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Archive for 10 septiembre 2012

Publicado en Wadi As en su edición del 7 de septiembre de 2012

 

Muchas veces pienso si llegará el día en el que me levante por las mañanas sin acordarme de que allí, en Guadix, en su comarca, está a punto de empezar tal o cual festejo. Pero en el fondo creo que no, que nunca ocurrirá esto. Este calendario de hitos accitanos, que se me activa de manera automática, lo tengo tan incorporado que ya esté haciendo lo que fuere, que dedico unos minutejos a figurarme lo que allí, en mi tierra, se está cociendo. ¡Ay, la tierra, al final salió la tierra a relucir! Y es que la unión del accitano a su tierra es intensa, fuerte el vínculo que impide el olvido. No soy la única. La robustez de las raíces del guadijeño está ahí, en mayor o menor medida, en otros tantos cientos de paisanos dispersos por esos mundos de Dios con los que he podido hablar al respecto.

 

Basta con reparar en las tradiciones más de Guadix y comprobamos enseguida que contienen la impronta telúrica: sobre tierra se asientan las lumbres que le queman las barbas a San Antón; por ramblas llega el peregrino a Face Retama, santuario de San Torcuato; las habas, hijas de esa veguilla bendita, son bocado exquisito en los mayos accitanos; y ¿qué decir de los belencicos de Guadix, en los que la cueva es tan protagonista como el buey y la mula?, ¿y de la arcilla de la cerámica que decora nuestras casas, en la que comemos y bebemos? Y, por supuesto, el Cascamorras, una de nuestras fiestas donde está más presente este vínculo del corazón accitano con la tierra.

 

Esta unión está en el origen mismo del litigio -que la tradición sitúa en el siglo XVI-; esto es, el hallazgo, por parte del accitano Juan Pedernal, de una virgencica mientras éste se hallaba trabajando la tierra en el término municipal de Baza. Y es la térrea ligazón la que sustenta el argumento de los bastetanos para reclamar la estatuilla: “Está en nuestro territorio; es nuestra”. Y por caminos de tierra marcharon hacia la ciudad vecina un puñado de accitanos, encabezados por Pedernal, el primer Cascamorras, para intentar llevarse consigo la imagen. Y también son colores terrizos, además de otros tintes azulados y tiznajos negros de aceites y grasas, los que tiñen los cuerpos y ropas de los acompañantes cascamorreros, y esto, la mancha, es la viva muestra del fracaso de la encomienda, pues es condición para hacerse con la figurilla conseguir llegar sin pintar desde las afueras de Baza al templo de la Merced, que guarda la virgen. Y sí, son cerros los que enmarcan la carrera en ambas ciudades. Y sí, la fiesta del Cascamorras es, al fin, la historia de un destierro total, el de estar en un eterno ir y venir Guadix-Baza-Guadix al que está condenada el alma de Juan Pedernal, que se encarna año tras año para revivir tan vieja contienda, y que es pintarrajao por los bastetanos, pero también por los accitanos al no haberse podido apoderar de la imagen. La tierra-Guadix-los accitanos conforman, como se ve a poco que uno escarbe, un vínculo imposible de romper.

 

 

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Pronto

Publicado en Wadi As en su edición del 31 de agosto de 2012

 

 

Pronto se irá el ruido de los feriantes. Nos parecerá también muy rápido el paso de los cascamorreros y mucho más el de los de la carrera del Melocotón. Todo esto ocurrirá pronto. Pronto se marcharán los calorines. Harán las maletas las noches de insomnio –que, haberlas, haylas, incluso en Guadix- y los mosquitos se retirarán a un discreto segundo plano tras el protagonismo ganado durante la primavera y el verano. Las sillas de anea abandonarán los corrillos nocturnos al fresco para pasar a rodear la mesa camilla, bajo cuyas faldas calentaremos pies y manos, y a veces también demasiado la sesera. Iremos a tantear ya pellizas y chaquetones, que colocaremos en unos armarios que acaban de jubilar a los vestidillos de gasa y las sandalias. Enrollaremos las persianas, echadas hasta ahora a cal y canto, para impedir que el sol, tan odiado días atrás por muchos, deje de alcanzarnos. Recorrerán los callejones de nuestros barrios los olores a guisos de cuchara, sustituidos durante la canícula por el gazpacho, la pipirrana y otros platicos ligeros, y pondremos a secar pimientos rojos en ristras. Enfilaremos la cuesta de septiembre dándole un punto al bolsillo, sangrado por esos pequeños excesos imprevistos y por otros previstos y programados, pero no menos hirientes. Desaparecerán asimismo del mapa todos esos que han buscado refugio estival en las casas accitanas y, con ellos, el inusual bullicio en calles y plazas, típico de las vacaciones. Con muchos bares cerrados por descanso del personal, a Guadix se le va en este mes que ahora empezamos esa vidilla de tertulia y caña disfrutada en las terrazas con el buen tiempo. Así pues, el equinoccio otoñal no entra en nuestra comarca cuando en el resto, sino dentro de unos muy pocos días, cuando todo esto que cuento suceda, que será pronto, muy pronto, y Guadix volverá a lucir como en verdad es: distante del jolgorio de ese estereotipo que pesa sobre Andalucía, detenido a la hora de la comida, despertado sólo por los toques del reloj de la Catedral, distraído ante todo lo que sea salirse de la rutina.

 

 

La luz del otoño en Guadix: de tierra, tostada, de tarde

 

Pronto llegará el otoño y lo hará acompañado del Guadix más auténtico, más callado, más solitario, tal vez interrumpido solamente por ese viento que mece las ramas de los árboles marchitos, que se mete en las casas viejas del viejo casco histórico a través de ventanas rotas y mueve los postigos a su paso, que enreda las ropas tendidas, sonando éstas como si fuesen banderas contra su mástil. Si hay una estación que se adecua al ritmo tranquilo y sosegado de nuestro Acci del alma es ésta, la del otoño. He escrito ya sobre esto, lo cual no me impide compartir de nuevo éstas, mis ideas sobre lo que considero como mejor momento para conectar con ese Guadix de sombra alargada, de días que son tardes y noches que se recogen antes de hora, de lunes, martes, miércoles, etc. que bien parecen todos tomar como tono la calma de los domingos.

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La feria, la vida

Publicado en Wadi As en su edición especial para la Feria de Guadix 2012

 

Cabezudos. Cohetes. Carocas. Camisetas de peñas y pandillas. Pasacalles. Pregón. Premios. Tótems, toros mecánicos, toros de lidia. Verbenas. Volantes. ¡Mira el globo, allí, que vuela! Cacharricos. Luces, casetas, ¡acción!, de noche, de día, del agua. Fotos. Teatricos y teatros. Gente, gentío. Algodones dulces y papas fritas. Coplas y copleros. Pinchitos. Pinturas y cuadros. Cuartos en el bolsillo. Más fotos. Torneos: preparados, listos, ¡ya! Zarzuelas. Sangría. Sacos de “Dale fuerte y gana”. Ganas de carpas. Chunta, chunta. ¡Menudo foterío que tenemos liao! Tómbolas y timbas. Caseteo excesivo, paseíco raso. Conciertos. Carrozas. Cohetes, muchos, ¡más! Churros ¡y chimpún, hasta el año que viene, si Dios quiere! Turrones, garrapiñadas, fruta escarchá. Cascamorras. Pero, ¿tan sólo esto es la feria?

 

Ciertamente todo esto viste Guadix de una manera especial durante la feria, le hace parecer distinto a ese pueblo tranquilo que ve caer la tarde al borde del camino. Sin embargo, si le damos una vuelta a todo lo que sucede en esta semana de asueto, comprobamos en seguida cómo no se diferencia demasiado no ya de lo que acontece bajo el particular ritmo de la ciudad accitana, sino de la vida en general. Como en ésta, la feria no está exenta de lágrimas. Como en nuestro día a día, también en fiestas la nostalgia está presente y, como éste, otros sentimientos que distan de la imagen jocosa que se le atribuye al paréntesis festivo.

 

Con el colorido del ferial y del alumbrado, los gritos animosos de los tomboleros, las ristras de pollos dando vueltas en el asador, el trasiego continuo de gentes que dificulta lo de pararse a saludar a quien sea con quien uno se cruce, resulta raro a priori añadir imágenes que muevan a la tristeza. Pero ésta puede salir a nuestro encuentro cuando, por poner un ejemplo, nos fijamos por casualidad en algún chiquillo o chiquilla, ya con traje de campero o con vestido de gitana, y entonces traemos al presente aquella mañana en la que los padres nos llevaron, también ataviados con sombrero cordobés o peineta, según el caso, y siendo muy críos, al estudio del fotógrafo, que nos obligaba a mantener esa misma pose tan ajena al mundo de juegos propio de esas edades, que vemos en esos niños de carricoche a los que, por azar, nos ha dado por mirar. Quizás se nos pueda escapar más de una lagrimilla cuando pasamos por donde están los caballicos y recordamos la ronda de propinillas que hacíamos en los días previos a la feria por las casas de los titos, de los abuelos, o cuando, mientras esperamos turno en los churros, nos viene a la mente cuando nos los tomábamos al amanecer junto con amigos que ya no lo son. De risas y de penas, así es la feria, así es la vida.

 

Pocas cosas resumen mejor esto que hoy comparto con vosotros que las carocas, puesto que bajo la gracieta contenida en una concisa letrilla rimada, bajo esos chispeantes trazos grotescos que las ilustran, hay un poso de sentido pesar, hay un profundo malestar. Las carocas, así pues, como ocurre en la realidad misma de nuestra rutina, encierran la risa y la rabia, una irrefrenable carcajada y una cascarrábica mueca. Exprimen ese recurso, preñado de sarcasmo y congoja, de morir matando, que es la ironía, la cual, por cierto, se muestra especialmente fina en épocas de vacas flacas, como son éstas que ahora padecemos. Desde la subjetividad, los autores de las carocas hacen, no obstante, un interesante ejercicio de objetividad. Y el objeto que les ocupa, que es el Guadix, o la Andalucía, o la España, o la Europa, o… que pisamos, es representado con sus tragicómicos perfiles, desde un punto de vista histriónico que no desvirtúa el fondo de verdad.

 

También quien pregona las fiestas reúne en sus palabras esta dicotomía de la que os hablo, pues, al referirse a Guadix, a su vínculo con la muy noble y leal ciudad, hacen hueco en su discurso a los vivas y al silencio, a momentos de entusiasmo y de recogimiento, de esperanza en un futuro prometedor y de añoranza de tiempos de infancia.

 

Los colores mismos que pintan los días de feria se reparten entre vivos y apagados: el tinto rotundo del vino servido con barquillo frente al rosa pastel del algodón de azúcar; las verdes ensalás de pimientos asaos y los rojos chorizos, frente a los pigmentos marrones de las estampas de esos platos caseteros, mu de Guadix, como son el conejo al ajillo, las migas o la carne en salsa; el albero pajizo que, con la sangre del toro y la brega de la corrida, endurece el tono.

 

Y dónde sino en el teatro se dan cita la tragedia y la comedia, impresas en esas máscaras de la sátira y del drama con las que comúnmente se representa a las artes escénicas. La musa de la comedia, anfitriona de la risa; la musa de la tragedia, la del puñal en la mano. Ambas caretas, casi idénticas, salvo por los rasgos invertidos de una respecto a la otra. Casi lo mismo, pero en otro sentido. Eso, sólo eso, unos pequeños detalles, abren el abismo entre la risotada más exagerada y el llanto más desconsolado. Pero, ambos, juntos, reunidos para simular el devenir de nuestros días.

 

La fanfarria del pasodoble taurino se alterna con los sones más sobrios en los conciertos de la banda municipal de música, dando pie a la alegría y a la emoción. Y emoción, mucha, se vive en los campeonatos deportivos, en los que la victoria y la derrota conforman su anverso y reverso. Y pasión e impotencia, ilusión y resignación, se sienten a la vez bajo esa piel cascamorrera embadurnada de grasas y ocres durante el recorrido que acompaña a Juan Pedernal desde la Estación hasta el Real de Santo Domingo cada 9 de septiembre. Y también esas sensaciones contradictorias corren por las venas de quienes despiden en el puente a la comitiva del Cascamorras antes de su marcha a Baza, donde espera recuperar para Guadix la imagen de la Virgencica de la Piedad.

 

Las carrozas de la cabalgata del último día tampoco escapan de este ánimo agridulce y, pese a su colorido, pasean también esa pesadumbre que todo fin de fiestas conlleva. Tampoco uno es el mismo al inicio que al final de la feria. Al principio se coge con muchas ganicas, de manera que uno hace un poco la vista gorda respecto del bullicio de las calles y las hipercalóricas viandas caseteras. Pero, conforme los días van avanzando, los brindis de rebujito van empezando a saturar, y a cansarnos tanto alterne y tanto bailoteo y tanto ir de acá para allá viendo esto, yendo a aquello. Hasta la voz del señor del bingo que visita Guadix desde que me recuerdo, suena más apagada en los últimos coletazos de feria –a pesar de que, seguro, le quedan muchos bingos y líneas más que cantar en las fiestas de otros pueblos-.

 

Todo en la feria, como en la vida, tiene pues cabida. La traca fin de fiestas no se libra. Tras el esplendor de esas magníficas palmeras, viene la lágrima de la pólvora que va perdiendo fuelle y figura, hasta ser tragada por la noche, como el suspiro que, sin querer, dejamos ir en memoria de los días pasados entre risas y no tanto.

 

Castillo de fuegos artificiales en la feria de Guadix

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