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Archive for 28 noviembre 2010

No sólo el frío sobrevenido sobre la ciudad del Spree y el Havel anuncia ya el comienzo del Adviento, preludio de las fiestas navideñas. Las calles principales ya lucen un alumbrado que, dada la tenue luz que las ilumina normalmente, les aporta una vistosidad muy especial. Es de agradecer la sencillez de su diseño, lejano -a Dios gracias- de la fanfarria decorativa -y derroche injustificado- de las iluminaciones de las grandes ciudades españolas, donde no escatiman en gastos a la hora de encenderse en Navidad.

Iluminación navideña de Tauentzienstr. en la City West

Pero, además de por el alumbrado especial, ya puede decirse eso de que es Navidad en Berlín por los bonitos mercadillos que ocupan muchas de sus plazas. Yo ya he visitado dos “Weihnachtsmärkte” (éste es su nombre en alemán). El primero ha sido el que se extiende a los pies de la Kaiser Wilhelm Gedächtniskirche (iglesia conocida como “la muela picada” por el aspecto que muestra la parte antigua conservada tal y como quedó tras la Segunda Guerra Mundial). Las casetillas parecen sacadas de un cuento de los hermanos Grimm, todas muy evocadoras y cuidadas. De ellas salen olores muy agradables, que si a anisete, a caramelo, a algodón de dulce, a gofre, por supuesto a salchichas, también a champiñones preparados de diferentes maneras, y a un vino caliente especiado que ellos llaman “Glühwein”, y que además de estar muy rico de sabor es un remedio muy eficaz para entrar en calor. ¡Qué gran invento! Lo sirven en unas tazas por las que tienes que pagar una especie de “pequeña fianza” mientras bebes el vino. De esa manera, se “cobran por adelantado”, por decirlo de alguna manera, la taza en el caso de que decidas llevártela. Las tazas van desde la más básica a otras con claras referencias navideñas y otras, por supuesto, llaman tanto la atención que hasta merecen foto.

Taza en forma de bota en la que me tomé mi segundo Glühwein

Pero no sólo hay puestecillos de “manduque”. También hay otros donde venden figurillas y objetos decorativos navideños (con una gran variedad de bolas y guirnaldas para el arbolico) y en otros puedes encontrar prendas de abrigo, pero de abrigo “abrigo”, lo que de alguna manera advierte sobre la dureza que aquí trae consigo el invierno. Aunque aquí el tema “Papa Noel” gana por goleada a los Magos de Oriente y al portalico de Belén, puedes llevarte también pequeñas sorpresas, como lo que encontré en la puerta de un restaurante italiano de mi barrio…

Portalico de Belén a las puertas de un restaurante

…o en el arranque del Weihnachtsmark que se extiende en el casco antiguo de Spandau, donde han colocado un Nacimiento a escala 1:1 en el que las ovejas y los borriquillos son de verdad.

Nacimiento de Spandau

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“Con esta niebla y tanto árbol, me recuerda un poco al ambientillo de Twin Peaks“, comentó Igor en cuanto tomamos el sendero hacia, sin duda, el sitio más raro que hasta ahora hemos visitado en Berlín y alrededores. Y mi querido compañero de este camino que es el vivir, no iba nada desorientado, pues hemos sabido que el lugar conocido como “Teufelsberg” (traducido al español como “la montaña del diablo”), ha sido comprado recientemente por David Lynch para levantar ahí mismo un centro de la secta a la cual pertenece.

¿Que qué tiene de especial este sitio para suscitar tanto interés? Si bien no aparece en las guías turísticas al uso, sí que Internet está lleno de foros donde recomiendan la visita. En primer lugar, ya resulta suficientemente llamativo el hecho de que esta colina no sea colina “natural”, sino que en verdad es un gigantesco montón de escombros. Aquí llama más la atención que en el caso, por ejemplo, del Volkspark de Friedrichshain, cuyas elevaciones están también conformadas por casquijos y deshechos de la guerra. Y lo es porque este sitio está en pleno bosque (concretamente al norte del bosque de Grunewald) y lo que uno da por hecho en un bosque es que uno encuentre en él, naturalmente, montañicas naturales de toda la vida. ¡Na de na! ¡Esto es artificial 100%! Según he leído está hecho con aproximadamente 12 millones de metros cúbicos de escombros. Otro dato: en 1957, cada día 800 camiones vertían 6.800 metros cúbicos en este lugar. Tanto afán le pusieron que gracias a tanto trasto acumulado hicieron de ésta la cumbre más alta de Berlín.

Pero, ¿por qué le dio a los aliados por amontonar tanta basura en este sitio? El tema está en que, al acabar la Segunda Guerra Mundial, intentaron demoler una escuela técnica militar diseñada por el mismísimo-arquitectísimo del Tercer Reich Albert Speer en este lugar, pero era tan resistente y sólida su estructura que resultó más fácil sepultarla bajo un montón de escombros.

Teufelsberg

Pero sin duda lo que llama la atención visual son unas cúpulas blancas y unos edificios de estética sesentera que hay en la cima de la colina, y que en su día formaron parte de una estación de escucha utilizada por los servicios secretos americanos e ingleses durante la Guerra Fría. He leído que desde allí, los servicios norteamericanos podían descodificar las emisiones de la antigua RDA, e incluso de Polonia.

Teufelsberg

Tras la caída del muro,  estas instalaciones fueron utilizadas como estación de seguimiento de aviación civil durante dos años más, tras lo que fueron abandonadas definitivamente en 1991. En Internet podréis ver fotos de esta antigua base espía tomadas desde dentro del recinto, pero por si tenéis curiosidad de “goler” ahí dentro os avanzo que está totalmente vallado y bien asegurado. Sí que se ve que se ha podido pasar hasta hace no mucho tiempo, porque hay grafitis relativamente recientes en las paredes de los edificios y las viejas verjas están vencidas o rotas en muchos puntos. Igual desde que Lynch compró la base se ha restringido el acceso. Desconozco si, previa solicitud, puede hacerse algún tour guiado.

Teufelsberg

En cualquier caso merece la pena acercarse a Teufelsberg aunque sea nada más que por tomar algunas fotografías de este lugar que el paso del tiempo y la historia acumulada han teñido de tintes siniestros.

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Publicado en Wadi As en su edición del 12 de noviembre de 2010

 

La primera bicicleta que recuerdo como mía era una BH azul. Cuando vi que los Magos de Oriente la habían dejado entre los regalos que mis abuelos les habían encargado para aquel año, casi me da un telele: ¡tan reluciente, tan ajena a las manchas de barro, a los desconchones!… ¡lista para el disfrute! Mi primer paseo sobre el “Regalazo” con mayúsculas de los Reyes de mi infancia rodó como una auténtica delicia. No ha habido viaje más emocionante como mis primeras pedaladas en aquella bici. Casi lucía tan entusiasmada como cuando Elliott, el niño protagonista de la película de “ET”, comprobaba anonadado cómo su bicicleta podía volar obra y gracia de su amigo extraterrestre. ¿Acaso no te acuerdas de esa escena en la que el ciclista volador pasa ante una inmensa luna llena, mientras se oye el tema principal de la banda sonora? Aunque quizás recuperes no sólo ésta, sino otras muchas partes de esta película que, de una manera sencilla, escarba en lo más profundo de uno mismo. Sin caer en lo infantiloide –¡como si los niños fueran tontos!-, esta cinta desvela el secreto para solucionar buena parte de los conflictos que mantienen enzarzado a todo quisque hoy día: habla de la voluntad de entendimiento entre seres pertenecientes a mundos distintos y de cómo el cariño y la amistad logran abrir vías de comunicación aunque no se comparta, en principio, un mismo lenguaje.

¡Qué lejos quedan los niños de “ET” de los niños-fashion de las nuevas pelis de la factoría Disney! ¡Qué desfase más absoluto existe entre el inocente beso que el pequeño Elliott le da a la guapita de clase y las insinuaciones constantes (hacia algo que se escapa, desde luego, de lo que a la infancia atañe) que se suceden en las series “en teoría” para el público más joven!

 

 

Cierto que ha llovido mucho desde los tempranos 80 en los que se estrenó “ET”, pero es que uno ve esta película y ve cualquiera de las que se exhiben en cualquier canal infantil actual y pareciera que distan siglos entre ellas. ¿Cómo hemos podido cambiar tanto? ¡Menudo abismo separa a aquellos niños que huían en bicicleta de los científicos malos que querían hacerle daño a ET, de estos otros niños-model de telecomedia de risas enlatadas que lo tienen prácticamente todo a su alcance!

No es cuestión de ponerse o no sentimentaloide ni caspinostálgico, sino de hacer honor a la verdad. Es evidente que es más inocuo escuchar lo de “ET-teléfono-mi casa” que las conversaciones de hijitas de papá más preocupadas de conjuntar adecuadamente su ropa que de disfrutar de una merienda como Dios manda. Al menos yo tengo clarísimo que si me dan a elegir me quedo con la historia del crío tristón e incomprendido que encuentra en un ser de otro planeta a un amigo de veras, frente a los disparatados (y salidos de tono y lugar) argumentos que tienen por protagonistas a adolescentes con dobles vidas que van más pintadas que una puerta.

 

Hannah-montana-miley-cyrus

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Impresiona visitar el memorial eregido en el parque berlinés de Treptow en recuerdo de los 20.000 soldados soviéticos caídos en la liberación de la ciudad. Es innegable el impacto que causa en quien recala en este puerto. Las fotos que podéis ver en este post no llegan a transmitir, ni de lejos, la solemnidad y magnificencia de este megalítico monumento, en el que cada piedra, cada árbol está puesto a conciencia para inspirar este réquiem colectivo.

 

Un total de diez hectáreas de terreno abierto y diseñado a la manera de una pista de atletismo reafirma esa inmensidad que desarma a todo quisque y que descoloca hasta el punto de que uno se ve incapaz de recogerlo en una foto, de expresarlo con palabras.

 

Vista desde el mausoleo

Llama especialmente la atención la estatua que remata el mausoleo, que consiste en un soldado soviético pisando la esvástica y con un niño berlinés en brazos, metáfora de lo bueno recuperable tras la guerra.

Estatua del soldado soviético

En las guías turísticas apuntan a que se trata del trasunto laico-bélico del San Cristóbal católico. Cierta similud encuentro también entre los Vía Crucis religiosos (que repasan, en distintas escenas, la Pasión de Jesucristo) y las estelas que flanquean los paños de césped que acogen las tumbas del memorial de Treptow, en las que aparecen grabados diversos episodios de la participación rusa en la Segunda Guerra Mundial.

 

Estela de soldados soviéticos en el frente, "inspirados" por Lenin

 

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Berlín la nuit

De Berlín sorprenden muchas cosas. Pero de lo primerito que más me llamó la atención fue lo oscuras que están sus calles por la noche. Las farolas, de por sí espaciadas, dan una luz extremadamente tenue. Ni que decir que las típicas plazoletas y parquecillos de barrio carecen prácticamente de iluminación artificial. Para mí fue todo un choque cultural. No voy a negar el miedo que sentía, recién llegada, de andar por las calles tras la caída del sol, ya no sólo por el temor a un posible atraco, sino de tropezar con algo y caer. Sin embargo, he acabado apreciando, como una gran virtud, esto que al principio no me gustaba un pelo. No hay más ni más intenso alumbrado público porque no se precisa, puesto que los asaltos, los atracos callejeros o los tirones de bolso no son tan frecuentes como pueden serlo en otros países. Esto puede explicar también que los primeros pisos de los bloques estén casi casi a ras de suelo, ¡y que ni las ventanas ni los balcones tengas rejas! ¡Por no tener muchas viviendas no tienen ni cortinas! Recuerdo que también esto me sorprendió sobremanera. Digo yo que la severidad que se le atribuye a la Polizei también tendrá algo que ver en que los delitos menores sean realmente menores que en otras partes del mundo. No sé, el caso es que, cuando paseo con mis perros por la tarde-noche por las calles de mi barrio, casi que prefiero esa oscuridad, pues el cielo en verdad tiene el color que le corresponde y no ese gris anaranjado que encapota las noches de las grandes ciudades españolas.

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Espacio y tiempo

El espacio y el tiempo adquieren en Berlín un significado particularmente especial. Es una obviedad decir que cada ciudad tiene su tempo y dispone los elementos que la componen (sus calles, sus plazas, sus espacios verdes…) de una manera propia. No obstante, aquí en Berlín espacio y tiempo guardan una estrecha relación y eso permite que las piezas tan distintas que componen el puzzle berlinés encajen a la perfección. La primera percepción que le llega al visitante que pisa Berlín es que todo funciona. Sorprende que los autobuses y los trenes tengan una hora minutada de parada y que efectivamente cumplen con el horario que indican los paneles informativos: si éstos señalan que el tren, el bus o el metro que sea llega a las 17:59 horas, es que en verdad llega a esa hora. Ciertamente aquí el tiempo adquiere un valor muy significativo: hay grandes relojes en campanarios y edificios públicos, en centros comerciales, en las estaciones e intercambiadores de transporte…

 

"Die fliessende Zeit" ("El tiempo fluyente"), particular reloj obra de Bernard Gitton, en el Europa Center

 

Los lugareños marchan casi al compás de las manecillas del reloj, a un ritmo acelerado que, aún así, les permite ir desayunando, comiendo o merendando mientras completan su recorrido. Se podría decir que los berlineses caminan sobre las horas, exprimen cada minuto, cada segundo como si la vida les fuera en ello. Sin duda que, con esta devoción por la puntualidad, con la sacralización del tiempo, se suple, hasta hacerla casi imperceptible, la gran distancia que separa un punto de otro (¡Berlín, que ciudad más extensa!): esto le evita al viandante la sensación de apelotonamiento (y consiguiente agobio) que hay en otras metrópolis y también hace que incluso en barriadas céntricas se respire tranquilidad. Claro que también la distribución de los elementos en este vasto espacio permite que el tiempo ande tan deprisa en Berlín. Sin duda que la cosa se complicaría en una ciudad de menos parques y zonas verdes, menos vías anchas, menos bulevares y más alturas por bloque de viviendas, o menor dotación de transportes públicos. Con el ritmo con el que late Berlín, sería casi infernalizante ir de acá para allá… pero no, aquí el espacio y el tiempo se coordinan a la perfección.

 

La íntima relación entre ambas coordenadas motiva y explica, así pues, la sucesión de cambios que experimenta la ciudad: rascacielos que se levantan en unas pocas semanas, andamios que están quitando antes de enterarte siquiera que los habían puesto, donde anteayer había un biergarten y ayer un mercado de Halloween hoy ya recibe las primeras casetas del mercado navideño. El tiempo fluye y el espacio se modifica continuamente. Berlín no entiende de pausas.

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Publicado en Wadi As en su edición del 5 de noviembre de 2010


Debía ser marzo o abril cuando planté mi primer árbol. Fue hace muchos, muchos años. Estaba aún en la Infantita. Recuerdo que días antes habían llevado al colegio folletos y también pegatinas y globos con rótulos alusivos a la celebración del Día del Árbol. Niños de todos los colegios accitanos participaríamos en una reforestación en los alrededores del poli. Yo, al igual que la mayor parte de mis compañeros, aguardábamos con ilusión la llegada de ese día, por ser una actividad muy diferente de las que veníamos haciendo, y ¡claro!, tantas ganas le pusimos que cuando nos dieron un tallito a cada uno, nos pidieron que compartiéramos azadillas (eran muy pocas) y rematáramos el agujero con nuestras propias manitas y nos dijeron “¡Venga, ése ahí mismo!”, nos supo la cosa a poco. Total, que en apenas media hora un montón de palitos enclenques aparecieron hincados por todos lados. Como era de esperar, la “siembra” no soportó el airazo accitano propio del arranque de la primavera y en los días siguientes apenas quedaron sanos y salvos una docena de los centenares de arbolitos que con todo el mimo del mundo habíamos plantado. Metía ruina pasear junto a aquellos parterres donde se acumulaban esquejes muertos.

Hojas

Recupero este recuerdo del pasado porque el desafecto y el desinterés por los espacios verdes que quedó manifiesto en aquel Día del Árbol de mi infancia dista -y mucho- del exceso de celo que se profesa aquí en Berlín, hasta el punto de que uno no puede arrancar ni siquiera una mata de su propio jardín sin contar con autorización municipal. Con esta actitud se comprende que una ciudad arrasada por las bombas en la Segunda Guerra Mundial hoy presente una masa arbórea absolutamente envidiable. Las calles, que no son ni más bonitas ni más majestuosas ni menos grises ni menos vulgares que las vías de cualquier ciudad española, lucen, sin embargo, preciosas, sobre todo ahora en otoño, cuando los árboles, con la caída de sus hojas, forman auténticas alfombras verdes, ocres, amarillas, rojas, que invitan al paseo tranquilo aun cuando la prisa marque tu agenda. En Berlín no hay sensación de agobio ni siquiera en las calles más bulliciosas y en parte es debido a la barbaridad de árboles y plazoletillas arboladas que salpican la ciudad. Hasta que no he venido aquí no me he dado cuenta de lo sequito que está Guadix, de los poquitos árboles que refrescan sus barrios. Y con esta impresión me ha llegado la decepción que agarré en el día de mi primer árbol plantado (y frustrado). Desde entonces, poco se ha avanzado. Reducir las actuaciones arbóreas a la consolidación del Vivero no es suficiente. ¿Qué hay de los viejos árboles del viejo Guadix? Conforman nuestro patrimonio natural, tan importante como el cultural (tantas veces evocado). Ellos también han sido testigos de los avatares históricos y por qué no merecen ser puestos en valor, precisan de un cuidado especial.

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