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Archive for 31 diciembre 2012

Publicado en Wadi As en su edición del 28 de diciembre de 2012

 

Inocente soy si creo factibles los planes que, a las puertas de 2013, tengo pensado llevar a cabo en los próximos doce meses. En verdad siempre me planteo si esta lista bienintencionada de propósitos sirve para algo o tan sólo para calmar mi conciencia. Me da a mí que no soy la única que intuye esto. Por eso, sugiero por esta vez dejar a un lado este ambicioso, a la par que inútil, ejercicio de enumeración de nuevas tareas -que, sabemos de antemano, no vamos a emprender-, y sustituirlo por una revisión de aquello que no ha cuajado durante el año que se acaba, con la intención de sacar algo en claro del porqué de nuestro fracaso en su puesta en marcha -sin que, por supuesto, esto desemboque en la autocompasión, el plañiderío, la fustigación y demás atolladeros recurrentes-.

 

Repasemos, así pues, igual que hacen en estos días las teles con las noticias más relevantes  desde la última Nochevieja, qué ha quedado pendiente de envío en nuestras bandejas de salida. Si hacéis la prueba, descubriréis que al principio aflorarán las faltas leves –que si no voy al gimnasio lo suficiente, que si no consigo dedicar más tiempo libre a la pareja…-, que darán paso a los grandes proyectos truncados –por tratarse de algo más complejo y profundo, mejor que cada cual lo medite para sí-.

 

¿Por qué no hemos alcanzado nuestros objetivos? ¿Hasta qué punto es culpa de los jefes, de los dirigentes, de los otros? ¿Hasta dónde llega nuestra responsabilidad? El clima de incertidumbre, lejos de facilitar las cosas, las enreda más. Pero nosotros tenemos mucho que decir y decidir.

 

Cierto es que, con lo que nos viene de fuera y con la cruz que cada cual carga, es difícil ver la luz al final del túnel. Cierto es que, mientras se guarda turno en la oficina de empleo, cuesta muchísimo pensar en qué más puede hacer uno para cambiar su situación. Cierto es que afrontar pagos in crescendo cuando en el banco tenemos cada vez menos dinero es algo para lo que las matemáticas no funcionan. Cierto es que esa derrota en lo laboral y lo económico se extiende también a la familia y ni siquiera en casa halla uno la paz anhelada, siendo más las ocasiones para la discusión y el desencuentro, que para el consuelo y el apoyo. Pero no todo en nosotros es una ruina.

 

Cada cual tiene un potencial que, ahora más que nunca, debe poner en valor. Preguntémonos, asimismo, qué hemos hecho mal en la gestión de nuestras cuentas, para no volver a cometer errores similares. Vayamos a esos momentos inolvidables en nuestra vida familiar para coger de ahí parte de esa energía que precisamos pa’ batirnos el cobre. Dejemos de esperar el maná del Cielo –llámese “Gobierno”, “Europa”, “loterías”-. En nosotros mismos están las soluciones a nuestros problemas. Deseémonos, pues, mucha fuerza y valentía y arrojo para poder vencer esa crisis concreta de perfiles propios contra la que cada cual debe luchar.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 14 de diciembre de 2012

 

Las historias sobre la Navidad de antaño que escuchamos de nuestros mayores suenan a zambomba y pandero, a chascarrillo compartido al calor del brasero de ascuas, al “Felices Pascuas” de después de la Misa del Gallo. De aquellas oímos que eran unas Navidades de duras helás, en las que pa’ calentarse una miaja se tenía uno que arrimar a la lumbre o tomarse un anisete. En estos relatos de nuestros viejicos no hay na’ de eso de brindar con oro con las Campanadas, na’ de lo de vestir ropa interior roja para asegurarse buena suerte durante el año entrante: teniendo con lo que cubrirse y algo que echarse a la boca, ya podía uno sentirse afortunado. Sin embargo, en muchas de estas historietas que los más veteranos recuperan llegadas estas fechas y, a pesar de las limitaciones padecidas, hay un poso de nostalgia que hace adivinar en sus palabras que, pese a todo, aquellas difíciles Navidades, carentes de opíparos banquetes y regalos caros, les traen buenos recuerdos. Evidentemente las hacía mejores el hecho de poder disfrutarlas con parientes y amigos que ya no están aquí. Pero al margen de esta pena –inevitable-, muchos conservan un particular brillo en la mirada cuando reviven aquellos tiempos pretéritos: “Pues sí, éramos pobres, pero felices”, vienen a decir con ello. Las casas llenas de gente en torno a un perol; un jersey nuevo de lana gorda comprada con gran esfuerzo y tejida con mucho cariño durante las largas noches de otoño; un aguardiente pa’ templarse un poquico antes de salir a la calle. Modestos hábitos, adecuados a la modesta vida que la mayoría del pueblo español llevaba entonces –y a Dios gracias por ir sumando años-. De aquellas Navidades en blanco y negro rescato ese sentido de la realidad que nuestros mayores aplicaron en su día a día. No gastaron lo que no tenían, pero sí que hallaron la manera, cada cual según su entender y sus posibilidades, de hacer que las Pascuas fuesen un tanto especiales, diferentes al resto del año.

 

No es conveniente idealizar el pasado, pero mirar pa’trás, analizar con perspectiva los pasos que nuestros antecesores han ido dando, puede ofrecernos pistas sobre cómo proceder hoy en día. Con la zapatiesta que hay liá, más nos valdría tomar nota de esta interesante lección que saco de entre lo que nos cuentan nuestros mayores por Navidad.

 

Que no se nos caigan, pues, los anillos, si este año en vez de tartaletas de salmón-fumé ponemos de aperitivo tostaditas de fuagrás, si sustituimos los embutidos ibéricos por fiambre normalica, si volvemos al arroz caldoso de pollo como plato principal de Nochebuena, si en lugar de con cava nos zampamos el dulzajo con mistela. Tenemos que hacernos a lo que hay. Es inútil seguir manteniendo costumbres adquiridas en épocas de bonanza. Navidades de mortadela, ¿y qué? Dejemos de ser lo que no somos. Al menos probemos si las viejas recetas del ayer tienen efecto en el mañana. Al menos démosles el beneficio de la duda.

 

 

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Preparando

Publicado en Wadi As en su edición del 7 de diciembre de 2012

 

Las Navidades se han convertido, las hemos convertido en algo aburridísimo y extremadamente costosísimo para bolsillo y espíritu. Gran hartazgo causan estas fiestas que  tanto “estrés social” conllevan por tanta comida y cena de empresa  -esto es, de compromiso-, tanta comida y cena con amigos –en muchos casos, más bien conocidos, de ahí que algunas de ellas acaben siendo de compromiso-, tanto evento celebrado al calor del hogar familiar –en ocasiones, también de compromiso-. Tan mal nos hemos montado el chiringuito que, na más escuchar los primeros acordes de los villancicos y canciones navideñas que se reproducen en bucle infinito en el hilo musical de los grandes almacenes donde encargamos los regalos, empiezan a entrarnos los sudores de la muerte, preludio del fuego en el que arden nuestros nervios en la cuesta de enero. ¡Rom-pom-pom-pón, rom-pom-pom-pón!

 

Pero hacía bien al inicio al apuntar cierta corresponsabilidad nuestra en esta desmesura consumista en la que han devenido las Navidades, pues si nos paramos un ratico a pensar en ellas, podemos constatar cómo éstas no contienen tanta cosa insoportable de por sí y sí que, en parte, nosotros contribuimos a cebar el despropósito existente. Lo primero es que sin sentido religioso, poco sentido tienen. Quien quiera seguir festejándolas quedándose en ese maremágnum de palabras biensonantes y símbolos anodinos, tales como copos de nieve de diseño, estrellas minimalistas y ángeles trompeteros desangelados –naturalmente de-construidos, obligatoriamente carentes de cualquier relación con el nacimiento de Jesucristo-, pues tiene muchas papeletas de caer en la desgana, de igual forma que le ocurre al que vive –en su caso, mejor decir “sobrevive”- las Navidades encorsetado en un guión sota-caballo-rey heredado de su familia, típico en su entorno: cada año la misma frasecita tras saberse perdedor en el “Sorteo del Gordo”, cada año el mismo calendario de visitas en los días festivos, cada año el mismo menú en los ágapes principales, cada año el mismo protocolo de intercambio de regalos. ¡Y ande-ande-ande-la-Marimorena! Es decir, que un excesivo peso de la tradición en absoluto libra del tedio for-Christmas, más al contrario, conduce injustamente al aborrecimiento de cada una de las partes por ese todo saturante/saturador.

 

Os propongo prolongar este momentico de tregua en medio del bombardeo comercial y alumbrados cegadores y reparar en que tal vez nos ayudaría a reconciliarnos con la Navidad el hecho de exprimir tan sólo aquello que le es propio y que, además, verdaderamente nos hace estar a gustico. Cada uno tendrá sus preferencias en función de las vivencias cosechadas a lo largo de los años. Pues bien, disfrutar con la preparación de esas actividades navideñas especiales para cada uno de nosotros, residir en el proceso dotará de un significado el fin por el que las ponemos en marcha. La ilusión de llevarlas a cabo nos animará a buscar la manera de reservar tiempo al día para dedicarlo a ello y también afilará nuestro ingenio para sacarle el mayor partido al menor gasto posible. ¡Y alegría-alegría-alegría/ alegría-alegría-y-placer! Pues puede que estas Navidades nos sean afortunadamente distintas.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 23 de noviembre de 2012

 

Y siempre que mi carlino se espatarra boca-arriba en el sofá, estirando a más no poder sus patitas y zarpitas y revolviéndose a la vez entre cojines y mantas, se me viene a la mente, a la boca la misma expresión: “¡So payaso!”. ¡Y qué bien me sienta ver disfrutar a mi peluche chatón! ¡Y cuánto revierte en mí de bueno cuando decido dedicarle parte de mi tiempo! A poquito que le achuche, que le rasque, que le acaricie, que juegue con él a tirar la pelotita, despliega ante mí sus habilidades cuasicircenses –sus posturas imposibles durante la siesta son también todo un espectáculo-, que provocan una carcajada tras otra, risas mágicas que facilitan la digestión de esas otras cosicas no tan agradables que trae el día-a-día.

 

Yoda, mi perro carlino

Yoda, en plena siesta

 

Yoda, que así se llama mi perro, me ayuda sin él quererlo, sin él saberlo, a conectar con muchas de esas emociones puras que se dejan de sentir con los años, por ejemplo, a reírme porque sí: no por un chiste ni por una peli con bromas recurrentes ni por vídeos de caídas ni tampoco a reírme de alguien o de mí misma. La risa que sale cuando uno se ríe de esta forma que os cuento es vibrante, brilla con luz propia. Palpita el cuerpo entero. Y si le digo “payaso” es porque lo es. En verdad un buen payaso hace reír desde dentro, tal y como él motiva. Tamaña misión ésta de estampar una sonrisa auténtica en el rostro. No todos los que se hacen llamar “payasos” lo son. ¡Cuántos no hay cuyos números inspiran tanta vergüenza ajena que acaba uno entristeciéndose, pero no por mérito artístico, sino más bien por demérito! Ni tampoco todos a los que denominamos  “payasos” son payasos de verdad: somos injustos con los genuinos payasos cuando tildamos de tales a gentes sin escrúpulos ni sentido del ridículo. El buen payaso es el que logra pellizcar la fibra sensible, el que consigue que sintamos cosquillas hasta en las pestañas, aquél para quien la nariz roja, los zapatones, el atuendo exagerado, los instrumentos y utensilios varios, son meros complementos.

 

MILIKI

MILIKI

 

Miliki pertenecía a una saga familiar de payasos “payasos”. Con su muerte se ha ido una manera de hacer reír y llorar y cantar y bailar a esa parte de nosotros que sigue dispuesta a dejarse impresionar porque sí, porque toca asombrarse y sorprenderse sin pensar que hay un “a-cambio-de-qué” detrás. Yo aún no había nacido cuando Gaby, Fofó y Miliki empezaron a triunfar en la tele en blanco y negro. Pero no concibo mi infancia sin sus canciones y sin las reposiciones de sus actuaciones –miembros del grupo las continuaron en los 80 y 90-. Aunque de tardes de “Barrio Sésamo” y mañanas de “La bola de cristal”, ese “¡¿Cómo están ustedes?!” retumba en mis recuerdos de niña como si los hubiese seguido desde su primer programa. Y sí, me ha dado mucha, muchísima pena saber de su pérdida. Que un payaso 100% muera es algo triste, tristísimo.

 

 

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