Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 25 abril 2013

Publicado en Wadi As en su edición del 27 de marzo de 2013

 

¿Que cuántas fotos tengo de la Catedral, o de las cuevas, o de Guadix vista desde sus miradores? Pues unas cuantas. Más bien unas muchas. Siempre encuentro una razón para tomar una nueva fotografía: “si es que hoy hay una luz especial”, “si es que creo que esto no lo tengo desde esta perspectiva”, “venga ponte ahí que queda un encuadre perfecto”… excusas detrás de las que se esconde una fascinación que no sólo sienten accitanos que, como yo, vivimos fuera y con nuestras cámaras queremos quizás guardar esencia de pueblo que luego iremos dejando escapar durante nuestra prolongada ausencia. También embriaga a quienes, improvisada o deliberadamente, aterrizan en nuestra ciudad. ¿Qué es eso que tiene Guadix que no deja indiferente a quien por ella pasa?

 

Calle de la Concepción

 

Paseemos por sus calles un día cualquiera. Con los atascos típicos en los típicos sitios. Con gente que hace un hueco en su agenda mañanera para sentarse a desayunar. Con sus tiendas, en las que aún pueden verse a clientes y dependientes hablando sobre algo que no es el puro negocio que les ocupa. Con éste que saluda y aquel que se hace el despistao pero acaba saludando. Con los corrillos que se forman cuando te has encontrao con ésta y luego con la otra y, ¡claro!, tienes que dar cuenta de de dónde vienes y a dónde vas. Corrillos donde se desmenuza el tema de turno (“que si he oído que este año toca el Gordo en la lotería de tal Hermandad”, “que si me han dicho que en tal super hay una oferta de no sé qué”…) además, por supuesto, de los cotilleos folletinescos que no pueden faltar en ciudades con alma de pueblo, como es nuestro Guadix. Calles que pliegan el chiringuito y no están para nadie a las tres de la tarde. Calles que cuando reabre el comercio por la tarde quieren recuperar el ajetreo de la mañana, pero eso dura un poquitillo y más en invierno, cuando al calor de la mesa camilla se cuece la rutina de los hogares accitanos. Y la noche cae como un manto de silencio. Sssssh… silencio. Sí. A Guadix le gusta el silencio.

 

Catedral

 

Y aprovechando que está tranquilo, sumido en sus sueños, bien de un pasado glorioso, de un futuro aún por definir, podremos leer mejor entre las líneas del día a día guadijeño en busca de lo que convierte a Guadix en algo especial. Llegados a este punto no se escuchan las grescas que enzarzan a unos contra otros ni las rencillas mundanas que nos mantienen peleados con éste y aquella ni los odios y envidias que se generan justo cuando hay mayor roce y vecindad, como sucede en ciudades pequeñas como la nuestra. Dejemos a un lado las broncas que vienen y que van y también las modas que van y que vienen. Sin el peso de estos habituales “engasques” podemos captar mejor lo que permanece en el ambiente.

 

Iglesia de Santiago

 

 

Demos una bocanada de aire. Con ella tragamos humedad, que sale de las viejas casas de los viejos barrios, y también aromas a guisos de cuchara y pimientos asaos y bollos de horno. Demos otra y ésta nos llega junto al frescor de la mareta cortante que corre por las sombras, a las que siguen claros donde el sol nos pica incluso en invierno. El aire nos trae, con la tercera bocanada, el runrún de chistes que encierran lágrima y carcajada. En este mismo ambiente que acabamos de engullir perviven sentires unidos a usos y costumbres desde no se sabe cuándo y que se resisten a marcharse… como esas procesiones de barrio sin orden ni concierto, como ese salirse a las puertas en las noches de verano, como ese hacer de la arcilla un modo de vida y una forma de arte.

 

 

Cuevas

 

La arcilla, la tierra, ¡qué unida está al ser de Guadix! Y no sólo por el oficio alfarero ni por esas cuevas que preñan los cerros. Es algo que va más allá. Una prueba gráfica de que el accitano es hijo de la tierra está en ese séquito tintado de ocres que acompaña al Cascamorras cada 9 de septiembre. Echa un vistazo a esas fotos que guardas en tu álbum y verás como los cascamorreros se confunden con la piedra de la Catedral y los pardos campanarios de las iglesias y la argamasa de la Alcazaba y los cerros de Guadix, formando una sola cosa marrón, rojiza.

 

alrededores

 

Todo parece emerger de esa arcilla accitana que brilla con luz propia. La tierra de Guadix encandila y más en su contraste con el blanco de chimeneas y fachadas de cuevas encaladas, y con el celeste intenso que suele teñir el cielo guadijeño. Luz que también reside en las alameas verdes y en la vega regada por esa agua oculta que murmura bajo nuestros pies.

 

Peregrinos camino de Face Retama

 

Pero en Guadix no sólo tomamos contacto con la esencia de la tierra y el agua, sino también con la del fuego en las iluminarias que alumbran la fiesta de San Antón, o de las antorchas que acompañan a San Torcuato en la romería nocturna ante el santuario de Face-Retama, o de las velas que se queman por San Blas. Y qué decir del viento que juega a arremolinarse en los callejones de San Miguel, Santiago y Santa Ana, viento que nace en la Puerta Alta, coge impulso en las ramblas y lleva polvo hasta las balconadas de la Magdalena y la Bala, y hasta las cimas de los cerros que cercan buena parte de Guadix.

 

Guadix desde el cerro de la Bala

 

Y el tiempo. En Guadix el tiempo se mide por lo que una orza tarda en cocerse, o en trabarse la salsa de un arroz caldoso, o en fermentarse el vino cosechero, o en formarse una cuadrilla de costaleros, o en coger hechura un tocinico de cielo, o en crecer el esparto y el romero, o en irse el día y venir la noche, o la lluvia en empapar la arcilla que luego el sol seca y luego la lluvia vuelve a mojar y que el alfarero usa para moldear una orza que tarda lo suyo en cocerse y…

 

Enseres de arcilla

 

El espíritu de Guadix, eso que tiene Guadix que tanto seduce, cabalga en el punto donde este tiempo peculiar y ese espacio, conformado por tan puros y rotundos elementos que lo dotan de tan hermosa simplicidad, convergen para ofrecer a quien lo experimenta una oportunidad de avanzar por su propio sendero, sin más compañía que la de los propios pesares. Ciertamente Guadix ejerce como cruce de caminos, pero de esos que uno tiene que ir tomando en la vida. Sólo hay que hacer un pequeño esfuerzo y evadirse de las bajas pasiones para descubrir a ese Guadix auténtico que sobrevive bajo el Guadix de nimias historias. Y es éste Guadix lento y arcaico y primario el que impide el olvido en el visitante ocasional, incluso en su hijo más descastado. Este Guadix no cabe en las 1.210 palabras de este artículo. Es un Guadix personal que hay que vivirlo y al que hay que dejar que cuente a cada cual lo suyo. Así ejerce Guadix como lugar de paso. Así es como invita a tener siempre la maleta lista para emprender, una y otra vez, este viaje por los sentidos.

 

Read Full Post »