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Archive for 26 febrero 2013

Publicado en Wadi As en su edición del 8 de febrero de 2013

 

El edificio en el que vivo hace esquina, detalle que resultaría en todo punto superfluo de no ser justamente esta esquina el escenario habitual para esta historia que tiene por protagonista a una señora mayor robusta, de cara ancha y facciones duras, rasgos por los que podría pasar desapercibida en la jungla berlinesa puesto que es ésta una complexión bastante común, de no ser por su peculiar manera de proceder en la susodicha esquina. No hay semana en la que no oficie su extraño ritual: llega, abre una carpeta de esas que tienen plastiquillos dentro donde meter folios y, sosteniéndola de par en par con sus grandes manos, con la mirada a veces perdida en el infinito, a veces buscando cruzarse con la de algún transeúnte, puede tirarse horas y horas clavada en el mismo sitio en el más absoluto silencio. Es igual el frío, el calor, el viento que pueda hacer. Tan sólo si llueve o nieva mucho se refugia bajo la cercana marquesina de autobús o en el soportal de mi bloque. De no darse tales circunstancias le basta el cobijo que halla bajo su viejo paraguas plegable, que sujeta manteniendo la vara metálica bajo uno de sus fuertes brazos, dado que las manos las tiene ocupadas. ¿Que qué contiene la carpeta? Pues al principio pensé que era una especie de promesa religiosa, porque creí distinguir una estampita del Corazón de Jesús en el collage de imágenes que guardaba en los plásticos. Incluso llegué a imaginar que protestaba por alguna injusticia cometida contra algún ser querido. Pero todas mis teorías se fueron al traste cuando un día se presentó con la carpeta llena de fotos de rascacielos, y a las semanas con otras de mujeres tipo modelos. ¿Sobre qué se queja/ da parte? ¿Qué reivindica? ¿Qué la lleva a comportarse de tal forma? ¿Cuál es el motivo de su silente y pasiva actuación? “¿Por qué no le damos conversación y se lo preguntamos?”, me propuso mi marido uno de esos muchos días en los que nos la hemos encontrado impasible y tiesa junto a nuestro portal. Y sí que me he visto tentada a hacerlo. Pero no, no lo he hecho aún, y creo que nunca lo haré. Y es que no está mal, de vez en cuando, dejarse en casa las ganas de conocerlo todo, completamente todo sobre todo lo que nos rodea. ¿En verdad es preciso? ¿Por qué no respetar ese halo de misterio que envuelve a ciertos personajes que orbitan a nuestro alrededor? ¿Hay necesidad de amarrar los cabos sueltos en todas y cada una de las situaciones posibles? También tiene su aquel no exprimir una experiencia hasta secarla. En ocasiones dejar preguntas sin responder, apostar por el contorno difuso, no profundizar en los pormenores de una historia nos es suficiente para darla por entendida, para encajarla en nuestra particular idea de las cosas. Y no, no me obsesiona no saber más sobre esta señora. Me gusta tal y como aparece en mi pequeño universo.

 

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 15 de febrero de 2013

 

Guadix en Cuaresma. Ceniza en la frente. Acopio de bacalao en salazón. Ensayos de las cuadrillas de costaleros. Conciertos de bandas de música. Recibos de ésta, y de la otra, y de aquella otra hermandad. Reuniones en ésta, y en la otra, y en aquella otra casa de hermandad. Tardes más largas. Tapas de vigilia. Marchas procesionales en el radiocasete/ reproductor de cedés y similares (ahora también compartidas por Wassap). Viacrucis. Invierno que agoniza, primavera que se intuye. Cultos cofrades. Carteles oficiales pegados con celo en las puertas de comercios y farmacias. Movimiento en las iglesias. Capirotes de cartón o redecilla. Roscos fritos, pestiños, arroz con leche. Programas de mano con los itinerarios. Pregón, pregones. Tertulias semanasanteras en la radio, en Twitter, en un bar. Planchado de túnicas. Potaje de garbanzos y espinacas. Talvinas/tarbinas, natillas, torrijas. Hato de estreno pal Viernes Santo. Tonos para móviles con solos de corneta. Últimos retoques de los trajes de camareras; puesta a punto de tejas y mantillas y pendientes. Pendientes del cielo, con mayúsculas y con minúsculas. Retazos todos de un ayer que viene a mi encuentro pese a lo difícil que a priori puede resultar ponerse en situación estando viviendo en Berlín entre gentes con costumbres muy distintas, incluidas, por supuesto, las relativas a la Cuaresma, preludio de la Semana Santa, que durante muchos años he pasado en Guadix.

 

Me ha bastado escuchar “La Madrugá”, de Abel Moreno, y oler una varilla de incienso cuyo aroma es bastante parecido al que perfuma los templos de allí-bajos y, ¡zas!, he conseguido pase para este viaje en el tiempo y el espacio que los expatriados accitanistas siempre estamos dispuestos a emprender; el más nimio detalle nos sirve de perfecta excusa para hacerlo. Hablado esto con paisanos emigrantes repartidos por esos mundos de Dios y a los que les gusta más un ratico de pueblo que a muchos que allí están de continuo, hemos coincidido en señalar lo profundo que es nuestro cariño, que va más allá de los lazos que nos puedan seguir atando a parientes residentes aún en la muy noble y leal ciudad. Para los que así viven Guadix no hay qué ni quien mine tal apego. Ni kilómetros ni años que transcurran ni siquiera el olvido y su diaria cruel labor de ir borrando poquito a poco un recuerdo de aquí, otro de allí.

 

Esta rapidez con la que he sintonizado con el sentir en estos días cuaresmales accitanos me tranquiliza en grado sumo, pues constata el buen estado de mi raigambre guadijeña. Me alegra comprobar la fuerza de mi vínculo a los cerros de arcilla, al sol sobre manto azul, a las noches de silencio absoluto, a las calles con olor a horno de panadero, a todo lo que Guadix representa para mí. Debe ser mu triste no tener a qué amarrarse cuando todo alrededor es tan ajeno, tan rarico, cerrar los ojos y no ver nada. Afortunada me siento por este pueblo mío que me acompaña donde quiera que vaya.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del viernes 1 de febrero de 2013

 

Mono mandado al espacio por Irán

 

La cosa no ha cambiado tanto como pensamos. Por mucho muro de Berlín que haya caído, los fantasmas de la Guerra Fría se manifiestan sin reparos y ahí está Irán enviando al espacio exterior a un enclenque mono, recordándole así pues a la concurrencia que es uno de esos países que cortan el bacalao. Esto no deja de ser más de lo mismo de ese “y yo más”  entre EE.UU y la URSS que hace unas décadas a punto estuvo de mandarlo todo al garete. Este “mono on the moon” –convencida estoy de que la Luna será el próximo destino del simio viajero-  muestra lo que sostengo, que no somos mucho más diferentes hoy respecto a ayer. No es que todo vuelva, impresión que nos queda cuando, al echar un vistazo ahí fuera, comprobamos cómo en la arena política se ha optado por seguir viejas pautas que ya en su día quedaron invalidadas como vías para la prevención y resolución de problemas; es que, en realidad, no nos hemos movido demasiado. Por mucho teléfono chachi, mucha tableta, mucha tele 3D que atesoremos en nuestras supermodernas casas, el mundo no es tan distinto a como era tiempo atrás: quizás sí en carcasa, pero no en cuanto a expectativas de progreso. No se ha superado el pasado, de manera que éste sigue dejándose ver, como esa mancha rebelde que no se acaba de ir, como ese espíritu incapaz de abandonar la dimensión terrenal. Qué ilusos somos si nos refugiamos en la volatilidad del cambio continuo que marca nuestro día a día, haciendo nuestro el lema “lo que ahora vale, en un rato no”, creyendo así habernos desprendido de lo que ayer resultó incómodo. Pero por mucho que los minutos pasen, que vayan cayendo hojas del calendario, existe otro tiempo que no hay reloj que lo mida y éste está parado desde hace ya. Avanza conforme se le vaya dando respuesta a problemas planteados. Hoy hay tal atasco de temas no resueltos que ya no se puede ir ni pa’lante ni pa’trás. Y la crisis, esa maldita palabra hecha carne, es el síntoma de este parón general, de esta parálisis del sistema. Por tanto, hallar una solución para los mayúsculos retos actuales pasa por remontarse hasta ese momento en el que se registraron adversidades de características similares. Ya que hemos vuelto a caer en la misma piedra, dispongámonos a ir a la piedra y no contentarnos con sortearla, sino con hacerla desaparecer.

 

Maletas de madera

 

Por poner un ejemplo, que los españoles se estén viendo de nuevo forzados a emigrar nos obliga a rememorar aquellos trenes de maletas de madera y fiambre de pueblo de la Postguerra, e incluso a mirar más atrás en la historia. Entonces, igual que hoy, tropezaron con esa misma incapacidad de España de crecer sobre pilares sólidos. No estamos, pues, ante un nuevo desafío parido por el presente. Es un problema que se pasea como alma en pena a través de los siglos esperando a que se le libere de su tormento. Flamantes espectros antiguos.

 

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