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Archive for 30 agosto 2010

A LA LUZ DE LA LUNA

Publicado en Wadi As en su edición del 27 de agosto de 2010 

Pervive en Guadix una antigua costumbre para aliviar el rigor del verano. Aún hay quienes sacan sus sillas a la calle y hacen corrillo con el vecino para tomar el fresco. Estas noches a la luz de la luna se prestan a todo un poco: a comentar el trasiego del día, a pasar revista a la actualidad accitana y, por supuesto, para desempolvar recuerdos de Guadixes pretéritos que sólo a la luz de la luna y al fresquito del bendito aire que enfría la noche accitana, pueden salir de su escondrijo.

Viene a la mente, por ejemplo, lo que las madres cantaban a sus hijos para que durmieran la siesta, como lo de “¡Que voy por la primera escaleraaaaa!/ ¡Ay, mamaíta, quién será/ cállate hijita, que ya se irá!”, en lo que el imaginario bute iba subiendo peldaño a peldaño camino de la habitación, del primero, al segundo y de ahí a tantos como fueran necesarios para doblegar, de puro susto, la voluntad vigía del crío. También aplicaban este tipo de historietas para conseguir que rebañaran el plato de comida (“¡Cómetelo to que si no llamo a la Purica la Tonta!”), que no se fueran por caminos malos (“¡Que, si no, viene el Tío Mantequero!”) y que, en definitiva, les hicieran caso en to lo que les pedían. Esta retahíla de métodos domésticos de obediencia basados en el terror dan para artículo aparte y en cierta medida son síntoma de cuán profundo está metido el miedo en esta tierra…  

También afloran en las noches al fresco los nombres de personajes que era común ver por las calles, muchos de ellos vinculados a oficios que el mundo moderno ha borrado, o mermado (como La Roca, que cambiaba pellejo de conejos por garbanzos tostaos, globos y juguetes; el tío Veneno, que iba con su barraco a preñar a la marrana “removía” que le solicitaba; Luis el Gitano, el último limpiabotas; la Corchetera, de Santa Ana, que vendía chuches y petardos; la Gardeña, con sus golosinas de la Bovedilla; el Salique en su quiosco; las “migas”, que enseñaban lo que sabían de letras y números a los más pequeños; el Tocateja, que vendía relojes de contrabando que le traían de Melilla; los lateros que vendían las alcuzas, los lañeros que remendaban las cacerolas, los afilaores de cuchillos, los barquilleros…), y otros dignos de recuerdo por su ademán peculiar (caso del Follares con su vespa azul y su “Mister! Mister!” con que se ofrecía de guía a los guiris; el Sevilla, gitano castizo de Huélago, que se paseaba por Guadix con su sombrero de ala con su pluma de pavo real, con sus patillas largas y su gran bigote, y su traje cruzao del que incluso pendían cascabeles; el Pichalata, que llevaba la casa a cuestas; el “loco de la Estación”; el Muley; el Diego, el Papapiqui…). Nombres y vivencias del pasado que acuden al encuentro del presente cuando se invocan en el viejo ritual de la silla de anea y el chascarrillo casero.

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Lo que ayer se vivió en La Peza fue algo más que la celebración del Bicentenario de la resistencia que mantuvo frente al invasor francés. Algo se mueve en los pueblos de nuestra comarca y es algo bueno, muy bueno, raro en estas tierras sangradas por la emigración y la falta de proyectos de futuro. Ayer, decía, el pueblo, es decir, sus gentes, desde el más chiquitillo hasta el más viejo, tomaron parte del homenaje al Carbonero Alcalde, quien lideró uno de los episodios más honrosos en la historia de nuestra comarca.

Por la mañana, fue el turno del romancero itinerante que, en diferentes puntos –fresquitos, lo que fue de agradecer- del pueblo, fue contando la historia de aquel día de abril de 1810: que si la caída de Guadix en manos francesas; que si el deseo del invasor de hacerse con La Peza, debido a su condición de nudo de comunicaciones entre Levante y Granada; que si la movilización popular que el Carbonero Alcalde organizó desde el primer momento; que si la construcción de un cañón a partir del tronco de un árbol que llenaron de todo lo que pillaron; que si la explosión del cañón, que mató casi a tantos franceses como españoles; que si su negativa a entregar al pueblo, lo que le llevó a romper su vara de mando y tirarse por un balate…

 

También por la mañana estas hazañas, además de otros relatos populares, tomaron forma en la voz de un ciego que, haciendo gala de una memoria prodigiosa, levantó no pocos aplausos de la concurrencia.

Por la tarde, los lapezanos, que ya durante todo el día habían vestido a la manera antigua, portando cestos de mimbre o aperos de labranza, se fueron concentrando en la plaza del Ayuntamiento, donde arrancó la recreación histórica de los hechos que acontecieron aquel día glorioso en la historia de La Peza.

A instancias del Carbonero Alcalde, todos los asistentes le seguimos hasta la iglesia, donde recibió la bendición del cura párroco, y de ahí continuamos hasta llegar a la Huerta del Pañero, donde esperaban las tropas francesas.  

A partir de ahí, se desencadenó un combate que enfrentó el arrojo lapezano y la organización francesa. Y, por encima de todo, lo que ayer se libró en La Peza fue una batalla contra la apatía, tan peligrosa, tan paralizante, que campa a sus anchas en estos pueblos de arcilla y sol.

 

Al desempolvar tan heroico acontecimiento de su historia, al hacer de ésta una ocasión para sacar pecho y expresar su orgullo de pueblo, La Peza dio ayer un buen escarmiento a tantas otras gentes que dejan que se pierdan en el olvido tradiciones heredadas de sus padres, de sus abuelos. Y quien tenga oídos, que oiga.

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Flipántic

A cuadros me quedé el otro día con los zapatos que calzaba un chico que viajaba en mi mismo vagón de metro. ¿La razón? Que en vez de recoger el pie completo como una unidad, los dedos de los pies iban por libre y tenían su propio cacho en la puntera del zapato. Sí que he visto esto en calcetines, pero esta nueva tecnología me pareció flipántica. Sin embargo, la cosa no quedó ahí. Cuando miré hacia arriba para ver qué tipo de individuo calzaba tan peculiares chapines, me di el susto de la tarde. Era tan blancuzo, tan delgado, tan alto, sus facciones tan asexuadas, que me pensé que era un elfo de esos del Señor de los Anillos. ¡Jesús, qué susto! Sin duda que Tolkien pensó en especímenes como éste que me encontré en el metro berlinés, para describir a los elfos de su Tierra Media.

No podía dejar de mirarle. Me parecía tan sumamente extraño que no podía apartar mi vista de tan raro conjunto, con esa misma fascinación, mezclada con una grima insoportable, con la que la gente presenciaba la exhibición de la “mujer barbuda” o el “hombre elefante” en los circos de antaño…

…sensación, a medio camino entre la atracción y la repulsión, muy similar a la que me inspira el mamotreto de más de 500 viviendas que se levanta en mi barrio berlinés, rompiendo absolutamente la estética del entorno en que se emplaza. Lejos de las 4 ó 5 alturas de los bloques de su misma manzana, este macroedificio desafía cualquier ley del buen gusto, con esas pintadas que cubren sus bajos, con el frío alineamiento de sus balcones, de donde salen esas horrendas parabólicas customizadas con la imagen de sus propietarios en el día de su boda, de sus hijos en la playa, de sus mascotas, de sus lugares exóticos favoritos, de la clásica pareja de delfines, del león de la sabana y demás fauna.

La imagen que se hace uno cuando contempla tal aberración, más que la de la nave nodriza de los lagartos de “V” posada sobre Berlín oeste, es la de un ladrillaco escupido del cielo.

No obstante, a pesar de lo hortera y antiestético que es, no puedo negar el encandilamiento que me causa. No puedo dejar de mirarlo. Es algo hipnótico. Inquietante. Si lo que el arquitecto quería era pasar a la posteridad, desde luego que lo ha conseguido, para bien o para mal.

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Si os esperáis un post al uso sobre Postdam, desde luego que en este blog y en este momento (no os lo puedo asegurar en un futuro), no lo váis a encontrar. ¿La razón? Un nuevo episodio que me ha llevado a afianzar mi idea de cuán diferentes somos los españoles de los alemanes (y que tiene suficiente peso como para desbancar comentario alguno sobre los maravillosos jardines de esta ciudad, sobre su genuino “barrio holandés” o sobre su activa su zona comercial).  Al grano. Yendo ya hacia el coche y tras un día completo pateando Postdam bajo un sol de justicia (¿quién dice que solo hace calor en Madrid?), voy y veo, colgando de una farola, un par de  carteles electorales. Lo que me hace frenar en seco, tomar la cámara de fotos e inmortalizar tal hallazgo (que comparto, más abajo, con ustedes vosotros), es la pose de los candidatos. ¿Cuándo, en España, sale el líder de un partido tirando una cerveza, por mucho  que la convocatoria sea –como resulta ser- para una fiesta con simpatizantes? ¿Y qué decir del fotomontaje –que parece hecho por un principiante en photoshop– de ese otro cartel, con la foto carné de la candidata verde ante un paisaje bucólico? Adiós a las normas de telegenia y a los cánones estéticos que la publicidad electoral española aplica incluso para los comicios más locales. Esto sí que es choque cultural, y lo demás es tontería.

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Publicado en Wadi As en su edición del 20 de agosto de 2010

En Berlín hay una iglesia que llama la atención porque se conserva tal cual quedó tras los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Acabada la contienda, se decidió respetar la torre en ruinas, cuyos bajos albergan una exposición que documenta la historia del edificio, que mandó levantar a finales del siglo XIX el kaiser Guillermo II en memoria de su abuelo Guillermo I, como la iglesia más imponente de la ciudad. No en vano, los mosaicos interiores que se conservan son preciosos y uno puede llegar a hacerse una idea de cómo era el resto, impresión que queda corroborada observando las fotografías que se tomaron en su día de esta zona de Berlín y que también pueden verse en la muestra: resaltaba, majestuosa, entre edificios señoriales, símbolo de una sociedad que nacía, entusiasta, a un nuevo siglo. Entonces, cuando se sacaron estas instantáneas, era difícil atisbar lo mucho malo que vendría después. Pero, con todo, no fue suficiente para derribar el que se promocionó como el templo más bonito de todo Berlín. Y ahí está, desafiando el paso del tiempo, con la belleza que confiere su capacidad de resistencia. Y no sólo eso, sino que, además, luce hermoso por su contraste con la nueva torre y la iglesia de granito que se han construido a su lado.

Esta imagen, en verdad, se presta para diversas metáforas. Así, esta convivencia del pasado y el presente entronca con la esencia misma de Berlín, testigo directo de importantes acontecimientos -de ayer y de hoy- de trascendencia mundial. También sintoniza con el espíritu de sacrificio y superación que ha movido a Alemania desde 1945, que le ha permitido pasar del desastre material y moral a convertise en el motor económico de la Europa actual. Pero también es una magnífica lección de cómo debemos “digerir” la vida, de cómo tenemos que ir encajando vivencias –buenas y no tanto- pasadas en nuestro presente sin que nos perturbe… pues lo que somos es la suma de experiencias y tanto amplificar el recuerdo como minimizarlo acaba por desfigurarlo, cayendo, al fin, en el anhelo, en la nostalgia, en la angustia, o, de otro lado, en la incertidumbre, en el miedo, en el trauma. Hacer que lo viejo y lo nuevo convivan en una armonía que brille con luz propia es el reto que nos propone la vida, difícil a la par que atractivo. Esta iglesia berlinesa, donde lo derruido y lo moderno comparten espacio, nos muestra que mirar atrás y hacia adelante no son ejercicios excluyentes. Tomo nota de lo mucho aprendido a partir de este monumento, enseñanza que me viene como anillo al dedo justo ahora que pongo el cronómetro a cero y comienzo una nueva andadura personal y profesional en Berlín. Guadix, Madrid y, con ellas, todo lo bueno –y no tanto- vivido que me ha hecho tal y como soy, son piezas de un puzzle en el que tendré que encajar otras tantas. Y, si se me olvida todo esto, ahí estará Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche para recordármelo.

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¡¡Mamma mia!! La de papeles que hay que hacer para estar al día aquí en Alemania. Me quejaba yo de la burocracia española, pero al lado de la germana aquella es de chiste. Hoy me siento matrioska; sí, sí, sí. Porque cuando vas a hacer un trámite descubres que depende previamente de otro que, a su vez, has debido completar después de otros tantos anteriores. Y yo, como esa muñeca rusa hueca que alberga otras tantas, tengo en la cabeza tamaña cadena de gestiones. ¡Jesús, cuánta historia! Y menos mal que estamos en la Unión Europea, que si llego a volar desde la otra parte del mundo y me encuentro esto, ¡no, hija, no!, que pongo los pies en polvorosa y me vuelvo al Pokón de donde vine. Pero, bueno, ya voy asumiendo que son gajes de primeriza y que cuando lo tenga todo en regla la cosa será coser y cantar. Todo llegará.

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Agradecimientos

Antes de continuar con el relato de estos primeros días en Berlín, creo que es momento de echar la vista atrás y darle al César lo que es del César, o lo que es lo mismo, expresar unos cuantos agradecimientos por los servicios prestados durante el viaje. Los primeros van para esos dos trastos que tenemos por mascotas, Yoda y Mati, pues con sus mimos matutinos y sus travesuras (matutinas, vespertinas, ¡permanentes!), nos mantienen entretenidos y nos ayudan a quitarle hierro a los momentos más complicaetes que comporta la adaptación a un nuevo entorno.

 

Nos habría resultado harto difícil movernos como pez en el agua tanto por Berlín como durante todo el viaje sin el GPS. ¡Bendito sea entre todos los inventos! Sin duda que se ha merecido un puesto de honor entre los útiles que nos han sido más útiles durante todo este tiempo. Además de los perros, sin duda el mejor amigo del hombre/mujer conductor/a en tierra extraña.

Y, por último, y sin salirnos del mundo automovilístico, le otorgo la medalla de bronce a nuestro Volkswagen Polo que, sin rasguño alguno, nos ha traído sanos y salvos a Berlín. ¡Es un auténtico campeón! Con sus doce añitos, ruge aún como un chaval recién salido de la factoría. ¡Y es que aún tiene mucho que decir (y que rodar)!

 

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