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Archive for 10 julio 2013

Publicado en Wadi As en su edición del 5 de julio de 2013

 

No hace falta un dineral ni tampoco devanarse los sesos a la caza y captura del ofertón del siglo. Basta con que hagamos memoria y recordemos aquellos años en los que no salíamos de Guadix en verano y de los que, sin embargo, atesoramos anécdotas estupendas a punta pala. No hay pero que ponerle a aquellas excursiones que hacíamos a los parajes fresquitos de los alrededores y en las que uno desconectaba tanto o más que en nuestras recientes vacaciones a los destinos fashion de agencia de viaje.

Una jornada era vivida con una intensidad que ya quisiera sentirse al cabo de una quincena en hotel fisno; y es que tenía un antes, un durante y un después que se exprimían a tope. Qué ilusión en la placeta cuando comentábamos que al día siguiente seguramente nos veríamos en El Zapillo, hormigueo que aumentaba conforme iba oliendo la carne en salsa que mi madre estaba preparando y que echaría al cesto, conforme veía a mi padre ir cargando los bártulos. Y cuando nos reuníamos con mis titos en la gasolinera, donde paraban los coches, además de para repostar, para comprar los hielos para las neverillas donde conservábamos fresquitas las bebidas, y desde donde salíamos en comitiva hacia la playa. Y teníamos tantas ganas de pisar la arena y darnos el chapuzón que las casi dos horas de viaje, con travesías por pueblos incluidas, se pasaban en un suspiro. De entonces sólo guardo buenos recuerdos, los de mi familia disfrutando el domingueo entre vecinos y conocidos, los de mis hermanas y yo entrando y saliendo sin parar del agua, los del bocatto-di-cardinale que eran la pechuga empaná, la pipirrana y la tortilla española, los de los helados comprados en el chiringuito para paliar la larga espera bajo la sombrilla por la Santa Digestión, los de las cabezadas que dábamos en el coche durante el viaje de vuelta -otras dos horas o más, por los atascos-, los de lo contenta que era los lunes comentando el finde con los niños del barrio. La Tizná, la Rosandrá, el Barranco de Jérez, el pantano de Cogollos, el Tesorillo, el Diente y la Muela o la Cueva del Monje –estos dos últimos sitios más idóneos en primavera-, sirvieron de escenario a aquellas barbacoas, a aquellas paellas, a aquellas papas al montón con huevos fritos que centraban lo que hoy se ha rebautizado como “escapadas-rurales-con-encanto” que se ofertan como si fuera cosa nueva. Entonces era lo que había y uno se hacía a ello, y con mucho gusto. Ahora que lo que hay es lo que hay –mejor no mentar la bicha- y hay que hacerse a ello, deberíamos coger prestado de nuestro propio ayer el veraneo “de-toda-la-vida”; y a Dios gracias que podamos echar mano al pueblo, que otros no tienen tanta suerte. Pues eso, que por ir a la piscina municipal a sofocar los calores o salirse a la puerta a tomar el fresco por la noche o ejercer de domingueros, no vamos a dejar de disfrutar del descanso estival que no tenemos por qué buscar fuera.

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