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Archive for 9 octubre 2012

Publicado en Wadi As en su edición del 5 de octubre de 2012

 

Se dicen muchas cosas, tantas que al final uno acaba oyendo demasiado, pero no enterándose de na. Justo ahora, cuando más medios tenemos a nuestro alcance para estar más al tanto que nunca de lo que ocurre, más embrollado se vuelve todo cuando lo que queremos es saber toda la verdad, y nada más que la verdad, o, al menos, aspiramos a ello. Internet facilita el acceso a la información, y su intercambio, pero también es vía perfecta para la difusión de medias verdades, que son las más peligrosas, porque adquieren grado de incuestionables/incontestables sentencias a poco que logren calar en el momento adecuado, en el sitio preciso y bajo un nivel de crispación determinado. Con la apariencia de papeles clasificados que ven la luz obra y gracia de abnegadas ánimas que trabajan en pro del esclarecimiento de la Verdad absoluta, se están poniendo en circulación bulos camuflados como objetivas informaciones que, lejos de desvelar el complot universal del Mal contra el Bien que denuncian, lo que hacen es aumentar la confusión reinante. Así, mezclan lugares comunes, eslóganes de pancarta, cifras aportadas por organismos oficiales y rumores, a cientos, en una trama propia de novela negra, creando así historias verosímiles, fácilmente digeribles, pero que no remiten a una realidad concreta. Por nombrar uno de los últimos de estos virales está la traducción española de un artículo recogido por varios periódicos económicos alemanes de la corresponsal de uno de ellos en España, lo que se nos vendía como algo que nadie se había atrevido a publicar en nuestro país por la dureza de su análisis. Nos bastó leer los típicos reproches sobre las causas de la crisis hispánica, para agotar nuestra paciencia socavada por tanto ataque inmisericorde como los que recibimos a diario en lengua extranjera, y muchos de nosotros pasamos tan incendiario texto a casi toda nuestra agenda de contactos como parte de un documento clandestinamente conseguido que todo hijo de vecino debía conocer. Pero ni se trata de una información que no se haya publicado, que sí lo ha sido, ni es la más exhaustiva representante de la opinión que en el exterior se tiene de nuestra economía.

 

Ahora que los ánimos están como están, ahora más que nunca debemos vigilar lo que vemos y leemos y poner en duda cada puesta en duda, cada supuesta conspiración destapada, cada mesías dispuesto a inmolarse en pro del derecho del ciudadano a saber. Porque tal y como está el patio es muy sencillo que nos cuelen patrañas varias y que seamos una pieza más en este juego de desinformar por sobreinformación que, más que obedecer a un ejercicio de transparencia y responsabilidad civil, recuerda a ese pasatiempo infantil del “teléfono roto”, en el que los participantes se divierten al escuchar cómo un mensaje se va distorsionando conforme va pasando de persona en persona. Afilando nuestros sentidos y nuestro juicio crítico deberemos hacer frente a esta amenaza que desestabiliza más si cabe el complicado escenario sobre el que estamos obligados a actuar.

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Publicado en Wadi As en su edición del 28 de septiembre de 2012

 

Con su ojo más centrado y un leve gesto con la mano, el conductor del autobús urbano que me llevará a casa aprueba mi pase tras comprobar la validez de mi tique. Pese a ser una hora avanzada de la tarde, el bus está casi lleno. Me siento al final. Hay pares de butacas encontradas. Mirando hacia mí toma asiento una señora de muymuchos años que juega a disimularlos con polvos blancos de maquillaje que acentúan sus pómulos prominentes, con una intensa sombra morada que enmarca unos vivarachos ojos, y un perfilador negro que acota el carmín de sus labios. El pelo, negro tintado y enmarañado, lo tiene recogido en un moño/gurruño vertical, y va a tono con un vestido-sayón de terciopelo raído. Su pose llama aún más la atención: desde su asiento pastorea con su mirada a los presentes, como si estuviéramos a sus órdenes. Al otro lado del pasillo y, ocupando dos sitios, hay una mujer de falda interminable rematada por una ancha puntilla demodé que mantiene sus pies ocultos a la vista. Sobre su nariz aguileña descansan unas grandes gafas a través de cuyos gruesos cristales se dejan ver unos ojillos que miran con celo todo lo que se acerque a esos dos asientos que ella ha conquistado con su enorme pandero y bolsas oscuras.

 

Cuando la noche cae sobre Berlín, aumenta la probabilidad de que uno se cruce con los más pintorescos seres, y no porque por el día no pululen por doquier, pero al retirarse de la circulación la “gran masa”, uno empieza a reparar en tales rarezas. Así pues, no es complicado encontrarse con personajes como estos, que pueden quedar retratados aún más esperpénticamente si tan sólo cargase un poco las tintas y presentara mi viaje de autobús como un periplo infernal a bordo de un tétrico carruaje conducido por el bisojo sirviente típico de la factoría de terror Hammer, en compañía de la novia de Frankenstein y la bruja Piruja. Dado el clima de desconfianza absoluta, de recelos mutuos, de tremendo miedo en el que aquí y allí nos movemos y existimos, me sería muy fácil dejarme llevar por lo que quiero ver a partir de unas apariencias que, en verdad, tienen telita de por sí. El golpe de imagen, lo que prende de la superficie de las cosas basta hoy en día para montarse esa película llamada “realidad”. Prueba de ello son las crónicas escritas por los medios extranjeros sobre la crisis española, que nos describen más o menos en las carnes de nuestros antepasados en tiempos de postguerra. Esta propensión a dramatizar una situación de por sí dramática engrasa ese círculo diabólico del que nos resulta imposible escapar: cuando no es por deméritos propios, es por una “creativa” voluntad ajena.

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