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Archive for 29 julio 2010

Hasta siempre

Ayer supe que se disuelve el que, sin duda alguna, se ha ganado a pulso un hueco de honor entre los grupos musicales capaces de crear un lenguaje propio tomando lo mejor del flamenco, la rumba, el pop, el rock, el funk, el jazz e incluso los sones africanos y caribeños. ‘elBicho’ es más que una banda de flamenco fusión que suena como los ángeles. También es mucho más que la voz rajá de Miguel Campello y que la sólida orquestación que aportan los músicos, parte de ellos integrantes a su vez de ‘Candelaria’, conjunto netamente instrumental. Es la suma de una apuesta musical arriesgada y unas letras que apuntan ahí adentro. Precisamente como homenaje a estos grandes entre los grandes, rescato uno de sus temazos, “Letras”. ¡Que aproveche!

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Publicado en Wadi As en su edición del 23 de julio de 2010

¿En verdad nos trae a cuenta meternos de nuevo en tamaño embolao? Atascos, calor, colas para todo, playas abarrotás… la pesadilla se repite y ahí estamos nuevamente nosotros para revivirla. Es más o menos como la sensación que nos provoca, en las pelis de miedo, el que interpreta al ingenuo a la vez que imprudente que ve cómo se mueven los objetos por sí mismos en su propia casa y en vez de salir pitando, se queda inconcebiblemente allí dentro. Pues, en parte, así actuamos nosotros cuando, año tras año, demostramos tropezar en la misma piedra y, a pesar de los pesares pasados en anteriores ediciones, volvemos al mismo tipo de sitios que tanto estrés nos generan. Que no, Mari, que no, que lo de la playa como lugar de descanso es una expresión que tenemos que meter en cuarentena. ¿O es que acaso no recuerdas las luchas por el hueco de la sombrilla, la dificultad para echar cuatro brazadas en la piscina del apartamento o el peligro de ser arrollada por la marabunta que invade el paseo marítimo por la noche, que así las cosas el tráfico humano debería estar regulado por semáforos? Que sí, que tenemos memoria selectiva y sólo recordamos lo agradable que resultaban los bañitos en el mar y lo baratita que nos salió la semana. Pero, Paco, pare usted de contar, y piense en los días pasados construyendo una y otra vez el castillo de arena junto al crío (y quemándote una y otra vez la espalda), las tardes intentando aparcar el coche lo más cercano posible del supermercado y las noches sin dormir por los mosquitos y el ambiente discotequero. ¿Quién te paga tanto esfuerzo en tus días de descanso?

¿Que me repito más que el ajo? Pues no lo niego. Repasando mis columnas de opinión, suelo dedicar una a estos menesteres más o menos a estas alturas del año. Pero si lo sigo haciendo es porque continuamos dando cuartelillo al veraneo patrio, reeditando, por tanto, los mismos errores que nos han llevado a la extenuación tras las vacaciones. ¿Que qué hacer?

Desde luego que yo no tengo la solución a este mal cíclico. Cada cual debe aplicarse su propio antídoto. Lo que igual sí que ayuda es pararse un momento a pensar, que es precisamente lo que no hacemos cuando vemos que se acerca el verano y aún no hemos ojeado ná de ná. Quizás si le diéramos un par de pensadas a nuestro plan vacacional podríamos atenuar algo los síntomas del veraneo patrio. Que sí, Pepa, que te doy la razón cuando afirmas que los que se van por ahí lejos y pasan más tiempo en los aeropuertos que en el lugar de destino, también tienen su quintá. Pero éste es un riesgo que asumes cuando aceptas hacer un viaje de esas características. La diferencia está en que cuando vamos al Levante, a la Costa Brava o la del Sol ponemos el contador a cero, como si fuéramos de nuevas. ¡Ay, ilusos!

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Publicado en Wadi As en su edición del viernes 16 de julio de 2010

Ahora que ya se ha pasado la euforia de la victoria, puede ser un buen momento para pensar en todo lo que hemos vivido en nuestras carnes patrias. Dicen por ahí que no es bueno legislar en caliente. Yo, siempre reacia a esta expresión, que suena más a aplazamiento indefinido que a paréntesis prudente, me amarro ahora a ella, porque considero más que conveniente reflexionar con calma y sosiego sobre el subidón que nuestra españolidad ha experimentado a cuenta de la vibrante y brillante participación de la Selección Española en el Mundial de Fútbol de Sudáfrica. Cierto es que ha sido la primera Copa del Mundo que levanta el combinado español en este deporte, después de años y años regresando a casa en octavos o en cuartos por obra y gracia del árbitro, las lesiones, la mala suerte y todo lo demás. Sin embargo, en las celebraciones de las victorias de España en este campeonato, había mucho más que las ganas de sacarse esa espinita clavada. El gol de Iniesta acabó por dinamitar ese duro muro de vergüenzas que nos impedía expresar nuestra españolidad sin complejos. Estos jovencitos nos han ayudado a salir del armario, a sacar nuestras banderas a los balcones, a vestir la camiseta de la Selección, a llevar en el coche banderines rojigualdos sin el temor de que alguien nos tachase de facha. Sólo un espectáculo tan de masas como el fútbol y tan arraigado en la sociedad española ha sido capaz de generar el entusiasmo necesario para exterminar tanta estulticia. ¿El secreto? Que en la victoria de La Roja subyace eso que inconscientemente los españoles venimos pidiendo desde hace mucho, mucho tiempo: un proyecto común. Los hijos futbolísticos de Del Bosque, con esa apelación continua a la prevalencia del juego en equipo frente a las individualidades, nos han hecho conectar con ese espíritu nacional entendido como estrategia compartida. Desde la singularidad de cada jugador se ha logrado articular un impecable juego colectivo, que los ha hecho brillar aún con una mayor intensidad. Esta es la clave para entender el triunfo social de este triunfo deportivo, si bien también han contribuido en la victoria valores como la humildad, el compañerismo, la constancia, la disciplina y la ilusión, además por supuesto del juego limpio, el control de la situación y el remate de las jugadas.

Ahora, y tal y como dicen muy sabiamente las madres cuando el niño rebelde les llega con notas inusitadamente excelentes, lo que es menester es mantenerlo, de manera que  esta unión de espíritu, esta idea de equipo que se sobrepone -y de qué manera- a un tropiezo inicial, permanezca indeleble en la adversidad. Fácil no lo tenemos. Ya los dirigentes se encargan de enredar lo que de forma tan natural ha aflorado durante estos días. Pero tenemos que agarrarnos a ese frenesí que nos ha embargado, en mayor o menor medida, y aplicarnos al cuento para que así no vuelva a formarse esa costra de pus que tanto malo nos ha estado haciendo.

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Publicado en Wadi As en su edición del 9 de julio de 2010

¡Menuda sorpresa me he llevado esta mañana! Estaba leyendo las noticias en un diario digital, cuando uno de sus banners publicitarios me ha llamado poderosamente la atención. Y no ha sido por su atractivo diseño ni por tener un eslogan llamativo. El chico que posaba como figurante del anuncio me quería sonar de algo. Mi memoria, flaca para estas cuestiones, se esforzaba por ubicar, bajo una identidad conocida, la sonrisa bonachona y los ojillos brillantes de ese cuarentón que, en esta publicidad, aparecía junto a dos críos abrazados a su cuello, promocionando una cadena hotelera de cara al verano. ‘¿Quién demonios será?’, me repetía una y otra vez. La intriga aumentaba por momentos. Justo cuando estaba a punto de pedirle a alguien que me ayudara a reconocer a este sujeto, va y aparece un mensaje en el anuncio que me ha despejado toda duda: era el Piraña, el de la serie juvenil ochentera Verano Azul. ¡Claro, el Piraña! Aún con las entradas de su pelo y su visible adelgazamiento (en comparación con la barriguita y carrillos que lucía de niño), mantiene ese gesto que esbozaba ante la bollería fina o el bocata de mortadela, o cuando ideaba alguna trastada, sin malicia alguna, junto a su inseparable Tito, el benjamín de aquella pandilla formada por hijos de veraneantes en la Costa del Sol. ¡Cómo no acordarse de aquella serie, que tan buenos (y malos, también) ratos nos hizo pasar a los de mi generación! Porque todos, en mayor o menor medida, somos capaces de enumerar al menos tres o cuatro aspectos reseñables de quienes conformaron aquella idílica cuadrilla de veraneo que en cierta medida todos nos hemos esforzado en emular. Fueron nuestros “Goonies patrios” y, desde la unión de la amistad, nos enseñaron, de una manera natural, a dar el paso desde la infancia al mundo de los mayores, con los primeros enamoramientos de los chicos de la pandilla, quienes empiezan además a percatarse de los problemas de sus padres, y, por supuesto, con el contacto directo con la muerte de un ser querido, como fue la de Chanquete, y con la tristeza profunda de la despedida, acompasada con esa lapidaria canción del Dúo Dinámico El final del verano que cierra el último episodio. Ahora, desde la distancia, pienso que aquella serie nos marcó tanto porque nos trajo la vida. Vale que el argumento de algunas aventuras estuviera un pelín forzado, pero, en esencia, nos mostraron que esto de vivir consiste en reír y en llorar y ambas emociones se pueden compartir con personas a las que quieres y que te quieren. Debemos conectar con aquellos veranos azules que todos hemos vivido. No hay nada malo en echar la vista atrás y recoger lo bueno de aquellos recuerdos. No es un ejercicio de nostalgia ni infantilismo. Es volver al inicio de lo que somos hoy día. Beber de las fuentes evitará que olvidemos las claves de nuestro proyecto de vida, algo que a veces se traspapela entre prisas y agobios. Azul.

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Me hallo invadida por sentimientos contradictorios. ¿La razón? La historia de un repartidor de kebab que denunciaba los robos de su mercancía cuando era él mismo el que se comía los encargos y se quedaba el dinero que se iba a dar para el cambio. Y es que, aun siendo consciente del carácter delictivo de esta actuación, no puedo evitar que me resulte en cierta manera entrañable. Leemos a diario tanta cosa mala sobre tanto crimen atroz, tanto estafador a gran escala, tanto sinvergüenza sin escrúpulos, que saber de este pilluelo glotón no me provoca sino la risa.

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De subidón

La miseria adquiere muchas formas. La primera que nos viene a la mente es la del pobre harapiento sin nada que echarse a la boca. Pero, si nos distanciamos de este cliché, advertimos una diversidad de manifestaciones de la miseria, que, por cierto, no tiene por qué ser material. De hecho, la miseria moral es más destructiva, tanto para el que la padece como para quienes rodean al que la padece. De esta dimensión de la miseria que trasciende la carencia económica, que encalla en la ausencia completa de escrúpulos y en la incapacidad para empatizar, hoy hemos conocido un caso paradigmático. La Guardia Civil ha detenido a cuatro niños “bien” que robaban casas para “tener nuevas sensaciones”. Dicen que les daba el subidón (les daba yo de tortas…) trazar el plan de asalto y ejecutarlo por las noches, entrando en las viviendas mientras sus inquilinos dormían. Aquí no nos vale ni el deterioro económico (proceden de familias de alto poder adquisitivo) ni la desestructuración familiar ni tampoco la desesperación que invade a quien llega a un país desconocido donde no tiene oficio ni beneficio (son los cuatro de nacionalidad española) para intentar explicar qué demonios ha llevado a estos jóvenes pijos con todas las posibilidades de prosperar honestamente en la vida, a cometer tales acciones delictivas. ¿Cómo se entiende esto si no es por la corrupción moral que los ha guiado hasta perpetrar 28 robos con fuerza?

Me ha recordado este caso al de la indigente del cajero que fue apaleada hasta la muerte por jóvenes que argumentaron haberlo hecho “por placer” y, salvando las distancias, también me he acordado del planteamiento de la “violencia como diversión” que sustenta la trama de La Naranja Mecánica. Creo que hay que echar el freno y pararse a pensar qué sociedad estamos construyendo, capaz de parir criaturas como éstas.

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Sinceramente creo que nos han tomado bastante el pelo con esto del desembarco digital. Nos vendieron la moto con lo de que la calidad de la imagen iba a ser muy superior a la analógica, que se iba a poder acceder a mil y un canales diferentes y no sé cuántas historias más que el paso del tiempo ha convertido en burdos camelos. A las pruebas me remito. En la pantalla normalita de mi televisor se ve el asunto igual que antes, incluso diría que peor, porque como muevas un pelín el decodificador (otro daño colateral de la TDT; menudo chollo pal fabricante de los dichosos aparatitos) empieza la imagen a quedarse congelada por tramos hasta que al final se pixela y acaba con la pantalla en negro.

Otro engaño que nos hemos comido enterito con patatas ha sido el espejismo del multicanal. Hombre, siendo objetivos, tengo memorizados cerca de noventa canales, pero 1) en la mayoría de los casos se trata de un mismo canal que, por desconocidos designios del engendro digital, se multiplicó cual gremlin en piscina, de manera que una misma cadena la veo en el numerito tal, tal, tal, tal… y Pascual. 2) De pluralidad, nada de nada, pues lo que abunda en esta querida televisión del siglo XXI es el teletienda, la adivinación astral, los segundos y terceros canales de las generalistas y chiringuitos de autor con contenidos clon. Más que pluralidad, morralla y más morralla. 3) Y, finalmente, por ponerle un último defecto a este timo de proporciones mayúsculas (porque si uno piensa concienzudamente en ello, seguro que brotan más fallos), el recuadrito ese que emerge del faldón de la pantalla y que debiera reportar información sobre lo que se está emitiendo, en un alto porcentaje de casos está desactualizado.

Conclusión: ¡Que vuelva la tele de toa la vida, su carta de ajuste, sus poquitos canales, sus entrañables interferencias! ¡Y su conexión al vídeo VHS, por supuesto!

Os dejo el enlace a un sketch de Muchachada Nui. Ellos ya intuyeron la comedura de coco que nos han hecho a todos con esto de la TDT.

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