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Archive for 14 marzo 2010

Publicado en Wadi As en su edición del 12 de marzo de 2010

“¡Jesús! ¡Qué espanto!”, fue mi primera reacción al ver su foto, hace un rato, en los diarios digitales. Y es que lo que he sentido ha sido verdadero terror. Ahora que ya lo tengo más asumido, después de haber hecho en repetidas ocasiones el típico ejercicio de abrir y cerrar los ojos sucesivamente y comprobar que eso de ahí delante no era fruto de mi imaginación ni consecuencia de un delirium tremens, sino tan real como los atascos de hora punta y las colas de parados ante las oficinas de empleo, puedo hasta aguantar la mirada ante la pantalla del ordenador sin morir de pánico en el intento, pues lo que se manifiesta ante mis narices es la imagen de una anciana enjuta y arrugada cual pasa, de cuya frente emerge un cuerno negro de seis centímetros y apunta maneras otro cerca de éste. Susto es poco para describir lo que he vivido la primera vez que constataba, haciendo zoom sobre la foto, cómo una protuberancia había brotado de su cabeza, haciendo a esta aldeana centenaria de la China central más parecida a una cabra montés que a una abuelilla entrañable. Ahora que, como os aseguro, estoy más tranquila, habiéndoseme pasado el soponcio, creo identificar la causa de ese pavor que me ha recorrido, desde la punta del pie hasta la cocorota. Y es que, ¡claro!, con tanto cántico apocalíptico proveniente, ya no sólo de parte de los gurús de la economía y de los líderes religiosos, sino también de la Naturaleza misma, desatada con tanto terremoto, ora en Haití, ora en Chile, ora en Turquía, con tanta inundación en zonas poco frecuentadas por las lluvias -¡qué queréis que os cuente que no sepáis!-, una tiene el miedo metido en el cuerpo, dispuesto a salir a las primeras de cambio. Y, elemental, querido Watson, al ver a la cornuda –en el sentido estricto de la palabra-, lo primero que me ha venido a la cabeza ha sido esa imagen arquetípica del Diablo representado como un macho cabrío antropomórfico, seguido de un pensamiento inquietante: ¿acaso el Príncipe de las Tinieblas no se halla ya entre nosotros, para dar empiece al Acabose, al Armagedón?¿No será, acaso, todo esto, una señal tras otra para que vayamos haciendo inventario ante el advenimiento del fin de los días? Ya no sé qué pensar. Pongo la tele y me encuentro a la Esteban vendiendo los detalles más escabrosos de su vida en un programa en el que trabajan compañeros míos de Facultad cobrando la enésima parte que ella. Cambio de canal y en las noticias cuentan el caso de un señor que, por error, ha estado no sé cuantos años en la cárcel, y también informan de la salida de prisión de Roldán (¿le recuerdan?) y de la intervención en plató y previo pago de Julián Muñoz. Quito la tele, pues el zapping sólo me aporta más razones para creer que el final está cercano… o esto de vivir es un juego de un cinismo indecente.

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Complejo

Esto de las redes sociales no aporta nada nuevo, al menos en el comportamiento del sapiens sapiens, que no conozcamos ya. Es claro y manifiesto que la tecnología 2.0 ha desatado nuestro yo más exhibicionista, de manera que no nos cortamos un pelo a la hora de contar en Internet lo que no hacemos en privado en círculos cercanos. Pero, tal y como advertía al comienzo, esto no nos es raro¿Quién no se ha encontrado, lejos del pueblo, en otra ciudad, a ese vecino agrio y maleducado que nunca saluda, y éste, lejos de bajar la cabeza y hacerse el despistado, tal y como hace cuando te lo cruzas al ir a tirar la basura, te para y te da un par de besos y te pregunta hasta por la tía abuela de tu madre? Pues eso, que los humanos somos la mar de complejos, ya sea a golpe de tam-tam en la Prehistoria o en redes basadas en código binario en el siglo XXI.

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Publicado en Wadi As en su edición del 5 de marzo de 2010

Es difícil que yo te explique a ti, que nunca la has vivido, qué es la Semana Santa. Sólo puedo hablarte de la de Guadix, que es la que conozco en primera persona. A pesar de la influencia manifiesta de las semanas santas de otras ciudades, recibida con mayor intensidad durante los últimos años, mantiene algunas señas de identidad que la hacen peculiar. Lo primero, decirte que la Semana Santa accitana, sin las semanas que la anteceden, no puede conocerse bien. Sorprende ir paseando y encontrarte alguna cuadrilla de costaleros ensayando bajo el paso que, en el día del desfile procesional, llevará al cristo, a la virgen o al santo que corresponda. Llama la atención ver a los costaleros sosteniendo un mamotreto cargado de sacos envuelto con plásticos, mientras obedecen las órdenes del capataz y marchan al par que la música de un radiocasete. Por supuesto, si entras a tapear a alguno de los bares tradicionales, seguro que algún corrillo conversa sobre las novedades semanasanteras: cambios de itinerarios, salidas de nuevas imágenes, estrenos en tronos y demás chascarrillos. Y propiamente en Semana Santa… podría empezar a enumerarte las hermandades y a referirte qué pasaje evangélico representa cada cual, o qué tipo de banda suele acompañarlas. Pero no lo haré, porque con esto no te ayudaré a conectar con el sentir de esta Semana Santa accitana, que arranca el Viernes de Dolores, viernes de vísperas, con el olor que sale de las cocinas a roscos fritos y pestiños, compartido con el del alcanfor de túnicas y mantillas sacadas del armario. Este aroma se acentúa con la humedad de las callejuelas del centro. Y es que, aunque no llueva,  huele a invierno la Semana Santa accitana… y a campo. Cuando pasa la imagen de un cristo o de una virgen por tu lado, no deja un leve olor a flores, sino una bocanada similar a la que te llega cuando entras en una floristería de esas que dan a un patio interior mal ventilado. Aroma intenso y húmedo. Incienso también hay, ¡desde luego!

La gente no abarrota las calles, lo que facilita dejarse llevar por lo que inspira el momento. En las hermandades de vía crucis, acompañadas sólo por el rezo y un tambor, esta intimidad con el cristo, la luna y el silencio se hace especialmente intensa. Falta la voz desgarrada de algún cantaor de saetas para cerrar el círculo y, aunque no sepas, aunque no quieras, acabas diciendo “amén”. En esta Semana Santa hay silencio (al fin y al cabo, el accitano es un ser muy suyo, reservado), aunque ahora muchos quieran ponerla bailarina. La Semana Santa accitana no deslumbra y en esa cándida simpleza radica su riqueza. Ésta es la Semana Santa que he conocido y sobre la que siempre hablaré. Puede que vayas a Guadix y encuentres otra cosa, quizás una Sevilla chica, una Málaga en miniatura. Pero siempre te reservará un momento para esa íntima soledad que busca el alma humana, en la que reconciliarse consigo misma.

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