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Archive for 27 enero 2010

Ironic

Hoy ha muerto una mujer de 80 y tantos años en Málaga. Muy probablemente su muerte no habría sido publicitada en las páginas principales de los diarios digitales a los pocos minutos de producirse, de no haberse dado las circunstancias que se la han llevado de este mundo, pues la anciana ha fallecido al caerle encima el cuerpo de una joven que se había arrojado al vacío desde un octavo piso con la intención de quitarse la vida. Ella, la vieja, ha muerto en el acto. Ella, la menos vieja, tan sólo ha resultado herida, ya que, según han indicado testigos del suceso, los árboles de la acera y el propio cuerpo de la víctima han amortiguado el impacto contra el suelo. La que buscaba la muerte sin embargo vive; la que no tenía intención manifiesta de dejar de vivir sin embargo está muerta. Irónico, ¿no?

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Publicado en Wadi As en su edición del 15 de enero de 2010

La tierra tiembla. Ha temblado en Haití, llevándose por delante las vidas de cientos de miles de personas. Pero también ruge en cada matanza de civiles en Oriente Medio; grita, aunque sin éxito, en esos altercados cuyo ruido no llega a nuestros oídos occidentales desde su origen, allá en África; llora impotente ante los procesos penales excesivamente burocratizados contra los implicados en asesinatos masivos y estafas planetarias; sufre por esos balances incapaces de encajar la cuenta de resultados de manera que los empleos se mantengan a pesar de atravesar tiempos difíciles, y también se lamenta por el abismo que separa las lujosas mansiones de barandas de oro y los chamizos donde malviven personas y ratas, aunque ambas realidades sean vecinas de distrito, como sucede en ocasiones. El mundo se mueve, y lo hace muy rápidamente, por obra y gracia de las tecnologías, y lo hace además a fuerza de golpes de efecto. Este tercer milenio por el que caminamos nació así, dándonos una bofetada en todo el morro, con esa imagen, retransmitida en directo por las televisiones de todo el mundo, de los aviones estrellándose contra las Torres Gemelas de Nueva York. No fue una simple noticia. Fue un acontecimiento que ha marcado el signo de nuestros días. No debe quedarse, pues, como materia para estudiar en las facultades de Periodismo, Historia o Ciencias Políticas, sino para que miremos dentro de nosotros y pensemos qué queda en nuestro interior del shock que vivimos aquel 11 de septiembre, y que también echemos un ojo fuera y reflexionemos si acaso el impacto de aquel episodio no tenga su huella en la ausencia de un criterio sensato en las grandes decisiones políticas, en las bruscas crecidas de las cifras del paro, en la sangría de empresas en quiebra que hace dos días nadaban en la abundancia, en los continuos cambios de timón de la prensa, en el hecho de que los artículos más leídos en los diarios digitales y los programas más seguidos en los medios sean los más extravagantes, en la contraprogramación recurrente por parte de las cadenas de televisión, en la mala calidad de la ropa, de los móviles, de los electrodomésticos, todos muy fantásticos y maravillosos y multifunciones y todo lo que tú quieras pero que tienes que cambiar al poco de empezar a disfrutar de ellos, en esa actitud según la cual da igual 8 que 80 y ‘ni sí ni no ni todo lo contrario’, en los divorcios y rejuntamientos constantes que se dan en nuestro entorno próximo, en los mismos picos de humor que experimentamos en el día a día. Todo ocurre de forma muy abrupta, muy radical, muy total. Y todo muy rápido. Nos ponemos a correr, pero sin saber muy bien hacia dónde ni por qué. Esas fueron preguntas que debieron responderse en su día, pero que, al no hallar entonces respuesta, se quedan, gravitando, en un espacio en el que no hay tiempo para pararse en ello. Sólo hay que avanzar y ya está.

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Roto

Así se me ha quedado el corazón, así, tal y como os cuento, cuando he cerrado la puerta de la casa, dejando en ella, en la cocina, a un perrillo que no entiende por qué, si le queremos, tenemos que dejarle solo durante todo el día. Sus ojos redondos, enormes en su cara también redonda, así lo reclamaban. Porque no sólo se habla con palabras. Hay gestos que valen por mil palabras. Y su mirada, acusadora, en parte, lastimera, por otra, y profundamente sincera, en cualquier caso, así lo indicaba. “¿No ves, acaso, que me dejas con el corazón roto?”, pareció decirme. Y su pregunta la hice mía, y desde entonces ando buscándole una respuesta que no llega.

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Viendo la exposición “Terre de personne” de Pierre Gonnord, uno no puede sino alabar la habilidad que este fotógrafo tiene de conseguir pintar con su cámara. Deteniéndose ante las instantáneas que componen la muestra, ante los rostros de viejos y viejas de pueblos perdidos del norte de España y Portugal que miran descaradamente al público, queda de manera muy clara presente la influencia que en este artista han tenido maestros de la pintura expertos en los claroscuros. A mí, por ejemplo, me han venido esos retratos donde las sombras combaten contra superficies muy iluminadas, salidos de la paleta de un Caravaggio, de un Rembrandt. El influjo pictórico en esta “Terre de personne” también está presente en el afán de Gonnord por mostrar la textura de las cosas que fotografía, recurso reiterado, sobre todo, en sus fotos de paisajes, en especial llamativo en las series de incendios o en las fotos detalle de líquenes y en otra de un bosque gallego de eucaliptos. Pero lo que corrobora, por encima de todo, el enunciado con el que titulo esta reseña, es la manera con la que el fotógrafo logra captar en sus imágenes la esencia de las personas a las que fotografía, de forma que uno llega claramente a percibir el sentimiento que embarga a cada cual. Melancolía, fortaleza, abatimiento, resignación, satisfacción… estados de ánimo, del alma que no están plasmados sobre un lienzo, aunque así lo parezca.

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Ángel

Iba caminando por ese paseo central que hay en Reina Victoria, ya muy cerca de la glorieta de Cuatro Caminos, cuando ¡zas!, me he escurrido sobre una capa de hielo que no había visto. Esta pasada noche ha hecho mucho, mucho frío en Madrid, y la nieve que ayer cayó sobre la ciudad se ha convertido en hielo obra y gracia de un cielo raso.  Aunque las brigadas municipales han echado sal en prácticamente todas las zonas transitables, en aquellas de más sombra su efecto quedaba neutralizado… como ésa en la que he patinado haciendo frenada con mi trasero. ¡Qué dolor! ‘¡Me duele! ¡Me duele!’, era lo único que salía tímidamente de mi boca. De la nada ha surgido un señor que me ha cogido por detrás y me ha ayudado a levantarme. El hombre, más asustado que yo, estaba empeñado en llamar al 112, pero en verdad, una vez erguida me he puesto a caminar y sin problemas. Una vez arriba, y comprobando que el incidente no había sido más que un susto, he agradecido una y otra vez al hombre su intervención tras mi caída. ¿Qué habría sido de mí si él no me hubiese levantado? Nadie más se ha detenido. Ese hombre, ese ángel sin alas, me ha dado una gran lección. Me ha ayudado a reconciliarme con el “ser humano” y a apoyar eso de que “en el mundo, siempre hay gente buena”. Haberla, hayla.

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Publicado en Nieve y Cieno en su edición de enero de 2010

En aquellas Navidades de tele en blanco y negro, las Pascuas -que no Navidades- del año siguiente empezaban el mismo día de los Reyes Magos, cuando los niños, disfrutando de su balón ‘del quema’ o de reglamento, saltadores, diábolos, carricoches y muñecas, cocinicas de aluminio, caballos de cartón, soldados e indios de plástico para los fuertes, ya pensaban en cómo agradar a Sus Majestades en la próxima carta. Según me cuentan, en aquellas Navidades, durante semanas se hacía acopio de musgo, piedras y tejas para poner el portalico de Belén, en el que se simulaban casas-cueva arrugando papel marrón de embalar y se remataba la composición nevándola con harina o polvos de talco, haciendo, pues, que el pueblecico más pareciese Paulenca en invierno que Belén de Judea… portalico, por cierto, lleno de figuricas de barro cocido, que familias y parroquias montaban en el Puente de la Purísima -hoy preferentemente llamado de la Constitución-, días que también se aprovechaban para hacer matanza, avío básico para todo el año.

 Aquellas Pascuas estaban cantadas por grupos de parientes, amigos y vecinos que iban pidiendo el ‘aguilando’ (‘aguinaldo’ en el resto de España) de casa en casa conocida, ofreciendo villancicos a cambio de una copica de anís o ponche y un mantecao, o de unas perrillas; y, según he leído, entre estos grupos, sobresalía la Escolanía de Niños Cantores de la Catedral, que en estas ocasiones acompañaban sus voces con guitarras y cascabeles. Y antaño también se cenaba en Nochebuena arroz con conejo, y los niños de las parroquias preparaban un belén viviente, bien antes de la Misa del Gallo o durante su desarrollo. En aquellos tiempos, según me cuentan, según he leído, siempre quedaba tiempo entre fiesta y fiesta para ir a ver los escaparates de las tiendas de Guadix de toda la vida, que mostraban ante el personal el mejor género, o para visitar los belenes de los templos, o para asistir al baile de la rifa que se organizaba en la Ermita Nueva –y que quiere hoy recuperar la fuerza que tuvo ayer-, festejo del que se podía salir con pareja y hasta con fecha de boda.

Traer aquellas Navidades en blanco y negro cantadas por la Niña de la Puebla y Raphael, aquí, a este presente tecnicolor y próximo al apagón analógico, no significa ponerse nostálgicos ni permanecer en el anhelo, engañoso y dañino; tampoco se trata de negar algo tan evidente como que los tiempos cambian maneras y costumbres, y eso es así. Es preguntarse si acaso no estemos dejando olvidar, olvidando, cosicas muy nuestras que se diluyen entre los vistosos catálogos de juguetes que nos buzonean desde octubre, los adornos industriales e impersonales de las tiendas multiprecio con los que recargamos nuestras casas, los 3×2 en alimentación de los grandes almacenes, las ofertas de letra pequeña de las compañías telefónicas, los botellones posteriores a la cena de Nochebuena, los cotillones de Nochevieja, la falta de descanso con la que uno se reincorpora al trabajo, la dura cuesta de enero para el bolsillo. Navidades que tenían sabor y color propio, quizás no tan sabrosas ni coloridas como las de ahora, pero sí peculiares en sus formas, con nombre y apellidos. Merece la pena, al menos, hacer inventario de todo lo que puede ayudarnos a mantener viva la ilusión, valor difícil de encontrar hoy día, imposible de comprar a golpe de tarjeta.

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Publicado en Wadi As en su edición del 30 de diciembre de 2009

Nos gusta esto del fin de fiestas. Sólo tenemos que sentarnos un momento y analizar en qué invertimos el tiempo –y el dinero- durante estas semanas: le damos la puntilla al crédito de la tarjeta, dejamos en las últimas nuestro estómago con menús rotundos y picoteo dulce y salao entre comidas, ponemos a prueba nuestra resistencia al alcohol, adornamos nuestros reencuentros afectivos y familiares con sonrisas trabajadas para la ocasión… hacemos, en definitiva, del exceso, la bandera perfecta que enarbolar cuando se aproxima el fin de año. El remate del tomate, señores, y a quien no le guste, que se aguante. Con tirar la casa por la ventana, queremos quizás conmemorar, por todo lo alto, el final de un año que habrá traído sus cosillas malas, pero también muchas buenas, y, sobre todo, celebrar la llegada de uno nuevo en el que, tal vez, poner en marcha todo lo que no hemos podido, o querido, emprender durante los últimos doce meses. De ahí que la última noche del año esté llena de rituales relacionados con la bonanza futura y los buenos deseos, tales como echar sortijas y pendientes de oro en copas rebosantes de cava para hacer el primer brindis, quemar un papel en el que hemos anotado los episodios buenos y malos que hemos vivido o vestir ropa interior roja, entre otros, convención que tiene más de sugestión que de otra cosa, pues qué fin de año no nos hemos comprometido a dejar de fumar, apuntarnos al gimnasio o a clases de música, salir antes del trabajo, dedicar más tiempo a jugar con los hijos, arreglar esa persiana que baja con dificultad, retomar la lectura de ese libro que se nos resiste… y qué fin de año no hemos recordado que tales propósitos son prácticamente calco de los realizados la misma fecha del año anterior. Pero mientras uno apura el último sorbito de sidra del año, mientras uno se toma la duodécima uva, no repara en esas minucias. Tenemos que entrar con buen pie en el año y poner todas nuestras ganas en ello, pues que por nosotros que no quede. Ya vendrá en enero el subidón del azúcar y el de la tensión. Rojos se pondrán los números de nuestra cuenta corriente, rojos nuestros carrillos ante la imposibilidad de colocar los nuevos juguetes de los niños en sus estanterías de siempre. Sin embargo, todo eso será luego, después de los polvorones, el anisete, el cotillón y la palabrería buenista que invade nuestros corazones durante estos días, en que laten entusiasmados con el fin de fiestas. Ahora no nos preocupa la resaca ni los posibles compromisos adquiridos en momentos de cuasi embriaguez ante parientes lejanos o amigos de la infancia ni tampoco no entrar en la falda que ya en noviembre nos quedaba ajustadita. Nos ocupan otros asuntos como conseguir hora en cualquier peluquería, qué marisco comprar para la cena de Nochevieja o hacerse con el artículo de broma más ridículo. Es lo que tiene el fin de fiestas.

 

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