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Archive for 27 julio 2011

Publicado en Wadi As en su edición del 22 de julio de 2011

 

Volver sobre lo andado es bueno, siempre y cuando el ayer no caiga sobre el hoy para ser reescrito. Como cuando uno tiene que hacerle hueco en la vieja estantería a los libros recién comprados, uno debe ir encajando lo nuevo que aprende en las ideas que componen el mapa personal de saberes y convicciones. Entonces sucede que uno toma conciencia de lo que merece la pena conservar y lo que hay que desechar, así como de lo que debe colocarse de otra manera. Es bueno volver, siempre que esto sirva para armarnos de argumentos con los que desfacer los futuros entuertos del camino. Ha sido un curso sobre distintos aspectos que caracterizan a Alemania, lo que me ha brindado la ocasión de participar en este más que recomendable ejercicio de salud mental. Pues conforme avanzábamos en el temario, me he percatado de los muchos “conocimientos desconocidos” que se acumulaban en mi cocorota; me refiero a esos nombres, a esos conceptos que pegamos a esos nombres, a esas fechas e hitos que creemos nítidos y suficientemente claros, pero que en verdad no están nada definidos ahí dentro, sino que más bien forman un batiburrillo. Vamos, que suenan campanas, pero uno no sabe de dónde viene el repique. Estas situaciones en las que uno se enfrenta a la triste realidad de su ignorancia nos sirven para darnos cuenta de lo mucho que hay que limpiar y ordenar en casa propia, y de lo menos que hay que afear a esa masa denominada “estudiantes universitarios españoles”, sobre la que en estos días están lloviendo –de nuevo- tantas críticas, a santo del último informe sobre el nivel intelectual de la juventud patria. Sólo cuando hayamos medianamente adecentado nuestros registros, podremos revestirnos de autoridad como para poner el grito en el cielo ante jóvenes que desconocen dónde nació Picasso, cuál es la capital de Portugal y que dudan al nombrar siquiera a dos ministros españoles. Quien esté libre de culpa…

 

Y es que engullimos mucho dato: en las cuantiosas asignaturas que hay que superar para conseguir un titulito, en los cursos que tenemos que cumplimentar para que el titulito luzca más, en los libros y revistas donde buscamos más cursos que pongan de relieve los cursos finiquitados y el titulito que pescamos hace ya unos cuantos años, en las noticias que nos llegan a todas horas y por todos los medios… aunque más que de datos, somos maestros en el arte del chascarrillo, del chapurreo entre cañita y cañita, en eso de tertuliar sobre lo que se tercie, en decir y desdecir muchas cosas, muchas veces sin pies ni cabeza. Pero soltamos cuatro fechas, tres frases célebres y nos creemos los reyes del mambo… hasta que nos llega la hora de limpiar y descubrimos un cajón desastre donde pensábamos había un estante con sus cosicas bien colocaícas. Yo me alegro de la limpieza realizada. Sin duda que me ayudará a resistir los duros envites del “no-sé-nadismo/ lo-sé-todismo” que, por desgracia, todo nos lo ensucia.

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No sé quién me dijo el otro día que las actuales abuelas no le chillan piropos a los nietos -otro rasgo genuinísimo del spanish way of life ido al traste… y ya van muchos-. Así se explica en parte ese otro asunto que prodiga en revistas de esas que te compras cuando viajas en avión, relativo a que los niños de estos tiempos modernos se crían con problemas de autoestima. Si de por sí duro y cuesta arriba resulta el día a día, sin la moral adecuadamente alimentada se hace muy difícil de superar. Y si ya no nos quedan abuelas que alaguen al personal, pues apañaos vamos. O sea que ahora más que nunca deberemos sacar de debajo de las piedras esas razones que nos demuestren que hay algo más allá de los berrinches diarios, esa motivación necesaria para engrasar la máquina de las emociones, fundamental para el funcionamiento de nuestras vidas. Con la reflexión que hoy comparto, quisiera poner mi granito de arena muy especialmente en la mano de todos aquellos pobrecitos míos no gritados con frases cariñosas por las madres de sus madres. Como la historia que hoy os cuento, hay otras muchas más prendidas en los pliegues del día, historias que te animan a pisar el freno y pensar en que esto de vivir es un camino digno de ser completado, por muchos obstáculos que tenga. Lo que hoy traigo va de máquinas, pero también del increíble potencial que guarda el ser humano. Viendo in situ en la factoría de una conocida marca de automóviles cómo trabajan los robot que conforman la cadena de producción, la verdad es que no pensé ni por un momento en ese apocalipsis cinematográfico que sitúa en el día de mañana la rebelión de las máquinas contra sus creadores de carne y hueso, sino que me dije, “¡Pero qué cabecicas más buenas han tenido quienes se han inventao algo así”. Porque la sincronización de todos y cada uno de los robot era total y absoluta: estaba uno colocando en una bandejica una pieza con las dobleces hechas, cuando otro ya la estaba cogiendo para ponerle unas arandelas y otro de mas allá tenía ya preparadas más piezas para ensamblarlas. Curiosamente estos terminators sin carcasa me han invitado a reconciliarme con el ser humano, a creer en nuestras enormes posibilidades de crear para el bien general. Somos tan lobos para con nosotros mismos, lo demostramos en tantas ocasiones, que se nos olvida lo mucho bueno que tenemos. Y es bueno recordarlo. Esto nos debe animar a sacar el talento que llevamos dentro y ponerlo al servicio de los demás. En estos tiempos sombríos hace falta exprimir esa grandeza propia de los de nuestra especie, que nos ha permitido dar pasos tan importantes en nuestra historia como descubrir remedios para tantas enfermedades o llegar a la Luna. Irónicamente de la mano de estos amasijos de cables he llegado a la conclusión de lo mucho que damos de sí cuando nos ponemos a ello.

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