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Archive for 13 agosto 2012

Y yo que llegué hace un rato de casualidad al vídeoclip de “Sweet Dreams”, el tema de los Eurythmics que versionó a su manera siniestra -como no podía ser de otra forma viniendo de quien viene- Marilyn Manson, resulta que acabo de caer en la tremenda similitud entre este ser a mitad camino entre monstruo, disfraz y hombre/mujer, y la “Niña Medeiros”, encargada de sembrar el terror en la saga de “REC”.

 

Bueno, aquí os dejo el vídeo musical y la foto de la niña dichosica pa que ustedes vosotros podáis comprobar el apabullante parecido entre no precisamente dos bellezas de la Naturaleza. ¡Cómo se me había podido escapar!

 

Vídeo de Marilyn Manson

 
“La Niña Medeiros” en la película REC

niña medeiros

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El bute

Publicado en Wadi As en su edición del 3 de agosto de 2012

 

Ésta es una de esas noches de insomnio. No es que haga mucho calor. Tal vez la humedad ambiental y lo poco equipadas que están las casas berlinesas para combatir termómetros por encima de 30º, contribuyan a acentuar el bochorno que me impide planchar la oreja. Tumbada en la cama pero con los ojos como platos, recurro a los trillados trucos de respirar profunda y lentamente, destensar los músculos, intentar olvidar las tareas pendientes para el día siguiente… desesperada, al final hasta cuento ovejitas, hasta repito en silencio la cancioncica  ésa de “un elefante se balanceaba en la tela de una araña…”… sin éxito. De repente, dos ojos negros pequeños, brillantes se clavan en mi mente. Unos ojillos a los que se suma una boca que no es sino unos labios gruesos en estado de continua carcajada. No es ésta una sonrisa amable. Son risotadas desmedidas. Retumban entre mis recuerdos con un timbre aterrador. La desproporción está servida cuando ojos y morro aparecen pegados al cuerpo de una niña rechoncha. Hacía mucho, mucho tiempo que esos ojos maliciosos no centelleaban en el esbozo oscuro de mis pesadillas, que no revivía esa risa desbocada, que no dejaba entrar en mi universo onírico al Bute que, en mi caso, está encarnado en esta cría regordeta.

 

¡Ay, mamica, que viene el Bute! Siento ese mismo sudor frío que me empapaba la nuca en aquellas siestas de verano echadas en casa de mi abuela, cuando ella, ante la resistencia ofrecida por mis hermanas y yo a dormirnos, mentaba al susodicho y nos amedrentaba con su inminente llegada. ¡El Bute! Desde mi infancia no había tenido esa misma sensación de indefensión ante la posible venida de un ser malvado y siniestro, a la vez que imprevisible y etéreo –la indefinición de su figura, la inconcreción de sus funciones, que variaban dependiendo de quién lo describiera, cargaba los tintes macabros de la historia-, como el Bute; pero pronto mi Bute empezó a tener forma de esa endiablada niña socarrona cuyo cometido fundamental es poblar mis malos sueños de humillaciones y reproches dirigidos sólo contra mí. ¡Claro que tiene su correlato real! Se basa en otra también rellenita y de lengua suelta con la que coincidí no me acuerdo dónde, quizás en un parque infantil, y a la que no debí caerle bien desde el primer momento, porque su afición durante todo el rato que estuve jugando con ella y con otros críos allí presentes, consistió en insultarme, burlarse de mi vestidito de lazos y amenazarme con pegarme si no hacía lo que ella quisiese. Al resto de niños, tan acojonados como yo, eclipsados por aquella dictadorzuela, relegados a un segundo plano, no logro recordarlos. Tan sólo a ella. Ya crecida, me la he vuelto a encontrar, pero aunque sigue gorda, no tiene ya aquella mirada de odio y asco que tanto me asustó. Ésta pasó al bestiario de mi subconsciente. Y se quedó. Y, mira tú por dónde, hoy, a los años, viene a por mí.

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Publicado en Wadi As en su edición del 27 de julio de 2012

 

Pies en la orilla de la playa

 

Temo que somos más de uno los que este año no tendremos el gusto, por h o por b, de dejarnos caer en los brazos de las vacaciones de verano. Así que me he propuesto no irritarme con la idea y procurar verle el lado positivo al asunto -si es que lo tiene-. Por empezar por algo, comenzaré poniéndome en el pellejo enrojecío que se le queda a uno después de un rato a la solana en la playa, en la piscina. Pensándolo bien, ¿pa’ qué perder el tiempo sobre la esterilla, cuando el moreno se nos va a ir en unos pocos días? ¿Pa’ qué tanta achicharraera cuando ya estamos to el añico más quemaos que el palo de un churrero con esta crisis de caballo? ¿Pa’ qué tanta renegrura, cuando con un buen abaniqueo y un gazpacho fresquito o un cóctel el cuerpo se entera lo mismo de que se está en época estival?

 

cóctel

 

¿Y lo que nos ahorramos en alquileres de apartamentos, en gasolina pal coche, en potingues y bañadores, quedándonos con la patica atá en la casa? Por no mentar lo que evitamos de berrinches por ver quién es el primero que hinca la sombrilla en la arena, quién el mejor en sortear el núcleo de los atascos en carretera. Total, que pa’ ponerse en remojo basta la piscina hinchable, que en un santiamén se monta en el balcón y, a falta de éste, buena es la bañera para simular una pileta olímpica.

 

Piscina hinchable en el balcón: menos da una piedra

 

Solucionado el antojo del chapuzón, sustituyamos ahora el deseo de unas vacaciones sin calores en un albergue rural de montaña o en la Europa de manga larga, por alguna que otra visita al pueblo que nos vio nacer -¡quién tuviera esa suerte de catar esas papas al montón, ese asaíllo de conejo, o de tomar el fresco a la puerta de la casa por la noche!-. En caso de no tener un pueblo de referencia, bien podría valer aquel que vio nacer a nuestro compañero de curro o a nuestra amiga del cursillo de ofimática para desempleados, quienes gentilmente nos ofrecen habitación en su casa familiar de paredes gruesas en Villamenganito para pasar unos días de asueto. Aunque, ¿pa’ qué tanto lío de preparar muda de sábanas –porque Dios sabe en qué condiciones esté-, de buscar autobuses de línea que lleven al pueblecico o de pensar en algo con lo que agradecer el favor prestado, cuando también puede refrescarnos una caña tirada en el bar que hay en nuestro bloque de viviendas? Además, viajar sale gratis viendo documentales por la tele. Así es que, ¿pa’ qué tanto follón?

 

Como último remedio para paliar la pájara de un año sin ese necesario cambio de ritmo de las escapadas vacacionales, está el viejo truco de reparar en los que viven donde luce tan poco el sol que deben hacer esfuerzos por no olvidarlo, o en los que no tienen a mano una terracita donde picar ni media patata brava, o en los que a duras penas pueden sintonizar esos hiperrelajantes reportajes de sobremesa sobre el león del Serengueti, es decir, que al final, la cosa se reduce a mirar pa’ trás y comprobar que hay quien está peor y entonces uno cae en la cuenta de que tampoco está tan fastidiao como creía. Todo es relativo en esta vida.

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