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Archive for 30 septiembre 2010

INDISCRECIONES VARIAS

Publicado en Wadi As en su edición del viernes 24 de septiembre de 2010

Las clases de idiomas sirven de perfecta ventana indiscreta para que tus compañeros de pupitre se asomen y husmeen en tus datos más íntimos, esos que ni siquiera tus mejores amigos conocen. Así, ejercicio a ejercicio, un poco a lo tonto, llegan a saber tu dirección postal, teléfono, afición preferida o comida favorita ¡y hasta tu edad! El secreto mejor guardado para algunos se convierte en vox populi cuando arranca la lección de “Venga-chato-pregunta-al-compa-cuántos-años-tienes”. Y, ¡claro!, surge la duda de si soltar una mentirijilla o decir la verdad, y finalmente, o bien por miedo a ser delatado por el profesor, que tiene en su haber la lista de los participantes en el curso (con todos los datos de la matrícula) y, por tanto, podría dejarte en evidencia en cualquier momento, o bien por vergüenza ante el murmullo que puede levantarse entre la concurrencia al no corresponder sus pronósticos con los años que aseguras tener, el caso es que acabas cantando las primaveras que llevas en lo alto y, por difícil que parezca, suenan aún peor que en tu idioma materno. ¡Terrible! ¿Y qué gana uno con esto? Pues poca cosa. Como mucho, la sonrisa aprobadora del profe. Pero, ¡vamos!, suele pasar que te pones nervioso y tartamudeas la cifra, de tal manera que debes repetirla como dos o tres veces hasta que consigues su visto bueno, con lo cual consigues que si algún compi estaba despistado y no había podido coger tu edad, se le quede grabada a fuego. Y entonces, cuando se empiezan a escuchar las risitas de los demás que, para más inri, en su mayoría tienen menos años que tú, comienzas a tomar conciencia de que soplar las velas ya no es tan divertido como cuando te pasabas semanas organizando la fiestecilla de cumpleaños para los del cole, sino que viene a convertirse en un doloroso ejercicio sólo paliado por los regalos y llamadas que uno recibe.

¡Basta de embustes! No nos gusta cumplir años… ¡eso es así! No seamos falsillos ni saquemos de nuestro “chascarrillódromo” lo de “firmaría donde fuese por tener tu edad”, o lo de “¡pero si estás hecho un chaval!”, o lo de “lo importante es cumplirlos”. No nos engañemos (ni engañemos al homenajeado). La cantidad de referencias al vigor de la juventud en las felicitaciones cumpleañeras es directamente proporcional a los achaques del susodicho… ¡y eso es así! Por eso, cuando, tras la clase de alemán, se me ha acercado una veinteañera y me ha dicho, en una suerte de esperanto esperpéntico (el idioma en el que me manejo últimamente) mezcla de alemán, inglés y francés, que yo aparentaba menos edad de la que había afirmado tener, se me cayó el alma (y la autoestima) a los pies y, con una sonrisa escayolada (“¡dientes, dientes…!”), me incliné levemente hacia abajo, en señal de conformidad, aunque el tirón que me dio en la espalda con tan cumplida reverencia acabó por delatar que los años pasan ¡y de qué manera!, pese a quien pese.

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Una oportunidad

Mi nuevo hallazgo musical es Kevin Costner. Sí, sí; el mismo que encandiló al público femenino en “Robin Hood, príncipe de los ladrones” (¿quién no quiso ser Lady Mariam?) o en “Bailando con lobos”, el guardaespaldas más famoso del celuloide o el que limpió las calles de mafiosos junto a sus “intocables”… sí, sí, ese mismo que se estrelló en taquilla con aquella infumable “Waterworld” y la no peor “Mensajero del futuro”, entre otras lindezas.

Pues bien, ahora he descubierto que, junto a su banda “Modern West”, hace una música bastante decente, de esas que te apetece escuchar mientras viajas por carretera y tienes para rato. No lo voy a poner al nivel de Mark Knopfler, Neil Diamond, REM o el gran Bruce Springsteen, pero probablemente si te gustan todos estos artistas y grupos que acabo de enumerar, te apetezca darle una oportunidad a este Kevin Costner que, en mi opinión, sin duda, más que un actor reconvertido en músico, es un músico que, durante unos años, perdió el tiempo haciendo películas.

Aquí os dejo uno de sus temas, “90 miles an hour”

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UNA VENTANA AL SUR

Publicado en Wadi As en su edición del viernes 17 de septiembre de 2010

Lo que realmente me hace sentirme en tierra extraña no es ni el color del cielo berlinés ni la diversidad cultural de sus gentes ni el contraste que habita en cada rincón de la ciudad. Es, sobre todo, el sabor de los alimentos. Así, ni las aceitunas más fuertes del sur de España saben con ese regustillo amargo de las que se pueden comprar aquí en cualquier super y aquí, en Berlín, las salsas de tomate son más dulces y los quesos de untar son mucho más intensos (y más especiados) y las bebidas de burbujas tienen más burbujas… y qué decir del pan –mejor dicho, de las decenas de variedades de pan, tantas como tipos de semillas diferentes hay- o del café que se suele tomar aquí, en Berlín, tremendamente rebajado, y al que le echan una minitarrina de leche concentrada/condensada que lo convierte en un algo muy distinto a su homólogo español. Sirvan estos de ejemplos del nuevo universo de sabores que se extiende ante mi paladar, dispuesto a no hacerle ascos a nada, pero, sin embargo, profundamente hispano, que llora la ausencia del jamón serrano, el queso manchego y un blanco bien fresquito, de esos del sur… y precisamente unas cuantas laminitas finas -de esas casi traslúcidas, etéreas, que casi se disuelven al contacto con la saliva- que acabo de sacar de una maza de jamón que me traje de Guadix, y que me he tomado hace unos minutos, me han abierto de par en par una ventana al sur, y a sus sabores, tan dispares de los de aquí, que ni los “Suspiros de España” de Estrellita Castro ni “El emigrante” de Juanito Valderrama ni “Granada” de Agustín Lara me han hecho sentir tan ajena a todo lo que me rodea como comiendo un trocico de jamón, sí, de esos que están dulcecillos y, a la vez, como picantillos, sí de esos sonrosasitos y con su vetica blanca correspondiente, de esos que dejan en la boca un sabor a gloria bendita… y reposando el jamón me hallo, y recordando el placer de su textura, su hechura, me es más fácil viajar a esos días pasados entre farolillos y mantones de manila, y al reencuentro con mi Guadix, tan lejos y, sin embargo, tan cerca gracias a esta ventana que mira justico pa’llá, pa’l Diente y la Muela, el mirador de la Bala y la Magdalena, a las Cuevas y la Estación.

Sin duda es cuando no se tienen tan al alcance cuando las cosas adquieren su justo valor y en verdad que disponer, como a vosotros os sucede, de una garrafica de aceite de oliva a mano, un buen vino del país (máxime que empieza ahora la temporada) y de un serrano bellotero, es un auténtico privilegio que no podéis dejar de disfrutar. ¡Qué deleite para los sentidos! A mí, por supuesto, estos sabores tan de allí me brindarán, siempre que se tercie, la ocasión para asomarme al camino hecho hasta aquí, hasta Berlín. ¡Bienvenidos sean!

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Ya no puedo más. Me rindo por hoy. Las lecciones de alemán van aumentando su complejidad a un ritmo exponencial respecto a mi capacidad de absorción mental. Conclusión: que la memorización de palabras de más de diez letras en el idioma teutón la dejo pa mañana. Entretanto, me gustaría poner en vuestro conocimiento unas cuantas cosillas (a modo de consejos para la supervivencia en este país donde nunca pasa nada malo… hasta que pasa, ¡y de qué manera!), que llevo aprendidas e incorporadas a mi mochila de viaje. Por ejemplo, en el super, si alguien está bloqueando con su carro el pasillo, tú, lejos de pedir, con tono educado, que por favor se retire hacia un lado y te deje pasar, debes empujar el tuyo hacia adelante, aunque con dicha maniobra la arrolles. Da igual. Como mucho, farfullará en alemán (total, como no lo entiendes, no problemo). Aquí, a diferencia de España, no tienes por qué mantener una conversación de cortesía en el ascensor. Basta con que mires a un punto en el infinito y esperes a que el ascensor llegue al destino señalado (lo bueno es que te ahorras el comedero de cabeza de si es más conveniente hablar del tiempo, del último resultado de Liga, de la próxima reunión de la comunidad de vecinos…). ¡Ah! ¡Se me olvidaba! Tampoco tienes la obligación de saludar a tu compañero de elevador ni por supuesto de sonreír cuando te cruces con algún vecino en la escalera.

Más cosillas útiles… si se te ocurre invadir levemente el carril bici, ¡eres hombre muerto! ¡Menuda bronca te llevas, chaval! Eso sí, si tú vas en bici, el resto de objetos y sujetos andantes o circulantes te deben una implícita pleitesía, vamos, que sobre pedales te conviertes en el rey del mambo (¡y sin ganar ni medio Tour de Francia!). ¡No habrá coche o peatón que ose perturbar tu pedaleo! Advertencia para incautos: si la Polizei te ve cruzando la calle por donde no debes (es decir, por cualquier punto que no sea el paso de cebra), la has cagao, colacao… te cae multorro (después de haberte llamado la atención, eso sí, a megafonazo limpio, y darte unas cuantas voces que te meten un miedecillo en el cuerpo un tanto intenso)… claro que aquí es fácil trincar una multa. Prácticamente toda conducta tiene aparejada su sanción. ¡Y yo pensaba que Madrid se llevaba la palma en gravámenes!

Seguiremos informando…

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Una ciudad, muchos mundos (más)

Sí, repito título, pero es que me viene como anillo al dedo para rotular los siguientes comentarios que ilustro con unas cuantas fotografías. Y es que Berlín es una ciudad que engloba rasgos, perfiles, maneras de otras muchas. Haciendo algo tan sencillo como coger el metro (U-Bahn) e ir bajándose en esta o en aquella estación, podréis haceros una ligera idea de esto que os digo.

Así creeréis estar en los alrededores de los colleges de Oxford cuando salgáis de la estación de Märkisches Museum, en dirección a este museo.

Y muy probablemente pensaréis que os habéis equivocado de ciudad y que en verdad no estáis visitando Berlín, sino París,  cuando, tras andar unos pasos desde la estación de Französische Str., entréis en Gendarmenmarkt, una hermosa plaza monumental.

O si tomáis el metro hasta la estación de Schlesisches Tor y avanzáis hacia el Oberbaumbrücke quizás debáis frotaros un par de veces los ojos para no creer estar en la Plaza Roja de Moscú.

Y si os bajáis en Klosterstr. y llegáis al barrio de San Nicolás (Nikolaiviertel), seguro que pensaréis que estáis paseando por el prototípico pueblecito alemán de cualquiera de los cuentos de los hermanos Grimm…

Son trocitos del mundo que forman parte de esta ciudad que, claramente, es mucho más que una ciudad.

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De mis primeras lecciones de alemán en Berlín saco una conclusión por encima de otras tantas: y es que Berlín es mucho más que una ciudad. En clase somos 20 personas de 17 nacionalidades distintas. Es una pequeña Babel en la que chapurreamos una suerte de esperanto esperpéntico: salvo algunas pocas frases que conseguimos memorizar en alemán (lo típico de cómo me llamo, de dónde vengo y qué idiomas hablo), el resto de nuestras comunicaciones las hacemos con retazos de nuestras lenguas maternas y de aquellas que nos son próximas o en las que tenemos nociones básicas. Con todo, es una experiencia extraña, sí, extrañísima, pero agradable a la vez. Y, en el fondo, esta sensación también la siento cuando salgo a la calle y ando por Berlín. Es una ciudad que encierra muchos mundos que se miran unos a otros, que se influyen los unos en los otros… una mezcla que se sintetiza también en los “take-away” berlineses por excelencia: los “kebab” (de influjo turco) y los “curry-wurst” (salchichas alemanas con ketchup y salsa curry, típica de India).

Casualmente, en el aula donde recibo mis clases de alemán hay cartulinas pegadas a las paredes con ejercicios hechos por alumnos de clases de español. Una que lleva por título “palabras interesantes en español” incluye términos como “tapas” (por supuesto), “serrano” (¿qué es España sin su jamoncito?), “Paquito” (¡al loro con el Chocolatero, que transpasa fronteras!), “ciclismo” (en esto cierto que vamos sobraos), “corazón” (¿vendrá de lo de ‘latin lovers’?), “playa”, “sol”, “mar”, “paella” (gajes del turismo ‘typical spanish’), “sangría”, “tinto” y “licor de orujo”, entre otras (numerosas) bebidas espirituosas. En verdad es que, salvo la referencia a “Paquito”, en ese listado no hay nada que me haya llamado especialmente la atención; más me ha impresionado lo que los estudiantes de español en Berlín entienden por “personas famosas españolas”, pues meten en el mismo saco al Ché Guevara (¿español?), Juan Carlos (digo yo que se referirán el Rey) y Pedro Delgado (desconocía totalmente la difusión exterior de la figura de Perico Delgado). Por supuesto están los nombres de casi todos los jugadores de la Selección Española de fútbol (es lo que tiene ser campeones del mundo…) y de actores y directores de cine español. ¡Ah! Y, por cierto, en otra cartulina de “lugares de España”, además de las grandes capitales españolas, se ha colado Baeza. ¡Olé por los vecinos jienenses! Y, ¡qué queréis que os diga!, pero me ha hecho ilusión ver estas palabras, agrupadas con más o menos acierto, en estos carteles que decoran la clase donde aprendo alemán. Pues, en este Babel en el que vivo, ver señales en tu propio idioma te hace sentirte, en cierto modo, como en casa.

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Debió ser la sangría -en su punto, por cierto- que repartieron durante el concierto de zarzuelas de la Banda Municipal de Música, pero el caso es que mi primera noche en el ferial fue adquiriendo un tono cómico-surrealista que me ayudó a irme a la cama con una sonrisa de oreja a oreja -y con ganas de repetir al día siguiente-.

De todos los cachivaches de feria, lo que más atrajo mi atención ayer fue un nuevo tipo de juego-tómbola, que se llama algo así como “la carrera del tuareg”. Es hipnótico quedarse a contemplar cómo unos camellillos avanzan por unos raíles a tanta velocidad como bolas hayan metido en sus correspondientes agujeros los participantes en la carrera. Ni el bingo ni la tómbola. ¡Esto es pa no perdérselo! Menuda cosa más curiosa… aunque también me intriga bastante un asunto que dejé sin confirmar (porque el sueño me vencía). Y es que, en un puestecillo (creo que era de esos de escopetillas de plomos) se ofrecía de premio ¡un váter! Pero, como os decía, tengo que confirmar este punto.

Y puestos a enumerar episodios graciosos a reventar, debe comentario el carro-camión-carroza que cerraba ayer la pública de las fiestas. ¡Fabuloso! Me encantó volver a ver los gigantes y los cabezudos y tanta charanga que les acompañaba, pero sin duda la guinda del pastel fue Felipe el de Bácor, con esos muñecos y maniquís articulados unidos por unos hilos que él movía mientras conducía su camioneta.

Ha sido lo mejor y más animado que he visto en una pública de las fiestas en muchos años. ¡Ni la Fura dels Baus y sus performances llegan a la punta del pie de este portento de showman!

Impactada por tan intensas experiencias surrealistas, no pude reposar el concierto de lo que queda de Triana (el alma murió con la muerte del genio Jesús de la Rosa). El ruido que entraba en la Caseta Municipal procedente de las carpas de discoteca colindantes, así como el exceso de guitarra eléctrica (y déficit de instrumentación andaluza, que fue lo que dio a Triana ese puntillo interesante), me impidió conectar con ese sentimiento que destilan sus canciones, y que está presente en la siguiente actuación en directo que he rescatado de este grandísimo conjunto musical, y que comparto con vosotros. 

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