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Archive for 26 junio 2010

Publicado en Wadi As en su edición del 25 de junio de 2010

Debe ser efecto de la caló, que derrite nuestros circuitos de refrigeración emocional, entre ellos los de la paciencia, la educación (la buena, se entiende) incluso la cordura, porque si no, no podríamos del todo explicar la ligereza con la que sacamos lo peorcito que llevamos dentro como reacción a un pisotón en el metro (inevitable), al camarero que te trae mal las vueltas después de un servicio nefasto (prácticamente inevitable) o a la viejecilla que consigue colarse en la fila del bus (inevitabilísimo). Faltaba el Mundial de fútbol para acabar de caldear los ánimos. ¡Madre mía! ¡Pero qué gatillo más fácil tenemos! ¡Saltamos a la primera de cambio! ¡No hay quien nos tosa! Cualquier ocasión es perfecta para la bronca gratuita. Sólo es válida, está claro, si reúne dos condiciones básicas (además de este calor infernal metido en el cuerpo, cosa obvia): gente y situación conflictiva. Por supuesto que hay niveles, llamémosle, “de complicación”, circunstancias que dependen de la intensidad de ambas variables. Pongamos como ejemplo el caso de ese padre de familia con sus críos pequeños que espera turno en la cola del cine. Si hay un número razonable de personas delante de él, su queja incluso puede servirse en silencio (lo de que “la procesión va por dentro”, ya sabéis). Sin embargo, ese Chuck Norris que habita dentro de nosotros sale como potro desbocado cuando no son diez, sino treinta las personas que conforman una cola que bordea medio edificio. El gentío nos arma de valentía, nos brinda la ocasión perfecta para fardar ante los vástagos de lo batallador que es su padre, que no se pliega ante el sinsentido de estar en el siglo XXI y que todo dependa de la venta manual o de unas máquinas que suelen estar  estropeadas. Así, vamos intoxicando a los de delante y a los de detrás, de manera que la indignación se transforma en queja, que pronto se convierte en reivindicación compartida. De ahí a las voces de amenaza a los taquilleros hay sólo un pasito, que depende de la otra variable expuesta. Es decir, que si, por ejemplo, se incorpora una tercera persona en taquillas para aligerar la venta, o los taquilleros se organizan el trabajo de una manera más eficiente o ponen en marcha cualquier otra medida que alivie la espera en la cola, la situación no llega a mayores. Pero, ¡vamos!, el riesgo de pasar a las manos siempre está ahí, dispuesto a hacerse realidad. Cualquier ocasión es potencialmente peligrosa. No bajemos la guardia creyendo que, estando en un ambiente distendido, no nos va a saltar el automático. Cuidadito con esas tertulias deportivas en la casa del cuñao en el descanso del partido de la Selección. Ojito con el comentario comparativo de las notas de tu hija con las de la hija de tu amiga. Sálvate bien de mimar a la vecina de confianza y no afearle el color de sus nuevas cortinas. Cualquier cosa puede liberar al Kraken que se esconde tras nuestras bajas pasiones.

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No sé qué opinará mi perro de la historia ésta del “gato biónico” que recogen hoy buena parte de los portales web con zona de vídeos. A mí, desde luego, me ha parecido una auténtica pasada ver al minino correr y saltar gracias a los implantes que le han adherido a su cuerpecito. Quién se lo iba a decir al pobre Óscar, que así se llama el gato, cuando el pasado mes de octubre perdió sus patas traseras amputadas por una cosechadora que le alcanzó mientras dormía al sol.

“Siete vidas tiene el gato”, me dirá, seguro, Yoda, mi carlino, cuando llegue esta tarde a casa y le relate la historia del felino semi-robotizado. Porque mi perro no articulará palabra, pero en este mundo no todo son palabras, y cuando acabe mi narración de los hechos, él me mirará con esos grandes ojos y opinará sobre el estado de la cuestión… o tal vez escoja sentarse, darme una patita, darme luego la otra, tumbarse, y entonces deberé asumir que me deje de historias y le dé una galletita. Son modos y maneras de entender y de hacerse entender, sin que medie palabra alguna.

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Susto vespertino

Hay algunos titulares que llevan a equívocos no aptos para cardíacos. Casi me da un susto de muerte tras leer en grandes letras lo siguiente: “Una plaga de cotorras dispara las alarmas”. Lo primero que se me ha venido a la cabeza desde luego que no tenía nada que ver con la realidad que cuenta la noticia correspondiente, relativa a la superpoblación de las aves que llevan este nombre. Yo, muy al contrario, he pensado en esas mujeres que te pasan el escaner visual  en un pispás y, como los del CSI, rápidamente actualizan tu historial con la ayuda inestimable de sus compañeras de rueda de cuchicheos. ¡Madre mía! Ya las veía brotando por doquier, saliendo hasta de debajo de las piedras. Han sido pocos los segundos que han transcurrido desde la lectura del titular hasta la del primer párrafo, pero he de confesar que han sido de una angustia absoluta.

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Lo cuento como lo veo. No tengo argumentos suficientes para asegurar que la música calme a las fieras, pero sí que puedo constatar que la banda sonora de “Desayuno con Diamantes” (Breakfast at Tiffany’s) calma a las fierecillas que tengo por mascotas. Da igual la pista que suene del cedé, que los violines que endulzan esos compases trazados a ritmo de swing son mano de santo con mis perrillos. Más que jugar, parecieran que bailasen.

Probad el experimento con vosotros mismos. Os dejo en esta entrada de mi blog, el enlace a un vídeo de uno de los cortes de la banda sonora. Os aseguro que, por unos momentos, os sentiréis ligeros de equipaje. Hayáis o no visto la película, la música habla por sí misma. Dejaos llevar. No sé qué diablos le hará a mis perros, pero tanto ellos como yo, mientras suena Mancini, pasamos unos minutos de deliciosa calma.

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Publicado en Wadi As en su edición del 18 de junio de 2010

Mister T está decepcionado. Cuenta que la película que acaban de sacar del “Equipo A” lo único que toma de la vieja serie es el nombre. Que sí, que todo muy moderno, muy sofisticado, mejores medios técnicos, complots internacionales más complejos, pero también violencia innecesaria y sexo gratuito, elementos que hacen de éste un nuevo producto, ajeno al antiguo prototipo. En la entrevista que leí sobre este asunto se le notaba al hombre muy preocupado. Y es que, al menos en su caso, actor y personaje han caminado de la mano mucho tiempo: siempre se le ha relacionado con el de los mamporros y los collares del “Equipo A”. Así que comprendo su indignación con este remake, pues en parte reescribe una historia donde ya no tienen cabida aquellos personajes y aquellas ingeniosas argucias que se inventaban para salir del entuerto.

 

No sé qué pensará Diana (La Dayana, quería decir), la mala malísima de “V”, acerca de la nueva versión que sobre Sus Reptílicas Majestades están echando actualmente en televisión. ¿La recordáis? Con aquel escardao de pelo, enfundada en monos apegadísimos y ese maquillaje que acentuaba la maldad que albergaba dentro. ¡Memorable! Me acuerdo que en el patio del colegio, cuando jugábamos a “V”, el personaje más solicitado era el de La Dayana, y no el de Julie, que era la buena de la serie. ¡No dejaba indiferente! Sin embargo, la que ahora supuestamente capitanea la invasión alienígena es estilizada, sobria y diría que bastante anodina. Además, a estos lagartos de nuevo cuño les presuponía hábitos más eficientes, tal vez alguna vuelta de tuerca respecto a los cortejos sexuales de la lagarta reina. Yo esperaba de ella que pudiera autofecundarse, pues el hecho de no depender de un macho haría aumentar su prole donde y cuando la doña quisiera. Yo por dar ideas. Desde luego, cualquier cosa menos lo que al final ha sucedido en esta materia: no me pareció de recibo que escogiera como semental de una nueva camada de lagartijitos obedientes e instruidos, a un bicho con apariencia de musculitos. ¡Como si el aspecto exterior garantizara el vigor del esperma! ¡Con esa medicina tan avanzada de la que presumen, bien podrían evitar incurrir en este error de bulto! Además, aún no se la ha visto zamparse ratón alguno, y la serie ya va más o menos por la mitad. No obstante, sí que se ha sentado a comer en mesa elegante con menús de pitiminí, de esos que se llevan ahora en las altas esferas. Que no te digo que eso no fuera pudin de rata y delicias de ratón, pero, ¡vamos, por Dios, que estamos hablando de lagartos y una cosa es imitar las maneras terrícolas para someterlos y otra rebajarse a sus cursis procedimientos culinarios!

 

En conclusión: deberían prohibir por ley los remake de series míticas. Si se han ganado ese calificativo, se merecen un respeto creativo, y no secuelas como éstas, que no son más que pálidos reflejos de aquellas que grandes fueron. Y punto.

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En un día donde los titulares malos, muy malos, pujan por tener puesto destacado en los periódicos, acaba de sumarse otro más. La Selección Española de Fútbol, rebautizada como “La Roja”, ha caído en el primer asalto del Mundial. 1-0 frente a Suiza. No teníamos suficiente con el runrún de la reforma laboral, las habladurías de los europeos sobre el vigor de nuestra economía, los aguaceros que hacen que el tercio norte peninsular parezca más Venecia que otra cosa,  y con taitantos frentes más, que ahora vienen éstos y también nos dan la puntilla.  Y ahora, ¿a qué madero nos agarramos? Negro sobre negro.

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Publicado en Wadi As en su edición del 11 de junio de 2010

Me refugio en esas historietas que encuentro por Internet sobre el fin del mundo porque sé que son eso, historietas, y tienen pocas mimbres para llegar a tejer una realidad (o eso quiero creer). Reconozco que es una maniobra de escapismo de este mundo preñado de noticias regulares, malas y muy malas y, para pasar el rato, este puñado de anécdotas que cosecho en los pies de página de los periódicos digitales, me mantiene bastante entretenida.

Lo último que me ha llegado sobre este tema es en parte tranquilizador respecto a lo penúltimo leído: y es que se ve que los mayas no dijeron que el mundo se acaba a finales de 2012. Al parecer, erraron en la adaptación del pronóstico al cálculo de hoy día los agoreros que años atrás empezaron a difundir a los cuatro vientos que se cierra el chiringuito planetario. Menudo disgusto se habrán llevado los que, afanosamente, desde un tiempo a esta parte, se han empleado en la construcción de búnkeres privados en paraderos remotos (y no desvelados para el común de los mortales) en los que superar el momento de traca final que auguran para la Tierra (unos hacen hincapié en la idea del meteorito que se estampa contra el planeta, otros en que moriremos abrasados por no sé qué del aumento de intensidad de los rayos del sol, otros que será una hecatombe nuclear derivada de una eventual Tercera Guerra Mundial, otros prefieren la versión de conflicto entre naciones con armas químicas de última generación, otros la conjunción de todos los factores precedentes…). Vamos, que yo soy un apocalíptico de estos y, después de leer que sus estudiosos de referencia se han equivocado y lo que parecía ineludible no ocurrirá hasta dentro de muchísimo más, me estoy dando cabezazos contra la pared hasta el Día del Juicio. ‘¿Para esto tanto trabajo? ¿Tantos fines de semana empleados en cavar y cavar? ¿Tantos cumpleaños de familiares sin asistir, tantas barbacoas con amigos a las que no he podido acudir por estar en el tajo dale que dale con el búnker?’, lamentaría el apocalíptico, mientras enjugase sus lágrimas de frustración y el sudor de su frente con un viejo pañuelo. Yo le consolaría exponiéndole que puede que su trabajo no sea tan en balde, que vale que todo este revuelo montado en torno a los vaticinios mayas no llegue a nada, pero que el panorama que nos envuelve no es nada halagüeño: aumentan los recelos atómicos entre los países, fracasa un alto porcentaje de conflictos internacionales por la vía diplomática, la hambruna y la enfermedad en el Tercer Mundo ya no son contenibles sólo con el parche de la ayuda al desarrollo… todo esto puede estallar un día. ‘Y, para mí –le diría yo- lo más terrible de todo es que esto nos ha calado, hasta el punto de que nos resultan verosímiles historias como la tuya, así que yo no dejaría la pala en el almacén, por si acaso’. Y se lo aconsejaría de corazón.

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