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Archive for 24 marzo 2011

Publicado en Wadi As en su edición del 18 de marzo de 2011

 

Uno está tan metido en su rutina, en sus problemas del día a día que no se da cuenta de que ahí afuera están cambiando muchas cosas. Puede que no te hayas fijado en que en las ramas secas de esa maceta que dabas por perdida han aparecido brotes verdes, o que cada vez es mayor la cantidad de pájaros que surcan el cielo de Guadix, o quizás no hayas caído en que las horas de luz son ciertamente más que hace no mucho. Aún desde la distancia me imagino que todo esto está sucediendo allí, porque incluso aquí, unos cuantos miles de kilómetros más al norte y al este de aquellas latitudes, ya se intuye la primavera, si bien con el frío que aún nos fuerza a llevar abrigo y bufanda, y con tanta humedad en el ambiente, es más difícil hacerse una idea de que los árboles volverán a vestir de verde y nosotros de manga corta. Pero aquí en Berlín también hay signos de lo que vendrá, pues algunas ramas ya están salteadas de puntitos verdes, y también empieza a amanecer mucho antes y se pone el sol mucho después y sí, además de los resistentes cuervos ya se pueden ver otras especies más delicadas yendo de acá para allá. No nos queda más remedio que echar el freno y dar un vistazo ahí afuera y mirar más allá de nuestros propios quebraderos de cabeza para cerciorarnos de que la naturaleza sigue su curso. Bien que esto último lo hemos podido comprobar con el desastre de Japón. Ni la tierra ni el mar nos pidieron permiso a nosotros, tan poderosos y tan importantes que nos creemos, para temblar y afectar con ello al tinglao montado en la superficie. Más allá de los calificativos con los que se quiera titular lo que ahora padece el país más desarrollado y armado tecnológicamente del Extremo Oriente, hemos recibido una incuestionable cura de humildad. Al ver al símbolo de los tiempos modernos noqueado a merced de la catástrofe, primero con ese tsunami que arrasaba casas y fábricas como si éstas fuesen de papel, después con los destrozos de consecuencias inciertas en las centrales nucleares, uno no puede sino repetir eso de que “no somos nadie” y confiarse a la suerte o a Dios para que esto no vaya a más. Y quedaba el pánico desatado a cuenta de la nube tóxica que pudiese viajar desde Japón con dirección a cualquier sitio para terminar de completar la radiografía del ser humano del nuevo milenio, que tendrá mucho a su alcance, pero también mucho miedo.

 

No somos nadie

 

Ahí afuera están pasando muchas cosas. Dejemos para otro momento las discusiones con la pareja y el hijo díscolo, los enfados con el de la hermandad por esto o aquello, las rencillas con el adversario político, porque debemos seguir la pista de eso que se nos está contando de muchas maneras en Guadix y en Berlín y en Japón. Que la vida sigue a pesar nuestra. Tamaña lección.

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De aquel día y  de los días que le siguieron me llega, sobre todo, frío. Con mucho frío en el cuerpo recupero las imágenes de aquel Madrid viudo, huérfano de aquel 11 de marzo y de los días que le siguieron: la del metro medio vacío y lleno de viajeros que nos cruzábamos la mirada cuando alguien hurgaba más de la cuenta en su mochila, la de los ojos empapados de lágrimas de prácticamente cualquiera con quien te encontrases en la calle, la de los pequeños altarcitos con fotos, flores, velas, cruces, que se improvisaron en las estaciones del trayecto que siguieron los trenes bomba…

 

El frío me viene también al traer al presente los sonidos que callaron al bullicioso Madrid, como el de las muchas llamadas que recibí incluso de quienes no me esperaba tanto interés por saber si me había pasado algo, o como el de las sirenas de las ambulancias, aún más frenéticas si cabe, que iban de acá para allá intentando robarle tiempo al tiempo, o como el del llanto de quienes se habían quedado sin su mujer, sin su padre, sin sus amigos. Aunque quizás fue el silencio que se instaló en el trato cercano entre la gente, el archivo sonoro más propio de aquellos días, sin duda por lo impropio que esto es de los madrileños.

 

Han pasado siete años desde los atentados del 11-M y me doy cuenta de que no puedo quitarme de encima ese frío que sobreviene cuando leo/veo/oigo…siento los reportajes que los medios están publicando en estos días sobre aquellos otros. Y tiritando de frío llego a esas imágenes y a esos sonidos (o silencios) que ya creía olvidados, apilados al fondo de los cajones de mi memoria. Y llego a ese miedo que nos chutaron a todos en vena con aquellos trenes que en aquel día sirvieron de ataúd para cerca de 200 personas. Siete años han pasado y no se me va de la cabeza que me pudo haber tocado a mí: el aspa roja fue escrita sobre esos convoyes de esa línea de Cercanías, pero pudo haber sido puesta sobre cualquier otra también de Cercanías o de metro o en cualquier otro sitio. Al margen de que sea inevitable acordarse de gestos y palabras de entonces, sí considero oportuno reflexionar sobre ese miedo nuestro que nos inyectaron los que precisamente tienen éste como su mejor arma. Con este atentado, los terroristas nos dejaron muchas víctimas a las que llorar pero también mucho miedo… mismo tipo de miedo que hay en esa otra imagen de aviones estrellándose contra las Torres Gemelas en aquel otro 11-Muerte, y que tenemos grabada muy dentro. Aquello ya dio una pista de cual iba a ser el principal desafío de estos tiempos, que es la batalla contra el terror, no sólo desde el ámbito político o económico, sino también emocional, pues al fin y al cabo somos los individuos los que conformamos las sociedades. Ganarle el pulso al miedo es también tarea nuestra.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 4 de marzo de 2011

 

Ella es una de los muchos periodistas de cuya profesionalidad han decidido prescindir los contables que hoy dirigen los medios de comunicación. Dicen que lo hacen en nombre del 2.0, “el nuevo horizonte” en el que colocan la enésima vuelta de tuerca al viejo oficio de contar lo que pasa. La historia de Ella, y de Él y de aquél y aquella otra, está llena de encuentros familiares anulados, y de días libres que no lo fueron, y de vacaciones prematuramente interrumpidas… todo por tal de cubrir la noticia para el medio que les vio nacer en esto de la profesión y con el que mantenían algo más que una relación contractual.

 

“Los nuevos tiempos exigen de un nuevo periodismo”, afirman los despedidores masivos de profesionales como la copa de un pino. ¿Seguro? Es cierto que el mundo ha cambiado mucho en cuestión de muy pocos años y que el acceso de cualquier hijo de vecino a las nuevas tecnologías puede hacer que parezca redundante el que una tercera persona –léase, periodista- ofrezca algo que uno puede obtener por sus propios medios. Pero precisamente porque hay tanta información disponible y tantos intereses entremezclados, hoy más que nunca es necesaria la labor de quienes son capaces de oler la noticia entre tanta dispersión y de hacerla llegar con garantía de autenticidad. No hay que buscar nuevos periodismos, sino reparar en lo que le da sentido a la profesión: la honestidad en el relato de los hechos. Quién me diría a mí que iba a ser Ana Rosa Quintana y su último show camuflado de “trabajo de investigación”, quien me llevase a esta conclusión, y es que conocidos los métodos que su equipo empleó para arrancarle la confesión a la mujer del principal sospechoso de la muerte de la niña Mari Luz, no puedo sino poner en valor los principios que sustentan al periodismo y la necesidad de aplicarlos con total rotundidad ante el “todo vale” a cambio de una exclusiva o de cualquier otra vía de engordar la bolchaca de los jefes de los medios. No vale cualquier cosa. Al menos no en el nombre del periodismo. Porque a los contenidos que emitan podrán llamarles como quieran, pero no informaciones periodísticas. No vale coaccionar a las fuentes ni forzar la historia hasta encajarla con el titular con mejor venta ni montar un “juicio paralelo”, como tampoco vale tener a becarios haciendo las funciones de trabajadores en plantilla, contratar “caras bonitas” aunque no sepan unir una frase con otra ni despedir a redactores con años de experiencia “en nombre de la crisis” o del “2.0”.

 

Desconozco a qué puerto quieren arribar estos que mercadean con la información como si fueran patatas o tuercas, pero eso que estos gurús pregonan como “nuevo periodismo” tendrá poco o nada de esto último si la historia queda sometida a la tiranía del titular preestablecido. De nada servirá armar las redacciones hasta los dientes de tecnología punta si el “todo vale” acaba acampando definitivamente como modus operandi.

 

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La alfombra de los Oscars, la más conocida del mundo mundial

 

Ha pasado una semana desde que las estrellas de la gran pantalla desfilaron por la alfombra más conocida del mundo mundial, y aún siguen coleando comidillas varias sobre los Oscars. Todavía tendría un pase si tuvieran que ver con la calidad en sí de las películas, o bien con el acuerdo o el desacuerdo de crítica y público con el veredicto final. Pero no. Los comentarios que aún pueden leerse en las secciones de actualidad de mil y un recovecos del Internet tienen más bien que ver con que si el modelito de Pe era o no adecuado dada su reciente maternidad, que si con la censura del beso en los morros que Bardem dio a otro actor durante la entrega de los premios, que si con éste o aquel apunte sobre las rarezas de tal o cual… y en esto quiero hoy poner el foco. Que hay que ver cómo nos gusta decriticar a tal o cual estrella por tal o cual rara manía o antojo. ¡Jesús! ¡No tenemos piedad! Será que vemos tan insalvable el abismo que nos separa de ellos por lo que arremetemos a destajo contra los exclusivos (y absurdos, en la mayoría de los casos) gustos de las celebrities. Pero si bien todos estos caprichosos desmanes son muestra de una vanidad incontenible por parte de la recauchutada farándula, no podemos negar, por la parte que nos toca, al menos una pizquita de envidia -¡Esos trajes! ¡Esas joyas! ¡Tantos halagos! ¡Tantos fans!- y una pizquitita de pose, porque a ver quién de nosotros no estaría, al menos tentado, de entrar en esa dinámica de divismo, si llegase a convertirse en una Hollywoodstar. Y es que nunca puede decirse eso de “de esta agua no beberé”, porque luego, cuando se bebe, queda uno bastante mal ante el respetable, véase, actores y actrices salidos del cine español que cargan sus tintas (e insultos) contra la industria cinematográfica norteamericana, pero, sin embargo, en cuanto tienen la más mínima oportunidad, cruzan el charco y donde dije digo, digo Diego. Vanitas, vanitatis et omnia vanitas… no nos llenemos, pues, la boca de palabras que en un futuro pueden pesarnos más de la cuenta. Quién sabe si tú, o tu primo o tu sobrina llegará el día de mañana a ser una estrella en el firmamento del artisteo. Por eso, no decriticar tanto y no deponer verde y de todos los colores a esos que, en el fondo, y aunque sea un poquitico, envidiamos.  Más que na, por lo que pueda venir…


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Lleva casi una semana sin moverse de la zona donde su dueño le abandonó, cerca del Palacio de Deportes de Granada. El muy perro no tuvo mejor idea que deshacerse de quien jamás quebrantaría ese vínculo que sellaron el primer día en el que intercambiaron mimos y miradas. Quizás de aquellos momentos hace ya mucho tiempo, tanto que el muy perro parece haberlos borrado completamente de su recuerdo. Le importó muy poco dejar en una acera cualquiera a quien, sin embargo, le espera y probablemente le seguirá esperando hasta que la perrera se lo lleve o alguien decida tutelarlo.

 

Por muchos casos que conozcamos de abandonos de perros por parte de los muy perros de sus dueños, siempre nos llaman especialmente la atención éstos en los que los cuadrúpedos peludos muestran una fidelidad ilimitada para con sus amos. Quienes tenemos perros sabemos de esta intensa ligazón que establecen con nosotros, y este vínculo va más allá de la dependencia que tienen respecto de nuestros cuidados (alimentación, limpieza, protección…): no es por interés ni por casualidad que te acompañen por toda la casa sin despegarse de ti especialmente cuando estás preocupado por algo, o que se queden dormiditos junto a ti justo en esos momentos de bajón, o que estén especialmente juguetones cuando tanto necesitas echarte unas risas.

 

Tampoco creo que sea casualidad que Yoda y Mati, mis cuadrúpedos amigos inseparables, hagan todo lo posible por acaparar mi interés justo ahora cuando estoy escribiendo estas líneas. Ellos, poseedores de un olfato excepcional, seguramente se huelan el asunto que tengo entre manos, de manera que no dejan de darme con la patita mientras redacto este post.

 

 

Yoda sostiene con su boca su juguete favorito. Mati quiere que juegue con ella a tirar de su cuerda. Les miro a los ojos. Sí, ellos me van a dar el titular de este comentario. “¿Cómo puede alguien abandonar a un perro?”, pregunto. Y me cuentan que ellos, los peludos de cuatro patas, no lo harían con nosotros. Que ellos seguirían trayéndome eternamente la pelotita, o la cuerda, o lo que fuera las veces que hiciese falta, de modo que ese pacto no escrito, pero no por ello menos vinculante, nunca se rompa. Y esto, para mí, es sin duda lo que hace que se les considere como el mejor amigo del hombre. Y este abandono que hoy hemos conocido es, desde luego, para ellos, muestra de que tiparracos como ése que ha puesto a su mascota de patitas en la calle, se merezcan el título del peor amigo del perro.

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Publicado en Wadi As en su edición del 25 de febrero de 2011

 

¡Pero mira que hemos cambiado! Y es que, sin saber muy bien cómo, lo cierto es que pasamos horas y horas colgando fotos y vídeos y comentando lo que otros cuentan sobre esto y aquello en Internet, y viendo en tiempo real a través de la pantalla del ordenador a alguien que está en la otra parte del mundo, y escuchando en nuestro teléfono móvil y en primicia el último éxito de nuestro cantante favorito e incluso hasta intercambiando breves mensajes con un político, con un actor, con un deportista. No vienen solos estos nuevos hábitos. Forman parte de una transformación más profunda. Las últimas revueltas en el mundo árabe, el empuje económico de China, India y Brasil y la debilidad del proyecto común europeo nos sitúan al pie de muchas incógnitas que no podemos despejar echando mano de las viejas fórmulas. Las recetas que nuestros padres y abuelos aplicaron con nosotros tampoco nos sirven hoy día para formar una familia ni para vivir en pareja ni para educar a nuestros hijos. Ni los antiguos métodos formativos (ni siquiera los vigentes desde hace dos días) logran frenar el fracaso escolar ni la oferta educativa se adecua al ámbito laboral, sangrado por el paro y la destrucción de empresas y de motivaciones, lo que mantiene a mucha gente dependiendo de terapias y pastillas para sobrellevar su continua cuesta arriba. Todo, desde lo más global a lo más concreto, ha entrado en crisis. No culpemos a Internet de la piratería musical ni de los cierres de publicaciones ni del pasotismo juvenil ni de los matrimonios de hola y adiós… la red de redes es sólo un signo de este nuevo tiempo sobre el que todo está por escribir: sobre nuestras manos, pesa y quema un desconcertante papel en blanco en donde no sabemos qué poner. Claro que con la misma naturalidad con la que, de un día pa’ otro, hemos descrito en nuestro blog el paso a paso sobre cómo hacemos las talvinas accitanas, hemos subido a Youtube un vídeo sobre la salida de su templo de algún paso de Semana Santa momentos después de haberlo grabado con nuestro móvil, hemos comprobado cómo hasta Bisbal hace comentarios en su Twitter sobre la convulsa situación que vive Egipto o hemos puesto en Facebook esa foto en blanco y negro con los compañeros de promoción, mañana usaremos esto y aquello más y, como ahora sucede, quizás lamentemos la pérdida de ciertas costumbres y aplaudamos la puesta en marcha de una nueva vía de comunicación. Esto es así. Habrá cosas que nos gusten y otras no tanto. Pero lo importante es que, cuando echemos la vista atrás hasta estos tiempos que hoy conjugamos en presente, no nos reprochemos ingenuidad ni exceso de confianza ni incapacidad para atisbar lo mucho que se pudo haber hecho y no se hizo. Porque, queridos nosotros dentro de unos años, eso es harto difícil de ver cuando, como ahora sucede, ante nuestras narices sólo tenemos un inmaculado folio en blanco.

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