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Archive for 28 marzo 2012

Me acabo de acordar de él. Con frecuencia lo hago cuando estoy baja de ánimo. “Ya tú sabes…”, como diría un caribeño cuando quiere enfatizar algo que se comparte -pa lo bueno y pa lo malo- con quien se habla. Pues eso, que esta mañana, estando yo haciendo un repaso mental de lo mucho que tengo que resolver hoy, me ha dado lo que comúnmente se denomina “bajoncillo”. La niebla que cae sobre Berlín tampoco facilita las cosas, la verdad. Pero ha sido pensar en él, en cómo en cada canción derrochaba su torrente de voz, a medio camino entre el rock y la ópera, en cómo convertía el escenario en el trono desde el que reinaba teniendo como cetro un micrófono de pie, en cómo, pese a los años pasados, sigue emanando energía, como estrella que se resiste a desaparecer, y el asunto ha mejorado. Sí, deberían recetar “Don’t stop me now” o “Another one bites the dust”, por ejemplo, contra las penas esas que vienen sin haber sido invitadas. Freddie Mercury es un grande de los grandes, que tuvo la suerte de encontrar en los grandes músicos que conformaban “Queen” la horma para su zapato. Los cambios de ritmo que una misma canción alberga, los no abusivamente tediosos solos de guitarra y los acompañamientos corales que le aportaban a estas canciones un toque lírico muy peculiar, contribuyeron a fraguar la personalidad artística que de por sí Freddie traía de fábrica.

 

 

Freddie Mercury es mítico. No pasan los años por las canciones a las que él prestó su voz, pero curiosamente por él tampoco. Fijaos en este vídeo que pongo a continuación, de otra canción también “quitapenas” (“Under Pressure”) y cuando se intercalan imágenes del público con las de Freddie sobre el escenario, decidme si no parece él un alguien del presente que hubiera viajado al pasado.

 

 

“Freddie Mercury” y “Queen” suelen formar parte de mi fondo de armario musical que saco afuera cuando necesito un recargo urgente de pilas. ¡Claro que la música ayuda! La mala te taladra los oídos y te atrofia el cerebro, pero la buena, la que se reserva un hueco en el Olimpo de lo mítico musical, te da ese azucarillo necesario para tragar mejor los sinsabores que uno tiene que comerse al cabo del día. ¡Buen provecho!

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 16 de marzo de 2012

 

Todo en ella es inquietante. Su mirada perdida, su sonrisa escayolada, su capacidad para estar siempre ahí, detrás/delante de ti, mientras esperas el autobús o turno en la lavandería o en la cola del supermercado y, lo más rayante, casi en cualquier momento del día. Lo mismo te la encuentras con la primera luz del alba, que a la hora de la siesta o a la del cierre del comercio. Hasta la fecha no puedo acreditar que esta señora se manifieste con la noche bien metía, pero es que de ser así, alguien ya se habría infartado. Y digo “te la encuentras” y no “te la cruzas” porque rara vez la he visto en movimiento. Es más bien un pequeño y enjuto ser estático con el que te topas de repente y ante lo que debes reprimir el correspondiente gritito de susto que tal aparición provoca, quizás con un “Guten Tag!” apresurado que te salve de hacer el ridículo -¿cómo uno puede tenerle miedo a una inocente viejecita?-. Pero ella no responde. Se limita a mantener la hierática posición que la caracteriza; como mucho, hace una ligera inclinación, indicio quizás de que corresponde tu amable saludo, hábito extraño por estos lares. No sé si serán las profundas arrugas que surcan su cara o esas gafas enormes que descansan, sin embargo, sobre una enana nariz, o si es este marzo ventoso y frío y de cielos eternamente encapotados lo que me lleva a acentuar los perfiles siniestros de este curioso personaje que se prodiga por el vecindario. Pero no exagero ni un ápice si os digo que es esa mujer la que de alguna manera está presente en esa clase de sueños malos con los que a veces se nos castiga. Sí, es ella, bien en su conjunto o bien alguno de sus parcos gestos o alguna peculiaridad de su fisonomía, la que en mis pesadillas acecha en la sombra esperando darme alcance. Durante mis años de niña chica fue la figura del afilador, más bien el sonido de su silbato, el que concretaba en mi universo onírico mis mayores temores. Después vinieron el “hombre del saco” y el “tío mantequero” para “animar” mis siestas de verano –aunque en esto no estaba sola; ¿quién no ha sido amenazado por su abuela con este bulo?-. Luego hubo un parón –o, si hubo bute, éste fue incapaz de resistir el envite del olvido-, hasta que empecé a trabajar y entonces comenzaron a colarse en mis sueños las voces de los jefes y las presiones de las tareas pendientes. Ahora, a los treinta y pocos, me asusto de una solitaria anciana que vive en mi barrio. ¡Qué le vamos a hacer! Al menos sé en quién se inspira mi subconsciente para dibujar al monstruo que me desvela al sorprenderlo tras la cortina del baño o debajo de la cama o tras la puerta del armario. Al fin y al cabo, todo forma parte de uno. Tan sólo hay que aprender a vivir con ello.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del viernes 9 de marzo de 2012

 

Hace ya casi una década de aquello y aún puedo sentir, como si estuviese ocurriendo en este preciso momento, aquel escalofrío que me causó el silencio que se hizo cuando terminé de entrevistar a la esposa de una de las 191 personas que murieron en los atentados del 11 de marzo. Entre ella y yo sólo quedó un profundo, insalvable silencio que ni ella, que acababa de ponerle palabras al sufrimiento, ni yo, que las había puesto por escrito en mi cuaderno de notas, estábamos dispuestas a romper. Tal vez ella se viera incapaz de añadir más que muchas, muchísimas lágrimas más para expresar su duelo por la pérdida de su marido, con el que hasta hacía apenas 72 horas había estado compartiendo desayuno y sueños. Yo, desde luego, no estaba por la labor de intentar aliviar su desconsuelo con algún cumplido de manual.

 

Aquello fue muy bestia. Aquel 11-M hizo que Madrid durante unos días significara matanza, muerte. Madrid, con su trajín diario, con sus atascos incluso de madrugada recibió un mazazo que lo mantuvo sumido en una pena que consiguió enmudecer a esa masa ingente de gentes variopintas que la forman. Fue tan intenso el impacto que cuando uno, por lo que sea, trae a la mente aquella fecha, puede recuperar, pese al paso del tiempo y el peso del olvido, buena parte de todo aquello. Para algunos de los que se empaparon de aquel trágico Madrid quizás pensar en el 11-M les suponga revivir el bullir de periodistas, familiares y médicos en los pasillos de los hospitales. Tal vez otros se queden con las sirenas incesantes de la policía y las ambulancias, y otros puede que tengan como postal sonora de aquel día la melodía del móvil de uno y del otro y del otro, que estuvimos recibiendo llamadas durante horas de parte de nuestros seres queridos, deseosos de comprobar que no estábamos en esos trenes. Para mí el 11-M es, sobre todo, un 11-Mudo, inundado de silencios como el que se abrió entre yo y aquella mujer. Las víctimas dejaron tras de sí silencio, tamaño hueco que no suplen esos homenajes oficiales con discursos predispuestos para la confrontación entre partidos políticos. Permanecer en silencio nos conduce de lleno a ese lugar donde moran aquellos a los que les han quitado la voz y la oportunidad de vivir y en ese silencio podremos más fácilmente recordar de lado de quién estamos y que ya sea de una manera o de otra, pero no podemos consentir más silencios de estos. La ausencia también habla y logra dañar nuestros oídos acostumbrados al ruido y nos acaba desconcertando, agobiando en extremo. No deja indiferente, no. En especial aquella ausencia y aquel silencio del 11-Madrid mustio viene en mi busca cada 11 de marzo. La dejo estar y la respeto, aunque no pueda dejar de importunarla con esos mismos impotentes porqués que salieron aquellos días de la boca de los familiares de las víctimas. Y es que la herida sigue sangrando.

 

Lazo de luto

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Michael Jackson

Yo nunca he sido mitómana. Tengo cedés de cantantes cuya vida personal me repele. Que no. Que nunca he sido partidaria de crear en torno a los artistas esa aureola de místicos laicos que los llevan a los altares del reconocimiento social, creando una especie de inmunidad que los habilitan para justificar sus caprichos, sus rabietas, sus faltas de educación. Sin embargo, la vida me ha dado pruebas de que el artista anteriormente conocido en España como “Er Maiquel Yason”, que pasó a ser llamado “Maicol Yekson” tras su muerte, merece el apelativo de “mítico” y, por tanto, la constitución de toda una excepción a la regla que tan a raja tabla yo había cumplido. Y es que hoy me he dado cuenta de que diferentes canciones del Rey del Pop han estado presentes en momentos de cierta significación en mi vida. En esto he tenido entretenidas mis neuronas mientras esperaba turno en el dentista. Hoy ha sido mi primera visita a una clínica dental desde que vivo en Alemania y ¿quién sonaba en la radio momentos antes de ser llamada a la consulta? Pues el mítico Maiquel con su “Beat it”.

Él también se dejó caer minutos antes de la segunda tanda de exámenes de Selectividad. Recuerdo que “I just can’t stop loving you” sonaba en la radio del coche del hermano de una amiga, que nos acercó hasta el centro de exámenes.

Había estado ya presente en otro momentazo académico, que fue cuando, junto a unas compañeras de clase, preparamos una coreografía para Educación Física con la canción “Black or White”, que fue valorada con el único sobresaliente que coseché en esta asignatura en el instituto. ¡No veáis cómo me subió la moral aquel bailecito!

Maiquel por supuestísimo que formaba parte de los cantantes cuyos vídeos musicales iba recopilando en una cinta VHS y que grababa cuando los echaban por televisión. Recuerdo que, cuando conseguí pillar, casi completo, el vídeo de “Thriller”, no dejaba de ponerlo, porque con ello asustaba a mi hermana Inma (en verdad no era la única, porque yo iba de valiente, pero a mí también me daba miedecillo).

A lo tonto, Maiquel, con su voz a ratos convertida en grititos, se ha colado en la banda sonora de mi vida. Sí, queridas y queridos, el excéntrico de piel cuasi traslúcida, ese mismo que se echaba la mano a la huevera en sus bailes, ése que incorporó la mascarilla antimicrobiana como parte de su vestuario, le ha puesto música a algunas de mis vivencias.

Probablemente la anestesia tenga cierta culpa en esta nota al margen que ya estoy presta a rematar y me haya llevado a exagerar los contornos de mis pensamientos respecto a Maiquel, haciéndolos merecedores de un pequeño espacio en el blog. Sea como fuere, ahí quedan y aquí los comparto. ¡Larga vida al Rey!

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