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Archive for 25 abril 2010

APAGA Y VÁMONOS

Publicado en Wadi As en su edición del 23 de abril de 2010

De toda la historia ésta del volcán islandés de nombre impronunciable me queda una profunda decepción. Si antes del incidente estaba a un paso del euroescepticismo, ahora ya me he convertido en una acérrima defensora de esta causa que ve el sentimiento europeísta como un camelo con el que han querido vestir un conjunto de acuerdos comerciales preferentes entre distintos estados. A las pruebas me remito. La Unión Europea ha permanecido bloqueada durante casi una semana por el cierre decretado en los aeropuertos ante el temor de que la nube de cenizas del volcán que ha ido cubriendo el cielo de diversos países, inutilizara los aviones en vuelo. Tener la flota amarrada a tierra ha tenido unas consecuencias fatales: pérdidas millonarias para las compañías aéreas e incalculables horas baldías para los viajeros. Se habla del mayor impacto negativo en la aviación europea desde los atentados terroristas del 11 de septiembre de Nueva York.

Cierto es que si el viento dice de soplar para un sitio y arrastrar hacia allí la nube, queda poco por hacer, pero “poco” no es “nada”, tal y como ha sucedido, y esa inacción que, en especial en los primeros días, instaló el caos en las terminales de los aeropuertos, fue paralizando la voluntad comunitaria de los estados miembros que, con mucho susto en el cuerpo ante las reacciones particulares de las opiniones públicas de sus respectivos países (que, al fin y al cabo, son los que los pueden mantener o aupar de la poltrona), emplazaron la “decisión última” a una Unión Europea de la que ellos mismos se sentían ajenos. Genera una inquietante incertidumbre que ante el más mínimo problema cada cual se refugie en su casita, grave error en un mundo interconectado (e interdependiente) entre sí. Esta inoperancia manifiesta nos coloca en una posición muy débil en un panorama de cambios muy bruscos ante los que hay que adoptar continuas medidas con determinación y rapidez. Un experto de la Comisión Europea entonaba hace unos días un “Nosotros no somos Estados Unidos” para definir la no-toma de inmediatas decisiones unívocas. Pero este tono fatalista no consuela ni al hincha más hincha del chiringuito éste de la Unión Europea. Muy a lo contrario, redunda en esta flagrante flaqueza convertida en insultante evidencia que, para escarnio público, se ha pavoneado ante nuestras propias narices durante todo el tiempo que ha durado este vodevil. La realidad es que han tardado cinco días en tomar medidas y reunirse, síntoma de que esa buena coordinación interna a la que evocan los líderes de los países miembros en sus discursos europeístas es más fruto de una voluntad bienintencionada, que de una estrategia a futuro. Y esto, ¡qué queréis que os diga!, me llena de indignación (¿qué han hecho los viajeros para merecer esto?), y de vergüenza (¿qué pensarán de nosotros en el resto del mundo?) y también de mucho miedo: si se ha montado la Marimorena con esto, ¿qué no ocurrirá cuando se líe una buena de verdad? Apaga y vámonos.

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Publicado en Wadi As en su edición del 16 de abril de 2010

El otro día me llevé un susto de muerte. Bajé el volumen de la tele para atender una llamada de teléfono cuando, de repente, empezaron a sucederse en el informativo unas imágenes absolutamente desconcertantes. Procedían de una grabación casera hecha por un videoaficionado, a juzgar por la mala calidad de los planos, los cortes bruscos entre secuencias y los códigos de la fecha de grabación que aparecían en pantalla. La cámara grababa el balanceo violento de lámparas que pendían del techo del salón de una casa. También filmaba la apertura y cierre continuos de cajones y puertas de armarios y cómo espejos y cristales se iban haciendo añicos. “¿Un ‘poltergeist’ en pleno informativo?”, exclamé en voz alta, de tal manera que mi interlocutor telefónico, extrañado ante mi comentario, me hizo describirle lo que estaba viendo. “¿Así estamos?”, añadí tras relatar lo que mantenía presa mi atención. ¿Tan desesperadas están las cadenas de televisión que, para arañar puntos de audiencia, se ven obligadas a recurrir a sucesos fantasmagóricos con los que alimentar la parrilla informativa? Pero a esas imágenes les sucedieron otras –ya grabadas de manera más profesional- de tomas generales de gentes corriendo: los rótulos indicaban que eran habitantes de la isla indonesia de Sumatra y que se dirigían hacia colinas cercanas, asustados ante la posibilidad de que el terremoto que acababan de sentir de casi 8 grados, y que había tenido varias réplicas, trajera consigo un tsunami tan devastador como el que padecieron, junto a otras regiones bañadas por el océano Índico, a finales de 2004, y que recordaréis dejó más de 200.000 muertos.

Pasaron unas cuantas horas y un nuevo episodio televisivo volvió a tensar mis nervios. Pedro Piqueras arrancaba el diario con la frase “Parecía un castigo bíblico…”, con la que daba pie a una crónica de las lluvias que entonces estaban inundando Río de Janeiro. ¿Pero qué está pasando? ¿Acaso es excesiva tanta desgracia junta como para que el contenido comunicativo, en teoría, más objetivo de la programación del día, comience la emisión aludiendo a las plagas que Dios mandó a Egipto para doblegar la voluntad del Faraón?

Así, contagiada por esta manera apocalíptica de contar, de dar a conocer las catástrofes naturales, me explico que hoy viendo en el telediario a tres soldados reanimando a una víctima del seísmo que ha afectado al noroeste de China, en un primer golpe de vista haya pensado que se trataba de una técnica oriental para sacar los malos espíritus de un inocente cuerpo poseído. ¿Por qué se nos dispara el automático? ¿Por qué nuestra mente evoca lo paranormal? ¿Por qué queremos ir más allá de lo que realmente hay? Me resulta muy inquietante este punto de fuga hacia lo sobrenatural, puesto que ahora, más que nunca, con tanto terremoto, con tanta crisis, es cuando más debemos tener los pies en la tierra. Hemos de aprender a digerir la realidad sin aditivos que nos lleven a distorsionarla. De esto dependerá, en buena medida, nuestra supervivencia en estos tiempos convulsos.

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Publicado en Wadi As en su edición del 9 de abril de 2010

Fue por estos días, pero de hace ya unos cuantos años. Pensaba que se me olvidaría. Después de aquello he escrito muchos más reportajes sobre otras muchas situaciones difíciles de enfocar sin quedar en la lágrima y en el morbo. Pero debió haberse grabado a fuego y no hay año en el que, por estas fechas, la herida no escueza por dentro. Cuando tuve que entrevistar a familiares de víctimas del 11-M un mes después del atentado para un especial que preparaba el periódico, no sabía muy bien por dónde empezar. Me era muy complicado hacer esas llamadas -pese a que con algunos ya había hablado, y en unas circunstancias también muy desagradables, pues fue a las puertas del tanatorio improvisado que se montó en los pabellones de Ifema-. Esas familias necesitaban descansar. El golpe había sido muy duro: en una mañana cualquiera habían perdido a hijos, hermanos, novios, amigos… con tanta vida por delante. Pero es que yo tampoco me sentía lista para hacerlo: imágenes, sonidos, sensaciones se encadenaron formando pesadillas que tuve que soportar durante las noches posteriores al suceso. El ambiente tampoco ayudaba: el silencio, tan poco propio de una gran ciudad como Madrid, se apoderó de la gente y allá donde ibas, gravitaba esa sensación de pérdida y pesar propia de los velatorios. El 11-M infartó el corazón del Madrid que se levanta al alba para ir a ganarse el pan –o para prepararse para llegar a hacerlo algún día-, el Madrid que no sale en postales turísticas pero que, con sus historias menudas, va haciendo barrio y distrito y ciudad y región y país. Dañó los cimientos que dan sostén a esta ciudad de ciudades. Por eso su onda expansiva fue letal, por eso su impacto tan tremendo.

Si costó hacer la llamada, mantener la compostura delante del entrevistado fue mucho más difícil. La tentación de parar la grabadora, dejar a un lado la libreta de notas y fundirte en un abrazo con ellos, me asaltaba a cada momento mientras escuchaba sus respuestas a mis preguntas. En especial recuerdo a una mujer que en verdad parecía haber dejado de vivir con la muerte de su marido en aquellos trenes. Sí, es esa mujer, sus palabras apagadas, su mirada ausente, sus gestos torpes, su relato preñado de planes de futuro compartido con su esposo, la que me viene a la mente cuando llegan estas fechas. Desde entonces, mis primeros de abril tienen la cara de aquella mujer.  

Tampoco fue cosa sencilla poner sobre el papel aquellos casos, que bien pudieron haber sido el mío o el de allegados de haber tenido que tomar el tren de esa línea de Cercanías aquella mañana. Me resultó tan cuesta arriba escribirlo entonces como hoy me está costando componer estas líneas, porque el “pude haber sido yo uno de los muertos” retumba en mi cabeza no sé si a modo de alivio o de reproche. Lo que sí sé es que lo seguiré sintiendo año tras año, por estas fechas.

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