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Archive for 22 septiembre 2013

Publicado en Wadi As en su edición del 20 de septiembre de 2013

 

Es raro, rarísimo que un alemán, sobre todo en hora punta, se disculpe si te empuja al querer subir –o bajar- antes que tú al/del autobús, a/de un vagón de metro, si se te cuela para comprar un tique o un café para llevar. Algo que me quedó bien claro nada más pisar suelo berlinés es esto, que los modales, en ciertos contextos, no tienen razón de ser, estorban más que ayudan al normal desarrollo del día a día. Por eso, no me extrañó que un viejete enclenque me embistiera el otro día con su bici cuando, al verme con carrito de bebé, me consideró un rival a batir en su afán por montar el-que-primero en el ascensor que comunica los andenes con el vestíbulo de una estación de tren. Pero sí que me llamaron la atención los carteles que  con un mérito innegable había colocado sobre su herrumbroso velocípedo. Escritas a mano aparecían las palabras “Justicia”, “Globalización”, “Euro”, “Pobreza”, y signos de admiración e interrogación. Había incluso frases pintadas, que no pude leer porque este mitinero sobre ruedas ya estaba emprendiendo la subida cuando llegué al elevador. Sin embargo, este encuentro, mejor dicho choquetazo matutino, me dio pie a reflexionar sobre todo ese arsenal dialéctico que se emplea en especial en tiempos de campaña -como estos que se han vivido recientemente en Alemania, que hoy celebra elecciones-, sobre cómo creemos ser inmunes a tamaño bombardeo nominal alegando una activa conciencia crítica por nuestra parte y sobre cómo lamentablemente comprobamos al final que esta guerra de dimes y diretes sí que nos ha dejado tocaos, al constatar cómo oídas/leídas unas mismas palabras, cada cual oye/ve una realidad por completo distinta. Y esto nos sitúa ante un problema básico: no podemos entendernos si cada cual habla de un algo dispar, habla de “su” algo. No es tanto que tengamos puntos de vista discrepantes, como que al referirnos a una misma cosa pareciera que estuviésemos tratando asuntos totalmente diferentes. Es que yo ahí veo “x”, porque quiero/tengo que ver “x”, y tú ves “y”, porque quieres/tienes que ver “y”, y ese querer-desear que algo sea como uno quiere y desea que sea, desplaza y margina el ejercicio de ver lo que en verdad hay. Hoy en día hace más falta que nunca ver lo que hay. ¡Ay! Hay tantos intereses tanto por parte de los oficialistas como de los conspiranoicos, que resulta muy complicado llegar al quid de muchas cuestiones e infinitamente más sencillo deslegitimar al contrario espetando insultos o palabras que, de tanto usarlas, han perdido su sentido por el camino o bien por ello pueden tener tantos sentidos diferentes como se quiera/desee. En resumidas cuentas, que en tanto no nos avengamos a hablar en un mismo idioma sobre la realísima Realidad, ya podrán convocarse muchas elecciones, ya podrán organizarse muchas manifestaciones, que seguiremos en el mismo punto, en un eterno presente que juega a cambiar el pasado y acomodarlo a sus postulados con el futuro como excusa. Mal, mal.

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Publicado en Wadi As en su edición del 6 de septiembre de 2013

 

Cuando vi la barbaridad de aportaciones que accitanos y bastetanos íbamos haciendo al grupo que abrió en Facebook el paisano Manuel Khortés para recopilar referencias en prensa extranjera del Cascamorras, me di cuenta de que se conseguiría material más que suficiente como para justificar con creces su declaración como fiesta de interés turístico internacional. Y es que me imaginé que, al mismo tiempo que se cocía esto en internet, estarían llegando otras tantas reseñas a la hermandad de la Virgen de la Piedad y al Ayuntamiento de parte de otros muchos dispuestos a que esta magnífica oportunidad no se perdiera.

 

Los accitanos sucumbimos con facilidad al cenizo fatalista, pero cuando nos tocan la moral, ¡huy!, entonces sacamos el Juan Pedernal que llevamos dentro y muy poco nos importa el resultado de la contienda, que ponemos en ello alma, vida y corazón. Así es Pedernal, así es el Cascamorras, siempre presto a mantener el tipo aunque un año tras otro se vuelva de vacío. ¡Mira que somos sufríos los de Guadix! Gran mérito el nuestro de disfrutar festejando la conmemoración de una derrota. Ya tenemos ánimo, ya, para mandar a Baza un año tras año a un valiente sucesor de aquel que encontrara la imagen de la Piedad en territorio ajeno y que, no contento con la oposición de la teñida marabunta bastetana, se entrega después a su pueblo, decepcionado por no haberse traído la virgencica pero a la vez feliz con su regreso, y que también le ensucia de lo lindo. Los accitanos somos así, actuamos ante situaciones límite, como ahora ha ocurrido con la búsqueda de noticias.

 

Pero ahí no queda la cosa. Si queremos que la fiesta haga honor a su recién estrenada categoría, tendremos que involucrarnos en adelante con la misma intensidad a como lo hemos estado haciendo. Son las gentes, con su implicación, las que demuestran cuán profundas son las raíces de sus tradiciones. En nosotros está darle el impulso definitivo que atestigüe la raigambre de tan genuina fiesta. Hagamos que el Cascamorras, a partir de este año, sólo pueda merecer comentarios laudatorios por la increíblemente creciente participación en la carrera, y si ahora hay “x” menciones en prensa, que después de este 9 de septiembre haya “x+100”. Y pronto nos sumaremos a esas fiestas que se cuelan en portadas y cabeceras de medios nacionales y extranjeros: la gente arrodillada arremolinada en torno al Cascamorras en las juras de bandera puede dar pie a tantas fotos como un ninot ardiendo o un corredor por la calle Estafeta.

 

Es tarea nuestra que la fiesta vaya a más. Si es poniéndonos bonicos de azulete, bien, si es echando agua desde el balcón, bien, pero también bien si es llevando al crío al Cascamorras infantil, leyendo el cómic sobre el personaje, participando en el concurso de fotografía o hablándole sobre tan pintoresca celebración al vecino en el país que sea al que hemos ido a parar. Juntos, todos, instituciones, asociaciones, empresas, particulares, consolidaremos un  Cascamorras 100% universal, expandido all-over-the-world.

 

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 31 de agosto de 2013

 

Por las nubes que caen, por el fresquito que dejan, por lo mucho que entona el cuerpo un café bien caliente, por lo prontico que se mete la noche, por los bares que cierran por vacaciones, por los pocos pasos que se escuchan ahí, fuera, cuando pasa una hora determinada, por la vuelta al cole de los críos, por las hojas que comienzan a teñirse de marrón, por las ganas que se tienen de dar carpetazo al desbarajuste de horarios seguido días atrás, a tanto entrar y tanto salir, a tanto palique que “el terraceo” propicia, por todo esto y porque el cuete gordo de la feria ejerce como magnífico punto y final, es acabar las fiestas y en Guadix entra el otoño. Un otoño precoz que, dicho sea de paso, es la estación que mejor le sienta y, por ello, creo oportuno reivindicarlo como el tiempo ideal para que el forastero interesado en conocer la ciudad se anime y venga. Ahora que parece que por fin instituciones y empresarios se han convencido del potencial turístico de la comarca, pienso que siendo ésta la época del año en la que nuestra tierra se exhibe más auténtica, más ella, más bella, debería ser ésta razón suficiente como para que se ponga un especial celo en las iniciativas que se programen de cara al visitante en semanas venideras. Quizás el guiri de sandalias con calcetines que aterriza en Andalucía llamado por el “sol-y-playa” y el cliché “toros-flamenco-sangría”, sí que busque el calor tuesta-sesos de julio o el campo perfumado de la primavera. Quizás el urbanita que quiere escapar de la metrópoli en el puente de la Purísima encuentre en Guadix y en sus alojamientos en cuevas, donde ante la chimenea se está en la gloria bendita, el destino idóneo para cubrir su cuota anual de “paraje pintoresco con encanto”. Pero habrá quien prefiera llevarse una idea de Guadix lo más cercana posible a su esencia, y a éste sin duda hay que recomendarle Guadix en otoño.

 

Ido el calorín, se recupera el café-tertulia de sobremesa y el paseíco de después de comer. Ida la extrema claridad de los días, estos empiezan a dejar que la noche les gane terreno y bajan de intensidad los rayos solares, que acentúan el color pardo cobrizo de la arcilla de nuestros cerros, manto dorado que hace de las fotos a la alcazaba, a la catedral, a los campanarios de las iglesias, unas instantáneas imposibles de mejorar en otra época. Idos los emigrantes a sus lugares de adopción, las casas vuelven a enviudar de voces y nuestros barrios regresan a ese silencio que permite a quien por ellos se pierde caminar de la mano de sus propios pensamientos sin nada que le perturbe. Ido el jolgorio del verano, viene la melancolía del otoño y ahí está Guadix, con su halo de ciudad si no capaz de detener el tiempo, sí al menos de hacerlo pasar más lento. Sosegado, silencioso, sugerente, sobrio, sombrío. Él. El otoño. Él. Guadix.

 

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