Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 22 noviembre 2012

Publicado en Wadi As en su edición del 16 de noviembre de 2012

 

¡Pobres hormigas sufridas! ¡Siempre cargando con cosicas en lo alto, siempre jugándose el tipo en sus largas travesías por aceras transitadas por esos gigantes que somos nosotros, envueltos en esa superioridad propia de quien desdeña al que no supone peligro alguno! Las hormiguicas me merecieron tales y más lamentaciones el otro día mientras esperaba el autobús. Dejé entonces que la vista se me fuera detrás de una que remolcaba  una miguita de pan. Yo no era la única que la observaba. También lo hacía un niño de unos seis años que parecía disfrutar sacando de quicio a su madre, subiéndose y bajándose sin parar a/de uno de los asientos bajo la marquesina –y embarrándolo todo, dicho sea de paso-. Pero las miradas que le echaba no eran de curiosidad ni de admiración por los muchos obstáculos que estaba superando la aplicada hormiga camino de su hormiguero: convencida estaba yo de que, al final, el niño iría a pisarla. Justo lo que los viandantes, con o sin bicicleta, carrito de la compra, carricoche, perro, no habían hecho por pura casualidad, lo culminaría a sabiendas ese malcriado cuando se le antojara.

 

De todo esto me quedo con lo distinta que es esta hormiga de esa otra hormiga triunfante de la popular fábula en la que la holgazana cigarra paga con creces su falta de diligencia ante el necesario acopio de recursos frente al difícil invierno por venir. La hormiga de mi relato, la de la miga a cuestas, la que sobrevive bajo amenazas ya azarosas –la de los paseantes monstruosamente grandes que ignoran tan pequeña presencia-, ya preñadas de intención –la del niño, dejémoslo en travieso-, me parece, por desgracia, más hormiga-real que la otra que ve reconocida su labor. Ya me gustaría, ya, que no hubiera inconscientes presuntuosos ni críos puñeteros ni nada que torpedease la ruta de la enclenque hormiguita, pero sé que si su epopeya no se trunca hoy, lo hará mañana. Pesimista moraleja a la que llego, como desconsolado es el lamento de muchos españoles que, en años de bonanza, se apretaron el cinturón, en previsión de posibles “vacas flacas” futuras, y prefirieron ir granito a granito antes que dejarse arrastrar por un consumismo cegador que sacó al príncipe/princesa que llevamos dentro, imprimiendo en sus víctimas un ritmo de vida muy ajeno a sus posibilidades reales. Y esos muchos españoles que fueron hormiguitas en su día, contemplan con rabia cómo ahora que está cayendo la que está cayendo, lejos de obtener recompensas por sus sacrificios pasados, deben cargar además con las culpas de quienes, cuando todo iba bien, hacían lo contrario. Impotentes se sienten los/las hormiguitas al ver cómo parte de lo atesorado sale por la puerta para tapar los agujeros creados por la codicia de unos y la ingenuidad de otros. Sí, hormiguita, corren malos tiempos, pues si quieres tener para comer, habrás de trabajar el doble y encima cerrar la boca, a menos que quieras que te acusen de egoísta insolidaria de pacotilla. Malos tiempos, sí.

 

Anuncios

Read Full Post »

Publicado en Wadi As en su edición del 9 de noviembre de 2012

 

Gusta escuchar que se acuerdan de uno. Cuando uno está tan lejicos de donde se crió, todo saludo que desde allí se dedique a los que estamos desperdigaos por esos mundos de Dios, cae como agüica de mayo en el alma emigrada, siempre dispuesta a emprender el viaje de vuelta, aunque sea éste un retorno breve y fugaz que transcurre tan sólo en la imaginación de cada cual. De ahí que resultaran ciertamente conmovedoras las palabras que el otro día, durante la retransmisión de la septena y misa en honor de la Virgen de las Angustias, dirigió el cura Amezcua a los accitanos emigrantes que seguimos los actos de la patrona a través de Internet. Dicho sea de paso, en verdad los que vivimos fuera celebramos iniciativas como ésta de emitir eventos señalados a través de la red de redes, pues nos hacen partícipes de lo que allí sucede. Inmejorable manera de hacer pueblo, de hacer comunidad.

 

Volviendo a la dedicatoria de Amezcua, confieso que ésta me invitó a embarcarme en ese viaje por los sentidos y a través del recuerdo que nos queda como recurso nostálgico a los de alma emigrada. Pero no lo hice a los elementos más ostensibles e identificables del festejo patronal, como pueda ser la solemne Misa Pontifical, las galas que luce el personal el día grande o la puesta en la calle de la majestuosa procesión. Por el contrario, acudieron a mi encuentro detalles menores como el frío en la cara al subir hasta San Diego para acompañar al paso de la Virgen en su bajada a la Catedral en el rosario de la aurora; y el murmullo de ese gentío ora rezando, ora comentando lo que se tercie, salpicado por canciones marianas de ésas de toda la vida; y los churros del desayuno de después; y el chasquido de las sillas plegables y el crujido de los viejos bancos en los que la gente se acomoda para la septena; y la luz titilante de las velas ofrecidas a la Virgen; y los exquisitos guisos que mi abuela preparaba para el almuerzo del domingo de la procesión; y la percepción de lo corticos que son los días a estas alturas del año; y cohetes, muchos cohetes, por toda la ciudad; y gente, mucha gente, en las filas, en las aceras, por toda la ciudad; y el silencio en las calles, en las plazas, por toda la ciudad, cuando se cierran las puertas de San Diego, tras lo que Guadix regresa a su habitual mutismo. Éste es mi Guadix de la Virgen de las Angustias. Sentimientos, sonidos, sabores, olores. Es tan personal como la idea de esto que puedas tener tú, que vives en Washington, o tú, residente en Pekín o en Madrid. Es tan mía como vuestros son esos otros álbumes de sensaciones que atesoráis todos vosotros que, como yo, tampoco podéis asistir a esta fiesta tan de Guadix, pero a la que queréis, sin embargo, seguir conectados, como cosa también vuestra que es.

Read Full Post »

Publicado en Wadi As en su edición del 2 de noviembre de 2012

 

Que no, que no me convencerán de que somos iguales por mucha UE que nos (des-)ampare. Y sí, aquí en Berlín siento en mis carnes eso del “choque cultural” y no sólo en cuanto a manduque y sentido del humor se refiere, sino también ante cuestiones como la muerte. Me resultó muy extraño saber de una especie de “jornadas de puertas abiertas” que “celebran” los cementerios, durante las que las partes implicadas/beneficiadas en/por el asunto informan sobre sus servicios. Perpleja me quedé asimismo al ver los adornos florales con los que aquí homenajean a sus finados, que en nada se asemejan a nuestras coronas de claveles con bandas serigrafiadas ni a nuestros ramillicos de plástico: aquí cambian la decoración de las tumbas según la época del año. Así, en Navidad hay centros fúnebres con boticas de Papa Noel y pascueros; en Semana Santa éstos incluyen huevecicos de Pascua y conejos de porcelana, y por Halloween hasta calabacillas y murcielaguicos.

 

Los cementerios también distan sobremanera de nuestros camposantos de tapias blanqueadas e hileras de nichos empotrados, pues estos, los alemanes, parecen más bien lugares por los que pasear, llenos de frondosos árboles, algunos incluso con estanques. Vamos, que si en España, cuando uno afirma vivir junto a un cementerio, el otro con quien esté hablando casi le da el pésame por ello, aquí por el contrario uno respira de alivio si la ventana del dormitorio da al césped de lápidas, pues eso garantiza vistas a la naturaleza y descarta el desvelo por el bullicio habitual en los espacios verdes berlineses, en especial en verano. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Estos alemanes nos ganarán quizás en puesta en escena con tan bucólicos parajes reservados al descanso de los cuerpos, pero hay historias menudas que empañan tanto boato. Me cuenta un amigo, también español y residente en Berlín, que preguntó a una vecina por el funeral y entierro de una tercera con la que había trabado amistad. Cuál fue su sorpresa cuando le dijo que llevaba 20 días en el depósito a la espera de que se organizasen las honras. “¡Jesús! ¿Tanto tiempo se necesita aquí para esto?”, exclamó para sí mi amigo. Pero lo más raro es que ha pasado ya un año de aquello y todavía nadie le ha dicho nada del entierro y, mucho peor, del paradero de la urna/caja/o-donde-quiera-que-estén-sus-restos.

 

Junto al Berlín multiculti y molongui habita ese otro Berlín con barrios por los que transitan muchos viejos solos, solísimos. Claro que el aislamiento de los mayores es un cáncer propio de las metrópolis, pero aquí se aprecia con total rotundidad. El individualismo que rige los destinos de estas gentes lo hace hasta sus últimos días –y hasta el extremo en muchos casos-. Ya no es sólo que la familia se despreocupe en vida, sino también cuando han fallecido. Recibir la muerte en soledad debe ser la más triste de las vivencias. Pero ser un expediente abierto en un depósito de cadáveres es, sin duda, el más gélido final.

 

Read Full Post »