Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 25 abril 2012

Publicado en Wadi As en su edición del 20 de abril de 2012

 

Tómense, mis queridos paisanos, este relato no como muestra del “todo vale” que rige hoy día cualquier tema, sino más bien como signo de la grandeza de las pequeñas, sencillas cosas que suceden a nuestro alrededor y que encierran, sin embargo, un rico e inmenso “esto y todo lo contrario”. El que algo pueda ser blanco y negro a la vez, que pueda reunir en sí la esencia de tan antagónicas posiciones, no pretendo venga a encrespar las ya turbulentas aguas en las que navegamos en estos tiempos modernos, donde la regla es que no hay reglas. No voy por ahí, sino más bien al encuentro de esa vida corriente que nos empeñamos en adornar con problemas prefabricados para darle un toque de sofisticación. Ese juego que nos entretiene de “buenos” (los míos) vs. “malos” (esos/aquellos), simplón y todo lo que queráis, pero muy arraigado en nuestra manera de juzgar lo que nos pasa, no se debería en verdad poder aplicar casi nunca porque, si nos paramos a pensar, hasta la más nimia situación, la más intrascendente vivencia es difícil de definir con una única palabra, bajo un mismo cartelito.

 

Como ejemplo, sirva lo que me encontré el otro día de camino al veterinario. Cuando paseo con los perros, voy más pendiente del suelo que de otro asunto, por lo que me fue relativamente fácil detectar una extraña presencia en el aspecto habitual de la acera berlinesa: en cacas de perro secas alguien había hincado banderitas, cada cual con un mensaje distinto escrito a mano y siguiendo un diseño diferente, pero todas con la sola intención de denunciar la desidia de algunos dueños para con los excrementos de sus mascotas. ¿Tendríamos que reconocerle al autor el mérito de expresar su queja de una forma creativa? ¿O debería preocuparnos el hecho de que haya personas con tanto tiempo libre como para reparar en si en los parterres han defecado perros o no? Pues no lo sé, porque me lleva a la vez hacia ambos planteamientos.

 

Uno de los carteles reivindicativos. "Berlin, Kack Stadt" ("Berlín, ciudad de caca")

 

 

Tampoco tengo claro si ruborizarme y/o si acaso sentir ternura y/o tal vez ir barajando cambiar de distrito por miedo a una inminente cadena de asesinatos, ante la experiencia a pie de calle que ahora os cuento. Estaba paseando por el barrio, cuando no pude sino frenar en seco para contemplar con detenimiento la decoración de un jardín. ¿Que por qué me sorprendió, cuando otros tantos también estaban engalanados, como es típico en época de Pascua? La pregunta es más bien: ¿cómo evitar no fijarse? No sólo era por las recargadas casitas para pájaros que bordeaban la superficie de césped disponible o por la barbaridad de figuras, de todo tipo y tamaño, que atiborraban tan limitado espacio, sino por la organización de todos estos elementos: delante de una especie de pesebre de madera lleno de peluches, había otros tantos alineados mirando al frente, junto a más muñecos y estatuillas cerámicas. ¿Entrañable o diabólico? ¿Y por qué no las dos cosas? Berlín, Berlín, ¡cuánto aprendo de ti!

 

Jardín adornado con motivo de la Pascua

 

Read Full Post »

Publicado en Wadi As en su edición del 13 de abril de 2012

 

Definitivamente aquí el personal está hecho de otra pasta y aguanta el ritmo vertiginoso que el tiempo gasta por estos lares. Conclusión: que una, nacida bajo un sol que alumbra aconteceres cocidos poco a poco, se siente de continuo fuera de juego. Porque aquí en Berlín no sólo aprendo al día una cantidad determinada de palabras en este idioma tan bonico, sino a moverme bajo unas coordenadas raras y ajenas a mi GPS personal, del cual preciso en todo momento que me recalcule ruta. Esto es, el marco que yo traía de fábrica, el bagaje adquirido durante mis treintaypocos no me sirve para afrontar lo nuevo que sucede, y a qué velocidades. La adaptación al medio no me está resultando, verdaderamente, tan progresiva y paulatina como se habría deseado –no seamos ilusos, una cosa es lo que uno se figura y otra distinta lo que pasa-. Pero esto, que hasta hace poco me generaba cierto agobio, me confiere de alguna manera una categoría de observador en tierra de nadie, como un bichejo en su fase intermedia de metamorfosis, ni de allí donde pertenecí ni de aquí donde no acabo de instalarme. Así que prefiero vivir en esta posición predispuesta a la sorpresa que a residir en la angustia de la nostalgia o el desarraigo. Mero mecanismo de supervivencia. Y, desde esta perspectiva, es desde la que afirmo que es propio de aquí, al menos de los berlineses, al menos de aquellos con los que he tenido la oportunidad de interaccionar en mi año y medio de estancia en la capital alemana, quedar siempre por delante de uno.

 

Este modus operandi, que yo enmarco en ese desenfreno en el que se vive, se puede aplicar casi a cualquier contexto: ahí están, acelerando el paso en el portal para llegar antes que tú al ascensor, cogerlo y no tener que compartir viaje contigo; o corriendo por los pasillos del super para alcanzar la caja antes que tú; o no respetando la cola para subir al autobús o entrar en el vagón del metro por delante de ti, pese a que ya llevabas un buen rato más que él/ella esperando; o sobreactuando mientras se está en clase de gimnasia, con ejecuciones perfectas e ininterrumpidas de los ejercicios; o extremando las sonrisas en días soleados y las caras largas en los nublados. Sea como fuere, tienen la gran habilidad de quedar ellos en una situación ventajosa respecto a ti. No es cuestión de echarle jeta al asunto y de ponerse a dar pisotones y codazos a cascoporro, sino más bien de asumir que aquí los modales, incluso ante las más nimias situaciones de la vida diaria, están subyugados al pulso tiránico del tiempo. El que no corre, vuela. ¡Claro!,  ¿qué se puede esperar de un sitio en el que los trenes y autobuses parten en un minuto concreto, pese a que no se haya completado el pasaje? Berlín no sólo significa para mí museos, parques, restaurantes exóticos: está siendo, sin duda,  una trepidante experiencia.

Read Full Post »

Ilusa

Publicado en Wadi As en su edición del 30 de marzo de 2012

 

Creía que habíamos cambiado. Pensaba, ilusa de mí, que estaba cerca el día en el que los viejos hábitos serían finalmente sustituidos por nuevas maneras. Pero cuando vi, pegado en una de las paredes del ascensor, un nuevo pósit escrito con esa misma letra ladeada en boli azul, dejé de creer en eso que se dice de que no es del todo imposible invertir una tendencia que se perpetúa desde no se sabe cuándo. Si es que somos animales de costumbres y sacarnos del “sota-caballo-rey” es harto costoso…

 

¿Para qué resolver hablando “de tú a tú” lo que puede exhibirse cara a la galería a través de pósits anónimos en la escalera? Este cobarde intercambio de mensajes en notitas expuestas en los sitios más visibles del portal es lo más similar a una vía de comunicación que existe entre los inquilinos del bloque donde vivo en Berlín. ¿Que están molestos porque el bebé de tal vivienda hace ruido con el tacatá? ¿Que no les gusta a sus señorías la presencia de perros? ¡Nota al canto! Eso sí, no recibirás de ellos ningún “Guten Morgen!/ ¡Buenos días!”, con mucha suerte, una leve inclinación de cabeza tras el saludo que, en los comienzos, dabas con mucho gusto y que, por amor propio, cada vez más vas evitando.

 

El caso es que tampoco puedo culpar a todo el vecindario de este ortopédico sistema pues, como antes avanzaba, la grafía de la letra es siempre la misma. Además, sus censoras advertencias están redactadas con el mismo ramalazo irónico. Sospechaba que la autora de tan chispeantes letrillas era una chica parca en modales que ya se mudó a otro piso. Puesto que la ausencia de pósits había coincidido más o menos con su marcha, deduje que ella podría haber sido la poeta encubierta de mi vecindad. Asimismo, -ahora, a la vista de los hechos, creo que más fruto de la sugestión o de ese genuino instinto humano de ver un resquicio de esperanza aún en las más aciagas situaciones- me había parecido detectar en los vecinos un ápice de mejoría en el trato social. Pero todo era una vaga ilusión. Ilusa, ¡ilusa! Ahí estaba, de nuevo, el dichoso papelito amarillo, sobre el que al poco otro sujeto, también anónimamente, escribió una adenda no especialmente educada. Que sí, que tenemos querencia a lo de tirar la piedra y esconder la mano, a insultar desde el anonimato, y que esta añeja inquina se vale -¡faltaría más!- de las nuevas plataformas de comunicación, como los chats y foros de Internet, o la posibilidad de comentar noticias en diarios digitales o la de crear perfiles falsos en redes sociales. Pero cuando este mal rollo se respira en el mundo real, no en el virtual, el recelo que se condensa en el ambiente no resulta nada agradable. Os aseguro que cruzarte en las escaleras con algún/a vecino/a y preguntarte pa’ tus adentros si acaso no será él/ella el/la de los pósits, no facilita en absoluto la integración en tierra extraña.

Read Full Post »

Publicado en Wadi As en su edición del 4 de abril de 2012

 

Cuando, la otra tarde, hundía una y otra vez mis dedos en la tierna masa de los pestiños, no podía sino sentirme afortunada, en cierta manera poderosa al saberme poseedora de una añeja receta heredada de generación en generación. Cuando una repara en que el ritual de ir mezclando aceite, vino y anís con la harina que se vaya aceptando, lo han seguido antes otras muchas personas a lo largo de los años, quizás siglos, más que cocinillas una se ve como una hechicera preparando sus pócimas mágicas en el pretérito Medievo. Tener entre mis manos un libro voluminoso también me transporta a tiempos pasados, en los que el e-book o el iPad eran pura ciencia ficción. En este supuesto, es el tacto el sentido que también define el rito de sentarse a leer: ¿acaso no resulta placentero deslizar los dedos sobre la página hasta alcanzar la parte superior y pasar a la siguiente? Tocar nos sirve de marco para conocer y reconocer el mundo en el que nos movemos. Al menos, hasta ahora así ha sido. El tacto es, sin duda, el sentido más perjudicado en la era digital, en la que lo intangible se nos vende como santo y seña de lo que nos toca vivir.

La lavandería de mi barrio berlinés en la que suelo hacer la colada me ha vuelto a dar la pista de lo que en verdad se mueve ahí afuera. En esta ocasión, ésta mi particular ventana a la realidad me ha permitido cerciorarme de lo arcaico de mis prácticas en pleno reinado de lo virtual. Os pongo en situación. Domingo. Nueve de la noche. Lavandería sorprendentemente hasta la bandera. Que si secadoras a toda máquina, lavadoras ocupadas casi en su totalidad. Gentes de acá para allá, ora echando el detergente, ora el suavizante. Sin embargo, silencio. Por aquí no son dados a la conversación a las primeras de cambio. Yo estaba, sentada en un banco, esperando para recoger mi ropa. Junto a mí había dos muchachos que sí que estaban hablando entre ellos, pero no usando la voz, sino a través de alguna red social/aplicación. No, no, tal surrealismo no podía ser cierto. Les volví a mirar de reojo una y otra vez, para asegurarme de lo que efectivamente estaban haciendo. Y sí, sí, ahí que estaban mensajeándose con sus smartphones. Pensé que quizás habían recurrido a este sistema porque estaban “hablando” de alguno de los allí presentes, pero en todo el rato que estuve allí no intercambiaron palabra ni mirada alguna con nadie. Sus ojos estaban pegados a las pantallas. Pensé que igual estarían participando en algún foro o chat con más gente, pero seguían siempre el mismo patrón: uno escribía, el otro esperaba, y viceversa. Como un troglodita volando en avión. Así me sentí yo de desubicada ayer noche. Aunque con perfil en varias redes sociales, aunque con blog propio, no me veo pasajera del mismo tren en el que estos chicos viajan. Y me alegro. ¡Viva el toqueteo prehistórico!

Read Full Post »