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Archive for 25 junio 2012

Publicado en Wadi As en su edición del 22 de junio de 2012

 

“Si es que parece que corriesen a cámara lenta. Si es que, en vez de un balón, es como si dieran patadas a una bola de piedra. Si es que ay qué ver Del Bosque, cuchi qué cambios hace. Que sí, que hemos pasado a cuartos como primeros de grupo, pero…”. ¡Ay, ese “pero” que siempre le ponemos a todo!

Sorprende lo poquito que tiene que aflojarse el asunto para que sustituyamos la ilusión por el reproche: sólo hay que oír a los comentaristas de los partidos, desatadamente eufóricos, y ver la de souvenirs que se amontonan en las tiendas de veinte duros, pero pasamos de ronda y el ambiente es de velatorio. ¿Cómo se explica esta hinchada desinflada?

Quizás se deba a que nos cansamos pronto de las cosas, a que nos puede la impaciencia. Nos entusiasmamos a igual velocidad con la que nos decepcionamos. Destronamos sin piedad al ídolo encumbrado en cuanto baja el nivel. Será por la llamada “pasión latina” que nos lleva a actuar por impulsos: lo que no se ve rápida y fácilmente, no se quiere. No somos fuertes en esto de perseverar, máxime en un ámbito donde uno descarga tanto de uno, haciendo de la victoria o la derrota algo personal, como es el deporte de masas.

Véase el caso de Fernando Alonso: empezó a ganar y de repente to hijo de vecino era un experto conocedor de la Fórmula 1; comenzó a pinchar y tan enfervorizados seguidores fueron a menos. Sólo volverán si este año se hace con el título. Nada que ver, por ejemplo, con la afición irlandesa. ¡Cómo se desgañitaban los mendas aun habiendo encajado los cuatro goles de España! Y mientras ellos cantaban con ánimo festivo, en radios y televisiones españolas sólo se escuchaban mensajes tales como que era lo suyo que España venciera a Irlanda. ¿Cómo que lo suyo? ¿A qué viene tanta soberbia?

¡Qué poco hemos aprendido de la Roja! Porque no sólo nos ha brindado una Eurocopa y un Mundial. Cortos nos quedamos si pensamos únicamente en los trofeos. Bien agradecidos les tendríamos que estar por haber dado tamaña lección de fútbol, según la cual la humildad, el respeto al adversario y el juego limpio no tienen por qué entrar en colisión con la sed de goles. Es hora de que apreciemos el trabajo de este equipo. No debería mermar nuestra alabanza el que no pueda reeditarse el éxito en el campo –lo que todavía no sabemos-. Valoremos, en cambio, el esfuerzo, lo mucho que cuesta sacar las cosas adelante, que hasta los campeones sufren.

Tal vez los que no estemos dando el do de pecho seamos nosotros, los de la banderita de quita y pon, que, con tanto critiqueo, con tan patético orgullo, nos creemos reyes cuando no somos sino peones. ¡Y a mucha honra! Pico y pala, santo y seña de nuestra selección, y menos aires de grandeza, es lo más útil en estos tiempos en los que la crisis se conjuga en presente continuo.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 15 de junio de 2012

 

Uno no sabe muy bien cómo llega la lágrima a la mejilla, cómo la garganta se anuda hasta impedir apenas tragar saliva, cómo el alma vuela rumbo a aquel sitio donde empezó a latir. Es una mezcla de alegría por el reencuentro con tan gratas sensaciones y de tristeza por verse uno obligado a exprimirlas recurriendo a recuerdos en los que la realidad y el anhelo se confunden, dando lugar a una acuarela donde las figuras y las formas se diluyen, donde se intuyen aromas y sabores. Eso que llaman la nostalgia del emigrante, expatriado, turista eventual en el extranjero o como quiera que sea el titulillo que uno elige para sí, viene cuando uno menos se lo espera: puede ser por algo explícito como el hecho de ver en alguna red social fotos del pueblo, o por un extraño mecanismo mental, que te conduce a tararear así, sin más, el estribillo de una copla que le oías cantar a tu abuela.

 

 

El caso es que, de repente, uno siente la imperiosa necesidad de ese olor a bollos y rosquillas de aceite recién horneados; de apurar el regusto que deja en la boca una buena torta de chicharrones; de recibir ese sol seco y generoso que no se olvida de brillar y calentar incluso en invierno y que permite poder tomar una caña en una terraza en pleno mes de diciembre; de escuchar el silencio que se abre a la hora de la siesta, sólo interrumpido por el reloj de la catedral; de contemplar ese bello contraste que crea lo rojo arcilla, lo blanco sierra y lo azul cielo, paleta de color con la que se pinta el lienzo de Guadix. Y sí, al final acaba uno viajando a su patria, a casa. Y sí, en mi caso Guadix termina colándose entre esas palabrejas alemanas casi impronunciables cuyo aprendizaje ocupa gran parte de mi tiempo, entre tanto nuevo y distinto y curioso que me sucede en esta ciudad con tanta cosa que es Berlín, entre lo diverso y variopinto que compone el reto de superar el día a día.

 

De esto uno no se hace una idea hasta que no le pasa. Por eso, por mucho que yo ponga aquí por escrito las palabras no llevarán la misma fuerza si todo esto no se ha vivido en carne propia. Quien no ha salido del pueblo más que para ir de papeleo a Granada o a bañarse en el Zapillo no entenderá en verdad este sinsentido con el que hoy titulo estas líneas, pero quien allá en Inglaterra, la India, Japón (…) ha comprobado el efecto de la ausencia prolongada, coincidirá conmigo en el toque agridulce de este arrebato que deja el cuerpo raro, raro, raro. Los que estamos fuera no contamos con un plus de accitanismo sobre los que aman a Guadix desde dentro. En absoluto. Pero hay emociones que solamente se pueden disfrutar/padecer en/desde la distancia. Como éste tener el corazón contento lleno de pena cuando uno piensa/sueña Guadix.

 

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