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Archive for 26 julio 2012

Publicado en Wadi As en su edición del 20 de julio de 2012

 

Allí, arriba. Me gusta mirar hacia allí arriba, hacia el cielo, perder la vista en su lienzo de claros y nubes. Me relaja y, a la vez, me trae recuerdos de cuando, años atrás, hablaba durante el recreo con mis compis de colegio, de instituto sobre qué sería de nosotros en el futuro –ya nuestro pasado, nuestro presente-, preguntas que lanzábamos al aire al hilo del rastro que dejan los aviones tras de sí allí, arriba. Porque, quizás, con fijarnos en esos surcos blanquecinos sobre el azul inmaculado que cubre Guadix, queríamos inconscientemente leer las líneas del porvenir como si estuvieran escritas allí, arriba.

 

Desde entonces se han caído muchas hojas, se han marchitado muchos de aquellos planes intuidos en el cielo. Pero no todo en esta maduración que supone el paso al mundo adulto está pintado con colores pardos. La lluvia no es siempre de tormenta, no tiene por qué arramblar siempre con todo, con tanto anhelado. También están esas otras gotitas que van calando, que riegan con suavidad, agua que empapa poco a poco y que ayuda a que arraiguen proyectos que sembramos en su día. Es inevitable que, conforme uno sopla las velas de más y más tartas, piense en la nostalgia como la vía más idónea por la que desfogar las penas en horas bajas. ¡Claro que pasan los años! No hay más que sintonizar la radio y comprobar cómo aquellas canciones que entonces eran números uno en los programas de moda, ahora suenan en insufrible bucle en esas cadenas que se nutren de temas añejos. ¡Claro que nuestro cuerpo no está igual que antaño! Vemos cómo las venas de nuestras piernas están más marcadas, cómo lo que sigue al ojo no es la raya del eyeliner, sino arrugas hechas por la propia piel. Descubrimos ya en nuestro cabello algunas canas y en nuestros muslos, unos hoyuelos nada favorecedores. Y sí, esos plieguecitos que antes sólo se formaban cuando nos sentábamos, están ya presentes incluso de pie. Y aquellos con los que compartíamos cotillón de Nochevieja han cambiado el collar hawaiano por el babero. Sí, el tiempo no perdona y no puede detenerse ni en aquellas Pascuas de la infancia ni en aquel verano memorable ni en aquella fantástica feria. Pero no debemos permitir que se apaguen esas ganas de continuar quizás esperando respuestas, o simplemente de hallar descanso -como es mi caso-, entregándonos a ese cielo inmenso de allí arriba. Y seguir elucubrando sobre los días que vendrán dejándonos guiar por ese caminito de los aviones. Y levantar con ellos el vuelo hacia nuestras metas y mantener nuestras expectativas allí, bien arriba, con el mismo ímpetu con el que coleccionábamos sueños junto a nuestros colegas de pupitre. Pues la fruta, cuando está madura, es cuando mejor sabe y, ahora que nos encontramos cerca de emprender esa nueva fase de nuestra vida, muy al contrario de la decadencia que aparenta acarrear, es cuando más alto y más lejos podemos ir. Aún, con tantas cosas por hacer.

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Publicado en Wadi As en su edición del 29 de junio de 2012

 

Últimamente todo lo que empieza por “euro” me suena a chiste de mal gusto: Europa, Euro,  Eurovisión y faltaba para completar tan patética colección de humor negro el proyecto de Eurovegas, ese macrocomplejo de casinos y hoteles que, según el magnate promotor de la cosa Sheldon Adelson, no sólo le solucionará la papeleta a los pobreticos españolitos, sino que será capaz hasta de reflotar la maltrecha economía del Eurogrupo. Sólo en un contexto de profundísima crisis en lo monetario y en lo moral como la actual se puede entender la genuflexión de Madrid y Cataluña, principales candidatas a albergar la réplica hispana de Las Vegas, ante su ilustrísima. Muy mal debe estar –y lo está- el patio como para pensar que la salvación está en el vicio, cuán mayúscula la decadencia para que haya pelea por ver quién se hace con la chicha de las tragaperras –que no vendrá sola, sino del brazo del hampa y la prostitución y…-. Los gerifaltes de uno y otro sitio se deshacen en halagos hacia el proyecto, al que, ante la ausencia de ideas propias, ven como la única agua de mayo que palíe la sed de empleo de sus respectivas regiones. Carentes de pericia para hacer de lo menos más, están por el contrario por la labor de entregar su alma a este diablo sin cuernos pero con pasta pa aburrir, al que le aseguran darán tanto como desee, si devuelve las grúas y el cemento a sus solitarios solares –cuán rápido se nos han olvidado los lodos traídos por los polvos del ladrillo-, desde casi regalarle los terrenos hasta cambiar las normativas que sea preciso para adecuarse a los requisitos por él impuestos. ¿Que para tener Eurovegas hay que modificar la ley del tabaco, eliminar trabas inmobiliarias, liberar de ciertas imposiciones fiscales a los centros de juego y comprometerse a no hurgar demasiado en las condiciones de contratación del personal? Pues se hace y chimpún. Sería difícil decidir quién, Cataluña o Madrid, ha dado mayores muestras de servilismo, porque podría decirse que en esto están en empate técnico. Imposible mayor peloteo. Así lo leemos en la prensa, que no hay día que no recoja algún movimiento y/o declaración del sheriff de la ruleta. Es lo que tiene estar montado en el dólar y hacer tamañas promesas ante un público ansioso y entregado…

 

Esto sólo puede interpretarse –insisto- desde la desesperación absoluta en la que nos hallamos, porque a poco que uno recapacite, comienza a hacerse preguntas, como si con esta crisis habrá clientes suficientes como para rentabilizar semejante oferta de juego. Habrá quien me responda que eso da igual, pues ese presunto problema vendrá después de que las hormigoneras hayan vuelto, después de que se haya fichado a gente para el resort, después de que se hayan hecho reservas de habitaciones. ¡Menudo consuelo! Y será entonces, en ese después incómodo e implanteable hoy, cuando lamentaremos haber accedido, por enésima vez, a gravitar en torno a una burbuja de falso crecimiento. ¡Cómo semos!

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Publicado en Wadi As en su edición del 6 de julio de 2012

 

Con el verano llegan los incendios, por desgracia. Y el calorín, los mosquitos y las medusicas que gafan los pocos días de descanso playero que el bolsillo más afortunado puede pagar. Acuden al paso, más bien, lo impiden, los atascos ya da igual a las puertas de qué ciudad; pues se espera que tales concentraciones de tráfico se registren a la entrada y salida de las metrópolis o en zonas costeras masificadas, pero van tan lenticas las obras en las carreteras, van tan rapidicos algunos coches -que, con sus continuos cambios de carril, entorpecen la conducción-, que hasta para acceder a la más remota villa uno se las ve y se las desea. Pero hay también otros hechos, muy propios de estas fechas, que no por no obtener grandes titulares en prensa, dejan de merecer importancia. Para muchos los perros, esos peluches animados dispuestos 24-horas a agradar al dueño, sobran en verano. Estos que en Navidades llegaron como regalo con lacito rojo, se convierten en una molestia cuando toca decidir destino de vacaciones y, ¡claro!, ellos no encajan en el plan de viaje. El abandono, ya sea en un parque lejos de la casa, en la cuneta, en una gasolinera, en un campo cualquiera, es la opción para quienes el calentón del capricho de mascota ha trocado en incapacidad para asumir la responsabilidad de cuidarla. Esto no es una leyenda urbana ni un incidente puntual. Basta informarse en cualquier sociedad protectora de animales para saber sobre el incremento en estos meses de sobre todo perros dejados a su suerte por sus “familias humanas”. Me cuesta creer que haya razones para ello, pues siempre existen soluciones posibles antes que el portazo, cualquier vía antes que romper ese vínculo de lealtad amo-perro que se forma desde el primer intercambio de miradas, la primera caricia, la primera foto, la primera directriz enseñada/aprendida, el primer juguetito mordisqueado, la primera correa, el primer paseo, la primera consulta del veterinario, el primer encuentro con otros perros, la primera pirueta, la primera visita a urgencias a las tantas de la noche, el primer cumpleaños… hay tantos primeros momentos con ellos vividos, unos buenos y otros no tanto, pero todos intensos, imposibles de pasar desapercibidos, que en principio deberían bastar para fraguar esa unión que, en teoría, tendría que ser suficiente para aguantar las pejigueras que conlleva tener perro. Claro que cuando hay intereses por encima de ese llámenlo cariño, apego, simpatía, respeto, pues nada de lo anterior tiene valor y poco de lo que venga después tendrá sentido. Dudo poder llegar con estas palabras a quienes nunca han convivido con un perro, pero a los que sí habéis disfrutado/ disfrutáis de este cariño, apego, simpatía, respeto por ellos, pensad en lo importantes que sois a la hora de dar un consejo a tiempo a quien duda en hacerse con uno, porque quizás ayudar a tomar conciencia de los pros y contras en el instante preciso, pueda evitar tan tristes desenlaces para los mejores amigos del ser humano.

 

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