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Archive for 31 octubre 2011

Publicado en Wadi As en su edición del 28 de octubre de 2011

Da tanto calor como una manta eléctrica o una bolsa de agua caliente. Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, duerme acurrucada en mi regazo. El leve aporreo de las teclas del portátil le sirve de nana con la que echar la enésima cabezada del día. Mi bulldog francesa, Mati, es más suave que los mejores peluches. Es de pelo corto y blanco, aunque el morro y parte de sus orejas están moteados de manchitas negras. Es muy pequeña para como suelen ser los de su raza y bastante friolera. Quizás sea porque Mati tuvo problemas en sus primeros días de vida. La Guardia Civil la rescató de un criadero ilegal en el que estaba hacinada junto a otros tantos perros. Al final consiguió sobrevivir. Otros no corrieron tanta suerte. De la perrera nos la dieron enfermita y debilucha, pero con nuestro cariño poco a poco fue cogiendo salud y fuerzas. Aquellos primeros momentos en casa fueron difíciles no sólo para ella o para nosotros. Nuestro otro perro, Yoda, un carlino de año y medio entonces, la veía como una intrusa que iba a ocupar su trono de principito perruno.

Primer día de Mati en casa

Pero el tiempo fue haciendo que la fuese considerando como una más de la manada, hasta el  punto de que es rara la treta que Yoda no emprenda sin la colaboración de Mati. Hace poco descubrimos que esa especial camaradería que existe entre ambos se fragua desde la necesidad: Mati es sorda y tiene a Yoda como su lazarillo. Ahora entendemos por qué nunca acudía cuando la llamábamos o por qué ofrecía tanta resistencia a nuestras órdenes. Tremendamente sensible a los reflejos y a los movimientos, con un olfato capaz de despertarla cuando hay pienso o comida cerca, no distingue, sin embargo, sonido alguno. Le basta con estar pendiente de las reacciones de Yoda para actuar en consecuencia. El vínculo, pues, que ha entablado con nuestro carlino –trastadas compartidas aparte- conmueve sobremanera, por atisbarse cierto cariz humano donde en verdad hay mucho de instinto.

Yoda y Mati

Una historia de rasgos similares que está de actualidad en estos días, sobre un perro que sirve de guía para otro que está ciego, me devuelve a ese mismo planteamiento que suelo hacerme cuando reparo en el comportamiento de Mati a través de Yoda, y es que quizás lo que nos falla a los bípedos reinantes en la cima de la escala evolutiva tal vez sea ese componente instintivo de miembros de un todo. Tenemos demasiado de individuos alfa y poco de esto otro. Y si nos gusta saber de estas historietas es porque echamos en falta en el trato con nuestros semejantes elementos como la empatía, la comprensión o la piedad, por ejemplo, y nos alegra en el fondo pensar que, si estos perros han sacado de su repertorio instintivo ese modo de proceder, por qué no vamos a poder nosotros reinstaurar en nuestro día a día esta otra colección de valores, netamente humanos, que nos mantienen unidos a la realidad a través de los demás.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 14 de octubre de 2011

 

Se conoce que afilamos nuestro instinto de supervivencia en situaciones límite en las que vemos amenazada nuestra integridad. Sacamos de la jaula lo peor que llevamos dentro y lo soltamos para ver si, sin los grilletes del civismo necesarios –al menos, hasta ahora- para vivir en sociedad, hace algo por defender las lindes del terruño. Claros ejemplos de esto que os cuento los tenemos, por ejemplo, en el primer día de superchollos de un centro comercial, cuando reparten cosas “de gratis” y ante la puerta de embarque de los vuelos con compañías aéreas de bajo coste.

 

Viajeros ante un mostrador de facturación

 

A diferencia de los dos primeros contextos, los codazos, empujones e insultos que conforman un clímax suficientemente insoportable como para que nos veamos obligados a dejar salir a la fiera, se prolongan obra y gracia del pesado y largo proceso en el que consiste viajar de origen a destino en avión. Es la ley de la selva en estado puro. El más listillo, el más jeta, ése al que no le preocupa lo más mínimo haberse colado en tus narices, incluso haber usado su maletón como machete para ir abriéndose camino entre la gente, es el que coge antes asiento. Y lo peor es que tienes que aguantar la chulería del menda durante un buen rato. Incluso puede que te desafíe a las puertas del baño del avión, a la hora de comprar el bocata sabor a plástico de a bordo, al desembarcar… ¡será que viajar en un autobús con alas no invita a medir los egos en intimidad!

 

Quizás sea éste un caso extremo de la pérdida progresiva del trato social que padecemos, pero es que cada vez nos vemos envueltos en menos ocasiones que nos transmitan la confianza en que no todo está perdido. En tiempos de crisis se suceden episodios como el del sálvese quien pueda a la hora de embarcar con aerolíneas económicas. Repasemos un día cualquier en nuestras vidas y encontraremos miles de momentos “low cost”, de bajo coste emocional y consecuencias cortoplacistas ventajosas. No nos importa dejarnos la educación en casa si lo que queremos es lograr la mejor plaza de parking del super, aunque hayamos llegado a media mañana; apuntar al niño en el grupo de natación de mejor horario, aunque lo hagamos a un día del cierre de plazas; coger vez en la peluquería, aunque se nos haya ocurrido de un día para otro y no haya huecos disponibles. Lo más irónico del tema es que nos creemos los reyes del mambo tras soltar por la boca cuatro tacos al panoli que nos cede el paso, cuando en realidad y a su vez somos los panolis para otros que sueltan más tacos que nosotros y pisan más fuerte. Tener la sensación de superioridad, aunque sólo sea eso, una mera impresión, colma nuestro ramalazo prepotente de criatura alfa del grupo, si bien más que una jauría desbocada no seamos sino un cortejo circense que actúa por turnos, protagonizando patéticos momentos “low cost”. Y nos quedamos tan panchos.

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