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Archive for 26 mayo 2011

Los aeropuertos son, en verdad, reflejo de estos días que nos tocan vivir, en los que nos cruzamos con mucha gente con la que apenas cruzamos media palabra. Estamos tan metidos cada cual en nuestro avío que no reparamos en si quien nos ha vendido el refresco y el sándwich era un hombre o una mujer ni en si la azafata que ha chequeado nuestro billete era rubia o morena. Sin embargo, sorprende que en estos fríos lugares de paso puedan llegar a vivirse momentos de intensa humanidad.

Hasta en el mastodóntico Madrid-Barajas uno puede sentir la calidez humana

En mi último viaje en avión, tuve que hacer escala en el mastodóntico aeropuerto de Madrid-Barajas. Si de por sí estos sitios se prestan a la impersonalidad en las relaciones humanas, transitando por los interminables pasillos de Barajas uno consigue sentir el desapego emocional en niveles altísimos… desapego y fatiga extrema, sobre todo si, como a mí me ocurría, debía darme toda la prisa del mundo para intentar alcanzar el avión que me traería a Alemania, pues el que me llevaba desde Málaga había salido con mucho retraso por problemas técnicos. Corrí, corrí y corrí, pero mi avioncico ya volaba cuando frené ante la puerta de embarque. No me había esperado ni a mí ni a la decena de pasajeros que hacíamos escala en Madrid rumbo a Berlín. Y tras el sofoco, la espera en la cola del mostrador de la compañía aérea, cola en la que se fraguó lo que hoy os quiero contar. Tantas cosas tenía en la cabeza aquel día que no pude sino soltar un fuerte suspiro, y lo hice con tanta fuerza que la señora que guardaba vez delante de mí se volvió y me preguntó si me encontraba bien. “Es que me pesa un poco la cabeza”, dije, a lo que me respondió algo así como que la agarrase bien, a ver si se me iba a caer. Y sonrió, y esa sonrisa fue la invitación perfecta para iniciar una amena conversación que mantuvimos hasta que fuimos atendidas. Estaba justo yo en el mostrador, esperando a que la chica que revisaba mi pasaje me ubicara en el siguiente vuelo, cuando escuché a una viejita llorando a moco tendido ante otra azafata. La mujer no se aclaraba con las explicaciones que le daban. Decía que venía desde la Argentina y que era la primera vez que viajaba en avión. “Yo no sé, yo no sé”, insistía. La azafata repetía como una autómata los pasos que tenía que seguir: que si bajar a retirar el equipaje, que si salir fuera y comprar un billete, que si en caso de sentirse mal tenía que haber avisado al personal de tripulación. Pero la pobre estaba ahogada entre tanta palabrería. Entonces, la señora que me había ayudado a sostener mi cabeza se acercó a esta otra y también la ayudó a sostener sus agobios: calmó la impaciencia de la azafata, tranquilizó a la abuela y los demás ciertamente quedamos aliviados. Y todo lo logró con una simple, pero poderosa y brillante sonrisa.

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Publicado en Wadi As en su edición del 13 de mayo de 2011

¡Pero qué miedo! ¡Qué sustico nos ha entrado por el cuerpo! Y es que habiendo ocurrido tan cerca, como quien dice a dos pasos de Guadix, la pregunta que inevitablemente nos viene a la cabeza es si acaso aquí, en estas tierras de sol y arcilla no tan distantes de esas que han padecido tan destructores temblores, estaremos libres de vivir esos desconcertantes episodios de gentes saliendo de sus casas como si estuviesen huyendo del mismo diablo, de cornisas y paredes derrumbadas, si estaremos libres de esos terremotos que han llevado la muerte y el pánico a Lorca. Lo hemos visto en la tele. Hemos visto el pánico en la mirada de esas personas cubiertas del polvo de los casquijos. Hemos visto cuerpos sin vida entre esos casquijos. Pánico porque esa amenaza sísmica que pesa sobre la parte suroriental de la península  es tan real como para haber matado a tal o cual vecino, haber reducido a chatarra coches y camiones, haber convertido las plazas abiertas de la ciudad en lugares donde montar la tienda de campaña en la que pasar la noche.

Terremotos hay de vez en cuando. Sabemos que vivimos en zona de actividad sísmica y que de vez en cuando se escapa algún temblorcillo que hasta llega a merecer noticia en el periódico. Igual hasta algunos han registrado mayores magnitudes en la escala de Richter. Pero estos últimos de Lorca nos han pillado con el cuerpo frío, nos han llenado de pánico al dejar tras de sí tanto destrozo… y esas muertes, y esos heridos. Normalmente estamos acostumbrados a que esas imágenes de televisión de personas corriendo despavoridas mientras cubren su cabeza con sus brazos, procedan de latitudes lejanas. Lo que recientemente ha acontecido en Japón por supuesto que nos ha hecho pensar en muchas cosas. Que si no somos nadie, que si la tragedia puede mascarse hasta en el país mejor preparado ante estos fenómenos, que si cuando la naturaleza dice “¡Aquí estoy!” poco más cabe hacer. Pero esto pasaba a cientos de miles de kilómetros de nuestras casicas. Pena, mucha pena por aquellas víctimas, pena incluso transformada en una aportación económica para ayudar en la reconstrucción del país nipón, pero al fin y al cabo Japón está lejos de aquí. Estos seísmos de Lorca nos han hecho temblar de miedo de verdad, pensando en la posibilidad de que la tierra que habita bajo nuestros cerros también diga de ponerse temblona. Porque los sismólogos podrán asegurar que para ellos no es una sorpresa lo de Lorca y que incluso tanto esta ciudad como las otras miles de ciudades que están asentadas sobre ese arco sísmico que va desde el Estrecho de Gibraltar hasta el sur de Alicante, han tenido ya temblores de tierra que han causado cuantiosos daños materiales. Pero cuando hay muertos de por medio, y tantos heridos, como ha sucedido, es cuando uno piensa que ha podido pasar unos cuantos kilómetros al oeste, en la tranquila y alejada del mundanal ruido ciudad de Guadix.

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Dado el sábado 14 de mayo de 2011 en la S.A.I. Catedral de Guadix

Accitanas y accitanos, amigas y amigos,

Conservo unas ramillas de tomillo de mi última visita a Face Retama. Cuando las cogí pensé que, al olerlas, al tocarlas, al verlas después, cuando tuviera que empezar a preparar este pregón estando lejos de Guadix, me ayudarían a poner por escrito lo mucho que siento cada vez que hago el camino a pie hasta este paraje en el que, según la tradición, dieron muerte a San Torcuato. Aunque se les ha caído mucho verde y están ya muy secas, mantienen el suficiente aroma como para hacerme olvidar que estoy a miles de kilómetros entre gentes muy distintas, el suficiente como para verme iniciando el camino una vez más.

La peregrinación arranca del Arco de San Torcuato de Guadix

Aunque hay diversas maneras de llegar a Face Retama, el recorrido que siempre he seguido y que, por consiguiente, emprendo en este viaje imaginario que comparto con vosotros, es el que parte del Arco de San Torcuato de Guadix, sigue por el río hasta Benalúa y, atravesando esta localidad, continúa por una carretera de tierra que arranca de las inmediaciones del cementerio. Esta senda discurre entre cipreses y pinares, que dan paso después a cerros de retama y esparto, cerros de arcilla cobre que se cubre de un mantillo verde en los años de lluvias generosas.

Cipreses y pinos en el arranque del camino a San Torcuato que emprendo con vosotros

Como muy bien sabéis más de uno de los que estáis aquí, la brisa, la misma que levanta el polvo de las ramblillas, la misma que arrastra las pelusicas de las alaméas, se encarga también de varear todas estas plantas aromáticas y, como un aplicado monaguillo, nos va incensando a nuestro paso.

Hay algo muy especial en esta romería que se hace el sábado de la semana anterior a la fiesta grande del 15 de mayo. Hay un impulso muy particular que lleva a más de uno –y de dos- de los que estamos aquí a reservar la tarde de ese sábado para subir a Face Retama, siempre que las circunstancias lo permiten. Aunque no nos atrevamos, así en un primer momento, a ponerle un nombre a este sentimiento, sabéis muy bien a lo que me refiero, porque es algo que uno vive mucho y que percibe también en los demás. ¿Qué es ese algo? Así de primeras podríamos decir que vamos a esta romería porque somos mu de Guadix, y es de recibo participar en los actos que se programan en el pueblo. O por estirar un poco las piernas después de una semana de duro trabajo. O porque un año fuimos y nos gustó tanto que procuramos no faltar a la cita, o al menos a la procesión nocturna de las antorchas que se hace después por los entornos de la ermitilla. Pero aunque digamos esto, aunque demos otras razones similares, sabemos en el fondo que hay algo más profundo, algo que sentimos más adentro, que es lo que nos levanta del sofá y nos anima a ponernos en camino. Hablar de estas cosas del alma nos da vergüenza. Pero como aquí estamos entre amigos, entre paisanos, y al amparo de la Catedral, donde nada malo puede ocurrir, se pueden hacer este tipo de confesiones que tanto nos cuesta compartir.

Precisamente en el camino rumbo a Face Retama se pasa uno toda la tarde compartiendo. Es curioso cómo en nuestro día a día cada vez somos más reacios a compartir. El miedo a ser traicionados, a ser ninguneados, a ser malinterpretados, a ser ridiculizados, a ser aislados, a ser reprendidos… el miedo, siempre el miedo, nos lleva a sujetar nuestras emociones y contener nuestros actos. Sin embargo, existen ocasiones, como este momento que ahora estamos compartiendo, o como esa romería que muchos de los que estamos aquí hemos hecho, en las que uno se suelta una mijitica, y no le importa compartir conversación, dulzajos o acuarius, con amigos de Guadix de toda la vida, pero también con otros tantos con los que jamás antes habíamos mediado palabra alguna. Una parada al borde del camino para echar un trago de agua sirve como perfecta excusa para romper el hielo y hacer un comentario a ese o esa al que no ponemos cara ni nombre. Pero no importa. Compartes y punto.

Por compartir, compartes hasta suspiros con estos a los que no conoces, al sentirte formando parte de un paisaje que parece salido de las manos de un caprichoso artista, al que le ha dado por plegar por allí la arcilla -rojiza, ocre, amarillusca…-, por estirarla y motearla de verde por allá, y colocar el conjunto delante de una enorme sierra de altas cumbres grisáceas con manchitas blancas en sus cumbres, que se recorta ante un cielo en el que emplea prácticamente toda la paleta de color. La amplitud que se abre entre uno y el punto más lejano del horizonte empequeñece. Tan acostumbrados estamos a la desmesura, a lo sofisticado, que nos desarman tan sencillos elementos: arcilla, esparto, tomillo… como el que cogí de una mata del camino a Face Retama.

Vista de Guadix desde un punto del camino

Con los compañeros de camino, conocidos o no, compartes también silencio. En el camino uno no está obligado a guardar silencio, pero en muchos momentos del trayecto, éste se acaba imponiendo. Quizás sea por la fatiga que se va acumulando. Quizás te has adelantado tanto al grupo, o quizás te has quedado tan rezagado, que las conversaciones que mantiene el resto de la gente se pierden bajo el sonido de los pajarillos o de las ramas de los árboles y matorrales mecidas por el viento. Quizás no hables porque simple y llanamente  no te apetece, y punto. El caso es que, en más de una ocasión, en esta romería a Face Retama uno acaba escuchando únicamente sus pasos, acaba sintiendo solamente el peso de su mochila y tragando saliva con la tierra que se pega en los labios. Estos minutos de silencio, de absoluta intimidad, estos momentos, tan raros en nuestro día a día lleno de gritos, te alcanzan en este camino parco en oros, pero rico en silencio, que conduce al santuario de San Torcuato.

Los carteles, pintados a mano, nos recuerdan nuestro destino: "A San Torcuato"

Estos momentos de silencio nos brindan la oportunidad de estar a solas con nosotros mismos, un lujo que ni todos los lujos del mundo nos pueden ofrecer. Y estos momentos de recogimiento nos ayudan a aclararnos sobre dónde estamos y a dónde vamos: “A San Torcuato”, como recuerdan los carteles, con las indicaciones pintadas a mano, que hay distribuidos a lo largo de los itinerarios principales. Y sí, es en este silencio que acude a nuestro encuentro, en medio de un paraje desnudo de artificios que nos invita a aparcar los miedos y a compartir, cuando el caminante descubre que es peregrino y que lo que le lleva a ese recóndito lugar es el cariño al santo patrón y la fe en un Dios vivo que nuestro santo patrón trajo a nuestra tierra hace ya muchos, muchos años.

Desde muy pequeña mis familiares, mis maestras, mis catequistas me criaron en el cariño a San Torcuato. Pero es este camino que emprendo a Face Retama una y otra vez, bien con los pies sobre el terreno, bien con el corazón sobre el recuerdo, lo que me ayuda a darle sentido a lo aprendido de mis mayores. Y esto sucede porque en el silencio del camino uno huele mejor, y oye mejor, y siente y vive mejor y más claro que hay lazos que no pueden romperse por mucho que la vida te haya llevado a otros sitios. Qué tendrá esta tierra roja que corre por las venas de sus hijos aunque estos estén bien lejos. Qué tendrá para que el hilo que hilvana la historia de Guadix permanezca intacto aun pasadas muchas generaciones desde que todo empezó. En el camino a Face Retama, rodeado de los elementos más característicos de la tierra que nos parió, sentimos cuán fuerte sigue estando ese vínculo, el peregrino siente reforzada su identidad guadijeña.

Lo más auténtico de nuestra tierra se da cita en Face Retama

San Torcuato, cuyo culto se remonta a tiempos pretéritos, permite por tanto acercarnos a ese Guadix remoto que sigue latiendo a través de las tradiciones mantenidas a pesar del paso del tiempo, y del peso del olvido, que se cierne, como una amenaza del mundo global, sobre este otro antiguo y lleno de matices. Celebrar San Torcuato nos lleva al Guadix más auténtico. Vivir las fiestas de San Torcuato nos hace ser inequívocamente accitanos. Nos une al color, calor y olor de la primavera en nuestra tierra, con sus campos preñados de habas; a los cuetes con los que nos gusta festejar nuestros días más señalados; al sabor de las tortas salás y de azúcar que preparan en estas fechas los hornos de nuestros barrios y que ofrecen, sin complejos, los bares más veteranos de nuestra ciudad; al olor a la cáscara de naranja friéndose en el aceite al que se echará la masa de esos roscos, mu de Guadix, que también se preparan por Semana Santa. Y a los bordados de las faldas y corpiños, y a los lazos de colorines y las castañuelas, y a las chillonas bandurrias y las calmadas guitarras de las rondallas de toda la vida, con sus temas imprescindibles: “Mi pueblo”, “Carrascosa”, “Fox Serenata”, “El vals de la Marujilla”, y por supuesto “La guajira” y “El fandango de Guadix”, típicos de estos días.

El camino a Face Retama nos conduce a la esencia en la que descansa la razón de ser de Guadix y de los pueblos de la diócesis, esencia empapada de la fe cristiana que, junto a sus compañeros de viaje los Varones Apostólicos, predicó nuestro patrón en estas latitudes. ¡Cuánto tenemos que agradecerle! Por San Torcuato fuimos de los primeros de la Península en reconocer que el camino de la fe en Cristo Jesús resucitado dota nuestro día a día de un sentido. Por San Torcuato aprendimos a querer a la Virgen María como madre nuestra. Y por este sentimiento religioso y espiritual en el que aquellos accitanos de aquel Guadix que recibió a San Torcuato educaron a sus hijos, y estos a sus hijos, y estos a los suyos, y así a través de los siglos, hasta llegar a nosotros, puede explicarse la permanencia en nuestros días de tradiciones muy unidas a la idiosincrasia accitana, a la vocación cristiana.

Es por esta fe que echó raíces hace tantísimos años por lo que tiene sentido que nos echemos a las calles cada primavera para expresar cuán hondo hemos interiorizado la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, o cada segundo domingo de noviembre para acompañar a la imagen de nuestra patrona, la Virgen de las Angustias; o que por cada San Antón hagamos iluminarias para quemarle las barbas al santo; o que cada 3 de febrero le pidamos a San Blas que nos libre de las afecciones de garganta; o que cada mes de mayo le hagamos las flores a María, que celebremos la fiesta de la Virgen de Fátima, patrona del barrio de Fátima de las Cuevas, o que marchemos rumbo al Rocío; o que en La Estación se preparen las fiestas en honor al Sagrado Corazón de Jesús, o que saquemos en procesión a la Virgen del Carmen, y después hagamos lo propio con Santa Ana, y ya en agosto, el barrio de las Cuevas de Gracia celebre a su Reina y Señora. O que la Virgen de la Piedad convoque a accitanos y bastetanos en una tradición compartida, la del Cascamorras, quien acaba su carrera en el antiguo convento de Santo Domingo, hoy parroquia de San Miguel, de la que su santo titular sale en procesión en septiembre.

O que, en definitiva, los distintos pueblos que conforman esta diócesis en la que San Torcuato sembró tanto bueno, levanten sus fiestas más sentidas sobre los pilares de la fe. Porque aunque estas líneas que hoy dedico a nuestro patrón se refieran fundamentalmente al vínculo que une a Guadix con San Torcuato, no podemos olvidar que San Torcuato también merece la devoción del resto de pueblos de la diócesis de Guadix-Baza. En este sentido, me parece muy acertado el hecho de que este año se haya decidido implicar a sacerdotes procedentes de diversas parroquias de la diócesis en los cultos a San Torcuato, custodio también de otras tantas localidades que duermen bajo otros cielos, como es el caso de Celanova, ciudad hermanada con Guadix, y que acoge parte de las reliquias del santo.

San Torcuato nos trajo la fe que da sentido a todas estas fiestas marcadas en rojo en nuestro calendario, fe que da sentido a cada una de las acciones de nuestra vida, aunque no siempre seamos conscientes de ello. El silencio del camino a Face Retama ayuda bastante a descubrir la huella de San Torcuato en nuestro ser cristiano, en nuestra identidad accitana. Reivindicarnos como accitanos implica, por tanto, reconocernos como seguidores de San Torcuato.

Queridos paisanos,


En esta romería a Face Retama no hay carrozas engalanadas ni coros que dirijan las canciones que se suceden a la largo de la misa que se dice en la ermitilla tras la llegada de los peregrinos ni un protocolo claro en la procesión de las antorchas. Sin embargo, si uno deja que el camino pase por él, si uno acude con el corazón abierto a Face Retama, logra conectar con el accitanismo más puro y con ese mensaje de esperanza por el que San Torcuato dio su propia vida. Al fin y al cabo, éste es el espíritu que una romería persigue: remover la fe del penitente, llenarla de motivos. Da vergüenza expresar las cosas del alma así, a bocajarro. Pero cuando la experiencia es intensa, entonces la convicción con la que se cuentan las cosas toma fuerza. Yo lo cuento porque yo creo. Y creo porque lo siento.

Imagen tomada en el transcurso de la romería 2011

Y lo que, en verdad, siente quien participa en esta peregrinación, no es sino la fe. La fe es lo que nos empuja a ponernos la gorra-visera, el chándal y a tirar pa’lante, esa misma fe que te lleva a acudir al quinario, y a venir a las vísperas y a este pregón, y a asistir a la Pontifical y la procesión de mañana, y a comprar tortas y habas y comerlas en estos días, y a implicarse en la organización de las fiestas patronales, y a sacar fondos de debajo de las piedras con los que cubrir los costes de la rehabilitación del patrimonio santorcuatero. Y a recuperar viejas recetas que las familias mu de Guadix reparaban por este tiempo, y a investigar las músicas y danzas con las que los accitanos han venido celebrando estos festejos. Uno no lleva consigo a San Torcuato sólo porque tu abuela o tus titos o tus vecinos te insistieron en que así lo hicieses. Ni sólo porque resulta pintoresco, empujados quizás por esa vuelta a lo rural que ahora parece llevarse. Lo hacemos por fe. Ese algo que cada uno siente con una intensidad y unas maneras propias y que le mantiene unido a San Torcuato a través de unas costumbres, unas tradiciones, unos recuerdos, es la fe por la cual él ejerció de mensajero hace tantísimos años.

Las comidas típicas, los certámenes musicales, las romerías populares, todas estas manifestaciones sociales y culturales han sobrevivido a través de los siglos y a pesar de las modas, porque hay una fe que le da sentido. Todos los que estamos aquí esta tarde creemos que la muerte no es el final, que estamos en este mundo porque hay un plan divino detrás de cada uno de nosotros, que tenemos que descubrir y poner en práctica. Actuamos movidos por la fe. ¡Cuánto tenemos que agradecerle a San Torcuato! Haber fraguado los cimientos sobre los que se iría construyendo la identidad accitana, la identidad de los pueblos de esta antiquísima diócesis es algo que no tiene precio.

Sólo desde la fe en nuestras creencias, sólo desde el convencimiento de nuestra accitanidad, podremos corresponder a la generosidad que nos brindó nuestro santo patrón. Somos mu de pedir y mu poquito de agradecer, pero es de justicia darle las gracias tantas veces nos sea posible. Sentirse cristiano y llamarse accitano, o bastetano, oscense, benaluense, o con tantos gentilicios como pueblos habitan esta parte norte de la provincia de Granada, implica venerar a San Torcuato, y hacerlo con esa misma entrega con la que se ofreció a nuestros antepasados, hacerlo con amor.

Si se hace bajo estas coordenadas, no solamente mantendremos a San Torcuato presente en nuestros días, sino que seremos capaces de transmitir a nuestros hijos todo esto. Y si lo hacemos con suficiente fuerza, nos aseguraremos de que los hijos de nuestros hijos hagan lo propio con sus hijos, y estos con los suyos.

Avituallamiento tras la caminata

Cuando uno pone alma, vida y corazón en las cosas, no solamente salen mejor, sino que hasta tienen un efecto contagioso. Para explicar esto que os cuento, os invito a volver conmigo al camino a Face Retama, cuyo relato he dejado justo en el punto en el que el antes caminante, y ahora peregrino, llega a la explanada donde está la ermita y la vieja hospedería.

El olivo que nunca se seca

Y es que las experiencias no acaban con la llegada a meta. El camino sirve de preparación para lo mucho que se vive allí, donde todo cabe, donde todo encarta: un rezo al santo… y un bocao a la torta de aceite o un pedacico de jamón; lo mismo uno abraza a ese amigo a quien no ve desde hace mucho tiempo, que va a visitar ese olivo enorme que, según la tradición, no se ha secado a pesar de los muchos años que tiene; lo mismo se echa un trago de vino, eso sí, con un “¡Viva San Torcuato!” por delante, que hasta puede que, viendo caer la tarde, se le escapen sin querer algunas frases del Padrenuestro, a las que pueden seguirle unas cuantas Avemarías totalmente queriendo; y puede incluso que los ojos se empañen de nostalgia al recordar los “santorcuatos” de la infancia en los que, vestida de aldeana, o como músico en una rondalla, bailabas o tocabas el “Fandango de Guadix”; y puede incluso que esboces una sonrisa de oreja a oreja al haber traído al presente la imagen de tu madre atiborrando la cesta de rosas, habas, nísperos, naranjas y demás frutas que debías llevar durante la procesión del 15 de mayo. Y claro que te resultará inevitable verter otras cuantas lágrimas en recuerdo de los abuelos y titos y padres que ya no están y que te enseñaron a querer a San Torcuato, que te educaron en la fe cristiana que San Torcuato trajo a Guadix, amigos, parientes de quienes aprendiste que llevar a Guadix en el corazón es una encomienda que no puedes olvidar. El fresquito que cubre Face Retama cuando cae la noche, puro, limpio, te lleva a ese otro fresquito que desprenden las hierbas recién cortadas que echan sobre las calles de Guadix por las que discurre la imagen del patrón y sus reliquias en su día grande.

Y, con todo esto bullendo dentro de uno, el que iba con la idea de estirar las piernas, el que iba con la idea de hacer el camino por eso de que hay que cumplir, el que iba con la idea de pasar el rato con los amigos, el que iba con cualquier otra idea, se va inundado de recuerdos del ayer a partir de las vivencias del momento, y ¡qué agustico se está! Y uno está tan cómodo, uno se siente tan sumamente bien que esa alegría, ese bienestar se contagia.

Imagen de San Torcuato que procesiona en Face Retama

Y cuando, después de la caminata, de la merendola, de la misa, te toca aguantar la antorcha en la procesión, ya ni reparas en ese o aquel, ni en esto ni en aquello. Ni te importa siquiera si alguien acerca su llama peligrosamente a ti. Ni ya tienes en cuenta la de espiguicas que se te han pegado en los calcetines. Estás en la gloria flotando entre tantas emociones. Pero lo mejor es que notas que no eres el único. Lo sientes en el ambiente.

Procesión de las antorchas en Face Retama

Si, como accitanos y cristianos que nos reconocemos, queremos honrar a San Torcuato y garantizar que los cristianos y accitanos que vengan después de nosotros sigan queriendo a nuestro santo patrón, tenemos que transmitir este sentimiento con tanta pasión como para prender el entusiasmo en quien no lo ha vivido aún. Sólo cuando estemos convencidos de por qué se ha mantenido íntimamente unido a Guadix el culto de San Torcuato, por qué ha sobrevivido a tantas vicisitudes históricas, por qué nos ha llegado heredado y por qué nosotros debemos de hacer todo lo posible por que, lejos de perderse, tome mayor fuerza, sólo entonces podrá nuestra palabra, nuestros actos coger suficiente impulso como para que aquel que jamás se ha sentido llamado a participar en estas fiestas, empiece a hacerlo.

Si lo hacemos con convicción, no nos dará vergüenza vestirnos de aldeana ni será para nosotros un suplicio dejar de ir al Zapillo o de compras a Granada para quedarnos en Guadix para ver la procesión del día 15 o para ir en sus filas representando a nuestra cofradía de Semana Santa ni tampoco nos resultarán indiferentes los actos religiosos y culturales que se programen ni nos costará esfuerzo alguno animarnos a ser costaleros de San Torcuato o a hacer la peregrinación a Face Retama.

Si creemos en lo que hacemos, si desde lo más profundo de nuestro ser comprendemos la importancia que San Torcuato tiene en nuestras vidas, entonces podremos estar preparados para transmitir a nuestros hijos, sobrinos, nietos, a nuestros vecinos, ese ímpetu que nos lleva a recordar, allá donde estemos, el sabor de las tortas y las habas, o a brindar en honor de San Torcuato cada vez que se tercie.

Y esta transmisión tan poderosa la haremos de la mano de las costumbres en las que hayamos conectado mejor con esas sensaciones. A cada uno de nosotros nos unen a San Torcuato unas vivencias muy particulares. Cada uno de los que estamos aquí tenemos nuestras propias razones por las que reservamos un lugar en nuestro corazón para nuestro patrón, y ese algo es lo que debemos transmitir a nuestro hijos, sobrinos, nietos, vecinos. Cada cual inculcará de una manera distinta el cariño a San Torcuato y pondrá en valor la gran obra que desarrolló en nuestros pueblos.

Lo importante es que esa transmisión la hagamos desde el respeto por ese hilo que une a las gentes de Guadix a través de la historia. Si preservamos la esencia podremos incluso sumar nuevas costumbres, acordes con los nuevos hábitos sociales. En un futuro puede que ya no se haga tal o cual cosa en honor de San Torcuato, y sí otras, pero, sin embargo, debemos garantizar que venga lo que venga, la “santorcuatitis” siga emanando de esas nuevas formas.

Demostrado el “quiénes somos”, y repasado el “de dónde venimos”, así podremos resolver el “a dónde vamos”. Y para que ese “a dónde vamos” sea algo sólido y consistente, debe sustentarse sobre la línea de la tradición, de lo que llevamos en la sangre esperando a ser reactivado.

Queridos paisanos,

Yo me he criáo en un entorno en el que San Torcuato ha sido, es y será muy querido. Los primeros “culpables” son mis padres. Para que os hagáis una idea de su “santorcuatitis”, os doy un par de datos: no hay brindis en mi casa que mi padre no le dedique a San Torcuato y no hay detalle de comidas, atuendos y costumbres santorcuateras que se le escape a mi madre. Además, tengo metío mu dentro el aroma de la salsa torcuatina en la que mi abuela María guisaba la ternera el día de San Torcuato, abuela en cuya familia, por cierto, había más de un Torcuato y entre cuyos miembros estaba el arcediano Juan José Valverde, a quien le debemos la letra del himno a nuestro patrón.

Guardo también la imagen de mi abuelo Sebastián acompañando a San Torcuato en las filas de la procesión, si bien ya lo había acompañado antes en la misa Pontifical, antes en el quinario y siempre en las muchas visitas que solía hacerle en su capilla de aquí, de la Catedral. Otro dato interesante es que mi abuelo Sebas le pidió la mano a mi abuela María un día de San Torcuato. Ahí queda eso.

Era inconfundible el olor que desprendían aquellas primeras habas verdes que mi abuelo Manuel nos llevaba a casa. No serían las habas más grandes ni las más bonitas, pero sí las más sabrosas de Guadix. Desde luego que entraban de lo lindo en aquellas merendolas que hacíamos en su campo, desde el que se tiene una vista preciosa de Guadix con su Catedral, su Alcazaba, sus cuevas, y la Sierra como perfecto telón de fondo. ¡Y menudos San Manueles se organizaban los unos de enero en su casa! Fiestas en las que eran imprescindibles dos cuestiones: el arroz caldoso y el conciertillo rondallero que rápidamente los comensales improvisábamos. ¡Y es que músicos no faltan en mi familia!

Y hablar de San Torcuato para mí es también ver a mi abuela Encarna sentada en primera fila en aquellos certámenes de bailes tradicionales organizados por accitanistas incondicionales -aquí veo a unos cuantos-, en los que yo participaba junto a mis compañeros de clase de la Divina Infantita, además de otros muchos grupos, como el de la Presentación de Guadix, de Benalúa, Hernán-Valle, o la rondalla Accitana o la que dirigía mi tito Pepe, siguiendo la tradición musical del tito Cándido y el tito Frasquito, fundadores de la rondalla de la Escolanía. Mis maestras también tienen parte de culpa en mi “santorcuatitis” –y esa paciencia de la Seño Lourdes de enseñarnos a bailar el “Fandango de Guadix”-.

También mis catequistas, que nos recordaban, año tras año, cómo la fe nos llegó gracias a San Torcuato y sus compañeros de viaje los Varones Apostólicos: Segundo, Indalecio, Tesifonte, Eufrasio, Cecilio y Hesiquio. Y también entonces resultaba muy frecuente escuchar en las misas cómo los sacerdotes hacían continuas referencias a San Torcuato, al que incluso dedicaban oraciones especiales.

Ésta es la transmisión que recibí de mis mayores. Vosotros estáis aquí porque también habréis tenido quienes os hayan enseñado a querer a San Torcuato. Y cada uno de vosotros tendrá imágenes, anécdotas unidas a nuestro patrón. A todos los que estamos aquí nos une el cariño a estas fiestas de Guadix de toda la vida, y la convicción de que San Torcuato, quien tanto hizo por nosotros, sigue tutelándonos desde el Cielo. Por tanto, todos nosotros, los santorcuateros de corazón, tenemos que corresponder a lo mucho que hemos recibido. Ya sea como ciudadanos o gobernantes, desde el sacerdocio, la catequesis, el colegio, como hermanos, padres, abuelos, como accitanos debemos pasar del dicho al hecho, del traje de aldeana y de un “¡Viva San Torcuato!” espontáneo, a un compromiso sostenido.

 Durante un momento del pregón

De nosotros, de todos los que estamos aquí y de los que, me consta, están aquí con el corazón, depende prender la llama en quien nunca ha sentido nada por esta fiesta y que, cuando llega el día 15, se desentiende por completo. Si lo hacemos con convicción, sabiendo por qué hacemos lo que hacemos, participar de las fiestas de San Torcuato no nos resultará ni ridículo ni pesado ni una pérdida de tiempo, sino algo muy grande y muy importante, fundamental en nuestra vida. Si ponemos el alma en lo que hacemos, nos será fácil contagiar de este entusiasmo a todos los que aún no han emprendido este viaje a la esencia de Guadix, a la esencia de esa Buena Nueva por la que San Torcuato dio su vida.

Cultivemos el orgullo torcuatero, el orgullo accitano. Que cada cual lo exprese como lo sienta: vistiendo el atuendo típico, con unas flores el día de la ofrenda, con una vela en la procesión, con una oración cuándo y dónde se desee, con un “lo que sea” que impida que caiga en el olvido. Ése sería el mayor desprecio que le podemos hacer a quien tanto hizo por nosotros. Hacen falta manos, nuestras manos, y bocas que cuenten y canten, sin complejos ni vergüenzas, que somos mu de aquí, mu de Guadix ¡y que viva San Torcuato!

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Menos es más.

Bien se puede decir que Georgie Dann cumple lo de “Menos es más”, en una interpretación, eso sí, muy sui generis del principio acuñado por el maestro de la arquitectura moderna Mies Van der Rohe. Pero, en verdad, si uno coge cualquier canción del gran Dann, rápidamente descubre que lleva a rajatabla ese mandamiento. Hagamos una prueba, por ejemplo, con la letra de “El chiringuito”, imprescindible en cualquier verbena, fiesta de cincuentones en adelante -o treintañeros en plan nostálgico- y demás ocasiones en los que se consume pachanga a tutiplén. Leamos, pues, el arranque de tan mítica canción: “Yo tengo un chiringuito/A orilla de la playa/ Lo tengo muy bonito/ Y espero que tú vayas”. Sólo estas cuatro líneas bastan para que, rápidamente, nos embarquemos en un fabuloso viaje imaginario hacia ese chiringuito que tan buenos momentos nos da en nuestros veraneos, y nos veamos con ese espetito de sardina en la mano y esa caña espumosa y fresquita en la barra, avituallamiento que nos hace más llevadero el camino de regreso a casa después de una intensa mañana de playa. Así, con poquito que Georgie nos dé, levantamos toda una arcadia feliz en un periquete.

En este primer vídeo, va un popurrí de esos que tanto gustan en las caspa-galas que la tele suele emitir en verano. Están casi todas: “El Bimbó”, “Carnaval, carnaval”, “Mami qué será lo que quiere el negro”, “El negro no puede”, “El chiringuito”, “Macumba”…

Contribuye a la cohesión social

Sí, sí, no os riaís. A las pruebas me remito. Georgie Dann ha hecho mucho bien por la salud emocional de nuestra sociedad, por apaciguar las tiranteces intergeneracionales y, por supuesto, las rencillas con la vecina quisquillosa o el primo cotilla. Y es que, que tire la primera piedra quien no haya tarareado nunca alguna de sus canciones, quien no haya bailado “El Bimbó” junto a su tía abuela en la boda de un pariente, quien no se haya tomado una copa con el raspa de la oficina mientras suena en la cena de Navidad  “La barbacoa”, quienes no se hayan dirigido sonrisas picaronas con las simplonas letras de estos temazos que dan juego al doble sentido. En suma, creo que los médicos deberían plantearse incluir en sus terapias el cancionero de Georgie Dann y recetar un par de canciones de este grande entre los grandes al día.

Siempre positivo, nunca negativo

Su enorme sonrisa -que asombrosamente mantiene mientras canta y baila-, sus movimientos torpones, sus letras desenfadadas y fáciles de aprender, se merecen la simpatía de niños y mayores. Y queridos míos, hoy las sonrisas se cotizan muyyy caras. ¿Quién no celebra que, en las fiestas del pueblo, la orquestilla interprete “La Barbacoa”? “Qué ricos los chorizos parrilleros/LOS CHORIZOS PARRILEROS/Qué ricas las salchichas a la brasa/ LAS SALCHICHAS A LA BRASA/Qué buenas las chuletas de cordero/LAS CHULETAS DE CORDERO/ Qué bueno es este vino de garrafa/ESTE VINO DE GARRAFA”. Aunque lo mejor es el remate del estribillo: “Voy echando leña al fuego/ y siguiendo con el juego./Cuando quieren darse cuenta/las parejas se calientan/y no pueden esperar”. ¡Sublime! La risoterapia debe reservarle todo un capítulo a este gran contribuidor al buen humor. Escuchar y bailar “La barbacoa” es un chute de energía positiva que limpia el mal fario de una atacada. Y, si no, haced la prueba. ¡No falla!

Un adelantado a su tiempo

Sin duda alguna, Georgie Dann acometió su particular “revolución”, subiendo a los escenarios españoles de los 70 acompañado de bailarinas de escasos vestidos. Y, ¿qué decir de esas letras picantillas? Aquí os dejo la canción de “El Africano”, popularmente conocida como “Mami qué será lo que quiere el negro”, y que ejemplifica a la perfección todo esto que os cuento.

Espíritu innovador

El “Kasatchock” lo consagró como toda una institución en cuanto a canciones del verano se refiere. Además de un adelantado a su tiempo, se encuentra en la vanguardia de la canción que se radia una y otra vez cuando calienta el sol.

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