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Archive for 31 diciembre 2011

Publicado en Wadi As en su edición del 30 de diciembre de 2011

 

Las Navidades están llenas de rutinas que, pese a su periódica repetición invierno tras invierno, resultan llamativas porque son compartidas por gentes de muy distinto perfil y de muy distante lugar de residencia (poco importa donde se pace si se tiene conexión a Internet). De entre todo, me parece particularmente atractivo el ritual typical spanish de las uvas con las campanadas de Nochevieja. Siempre me ha llamado mucho la atención. ¿Acaso no os da a vosotros también un poco de vértigo el pensar que, a la par que tú, otros tantos, muchos españoles están haciendo exactamente lo mismo? Esto sí es poder de convocatoria y no el de la final de la Champions o, ni mucho menos, el de unas elecciones. Con lo que nos cuesta ponernos de acuerdo para hacer casi cualquier cosa y unos cuantos martilleos bastan para congregar en torno a sí a todo hijo de vecino. Y es que, en cuanto se menta lo de tentar a la suerte con no cumplir con lo de las uvas –y con lo de brindar con algo de oro, y con lo de recibir el año vistiendo algo rojo,…-, pues ahí que está todo quisque dándolo todo, aún a riesgo de morir ahogado por los pellejos, las pepitas y el mosto que se acumulan en la boca en tan escaso espacio de tiempo. ¿Os imagináis que pudiéramos converger con tanta predisposición para otros tantos asuntos, que fuésemos todos a una en otras tantas situaciones? En plena cuenta atrás ante el comienzo de un nuevo año, os propongo reposar esta pregunta, reparar en esta cuestión. Y es que, si hemos sido capaces de instaurar como parte imprescindible de las Pascuas patrias este festejo de tan integradora vocación, también podríamos asumir como propias otras tantas causas comunes.

Somos muy dados a ahondar en lo que nos separa y poco a poner en valor lo que nos une, hasta el punto de que, cuando no encontramos por qué litigar, estamos dispuestos incluso a inventarlo. Esa voluntad segregadora como motor de nuestro día a día está tan asimilada en el código social con el que funcionamos, que no sólo actúa en nuestros círculos más externos, como el trabajo o la vecindad, sino en la propia familia. Sí, sorprende, a la par que asusta, hasta qué punto esta necesidad de meter distancia para con el otro condiciona nuestra manera de reaccionar en las más simples escenas de nuestra vida.

Esta forma de proceder habrá podido imperar en época de bonanza, pero ahora que aprieta la crisis, estamos viendo cómo esta vía no nos lleva a ningún sitio. Debemos estar a la altura de tan difíciles circunstancias y, sin esa conciencia de equipo, de unidad desde la diversidad, parece complicado afrontarlas. Estaría bien que, a ese repaso de lo hecho y lo por hacer que emprendemos cada fin de año, incorporásemos este “espíritu de las doce uvas” a modo de leitmotiv que impregnase nuestras metas para 2012. Ayudaría a invertir el signo de los tiempos.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 23 de diciembre de 2011

 

Nunca me resultaba tan pesada la mochila como aquella mañana de diciembre. Y no es que llevara más libros de la cuenta. De hecho, contenía menos bártulos que de costumbre. Era como si, en vez de una flauta dulce y una libreta con pentagramas, cargásemos con plomos. Y si corto es el trecho que separa la Divina Infantita de la iglesia de Santiago, más escaso se me hacía en ese día del que os hablo. Los nervios eran también responsables de que nos sintiéramos mu chiquiticos cuando entrábamos en el templo y veíamos a los escolares de los otros colegios arremolinados en torno a sus respectivos maestros. Cualesquiera de ellos nos parecían muy superiores a nosotros. Conforme iba pasando el tiempo e íbamos escuchando las intervenciones musicales de los distintos grupos, lográbamos, sin embargo, ir poco a poco mudando el  vértigo inicial por una más tranquila expectación, hasta el punto de que, cuando nos tocaba a nosotros, ya no nos importaba que se nos escapase más de un pito o que no hubiésemos entendido bien si una parte la teníamos o no que repetir. Escuchar villancico tras villancico quizás nos ayudaba a asumir que verdaderamente las Navidades estaban ahí, con lo que eso significaba: más rato para jugar, comidas distintas ¡y los Reyes Magos! Teníamos por delante unos días para el disfrute absoluto. Así, de aquellos inviernos en los que clausurábamos el primer trimestre con aquellos certámenes, sólo puedo recuperar el buen sabor que nos dejaban, tan intenso que, pese al paso de los años, aún resuenan en mi memoria.

 

Es curioso que, al ponerme a pensar en cuál sería la mejor postal que pudiera mandaros por Navidad, haya sido este recuerdo musical lo primero que me ha venido a la mente. Y a éste le han seguido los conciertos que distintas agrupaciones y corales accitanas ofrecen durante estas semanas, y a éste los villancicos con los que en mi casa siempre se han rematado las reuniones navideñas, y a esto aquellas serenatas de Nochebuena que aún pude conocer siendo mu niña, o el aguinaldo que iba dando la Escolanía por estos días.

 

Coro de María Briz. Navidad 2010

 

No hay duda de que la Navidad entra en Guadix hecha música.

 

Coral Sine Nomine. Navidad 2010

 

Unas Pascuas sin el componente sonoro no serían propias de aquí.

 

Coral Acyda. Navidad 2010

 

Incluso si reparamos en esas genuinas figuricas de barro de los belenes antiguos de Guadix, podemos comprobar cómo la música está presente en muchas de ellas: pues no sólo los ángeles portan trompetas, sino que los mismos pastorcillos aparecen como músicos, con sus guitarras o bandurrias a cuestas. Decir Guadix en Pascuas es también imaginarse al que más, dándolo todo con la zambomba, y al que menos pasando una y otra vez la cuchara por la superficie en relieve de la botella de anís.

 

La postal que os remito, cargada de buenos deseos para estas Navidades y para el próximo año, muestra a este Guadix que le canta sin complejos a la Navidad. Preciosa manera de acunar la buena nueva del nacimiento de Cristo.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 9 de diciembre de 2011

 

¿Qué cuento contar de estos días, cuando tan poco encanto habita en los atascos ante los centros comerciales, ante los probadores de las tiendas, incluso a la hora de pagar? Porque este cuento del nunca acabar de comprar no casa nada con esos otros que, en teoría, deberían estar leyéndose ahora y que tendrían que apartarnos por un momento al borde del camino y ayudarnos a recargar las pilas. Entre tanta factura tras la resaca consumista, tras tanto bicarbonato después de tanto atracón, no quedan ganas de ponerse nostálgico ni el corazón tiene fuerza como para latir con entusiasmo ni nuestro espíritu ánimo alguno de ejercitar sentimiento que no sea el de meterse rápido en la cama y descansar. ¿Qué nos está pasando que nos resulta dificilísimo encontrar una emoción sincera en este montón de actividades que agrupamos en estas pocas semanas? A nosotros, que tanto nos gusta ponerle titulillo a todo, nos queda grande, sin embargo, esta encomienda. Será que no seremos tan superwoman ni tan machomanes como pensamos. Será que no tenemos tan controlada nuestra vida como para ser capaces de calentarnos un poquito la cabeza y crear algo distinto a lo que el mercado ofrece prefabricado. A poco que hurguemos hallamos seguro motivos para sacar ese empuje preciso y escribir nuestros particulares cuentos de Navidad. Un beso improvisado, una convidá un día cualquiera, una comida alrededor de un perol de guiso caldoso, una sobremesa de mesa camilla y repaso de álbumes familiares, una serenata no ensayada… sobran las razones y los momentos para preparar algo con sabor propio y con suficiente intensidad como para despertar a ése que duerme dentro de nuestra carcasa de compra frenética.

 

Mi cuento de Navidad de este año va de sonrisas, de cómo una ciudad fría y lluviosa puede parecer la más cálida y entrañable cuando, a su habitual estampa, se le añaden rostros felices. Berlín, que carga a sus espaldas con un muy pesado pasado no muy lejano, tira además del lastre de la soledad del anonimato propia de las grandes capitales. Con el clima también en contra, reúne, en teoría, todos los requisitos para ser, si cabe, aún más triste en Navidades. Pero yo me agarro a las sonoras carcajadas que se dejan oír en los mercadillos de abalorios y productos típicos navideños que salpican la ciudad, para convertir en un aliciente pasear en estos días por Berlín. ¡Ay! Sonrisas que iluminan más que las bombillas de las calles. ¡Ay! Y  tan fuertes que apantallan las canciones de niños gritones que suenan por la megafonía. ¡Ay! Y tan potentes que queda en nada, como propio de una dimensión paralela, el estrés de las gentes que van de acá para allá cargadas de bolsas. Mi cuento no tiene forma de cuento ni moraleja al uso ni hay huerfanitos ni fantasmas ni hadas madrinas, pero consigue que me conmueva como lo hacía, de pequeña, cuando sujetaba con mis bracitos aquellas colecciones de relatos navideños de pasta dura que tanto me hacían soñar.

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Publicado en Wadi As en su edición del 2 de diciembre de 2011

 

En estos días se oyen ciertas palabras que están tan sobadas, tan explotadas que acaban por perder su significado. Me refiero, por ejemplo, a “magia” e “ilusión”, presentes en la mayoría de los anuncios publicitarios típicos de estas fechas, aunque ni a quien promociona los juguetes ni a quien los compra finalmente les importe lo más mínimo que, con sus respectivas acciones, se coseche magia e ilusión; uno quiere pasta y otros que sus niños no se sientan inferiores respecto al hijo del vecino. Y esto es así cuando palabras como éstas funcionan como parte de ese envoltorio de luces que nos hace darnos cuenta de que en verdad estamos en Navidad. Algo falla cuando las sensaciones tienen que ser dichas.

Pueden ser las prisas, que nos hacen echarnos en los brazos de la primera opción fácil de regalo que se nos presente; y sin duda que se coloca en una posición ventajosa ese mensaje que oímos cada mañana en la radio mientras desayunamos, o que vemos desde el autobús camino del trabajo o leemos en el faldón del periódico, y que, por supuesto, está repleto de esas bellas y rimbombantes palabras carentes de vida, pero que suenan remotamente a Navidad. No obstante, el ritmo vertiginoso de estos tiempos modernos no tiene toda la culpa de este despropósito. Es más cómodo situar el origen de los males lejos de nosotros, pero, al final, lo reconozcamos o no, tú y yo y el de más allá conformamos eso que llaman “sociedad” y cierta implicación debemos tener en esta cada vez mayor proliferación de palabras huecas incapaces de transmitir algo más, fuera de este contexto de consumismo voraz. Ahora bien. Nosotros somos parte del problema, pero también de la solución. ¿Por qué buscar fuera lo que ya llevamos dentro? Seguro que coleccionamos experiencias en nuestras vidas que nos conectan con esa fuente de energía inagotable que es la ilusión. ¿Por qué seguimos viendo en unos grandes almacenes o en unas comidas copiosas el remedio a ese vacío que nos dejan en el alma estas grandes y pesadas palabras, cuando nos sobran historias mágicas de hermosos reencuentros inesperados, de sorprendentes recuperaciones ante correosas enfermedades, de hormigueos en el estómago por una caricia o un abrazo recibidos justo cuando más lo precisábamos, de lo increíble hecho realidad? La magia, la ilusión, reducidas hoy a la compra de un móvil-todo-lo-hace o de una barbie, son mucho más y tú y yo lo sabemos porque conocemos los efectos de cambio de esas sensaciones que preñan de sentido estas palabras, emociones que corrieron por nuestras venas en su día y que con el mero recuerdo generan en nuestro cuerpo un notable bienestar. Estamos llenos de motivos como para estar devolviéndole continuamente a estas maltratadas palabras el significado que merecen. Cierto es que nos cuesta prolongar en el tiempo esa transformación que se desarrolla en nosotros. Éste es el reto que nos aguarda. ¿Pero no es mágico, acaso no ilusiona pensar que podemos hacerlo tantas veces lo queramos?

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