo sientas tronar, achica la era y agranda el pajar’, ‘En agosto, frío al rostro’ y ‘De Navidades a San Antón, Pascuas son’.

‘Piensa mal y acertarás’, ‘En callando, no hay quimera’, ‘Al que quiere saber, embuste en él’, ‘Por verte tuerto me saqué un ojo’, ‘Por joete me caí’, ‘Muerto el burro, la cebá al rabo’, ‘Muerto el perro, se acabó la rabia’, ‘Conejo ido, palos a la madriguera’, ‘No sirvas a quien sirvió, ni pidas a quien pidió’, ‘Administrador que administra y enfermo que se enjuaga, algo tragan’ y ‘El dinero del mezquino anda dos veces el camino’.

‘El que se alegra del mal del vecino, el suyo viene de camino’, ‘Cuando las barbas del vecino veas quemar, echa las tuyas a remojar’, ‘Más vale una vecina cercana que una madre lejana’, ‘Familia que no conviene y cuchillo que no corta, aunque se pierda no importa’ y ‘Una madre y una hija caben en una camisa, y una suegra y una nuera no caben ni en una era’.

‘Tiraora de trigo, recogeora de salvao’, ‘La mujer discreta se fija en la bragueta’, ‘La mujer compuesta quita al hombre de otra puerta’, ‘Las burras, al no usar bragas, las costuras le hacen llagas’, ‘Marijuana de qué presumes, si la ropa del domingo te la has puesto el lunes’, ‘Más vale un coño fuerte que cien avemarías callando’ y ‘El casamiento y la mortaja, del cielo bajan’.

 

 

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Publicado en Wadi As en su edición del viernes 11 de septiembre de 2009

 

Al tener perro he descubierto que existe una dimensión paralela, un universo en el que todo, comentarios y ladridos humanos y perrunos, reacciones y expresiones perrunas y humanas, gravita en torno a filias y fobias derivadas del trato del amo con su can, y viceversa. Un mundo que siempre ha estado ahí pero que, para mí, ha sido invisible hasta ahora. Antes de habitar esta nueva realidad, jamás me habría planteado poder distinguir tal o cual perro de los del resto de su misma raza ni por supuesto haber encontrado particularmente bello a un chucho belfo o despeluchado. Claro que ni por asomo habría llegado a conocer todo esto de no haberme dejado impresionar por el valor que los hace dignos compañeros del ser humano: la limpieza de su mirada, su  sincera lealtad. Y para ello tuve que abandonar los prejuicios que acarreaba mi manía de odiadora-porque-sí de perros, en particular, y de animales, en general, y dejar a un lado un lastre que, me he dado cuenta ahora, me cargaba de demasiados miedos de esos que impiden hacer camino. Con mi entrada en este universo paralelo que es el mundo perruno he desarrollado una mayor habilidad para entrar en otros tantos que están ahí, esperando a ser visitados, siempre y cuando uno deje fuera todo lo malo aprendido, que no es poco, en la escuela, de la familia, en la televisión, de Internet. Y ha sido ahora, casi un año después de mi visita al baptisterio de Las Gabias, cuando me siento capaz de hablaros de esas vidas anónimas, moradoras de su propio universo paralelo, que, de repente, por un azar del Destino, revolotean de plató en plató, saturan vídeos en la red, hasta que, con la misma rapidez con la que empezaron a formar parte del dominio público, quedan sepultadas por el silencio, sólo recuperadas por algún nostálgico que pretende comprobar que aquello que tantos comentarios suscitó en su día no fue un engaño –otro más- de la caja tonta, sino algo real. Los nietos del Toleo, descubridor del baptisterio, con cuya historia Cárdenas y Sardá rellenaron muchísimos minutos de televisión, siguen viviendo en esa dimensión de las gente sencillas que, sin saber por qué, ven cómo sus casas se llenan de cámaras y les enchufan micrófonos y les hacen preguntas raras y escuchan cómo se ríen a pesar de que el entrevistador tiene el rostro serio y les hacen vestirse con atuendos extraños y cantar canciones de Misa, hasta que llega el día en el que nadie llama a sus puertas y de todo aquel jaleo (cámaras, micrófonos, preguntas…) conservan acaso unos cuantos recortes de prensa y el comentario, que acogen con desconfianza (esas envidias…), que les llega de la vecindad.

Hasta ahora no he sido capaz de comprender que ellos no son un producto de ficción, sino que existen, que viven y son felices dentro de su burbuja, de su propio universo, donde su única ley es velar día tras día por la integridad del baptisterio.

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TIEMPOS RAROS

Publicado en Wadi As en su edición del viernes 30 de octubre de 2009

 

Se me hace muy raro comprobar que los árboles aún conservan la mayor parte de sus hojas y que éstas siguen verdes, tersas, fuertes. Raro por observar, con un ojo, el aspecto lozano que muestran los jardines, y con el otro, la fecha del calendario en la que estamos. Igual de raro se me hace ver a los operarios municipales, con rostros sudorosos y manga corta, colocar las bombillas que formarán parte de la iluminación navideña. ¡Si es que este buen tiempo a estas alturas del partido no es cosa normal! Debe ser por el cambio climático. ¡Esto no pasaba antaño! No sé si el deshielo de los polos está detrás o no del resultado del partido de fútbol que enfrentó al Real Madrid, al de jugadores con nóminas galácticas, y al Alcorcón, un equipo de 2ªB, pero desde luego que el 4-0 que recibieron los merengues dejó derretidas las ilusiones de quienes veían en este Madrid el equipo que resarciría el orgullo herido en las últimas temporadas. Fue un cataclismo futbolero en toda regla que trastocó el termostato de más de uno.

Corren tiempos raros donde hay quien pide cambiar el nombre de ‘vacaciones de Navidad’ por ‘vacaciones de invierno’, y ‘de Semana Santa’ por ‘fiestas de la primavera’, mientras, por otra parte, asistimos, ojipláticos, a la extensión del festejo de ‘jálogüin’ por lo largo y ancho de nuestra España y a la asimilación del ‘Papanué’ como proveedor de los regalos en detrimento de los Reyes Magos. Tampoco es lo que se dice ‘muy normal’ el que tu compañía telefónica o de electricidad tenga un fallo administrativo y encima el usuario tenga que apechugar con el error pagando facturas por conceptos salidos de una película de los Hermanos Marx.

Nada de esto es lo esperable y, sin embargo, cada vez con más frecuencia nos vemos rodeados de episodios que nadan contra el sentido común, y uno llega a preguntarse qué está pasando para que la alteración sea tan continua y, sobre todo, tan sumamente arbitraria. ¿Será el signo de los nuevos tiempos, tiempos raros en los que nos ha tocado vivir, donde el otoño no es otoño, es otra cosa, donde queremos mudar de hábitos y en el cambio cogemos el mismo tipo de costumbres pero Made in USA, donde los servicios de atención al cliente son de todo menos de ‘atención’? Este milenio, que vio la luz con el atentado al corazón del gigante americano, con el ataque terrorista al World Trade Center de Nueva York, ya nació con la locura inoculada. Tampoco aquella retransmisión televisada de los hechos del 11-S cabía en cabeza humana y, sin embargo, era la pura realidad. Sonaba aquel día todo muy raro. ¡Era imposible! ¡En uno de los puntos más vigilados y seguros del planeta! Pero ahí estaban las torres ardiendo, la gente tirándose por las ventanas y, nosotros, en casa, incapaces de advertir, paralizados por la tragedia, que el desorden era el orden de ese nuevo tiempo que venía al mundo.

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