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Archive for 27 febrero 2010

Publicado en Wadi As en su edición del 26 de febrero de 2010

“¡Cómo estamos!”, exclamo, y continuáis la conversación asintiendo, a la vez que resoplando, mientras mostráis vuestra resignación por permanecer casi sumergidos bajo las aguas desbordadas de los ríos, obra y gracia de unas lluvias intensas y constantes que han hecho que las carreteras de ayer sirvan de cauce hoy, las plazoletas hagan de embalses y las casas de aljibes. No puedo sino compadecerme de vosotros, pues viendo las imágenes en cuestión llego a dudar si acaso es Jerez lo que aparece en televisión o un poblado chino azotado por los monzones. “¡Qué hartá de agua!”, añadís, y al escucharos casi me imagino a alguno de vosotros pensando ya en sacar al patrón del pueblo en lancha motora por los canales de la ciudad inundada para que cese el chaparrón…al tiempo que esto no se convierta en práctica extendida, pues en particular en Andalucía es cosa rara, rarísima recibir tanta agua y tan seguida y la tierra da de sí lo que da. ¿Conclusión? Hogares echados a pique, edificios y cuevas condenados al derrumbe e infraestructuras seriamente dañadas.

Este empacho de agua ha aguado el remate del Carnaval y el arranque de la Cuaresma. Porque todos los días son el día del diluvio, es decir, porque día que pasa, día que llueve más, día que deja al anterior sin el título del día del diluvio, es imposible sincronizar lo que marca el calendario con el estado de nuestro ánimo, algo decaidillo –incluso alguna encuesta por ahí señala el aumento de las depresiones en la provincia granadina por la falta de sol-. “Es lo que tiene febrero loco”, señala el más refranero de vosotros para zanjar el asunto, sin que este latiguillo nos pueda servir de mucho consuelo. Porque, ¿sabéis?, aquí en Madrid también está lloviendo día sí y otro también, y en muchas ocasiones, sin venir a cuento, de repente a una hora de cielo azul le sucede un chaparrón espontáneo. ¿Solución? Hay que ir siempre con el paraguas a cuestas, aunque luzca un sol radiante, porque uno ya no se fía… es curioso cómo ya hasta desconfiamos de los fenómenos naturales. El recelo, arma básica de defensa personal en estos tiempos que corren, también lo enfilamos frente al agua de lluvia que riza nuestro pelo y moja nuestros pies. Nos ha calado, y de qué manera, esa inestabilidad que marca hoy día la pauta de nuestras relaciones sociales, y estos trastoques meteorológicos no vienen sino a acentuar todo aquello que nos saca de quicio: vivimos desbordados por el trabajo, inundados por la preocupación de no llegar a fin de mes, hartos de hacer trámites para lograr un incentivo con que salvar la empresa, tristes ante el inminente derrumbe de un matrimonio construido sobre cimientos de barro, cansados de que a un día duro le suceda otro peor. ‘Es lo que tiene esta vida loca’, susurro y pienso en la importancia de evitar empaparse, de impedir que nos arrastre la corriente… y en lo difícil que resulta bajo un cielo gris.

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Ironic (reloaded)

Un papel viejo se ha colado entre papeles recién impresos. Y ha sido ahora, pasado un mes largo desde que lo que contiene aconteció, cuando llega a mí la historia de una anciana, de nombre Conchín, natural de Valencia, la ciudad que la vio nacer y que la ha visto morir justo en el mismo sitio que a su padre (a éste, veinte años antes) y de la misma manera, esto es, atropellada en la calle. ‘Son cosas de la vida’, diréis. Así es. Y es que la vida, a veces, es muy puñetera.

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Publicado en Wadi As en su edición del 19 de febrero de 2010

Es raro el día en el que no se da la cifra de un nuevo récord en taquilla de la última creatura de James Cameron “Avatar”, con la que ha logrado batirse a sí mismo –por “Titanic”- y al resto de películas del mundo mundial, y salir victorioso, por mucho, del entuerto. No hay quien lo pare. A cada minuto que pasa, cientos de personas en el mundo se sientan en la butaca de un cine esperando ver, ya sea en tres dimensiones como en pantalla plana, la historia del marine que toma el cuerpo de uno de los bichitos azules que habitan en un planeta justo encima, ¡vaya por Dios!, de una potentísima fuente de energía por explotar.

Sin duda que hay muchos factores que han convertido esta película en todo un fenómeno social, con personas que están aprendiendo a hablar la lengua de los nativos azules, que prodigan lecturas y documentales sobre el indigenismo y que están mandando emails conspiranoicos que intentan establecer un paralelismo entre los muy malos de la peli (ejército y empresarios, dicho sea de paso) y la actividad expoliadora de corporaciones internacionales de entramado complejo en el Tercer Mundo.

Me detendré en un factor que, creo, ha sido decisivo para este éxito planetario. Me refiero, en particular, a la posibilidad de comenzar una nueva y muy diferente vida que se le ofrece al protagonista de la historia, un soldado en silla de ruedas consciente de que ha sido llamado a un gran proyecto, no por su valía personal, sino tan sólo por tener el mismo código genético de su hermano científico, recientemente fallecido, y poder “encarnar” al avatar indígena que había estado preparando durante largo tiempo con el que infiltrarse entre los azules. Cameron no hace sino llevar a su película un funcionamiento muy propio de la sociedad en la que vivimos: quizás el trasunto más aproximado sea “Second Life”, un mundo virtual en el que cualquier persona puede participar tan sólo creándose para sí un personaje –llamado también “avatar”-, al que caracteriza a su entender, configurándolo con los rasgos que uno elige, y que interactúa con otros personajes, desarrollando una auténtica segunda vida. En ese otro mundo no hay imperfecciones: los gordos se meten en fibrosos cuerpos, las apocadas en los de mujeres atrevidas… los avatares representan lo que tú deseas. En la peli, cuando el chico toma el cuerpo azul por primera vez, vive una especie de frenesí al comprobar que puede correr, y mucho, de aquí para allá. En estos otros mundos virtuales presentes hoy día, llámese Second Life, pero también en el perfil de Facebook o Tuenti, y en la misma participación en chats y foros, hay mucho de esto, de proyección de un otro yo idealizado, cuyo uso, además, se ve legitimado por el triunfo de esta nueva manera de socializarse, hasta el punto de que si no estás en alguna de estas redes, corres el riesgo de hacerte invisible en la realidad virtual emergente. Cosas del mundo moderno.

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Publicado en Wadi As en su edición del viernes 12 de febrero de 2010

De todos los titulares que venían impresos en las portadas de los periódicos del día, tan sólo uno recogía una verdad como un templo, tan sólo uno ha sido capaz de conectarme con la realidad, ¡cruel realidad!, ese entorno hostil del que tendemos a escapar a las primeras de cambio, en un manifiesto ejercicio de supervivencia. Y es que este titular daba cuenta del divorcio de la Infanta Elena y Jaime de Marichalar. Cuando, líneas arriba, afirmaba que leer sobre esto me había logrado conectar con la realidad, me refería a que este episodio emergía de la mancheta del periódico como un claro ejemplo de que, pobres y ricos, ricos y pobres, habitamos finalmente un mismo mundo real regido por unas mismas reglas. Noticias como ésta me llevan a romper ese halo de idealismo que envuelve –con el que envolvemos- a la alta alcurnia. ¡Tan finos, tan elegantes, tan dichosos de tenerlo todo a su alcance! Los tenemos tan, tan idealizados que pensamos que el día a día de estos personajes es una prolongación de ese ‘vivieron felices y comieron perdices’ de los cuentos infantiles. Los ponemos tan en el pedestal que hasta les imitamos –a nuestra manera y en la medida de nuestras posibilidades- en nuestros actos sociales más representativos, como es el caso de las bodas. ¿A qué enlace no hemos asistido en el que el vestido de la novia no se inspirara en el de tal princesa, o en el que, por ejemplo, el protocolo del servicio en la mesa, con los sables al aire y el baile de los camareros, no quisiera acaso emular el antiguo ofrecimiento de los víveres de los siervos al señor del castillo? Nos pensamos, en definitiva, que esta gente está cubierta por capas mágicas, que están ungidos por un antídoto que les protege de los males mundanos, y nos equivocamos soberanamente. Al fin y al cabo, no dejan de ser tan de carne y hueso como nosotros, y por muy noble cuna en la que nacieran, los ricos también lloran, como dicen por ahí, y también se divorcian y también se deben enfrentar al duelo de la ruptura –máxime si hay niños de por medio, como es el caso- y, asimismo, acabarán sus días de la misma forma que la prima Maripili y el currito del quinto izquierda: en 70 años, todos, absolutamente todos, calvos.

Por tanto, entre tantas mentiras, medias mentiras y estadísticas que pueblan los diarios, esta noticia me ha dado una auténtica lección de realidad, al invitarme a bajar del anhelo, de la fantasía, de lo inexistente, entorno al que huimos como refugio frente a los pesados deberes y responsabilidades que comporta vivir la vida. Es un camino éste largo y duro, que reporta también satisfacciones tras superar los obstáculos, pero, sí, lleno de obligaciones que cuesta asumir sin perder un ápice de motivación. Y no hay más. Y el resto, los príncipes azules, los zapatitos de cristal, los castillos de oro, las alfombras voladoras, sólo son cuentos.

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