Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 28 agosto 2013

Publicado en Wadi As en su número especial de Feria y Fiestas de Guadix 2013

 

¡Mira que nos gusta un ratico de feria! Y es que a nadie le amarga un dulce y con tanto penar que si por la crisis, que si por una cosa o por la otra, el caso es que sienta de maravilla un vaso de rebujito bien fresco, un pinchito moruno, un par de viajes en los caballicos o jugar un cartoncillo en el bingo, por poner unos cuantos ejemplos de opciones económicas de disfrute ferial, man’que sea una noche, man’que sean unas horas na más, un paréntesis  tan sólo –que cada cual ampliará o reducirá en función de sus posibles- durante el que no pensar en eso que nos quita el sueño.

 

 

Bien puede concretarse en comerse un cacho de calabaza confitada o un cartuchillo de patatas fritas, o en rapiñarle al crío el algodón dulce con la excusa de que tanta azúcar le sentará mal. A otros les bastará echarse unas buenas risas mientras comentan las carocas, quizás pasarse por alguna de las interesantes exposiciones que suelen programarse, tal vez escuchar al fresquito los temas de toda la vida interpretados por nuestra estupenda banda municipal de música. Habrá quien dé por cubierta su cuota de feria asistiendo al pregón, o a alguna representación teatral, o marcándose un pasodoble en la verbena. Habrá quien no tenga más ilusión que no perderse a su sobrino jugando la final del torneo deportivo de turno. Ilusión; al fin hemos llegado a la palabra mágica, y es que la ilusión es capaz de convertirnos en los más dichosos del planeta aun estando atravesando incómodas estrecheces.

 

 

Porque en verdad ésta es la chispa que debe prender durante las fiestas para que podamos vivirlas con una intensidad suficiente como para cambiar el rostro mustio del diario por otro resplandeciente. La feria es el escenario perfecto, con las luces de colorines del alumbrado, los atuendos estrafalarios de los cabezudos, los destellos multicolores del castillo fin de fiestas, para darnos ese pequeño homenaje y recargar las pilas. No se trata de fingir ser felices, de pasearnos por el ferial con una sonrisa escayolada. Hacer esto no tiene mucho sentido. Para eso, mejor quedarse en casa. Pero si uno decide calzarse las ganas de feria, por muy tiritando que tenga el bolsillo, le sacará brillo a cada instante, hallando en un gesto, en una mirada, en un abrazo, en el detalle a priori más intrascendente, esa oportunidad para el descanso y la diversión.

 

 

En la vida la actitud con la que uno afronta las situaciones condiciona en gran medida la manera en la que éstas luego evolucionan y por eso no seré yo la que vea como un impedimento para disfrutar de mi feria de Guadix los tres mil kilómetros que separan mi barrio berlinés de la Plaza de las Palomas. Así, aunque este año no vaya a pisar el ferial, aunque no logre oír ese rumor de fondo de las sirenas y las rumbillas de gasolinera de las atracciones, los megáfonos de jaleadores feriantes varios o las sevillanas de las casetas de tapeo, os aseguro que del 28 de agosto al 1 de septiembre no habrá momento en el que no crea estar saboreando esas papas al montón, esa paellita, ese choto al ajillo o esa zapatilla de lomo de la feria del mediodía, o en que no me parezca llevar puesto mi vestido de volantes y las horquillas sujetando el moño, o que no visualice a los aguerridos contrincantes del trofeo de petanca sobre la pista de arena del parque, en torno al que siguen instalándose esas casetillas de dulcería tradicional, que aún venden trompetas de juguete, camaricas de fotos y “pompicas”, que ya hacían furor entre los de mi quinta.

 

 

Acogeré con gusto la visita de los recuerdos de las ferias pasadas, cada una con sus historias al margen, con sus pies de página, con sus propios protagonistas, ahora con más arrugas en la cara, muchos tristemente ya no con nosotros. Claro que me acordaré de mis abuelos y de las propinas que nos daban la tarde del pregón, y de mis padres esperando pacientes junto al “dragoncito”, “la barca vikinga”, “el pulpo” y demás cacharricos de los que mis hermanas y yo no queríamos bajarnos, y de la convidá que luego nos dábamos en las casetas, y de las noches sin hora vividas junto a mis amigos en las carpas, y de los churros con chocolate como epílogo, como inmejorable broche de oro. Y claro que me llegará el bajón nostálgico, fiel compañero de viaje del expatriado, dispuesto a decir “Eh, que estoy aquí” cuando a él le viene en gana. Pero hoy no, estos días no pienso permitir que me empape con lágrimas lo que es motivo de alegría, que es nuestra feria, la feria que cada cual revive o vive porque así lo quiere, porque así lo necesita. Y me anima imaginarme en futuras ferias llevando a mi niña a las colchonetas o a los castillos hinchables mientras su padre la fotografía, o parándome con mis hermanas en los puestecillos de productos andinos amenizados con esas entrañables versiones de clásicos del pop tocadas con flautas de caña, o echando unas tómbolas con mis amigos, o quedándome hipnotizada viendo girar los pollos en los asadores, o alargando un poquito mi estancia y pudiendo compartir con los paisanos ese 9 de septiembre cascamorrero.

 

 

Total, que no es ni porque toque ni porque lo digan las autoridades municipales en los habituales saludas del programilla de mano ni porque así lo manifiesten las asociaciones y los empresarios partícipes en la organización de actividades, sino simple y llanamente porque el corazón también precisa tomarse sus diícas de asueto, por lo que doy por bienvenida la feria y por lo que, creo, es recomendable considerarla como todo un plan de choque frente al estrés y los berrinches, de los que tan sobrados vamos. Ya tendremos ocasión durante el resto del año de quejarnos de lo tiesos que estamos. Démonos este respirito. Venga, que sí, que faltica nos hace.

 

 

Anuncios

Read Full Post »

Publicado en Wadi As en su edición del 16 de agosto de 2013

Dejando a un lado los epítetos poéticos que cosecha Guadix por méritos propios, y bajando a un plano más mundano y menos sublime, doy por cierto lo que en cierta ocasión dijo sobre la muy-noble-y-leal ciudad una amiga mía granaína: Guadix, pueblo de cohetes y bares. Y es que es así. A los hechos me remito: raro, rarísimo es el día en el que no se escuchen unos cuetecicos ni se vea a alguien echándose una cañita con su tapa reglamentaria en cualquiera de los muchos bares -¡qué lugares!-, unos veteranos, otros recién abiertos, sitos en cada uno de nuestros barrios. Coincido totalmente, así pues, con quien hizo esta afirmación y es que en efecto Guadix no sería lo mismo sin tanto fogonazo ni tampoco sin la vidilla creada en torno a los bares que, en verano, además, tienen un especial aliciente llamado “terrazas” que hacen las delicias del personal, atontaíco por tanta calor, capaz de perdonar la habitual cojera de la mesa y cualquier otro incómodo contratiempo que se presente con’tá de tener con qué mojar el gaznate.

 

Ir de bares, practicar el terraceo estival forma parte de una manera de ser muy concreta, característica de muchas zonas de España, que entronca con ese modo de vida tan genuinamente mediterráneo de fraguar las relaciones sociales en la calle y con algo que llevarse a la boca mientras tanto. Tened por seguro que, de haber sido esto cosa de los diligentísimos e inteligentísimos europeos del norte, ya se habrían exportado como terapias de ocio saludable la plática distendida, el compadreo con el camarero y los discursos de alta política que se alternan con las confesiones de profundísima lealtad y amistad con el vecino de mesa cuando uno lleva unas cuantas cervecitas de más. ¿No os da por pensar que sólo por envidia y también, por supuesto, por el convencimiento de que en esto España revalidaría el título una edición tras otra, no se haya incluido ya como modalidad olímpica el tiro de caña “fresquita-de-verdad”? Todo esto es tan nuestro que es de lo que más se echa de menos cuando uno vive en el extranjero.

 

¿Y qué decir de los camareros de vocación, sí, esos que te recitan la carta de raciones sin pestañear un momento, duchos en el arte de memorizar todo lo que se ha pedido y hasta de hacer, pasado un buen rato, el cálculo mental de la cuenta de todas las consumiciones? Especímenes de tan distinguida casta quedan afortunadamente unos cuantos en Guadix. ¡Disfrutad de/con ellos! ¡Cuánto se extraña a estos maestros de esa ceremonia de parlotear y picotear a la vez, de la que, suertudos vosotros, podéis participar cuando os plazca! Ya sea a pie de barra, ya sea en las mesas de dentro o en las de la terraza, encontraréis en el camarero el analista perfecto, el meteorólogo perfecto, el perfecto tertuliano, el perfecto entrenador deportivo, sumo sacerdote del palique y del chascarrillo en el templo alfombrado con servilletas usadas/arrugaíllas que es el bar.

 

Read Full Post »

Publicado en Wadi As en su edición del 2 de agosto de 2013

 

Y llegó mi turno. Se acercaba el momento temido durante todo el día. “Venga, no pasa nada, estoy aquí abajo esperándote”, me indicaba el monitor desde el agua, con una gran sonrisa en el rostro, tratando en cierto modo de edulcorar el mal trago que a todo niño le supone el primer chapuzón desde el trampolín más alto. Superadas ya las fases de nadar sin tablas ni corchos a la espalda por donde no dábamos pie y la de tirarnos de bomba por el fondo, llegaba la prueba más difícil en el curso de natación de aquel verano. Pese a estar completamente empapada, recuerdo el sudor en la nuca y en mis manos. Ya en el extremo de la plataforma no había vuelta atrás. Me tapé la nariz, cerré los ojos y me lancé. Cuando subí a la superficie y saqué la cabeza sentí un alivio increíble, similar al que inundaría mi cuerpo años después tras hacer el último control de Selectividad, tras bajarme del coche al examinarme del carné de conducir, o el que suelo sentir tras comprender lo que cualquier transeúnte con quien me pueda cruzar por mi barrio berlinés me haya podido preguntar. Ay qué ver cuánto trabajico cuesta to y cómo de to va saliendo uno y cómo todo objetivo logrado es una medallita que colgarse y, sí, buena parte de mis pequeños grandes retos de niña tuvieron como escenario la poza llena de agua con cloro del polideportivo municipal, tan frecuentada durante tantos veranos de mi vida. Hablar de los julios y agostos de mis años mozos en Guadix implica hacerlo de mis vecinos y nuestras madres acompañándonos a los cursillos de natación, y de los bocatas de fuagrás, nocilla, etc. y los yoplait de después de las clases, y de Poyatos teniendo las instalaciones siempre a punto, y de los monitores que, con paciencia a kilos, nos ayudaban a vencer el miedo a movernos en el medio acuático, y del Mariano paseándose por el bordillo de la pileta tocando la trompeta/bocina que luego usaba para jalear en los partidos del GuadixCF.

Es curioso cómo cambian las dimensiones de las cosas con el paso del tiempo: entonces la piscina me parecía grandísima -¡qué duro era cruzarla a nado a lo largo!-, sita en un enorme recinto donde pandillas de “gente mayor” copaban incomprensiblemente las sombras; ahora la piscina municipal no me resulta tan espaciosa, en especial en hora punta, cuando el personal se abarrota en el agua y es complicado dar unas cuantas brazadas, las justitas para dar el baño por concluido y poder volver pronto a la toalla que afortunadamente hemos extendido en la sombra, lejos del chiquillerío. Chiquiticos me son ahora los entonces grandes problemas que bullían en nuestras cabezas y que pasaban por hacer test de la “Vale”, trazar la estrategia de aproximación al chico de interés, tostarse sobre la esterilla ora bocarriba/ora bocabajo y acordar una hora para salir por la noche. Chapuzón de recuerdos a costa de aquellos veranos piscineros.

Read Full Post »

El mar

Publicado en Wadi As en su edición del 9 de agosto de 2013

 

Para los nacidos lejos de la costa, descubrir el mar, sentirlo en propia piel, se convierte en toda una experiencia de vida. No es para menos. Todo es nuevo, diferente a lo que el cuerpo ha estado expuesto hasta entonces: el tacto de la arena de playa, y esa claridad cegadora cuando el sol se refleja en ella, y el matiz salado de la húmeda brisa marina, que enreda el cabello, que aumenta la impresión de frío, y la amplitud que va creciendo más y más cuando aspiras honda, profundísimamente, queriendo llenar tus pulmones con ese aire de tan agradable y gustoso aroma a pescado fresco, y cómo cuando uno, ya ensanchado por dentro, acepta como morada esa inmensidad que se abre ahí, delante, donde la vista se pierde en la hipnótica línea del horizonte… y las olas rompiendo en las piernas, ¡faltaría más! ¿Cómo se nos iba a escapar este detalle, cuando es ésta la sensación más genuinamente ligada al concepto “estar a pie de mar”? Porque por supuesto que a mi niña Juana le ha llamado la atención la arena fina que se le ha quedado pegada en las manos y en los pies. Claro que ha pestañeado más que de costumbre con la brisa que casi ha hecho volar el gorrito que llevaba. Pero, primero, pisar la arena mojada de la orilla y, segundo, sentir las aguas del mismísimo Báltico cubriendo sus pantorrillas, sus piernecitas, hasta taparle la tripa, eso le ha dibujado en la cara una sonrisa enorme, viva expresión del entusiasmo causado por tan magnífico descubrimiento. Los en torno a 20 grados de temperatura que el mar tiene en agosto aquí, al norte de Alemania, donde se desarrolla esto que cuento, no le han quitado ganas de chapotear con el mismo ímpetu a como lo hace en casa en su bañerita con agua caliente. Las olas no la han asustado ni la han frenado en su cometido de echarle mano a la espuma que forman cuando acaban.

 

Es una delicia observar a los bebés afrontar “sus primeras veces”, constatar cuán de impoluta está su capacidad de asombro, cuán intensa es la ilusión que ilumina sus rostros cuando conocen o aprenden algo nuevo. Son una invitación en toda regla no ya a repescar recuerdos, impresiones, sensaciones que almacenamos desde Dios sabe cuándo, sino sobre todo a tomar continuamente consciencia de nuestro lugar en el mundo, a detenernos en ese instante y sentirlo, si no con la misma plenitud que ellos, sí al menos con un brío distante del aburrido ritmo de la rutina, del gris sobre gris de lo trillado, lo manido. Las primeras veces de Juana son mis nuevas oportunidades para aprehender las situaciones de otra manera. Me dejo contagiar de su interés por querer más sobre lo que acaba de llegar. Su deseo por exprimir el momento, esa energía que parece mentira quepa en un cuerpito tan pequeño, me invitan a redescubrir una y otra vez esa realidad que los adultos creemos totalmente explorada.

 

Read Full Post »