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Archive for 21 marzo 2013

Publicado en Wadi As en su edición del viernes 8 de marzo de 2013

 

Hay a quienes les molesta que se nos atribuya a los andaluces -inmerecida e injustamente, en su opinión- el monopolio de la simpatía y el ingenio. “¡Como si un leonés, un catalán o un riojano no pudieran ser graciosos!”, diría uno de estos. Y claro que hay –y muchos- leones, catalanes y riojanos con un gracejo sin parangón. Pero de igual manera que no seré yo quien considere el humor como patrimonio exclusivo de Andalucía ni quien cebe el estereotipo de “cuentachistes-sin-oficio-ni-beneficio” que, inmerecida e injustamente, pesa sobre nosotros, tampoco voy a ser yo quien niegue que desde Ayamonte hasta San Juan de los Terreros, desde Tarifa hasta Despeñaperros, el humor está muy presente en el día a día de un andaluz, ya sea activa o pasivamente, y, afino más, creo que más que de un humor tipo, deberíamos hablar de formas muy dispares de vivir el humor y con humor, algunas de ellas tan genuinamente ligadas a una zona que constituyen toda una expresión cultural de sus gentes, por lo que es de recibo no meter en el mismo saco el “pisha” gaditano, el “miarma” sevillano y el “malafollá” granaíno; hacer esto sería faltar a la realidad de Andalucía, tierra de contrastes, atractiva por su diversidad, también en lo tocante al “jejeje”.

 

El ramalazo “malafollá” que to granaíno tiene, con mayor o menor intensidad, es tan idiosincrático como la tortilla del Sacromonte o el azulejo de Fajalauza. Eso sí; a un forastero que se encontrase con un “malafollá” de libro, le sería complicado de primeras tachar la de éste como una actitud humorístico-empática ante la vida. Y es que el “malafollaísmo” se adecua muy poco al estándar. Es poco agradecido el humor del “malafollá”. Demasiado ácido y poco vistoso, lo cual desmonta por completo la tesis simplista de esos que tan a la ligera arremeten contra el salero andaluz así en general, sin detenerse en lo muy diferente que se concretiza aquí, allá. Por eso, a estos que tan infundada opinión sostienen les echaría a la cara a un granaíno de pura cepa y a ver qué dirían entonces. Porque de todos los tipos de humor andaluz que conozco, es éste el más peculiar, aparentemente a medio camino entre la bronca y el chiste, aunque preñado en esencia de un hilarante sarcasmo, del que disfruta/disfrutamos los que lo reconocen/reconocemos, pero, a quien no, pues más que hacerle gracia, el granaíno “malafollá” le asusta, ¡y tanto! Es un humor muy directo. Es de pocas palabras, fiel a un sólo taco, el “polla”, eso sí, con múltiples acepciones y usos. Tampoco el “malafollá” es de gestos exagerados ni florituras verbales: lo que dice, lo dice a bocajarro; como mira, lo hace con descaro, sin paños calientes. En resumen, la “malafollá” vendría a contener varios kilos de ironía, unos gramos de pachorra/pereza, un chorreón de cenizo, una pizca de cabreo y unas gotitas de chulería; una fórmula de humor muy distinta a la que se tiene en otras partes de nuestra región.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 1 de marzo de 2013

 

GRANADA-MULTICINES CENTRO

 

 

Aquel día Conchi y yo salimos antes del instituto. De lo contrario, habría sido imposible llegar a Granada a la sesión de las cuatro. Aquella era mi primera excursión a la capi con amigas. Eran otros tiempos y por entonces a los jovenzuelos no nos daban tantas libertades como ahora, por lo que aquella escapada suponía todo un hito en mi proceso de abandono del nido familiar, que culminaría unos meses después con el comienzo del curso universitario. Multicines Centro y “Titanic” pasarían, por tanto, a formar parte de esa colección de nombres propios destacados en mi cuaderno de bitácora. De hecho, cada vez que escucho esa empalagosísima canción de su banda sonora, más que de la película en sí acuden a mi encuentro muchos recuerdos de aquel año de COU en el que tantos cambios en mí y a mi alrededor se sucedieron. Entonces, aquel día, mientras viajábamos en la “autediasa”, aún desconocía el resultado de la Selectividad, en qué facultad me aceptarían, en qué ciudad echaría el ancla. Muy probablemente sobre estos y otros etcéteras íbamos pensando mientras pasábamos por el Puerto la Mora, o mientras bajábamos del autobús cerca de los hospitales, o mientras nos tomábamos ese helado de vainilla con chocolate caliente y cacahué del McDonald, o mientras doblábamos la esquina del Palacio de los Patos camino de la plaza de Gracia. Y porque Multicines Centro sirvió de escenario para la tarde de aquel día que, sin quererlo, iba a resultar tan especial, pues ahora que he sabido de su cierre sólo puedo lamentarlo. Por lo visto no se habían adaptado a las nuevas exigencias técnicas del séptimo arte y, por tanto, ya no eran competitivos frente a las modernísimas salas de los centros comerciales de las afueras. Y sí, en estas nuevas el sonido será todo lo envolvente que queráis y la resolución acojonante al máximo, pero estaréis conmigo en que esto de “ir al cine” en estas miniurbes de consumo del extrarradio le resta encanto al asunto. Los cines, que desde sus orígenes han ocupado un lugar preferente en el corazón de las ciudades, han sido ahora desterrados a los polígonos, convirtiéndose en muchas ocasiones en un mero comodín en nuestra agenda de ocio. Con ello se acaba con lo de “ir al cine” a intento sin bolsas de ésa y ésa y esa otra tienda. Con ello se esfuma el glamour que desprendía la exclusividad que antaño nos movía hasta una taquilla. Con el adiós de Multicines Centro también se despide un tipo concreto de salas, una manera de “ir al cine”, un espectador particular. El tiempo pasa, los tiempos cambian. Claro que seguiré yendo al cine. Pero no puedo dejar de recordar con una mirada empañada de nostalgia los viejos cines de ciudad, sin otro cometido que proyectar películas; caso de los Multicines Centro, por muy resbaladizas que fueran sus escalerillas, por no muy aislantes que fuesen sus paredes interiores, por no muy agradable que fuera aquel olor a ambientador y palomitas.

 

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