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Archive for 27 octubre 2010

 

Como la vida misma, el parque berlinés de Friedrichshain (“Volkspark Friedrichshain”) tiene un poco de todo. Así, alberga partes para el recuerdo, caso del memorial eregido en la década de los 70 por el gobierno de la RDA para conmemorar la alianza frente al nazismo que mantuvieron los soldados polacos y los alemanes que militaron en la resistencia antifascista durante la Segunda Guerra Mundial.

 

Memorial de la alianza antinazi de antifascistas alemanes y polacos

 

También está la Campana de la Paz, regalo de Japón a la Alemania del Este, como muestra de la oposición a la guerra nuclear.

Peace Bell

 

Memoriales aparte, también hay extensiones de césped que, al parecer, la gente suele ocupar en verano para tomar el sol, y el recinto acoge asimismo instalaciones deportivas e incluso bares y biergarten (mesas correderas junto a un ambigú cuyo producto estrella es, natürlich, la cerveza) y rincones bucólicos en los que la vegetación se alterna con estanques y esculturas. Viendo la hermosura de árboles que tiene, cualquiera diría que estos son relativamente jóvenes, pues la guerra acabó con todos. Y también se hace bastante raro de imaginar que los senderos que uno anda subiendo y bajando mientras pasea por el parque, son en verdad montes de escombros con los que se taparon dos búnqueres hitlerianos que no pudieron ser destruidos.

 

Volkspark de Friedrichshain

 

Llama también mucho la atención una monumental fuente con esculturas de diez cuentos de los hermanos Grimm (de ahí su nombre de “Fuente de los Cuentos”, Märchenbrunnen). Me han contado que a ciertas horas suena una música y las ranas que hay en la fuente sueltan el agua al son de la música.

 

Caperucita Roja, en la Fuente de los Cuentos

 

Tiene de todo un poco, como la vida misma… que respira a través de la ilusión que las historias de fantasía despiertan en los más pequeños, que llora la pérdida de los que ya no están, que intenta recordar lo malo para no volver a caer en la misma piedra, que busca sus lugares de retiro en los que descansar de las prisas del día a día.

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Publicado en Wadi As en su edición del 15 de octubre de 2010

 

La amplitud del recinto apantalla las explicaciones de los guías turísticos. También diluye los comentarios que suscitan entre sus grupos de visitantes. Incluso los graznidos de los cuervos que planean sobre nuestras cabezas, incluso el sonido de las hojas y las ramas de los árboles mecidas por el viento, pasan a un segundo plano. Es el silencio, un silencio de luto, el que se impone en este lugar que no acabará nunca de llorar suficientemente a sus muertos, pues pareciera que no llegásemos a aprender del todo ese ‘nunca más’ que recorrió la faz de la Tierra cuando en 1945 cayó el régimen nazi y se tuvo consciencia mundial de sus siniestros planes de aniquilación y dominio.

 

Patio de Sachsenhausen

 

Y digo que Sachsenhausen, al igual que los otros campos de concentración que se mantienen actualmente como museos, seguirá sangrando por las mismas heridas, porque la barbarie hitleriana no supuso el esperado punto y final definitivo, sino que después han venido otras tantas matanzas selectivas, como el genocidio camboyano, el ruandés, la Guerra de Bosnia…

 

Puerta de acceso a Sachsenhausen

 

‘¡Mala memoria! ¡Mala memoria! ¡Mala memoria!’, susurra repetidamente ese silencio que encoje el alma en este campo de la vergüenza. ‘¿Por qué otra vez, y otra, y otra…?’, sigue el lamento, que retumba en los barracones que agrupan los catres de los prisioneros, en las celdas de castigo en las que muchos pasaron sus últimas horas, en los restos que aún quedan de los hornos de cremación.

 

Sachsenhausen

 

Cabe pensar que quizás sigan produciéndose, para escarnio público, casos de exterminio, porque somos incapaces de asumir que los monstruos que perpetran esos crímenes son de carne y hueso. No surgen de la nada ni aparecen de repente, como por arte de un sortilegio, en el lado oscuro. Si no estudiamos y reflexionamos sobre la manera en la que estos seres humanos han dejado de serlo, acabados estamos, y sin duda que ayuda a hacer memoria, a hacerse una idea de lo que sucedió, el hecho de visitar y conocer en primera persona lo que queda de aquella ignominia.

 

Lo malo no se puede olvidar. Lo que pasó, pasó, y precisamente para que no vuelva a pasar deben seguir en pie estos museos del horror, para poder así impregnarnos de ese rotundo y necesario “no volverá a ocurrir”, pues hoy más que nunca, con la actual crisis de valores, con el relativismo que pesa sobre los principios básicos, con la flagrante fragilidad de los vínculos afectivos, con el deterioro del sentido estricto de las palabras, con la falta de fe en el individuo y en las instituciones que deben velar por la integridad de las personas, no podemos olvidar que lo que se castigó, por encima de todo, fue la disidencia, la libertad de ser y manifestarse diferente: además de presos judíos, este campo aglutinó a opositores políticos, gitanos, homosexuales, y posteriormente a prisioneros de guerra y a Testigos de Jehová. En resumen, humillados, torturados y ejecutados por ser distintos al ideal ario, al ideario nazi. No. No se puede olvidar.

 

Interior del pabellón de prisión de Sachsenhausen

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¡Pero cuán parecidos somos, al fin, los de Madrid y Berlín, los de París y Sebastopol! Ya vivamos en Pekín o en Pokón, el caso es que los seres humanos nos movemos y existimos según las mismas bajas pasiones… y cuento esto a colación del tema que me ocupa hoy. Justo el último comentario que subí al blog hacía mención a los impresionantes Arbeiterpalëste del antiguo Berlín-Este. Pues bien, como reacción “occidentalista/capitalista” a esta iniciativa de la RDA, los del otro lado del muro pensaron que no iban a ser menos (¿no os recuerda esta pataleta a la típica picaera provinciana de Villarriba-Villabajo?) y convocaron una Exposición Internacional de Arquitectura, la Interbau’57, en la que se diera muestra de una forma diferente de construir viviendas.

Edificio diseñado por Alvar Aalto en Hansaviertel

Hicieron especial hincapié en combinar la vegetación con edificios de líneas claras y sencillas, de grandes ventanales y de interiores muy muy diáfanos, y, ¡muy importante!, cada cual de su padre y de su madre (frente a la homogeneidad protagonista de la Karl-Marx-Allee). Participaron arquitectos de 14 países.

Edificio diseñado por Walter Gropius en Hansaviertel

Esta barriada, que se organiza en torno a la parada de metro de U-Hansaplatz (está en el Tiergarten), merece la pena de ser recorrida. El paseo es especialmente recomendable si hace solecito e incluso si sopla un poco de aire (cosa no rara en Berlín), pues mueve las ramas de los árboles otoñales y te da la sensación de estar bajo una continua lluvia de hojas.

Edificios diseñado por Paul Baumgarten en Hansaviertel

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Chiquitica (y paticorta) se siente una cuando camina por la Karl-Marx-Allee. La primera calle socialista de Alemania es larga, bien larga, y os aseguro que recorrerla entera a pie fatiga más de lo que parece. Pero merece la pena, sobre todo, si el día acompaña, pegarse la caminata por esta avenida flanqueada por edificios rotundos (“Arbeiterpaläste”, palacios para obreros) diseñados según los cánones de la arquitectura estalinista.

Antigua librería Karl Marx, en Karl-Marx-Alle

La calle, que arranca en Alexanderplatz, acaba en las torres de Frankfurter Tor, cuyas cúpulas, desde la distancia, guardan cierto parecido con las de las catedrales del Berlín parisino.

Torres de Frankfurter Tor

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Berlín está repleto de rincones Fin de Siglo, o modernistas, o jugendstil como aquí en Alemania es llamado el estilo artístico que, hacia finales del siglo XIX y arranque del XX,  impregna las principales metrópolis europeas. El hierro, el vidrio, la madera, la piedra y el ladrillo se ponen al servicio de arquitectos que entienden también de escultura y pintura y convierten así las fachadas y los interiores de los edificios en un todo en el que intentan transmitir un único mensaje: que el ser humano ha evolucionado, “se ha modernizado”, se ha transformado, a la luz de un nuevo siglo, en otro totalmente nuevo. De ahí que las plantas floreciendo, los seres (mitológicos o no) asexuados y los organismos metamórficos, se encuentren entre los recursos favoritos para los modernistas. Y es que, en verdad, las ciudades estaban sufriendo una honda transformación, con las nuevas formas de producción industrial, con la consolidación de una clase trabajadora y una burguesía que no reparaba en gastos, y con la consecuente y necesaria aparición de unos medios de transporte que conectaran los barrios obreros con los centros de trabajo, los bulevares burgueses con los lugares de esparcimiento. De ahí que la huella modernista se encuentre también, por ejemplo, en el metro.

Estación de metro de Bülowstr.

Y es que, ¿por qué no aplicar cierto gusto estético a algo tan funcional como un medio de transporte? El ímpetu industrial y constructivo no medra la voluntad de deleitar que acompaña a los promotores de este nuevo estilo.

Escalera de uno de los edificios de los famosos patios de Hackesche Höfe, en Mitte

Se apuró el concepto de “artista integral” hasta tal punto que no se entendía por tal aquel que no dominaba las artes decorativas.

Antigua sala Metropol

En Inglaterra, uno de los puntos bullentes de la Revolución Industrial, también se empezó a asimilar el concepto del hombre-masa, del hombre-máquina, absorbido por la deshumanizadora manera de producción en serie, y en respuesta a todo esto se tomó como ideal de vida la vuelta al campo, a un entorno natural inmaculado, ajeno al ruido de la ciudad, al trabajo manual, a lo artesano, a lo auténtico.

Interior del ayuntamiento de Berlín-Oeste, actual junta de distrito de Schöneberg

En Francia y Bélgica (incluso en España) se hizo uso y abuso de la curva, de los largos cabellos ondulantes de bellas mujeres envueltas en kimonos, en vestidos de gasa, en mantones de flecos. En Finlandia se optó por construcciones rotundas, de volúmenes cúbicos, líneas rectas y titánicas esculturas. Y en Alemania y Austria quizás se halle un Modernismo a medio camino entre ambas tendencias, de ahí que me haya llamado tanto la atención.

Patio de Hackesche Höfe

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Estamos tan llenos de cosas, tan rodeados de miles de millones de cosas, que cuando algo falta  nos pilla con el pie cambiado. Nos choca  lo vacío, lo desnudo, lo sencillo. El silencio daña nuestros oídos; la ausencia, nuestra alma… quizás porque nos pone frente a frente con nosotros mismos, soledad de la que procuramos huir para así no hacernos más de dos preguntas -que sabemos que nos las tenemos que hacer algún día- tan importantes como incómodas. Sin duda que el valor de la ausencia está bien ponderado en el monumento que conmemora la quema de libros “prohibidos” (de autores judíos, de autores disidentes, incómodos para el Tercer Reich) acometida por los nazis en 1933 en la céntrica Bebelplatz de Berlín. Para contemplarlo, uno tiene que mirar al suelo: a través de un cristal inserto en el pavimento, pueden verse unas estanterías blancas vacías. ¿Qué más hace falta para completar el homenaje? Creo que todo queda bien dicho.

Imagen de la "Versunkene Bibliothek" (Biblioteca hundida) de Bebelplatz

Similar sensación deja en el cuerpo la visita al monumento al Holocausto, que se extiende entre la Puerta de Brandeburgo y Postdamer Platz. Cuando uno avanza por los pasillos que se forman entre miles de estelas de hormigón dispuestas a diferentes alturas, uno siente frío, y también opresión y claustrofobia. A pesar de los “graciosillos” que juegan al escondite entre las piedras, uno consigue abstraerse y conectar con esa profunda pena que aún impregna el aire.

Quizás la sensación de pérdida se acentúa cuando uno sabe que muy probablemente el búnker en el que se suicidó Hitler está bajo este cementerio para la memoria.

La estructura misma del edificio que alberga el Museo Judío también inspira en el visitante ausencia, falta. Realmente no sé si me impresionó más el edificio en sí (obra de Daniel Liebeskind) o el contenido de la exposición. Me inclino por lo primero.

Hueco de escalera del Museo Judío

Sí, te queda el cuerpo vacío, con esos techos, de repente, tan altos, en pasillos que quedan inevitablemente estrechos… y uno acaba un poco trastornado, con tanta línea quebrada que provoca un juego de sombras mareante.

Hueco de escalera del Museo Judío

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Menudo despliegue arquitectónico que se gasta el Diplomatenviertel (Barrio Diplomático) a juzgar por los edificios tan llamativos que albergan a distintas embajadas. La sensación que despierta en quien pasea por este cuadrante del Tiergarten, es que se encuentra en medio de una competición de arquitectos que juegan a ver quién es el más atrevido en las formas y funciones que aplican a sus edificios. No sé si levantar la envidia del vecino es la manera más diplomática de mantener la paz…

Incluyo en el post fotos de las embajadas que más me han sorprendido.

Embajada de Arabia Saudí

embajada Arabia Saudí

 

Embajada de India

Embajada de India

 

Embajada de Italia

embajada de Italia

 

Embajada de Japón

Embajada de Japón

 

Embajada de México

Embajada de México

 

Embajadas de los Países Nórdicos

embajadas de los Paises Nórdicos

 

Edificio del Lander alemán de Baden-Württemberg

Edificio del lander Baden-Württemberg

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