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Archive for 28 octubre 2013

Publicado en Wadi As en su edición del 18 de octubre de 2013

 

No es que uno se pase el día llorando envuelto en la tela roja y gualda que echó en la maleta para no olvidar de dónde viene. Pero sí que, de vez en cuando, y cuando uno menos se lo espera, se hace un silencio que precede a un vacío que se abre dentro aplastando las tripas, que seca el gaznate y que derrama sobre la tez, fría por esta rigidez sobrevenida, unas cuantas lágrimas, al revivir sensaciones que nos hablan de España: sol, “¡Buenos días!”, chascarrillos en el ascensor, madres estrujando a besos a sus hijos, pincho de chorizo y tortilla de patatas, meriendas al calor de la mesa-camilla, “¡Pago esta ronda!”, cupón “de los ciegos”, abuelos a pie de obra, tostadita de media mañana, tertulias en la sala de espera del ambulatorio, niños de Comunión en el mes de mayo, el aroma a mar hasta en el pueblo más alejado de la costa en esas pescaderías que rebosan género fresco, fachadas de ladrillo visto, grupos de amigos charlando por la calle, guisos de cuchara, incienso y corneta en noches primaverales de luna llena, pan crujiente, edificios municipales de los 90 diseñados con un gusto horrendo, el arroz de los domingos, coches tuneados con las ventanillas bajadas con rumbas a todo volumen, olor a suavizante y a sopa de fideos en los patios de luces, luz incluso en el día invernal más oscuro, taxistas con la banderita del Atleti o del Betis colgando del retrovisor, doce uvas en Nochevieja, la humedad que desprenden las callejas adoquinadas y las casas de piedra de los cascos históricos, quedadas improvisadas, “la Roja”, viejas con el pelo cardao y colonia de lavanda, cervecilla con los compañeros a la salida del trabajo, tute y dominó, Paquito el Chocolatero, siesta, mañana de los Reyes Magos con juguetes y carbón dulce, … España, tan cerca en el recuerdo, tan lejos en el presente con tanto deterioro institucional, desfalco especulador, desafío independentista, desequilibrio social, derrotismo moral, desazón emocional, que nos sirve la prensa patria día tras día.

 

Cuando arrea el calambrazo nostálgico, breve pero intensamente sentimos qué poquito tenemos que ver con las gentes de las ciudades que nos acogen, no ya debido al idioma, sino por la forma tan distinta que tienen de mirar, de pensar, y de contar chistes, y hasta de sorber el café. Pero, sin embargo, es en estas tierras tan ajenas a nuestra idiosincrasia donde se ha encontrado el acomodo que la Madre Patria no ha ofrecido… y no parece estar buscando, a tenor de las malas nuevas que llegan, clara “invitación” a ejercitar la resignación y prorrogar la estancia. No hay voluntad para que las cosas cambien, por avenirse a acuerdos, por aparcar las siglas y hacer política por y para España. Malo si hasta para decir “España” hay que pedir permiso/perdón. Pues muy bien. Que siga esto así. Mientras tanto, los que estamos fuera tendremos que conformarnos con nuestras sacudidas patrióticas que, aunque duelen, mantienen encendida la esperanza/ilusión del regreso.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 11 de octubre de 2013

 

Ha sido volver a casa y pasar accidentalmente delante de un espejo cuando me he dado cuenta de lo peligrosamente adaptada que estoy a la vida berlinesa. Si no, ¿cómo se explica que haya salido esta mañana de la manera en la que lo he hecho, esto es, sin reparar en lo poquísimo que la blusa me conjuntaba con el pantalón y el abrigo, si no es dejándome contagiar de ese escaso interés que el personal le presta aquí a lo que el vecino se echa por lo alto y, lo más importante, no sintiéndome avergonzada con tamaño desatino? Porque mu limpica y mu bien peiná iba yo, pero ¡hijo! haciendo gala de un festival de hechuras y colores que ni el hato del Cascamorras y, con to y con eso, he pasado desapercibida por completo, porque, vamos, en ningún momento me he sentido observada ni tampoco le he escuchado a nadie el equivalente teutón al “cuchi-tan-bonica-que-va-haciendo-ricias” que se deja oír en otras latitudes, pongamos en Guadix, cuando alguien se sale un poco de tiesto. Y, el caso, y de ahí mi reflexión ante el espejo, es que me siento mu agustico con esto de no tener que dar explicaciones sobre el descuido/relajación a la hora de combinar la ropa, sin el deber “socialmente latente” de adecuar el vestuario y el modo de vida a las opiniones de terceros. Pues eso, que qué quieres que te diga, sino que es un descanso para el alma poner el pie en la calle sin ese regomello de “ay que ver que no me he pintado la raya del ojo”, “ay que ver que no me he puesto tacones con esta falda”. Me gusta que el estilo –mejor dicho, la ausencia de él- que cada cual siga o el hecho de que peinarse asín o asán –o no hacerlo- o calzarse asán o asín –o no hacerlo- no sea aquí en Berlín vara de medir, de  juzgar a naide.

 

Llevo tiempo queriendo hablar sobre esto, sobre el enorme peso que tiene en el día a día del español medio lo de las apariencias como definición de un Todo, lo del honor ligado a la fachada, lo de la re-afirmación del Yo en función del “qué-dirán”. Y no sólo en cuanto al detalle de la vestimenta. Esta presión se extiende a diferentes ámbitos. Me comenta una alemana que le llama la atención ver en fotos, en la tele la actitud chulesca que muestran muchos condenados por corrupción en nuestro país a su salida de los juzgados, con la cabeza bien alta, vistiendo buenos trajes, incluso esbozando amplias sonrisas, como si manteniéndose impertérritos pudieran evitar lo inevitable, la pérdida del buen nombre, una vez conocidas sus prácticas delictivas. Es un caso extremo, pero revela cuán central es la posición que el honor ocupa en nuestra sociedad. “Si el barco se hunde y yo con él, al menos que sea con los zapatos pulidicos”, pensarán. To esto se me pasa por la cabeza delante del espejo.

 

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