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Archive for 28 mayo 2010

Publicado en Wadi As en su edición del 28 de mayo de 2010

Un sonoro suspiro, como si en él hubiera dejado escapar el último hálito de vida, me ha llevado a fijarme en el señor que acaba de ocupar el asiento de enfrente en el vagón de metro. He reparado en él a pesar del murmullo derivado de la  alta densidad poblacional que registra esta mañana tan reducido cubículo de transporte, hoy muy por encima de la media, lo que, en esta época de vaivenes térmicos, es además sinónimo de sudadas incontroladas por parte de los viajeros, detalle que aporta una mayor sensación de saturación en el ambiente. Nada de esto me ha impedido fijar la vista en este hombre que, más que sentado, yace en el asiento que, para su alivio, hace unos momentos ha quedado libre. Su camisa es como una segunda piel. Empapada en sudor, apegada al cuerpo por la pechera y las axilas, ha cambiado de celeste a azul oscuro por estas zonas de la prenda. Aspira con cierta intensidad, lo que le obliga a recuperar la compostura de un cuerpo que había caído como plomo en agua sobre el asiento. Lo hace una y otra y otra vez. Quizás quiera con ello domar los latidos desbocados de su corazón. Abre y cierra fuertemente los ojos. Se esfuerza en completar la secuencia del ejercicio. El movimiento hace que algunas gotitas que cubren su frente se conviertan en hilitos y recorran su cara, hasta quedar acumuladas en su barbilla. Las seca con un pañuelo, con el que también embebe el sudor de su nuca, que ya ha empapado el cuello de la camisa. Se echa hacia delante. Apoya sus codos en sus rodillas y sostiene la cabeza con sus manos. Fija la mirada en el suelo; parece que quisiera contar los circulitos negros antideslizantes que brotan del vagón. Sopla. Resopla. Su respiración es más pausada.

Una frase acude a mi mente para rotular la escena: ‘El descanso del guerrero’. Y, desde luego, el titulillo le va de maravilla. ¿Su batalla? Subirse a tiempo a ese minuto, a ese segundo preciso para no perder el ritmo que imprime la gran ciudad. Para ello habrá tenido que salir de meta justo a la hora dada por el despertador, y ducharse, vestirse y desayunar tan rápido como para llegar a tiempo a la estación de metro más cercana, que no lo está tanto. Sin contar con los viandantes en el sentido opuesto a los que ha tenido que esquivar en la acera ni, por supuesto, con los operarios de mantenimiento de la calle, que ocupan prácticamente todo el pavimento, obligando a los peatones a caminar en fila india junto al área en obras. Y, por supuesto, el sprint por los pasillos del suburbano hasta entrar en el vagón. Al menos así me imagino yo la previa de este campeón sin medalla, luchador sin recompensa, pero héroe del día a día, sin embargo, entrenado, como tantos otros que comparten viaje con él, para la supervivencia en la jungla de almas que es Madrid.

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Acaban de sonar en la radio los primeros acordes de guitarra, inconfundibles, de una canción de esas que erizan la piel, sepas o no sepas inglés, sepas o no lo que está contando. Leonard Cohen y su “Famous Blue Raincoat” forman parte de este privelegiado y selecto club de las mejoras canciones jamás escritas. Recuerdo el concierto que dio recientemente en Madrid. Recuerdo el momento en el que interpretó este tema. Recuerdo el silencio, tremendo, que se hizo en todo un Palacio de Deportes a rebosar. Ni una mosca se oía. Todos, mudos, encantados, presos de la voz mágica de este artista desde el sombrero a los pies. 

Aquí os dejo mi regalo musical para esta tarde.

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 Ha llovido mucho desde que ví por última vez El Resplandor, y mucho más, 30 años justitos, desde que se estrenó –sin pena ni gloria, todo hay que decirlo- una de las hoy consideradas pelis de terror de culto. Aderezado, en la versión doblada española, con la voz de Verónica Forqué, este peliculón en el que Kubrick echó el resto bien puede decir eso de “Por mí no pasan los años”. Porque, por mucho “Sexto sentido”, “Los Otros”, “The Ring” y demás que ha venido después, esa tensión incómoda, insoportable que genera en el espectador la aparición de las gemelas al final del pasillo, no ha sido apresada por el fotograma de ninguna otra peli del género. Es como si, por arte de algún extraño sortilegio, esta escena se hubiera conservado en formol. Cualquiera diría que las gemelas son ya cuarentonas. ¿Su secreto? No, hija no, eso no se pregunta.

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Tremendo

En India hay más personas con acceso a un teléfono móvil que a un cuarto de baño. Tremendo.

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Hace no mucho leí que aumenta el número de cadáveres sin reclamar. Nadie los quiere. Nadie pone medio céntimo por darles sepultura. Sea por lo que fuere, lo cierto es que se marcharon sin dejar rastro. Muertos bien muertos.

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Reportaje publicado en Wadi As en su edición del 18 de septiembre de 2009

“¿De Guadix sois? Pues nuestro abuelo Miguel, el padre de nuestro padre, era también de Guadix, de los Rojas de Guadix”, cuenta Encarnita, sonriendo al comprobar que hay una razón que nos une, más allá del interés en el baptisterio que custodia junto a su hermano Miguel. Pero no ha sido fácil llegar a esta sintonía, como tampoco ha sido sencillo dar con ellos. Preguntados varios vecinos de Las Gabias sobre el paradero del baptisterio y sus guardianes -que tan famosos hicieron Javier Cárdenas y Javier Sardá en ‘Crónicas Marcianas’-, o bien no sabían, raro en una población de no más de 15.000 habitantes, o no querían responder quizás por vergüenza de recibir visitas al pueblo a cuenta del circo televisivo que se montó en torno a esto, quizás, como nos explicaría después Encarnita, por la envidia, “que es mu mala”, de quienes quieren hacerse con “esta joyita”, en palabras de Miguel, que él y sus hermanas llevan toda la vida conservando. Al final una señora nos indica cómo llegar hasta la casa. Nos da una indicación -‘La casa de las persianas amarillas al lado del Ayuntamiento’-, suficiente para llegar. Llamamos a la puerta. Un tímido ‘quién’ se abre en el silencio. He visto bastantes vídeos de ellos, conocidos como ‘los hermanos del baptisterio’, para poder identificar a Encarnita. Pregunto por Encarnita Rojas. Se deja asomar a través de las tablillas de la persiana de una de las ventanas de la planta baja. “¿Periodistas?”, quiere saber, y digo que sí. Abre la puerta un ser diminuto envuelto en ropas grises con una sonrisa de oreja a oreja. No me la imaginaba así. Delgada, pequeñita, con la cara redonda, eso sí, y bastante estropeada respecto a como aparecía entonces en televisión. Nos recibe en una entrada minúscula, donde en seguida me percato del cuadro de su abuelo, Francisco Serrano Rodríguez ‘El Toleo’, el descubridor del baptisterio, retrato que, en las sucesivas visitas de la tele, Encarnita y sus hermanos se habían encargado de exhibir. “¿Y qué quieres saber del baptisterio?”, pregunta. ‘¿Por dónde empezar?’, pienso, y miro a mi hermana, y a ésta sólo se le ocurre sacar su cámara de fotos. “¿Sois de la tele?”, insiste, y le digo que no, que sí que soy periodista, pero que en verdad hemos venido a comprobar que la fama del baptisterio se la tiene bien ganada. Sonríe y me vuelve a preguntar lo mismo. Mi novio, el tercero de la expedición, salta en mi auxilio y comenta que conocemos la historia del baptisterio a través de la televisión y que nos gustaría ver tan valioso monumento. “Claro, es un baptisterio paleocristiano romano del siglo I, ¡tiene mucho valor!”, apunta, y pregunta ahora de dónde vengo y le digo que soy de Guadix. “¿De Guadix? ¡Mi abuelo paterno era de allí! ¡Qué gracia!”, exclama Encarnita, y en verdad es que yo tampoco doy crédito a que por las venas de los mismísimos ‘hermanos del baptisterio’ corra sangre accitana. Se oyen pasos bajando por las escaleras que conducen al piso de arriba y que justamente están frente a nosotros, detrás de Encarnita. Las paredes rezuman humedad. Huele a casa cerrada. Llega Miguel, quien reprende un poco a su hermana por dejar pasar “a cualquiera”. Ella intercede. “Tranquilo, Miguel, que son periodistas, y encima son de Guadix, como el abuelo”, dice Encarnita, quien le pide que coja la linterna y que nos enseñe el baptisterio. Miguel no parece estar por la labor. “Mira, éste es mi abuelo, el otro, Francisco Serrano –indica la mujer enfatizando cada sílaba del nombre, mientras señala el cuadro en el que los tres hemos reparado nada más entrar en la casa-, el que, en 1920, un día trabajando en sus tierras, vio cómo el arado se había enganchado en una piedra, la quitó y escarbando dio con un pasadizo que lo llevó al baptisterio”. “¡Y la de camiones de tierra que el pobre sacó! ¡Se hartó de sacar tierra, él solo, y sus nietos hemos vigilado desde siempre el baptisterio!”, dice, a continuación, Miguel, que se emociona un poco cuando nombra a Josefina, su otra hermana, ya fallecida (para quienes han visto los vídeos, la más flaquita de las dos hermanas y la que no hablaba nunca). “¡Tanto cuidar del baptisterio le ha quitado la vida! ¡Si es que cuesta mucho trabajico, mucho sacrificio!”, prosigue Encarnita. Les pregunto que qué pasará con el baptisterio cuando ellos no estén y Miguel se apresura a responder que ellos tres son los únicos herederos y que nadie les robará el baptisterio. “Niña, tienes que escribir de esto, para que se sepa que los hermanos Rojas somos los guardianes del baptisterio de Las Gabias, ¿me estás escuchando?”, insiste Encarnita, y sólo puedo asentir, mientras veo cómo abandona la estancia.

 

Regresa la mujer con revistas y recortes de prensa en la mano. “Mira, niña, todos los sitios donde hemos salido”, me dice, y me entrega un par de boletines municipales, que hojeo, y en los que encuentro sendos reportajes, más que sobre el baptisterio senso estricto, sobre el fenómeno televisivo que ‘Crónicas Marcianas’ montó en torno a tan fieles custodios del baptisterio. “Ése es Cárdenas, que el muchacho nos sacó mucho por la televisión, y después han venido Localia y Cuatro”, nos cuenta, con rostro feliz, con una sonrisa ingenua, ajena a las decenas de miles de reproducciones de los vídeos sobre su tesorito que hay subidos a Internet, a los remixes con base bakala que hay colgados en la red, a la gente que los imita y que repite, punto por punto, sus expresiones más características (“¡El baptisterio es un señorío!”, “¡Los nietos dicen la verdad, y yo por la verdad muero!” o “¿A quién no le gusta un Imperio romano?”, entre otras).

 

“Bueno, venga, vamos al baptisterio”, decide, al fin, Miguel y, mientras él se calza, Encarnita me entrega un librito, pequeño y fino, titulado ‘El monumento subterráneo romano de Gabia La Grande’. “Aquí está todo muy bien explicado, para que sepas bien todo lo del baptisterio”, me advierte, y nos despedimos. Por el camino al monumento, y mientras mi hermana conversa con Miguel, le echo un vistazo al libro. Habla sobre el hallazgo del baptisterio y sus características constructivas. Incluye también fotografías en blanco y negro.

 “Ya estamos cerca”, avisa Miguel, mientras señala, a lo lejos, lo que parece una cúpula en medio de campos de labor. Me recuerda a esos asentamientos que brotan en esos desolados paisajes lunares que aparecen en cómic espaciales. Para entrar al baptisterio tenemos que bajar una escalera muy rudimentaria. Todo está muy limpio. Ni un papel en el suelo. Lo comento. “Es que vengo todos los días a revisar que todo está bien”, confiesa, ufano. Una cancela de gruesos barrotes impide el paso al interior. Me fijo en un cartel colocado en la parte superior de la verja. ‘Baptisterio Rojas’, pone. Me asomo por entre las rejas en tanto Miguel quita el candado. El corredor está cubierto por una bóveda de cañón. Leo en el libro que tiene una anchura cercana a los dos metros, una altura de 2,20 metros y desde la cancela a la cámara subterránea hay una distancia de 21 metros. Y también que está totalmente construido de piedras sueltas de tamaños irregulares y salteado por tragaluces y oquedades que, en su día, debieron servir para colocar puntos de iluminación.

 

‘Menos mal que la oscuridad no es absoluta’, pienso, mientras avanzo por el corredor y compruebo el pequeño haz de luz que desprende la pequeña linterna azul de Miguel, de esas que uno encontraba en la caja de herramientas del abuelo. Al poco, la estancia se ensancha. Estamos en la cámara subterránea. Hay mucho silencio. Y hace fresco. Hay más claridad que en el corredor, gracias a un tragaluz que se abre justo en el centro de la cúpula que cubre la cámara. Así podemos ver mejor dónde estamos. La cámara está construida con bloques de piedra de diversas medidas y también se emplea el ladrillo de canto. No es tan grande como parece por televisión. Justo en la pared que uno encuentra en frente se aprecia el hueco de lo que debió funcionar como hornacina.

Veo a mi hermana hacer fotos a las trompas que sustentan la cúpula en forma de medio abanico, y a la cúpula mismamente, lo cual se convierte en un reto por los rayos que entran por el tragaluz. “Estoy harto de los niños; echan asquerosidades por el agujero y me paso el día barriendo”, se queja Miguel, señalando hacia arriba. También veo a mi hermana fotografiar, en la pared de la izquierda, según se entra, un ábside en cuyo fondo se atisba un hueco que adopta la señal de la cruz, índice de que, en el pasado, se alojó ahí un crucifijo, según nos cuenta Miguel, quien también nos apunta, no exento de sentida pena, que las paredes estaban recubiertas de adornos de peces, de palomas, que “estudiosos” se han ido llevando para analizarlos y no han devuelto. “Como la pila bautismal, que estaba justo aquí, en el centro, que nos la pidió prestada un historiador importante de Madrid y nunca más se supo de él ni de la pila”, admite. De hecho, en algunos rodales de la pared se aprecian restos de pigmentación, como de pinturas primitivas. “Esto tiene mucho valor –comenta-; aquí dicen que debajo hay lo menos 500 romanos enterrados –continúa-; esto tiene mucho valor –reitera- y las autoridades no quieren reconocerlo, no valoran todo el esfuerzo que lleva esto; ¡hasta han recogido firmas en nuestra contra!”, concluye. ‘¿Manía persecutoria infundada o celo extremo por la integridad del inmueble?’, me pregunto.

No puedo evitar acordarme de los vídeos que sobre ellos hay en Internet, en concreto de uno en el que aparecen Encarnita y Josefina vestidas con una especie de túnicas romanas y unas cintas doradas cruzando sus frentes, mientras Cárdenas les hace todo tipo de preguntas sobre la reliquia que custodian.

Justo en la pared de la derecha, conforme se entra, hay una estrecha escalera de caracol. La tomo pero, subidos unos pocos escalones, Miguel me advierte de que no lleva a ningún sitio, que se corta. Cosa que puedo efectivamente comprobar. La visita tampoco veo que vaya a dar para mucho más. “Pues en esto invertimos día y noche, toda una vida”, sentencia Miguel, al vernos andar de acá para allá, sin nada nuevo en lo que detenernos, que fotografiar. Y sí, ya va siendo hora de salir de tan singular monumento custodiado por tan celosos guardianes. Ya nos va tocando dejar a los hermanos Rojas en su mundo, donde no hay más ley que la salvaguarda del baptisterio, que cumplen a raja tabla desde que sale el sol hasta el ocaso.

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Su madre, que les parió, ahora les ha quitado la vida. Su padre es pederasta. Quién dice que el infierno le espera a los malos tras la muerte. Estos niños, los hijos del pederasta, los que acaban de morir asesinados, supuestamente, por su propia madre, lo han padecido en vida. Leo en prensa que se ha disparado la adhesión a sectas satánicas. Ni falta que hace. El diablo no acude al cántico ritual de sus acólitos. Habita en familia. Diablo a domicilio. Atroz.

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