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Archive for 22 septiembre 2011

Publicado en Wadi As en su edición del 9 de septiembre de 2o11

 

Ahora sí que sí. Es pasar la feria y uno da por finiquitao el verano. Atrás quedaron los pequeños excesos: que si la cañita en día de diario, las barbacoas en el jardincito, los trasnoches en fin de semana. Es oír el cohete gordo y echar el cierre de la distensión veraniega. Idos los familiares emigrantes, mermada la intensidad del tráfico en las autovías cercanas, Guadix regresa a su rutina envuelto ya en noches frescas, preludio de las que secarán jamones en invierno, y con algún que otro día nublado, medio lluvioso, que acentúa la melancolía propia de las ciudades con mucha historia –y muchas penas-. Cuesta ver en la rutina del septiembre accitano un punto de interés, pero, sin embargo, ciertamente lo tiene. Ha sido a fuerza de estar un año y otro y otro (…y) lejos de Guadix en estas fechas, cuando me he dado cuenta de cómo echo en falta esa vuelta “cada uno a lo suyo” con lo que el pueblo recibe al otoño. Mis visitas, cada vez más espaciadas, suelen coincidir con alguna festividad, y claro está que la ciudad cambia en esos días, se pone bonita cuando se siente de fiesta, dejando oculto bajo el jolgorio y el arreglo esa otra ciudad, la auténtica, silenciosa, solitaria, seca, esa ciudad que se deja ver una vez encerrado el Cascamorras en Santo Domingo. Sin duda, si tuviera que aconsejarle a alguien cuándo visitar la vieja Acci, apuntaría a estos días que ya no son de sandalia ni tampoco de abrigo de paño.

 

Atardecer en Guadix (desde el Mirador de la Magdalena)

 

La luz, aún cálida, de los días que, sin embargo, van escondiendo cada vez más antes el sol, es un buen reclamo para quien busca apresar con su objetivo ese monumento, ese rincón, ese detalle… luz que se escapa de ese candil donde los rojizos que da la arcilla de los cerros y los pardos de las hojas que empiezan a marchitarse le aporta un matiz muy especial. Pero las condiciones lumínicas son sólo un aliado del verdadero motivo, de esta tranquilidad que desprende el retorno del mochuelo a su olivo. Puede que el viajero que aparque en Guadix en este tiempo no encuentre demasiados bares abiertos ni especial animación en la calle ni muchas cosas que hacer o ver y, sin embargo, al abandonar la ciudad se marche con la extraña sensación de haberla conocido. ¿Que qué se lleva de Guadix? Esa atmósfera que empapa a quien la pasea en los días en los que Guadix vuelve a ser Guadix. Y lo mejor de todo es que si uno decide perderse por las calles de los barrios de toda la vida, también recibe la invitación a perderle la pista –por un rato- a los berrinches. Porque en ese Guadix callado, ensimismado, mustio, a uno no le queda más remedio que caminar de la mano de uno mismo, sin caretas, sin disfraces. Y, ¡ojo!, que esto no ocurre en todos los sitios. Otra razón más para mantener Guadix en la retina. Suerte de pueblo.

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