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Archive for 9 noviembre 2013

Publicado en Wadi As en su edición del 8 de noviembre de 2013

 

Les bastó mirarse un instante para dar una gran lección de amor. Qué suerte la mía de tener la vista puesta en ellos justo cuando esto ocurrió. En unos pocos segundos lograron reunir pasión, ternura, complicidad, elementos todos esenciales en la cosa ésta del querer; y ahí estaba yo, colándome por pura potra en la escena de más intensidad amorosa que jamás haya podido ver en escenario con menos encanto como es el autobús urbano de una metrópoli.

Ya en el vistazo que se echa a la fauna que sube y baja parada tras parada, me llamaron la atención por su manera singular de comportarse: no es frecuente -como él hizo- que alguien pida tan educadamente permiso para pasar a través de los que estábamos de pie en la zona reservada para los carricoches y las sillas de ruedas ni que se excuse –como hizo él-, mientras iba abriéndose camino, por la lentitud con la que avanzaba junto a su acompañante, que le seguía poquito a poco con la ayuda de una muleta; no es para nada frecuente -como le hizo ella a él- que alguien responda con una caricia a quien, pese a su cuerpo enjuto y castigado por los años, le ha estado sosteniendo mientras ella intentaba sentarse sin el apoyo de su muleta, que se le había escurrido y estaba en el suelo; en absoluto es frecuente que a una mirada breve, pero tan llena de sentimiento, como la que ambos se intercambiaron, le sigan otros tantos sencillos, pero tremendamente emotivos gestos: que si me sonríes, que si echo mi cabeza sobre tu hombro, que si me fijo en algo que hay ahí fuera y tú me susurras algo al oído y me haces cosquillas y te sonrío y echas tu cabeza sobre mi hombro y… no había sillas forradas de raso ni cortinones arremangados ni música de violines ni ellos vestían de postín, pero irradiaban esa felicidad que se presupone en un salón nupcial por parte de los protagonistas del enlace o que se espera, por poner otro ejemplo, en una pareja con muchas menos primaveras en lo alto, como era la que tenía justo a mi lado durante este trayecto en autobús al que tanta pringue folletinesca le estoy sacando. Guapísimos, rubísimos, altísimos, jovencísimos, de catálogo: él, cargando con un bebé en una mochila-cangurito; ella, con una silla plegable bajo el brazo; cada cual enganchado a su teléfono móvil, tan absortos en sus respectivos asuntos que apenas reaccionaron ante los empujones de los que se iban montando y querían ir pasando hacia los asientos. Tan concentrados estaban que tardaron en darse cuenta de que el niño se había despertado y estaba armando la marimorena. “Hunger” (“hambre”, en alemán), dijo ella, y sacó de su bolso un biberón que le pasó al chico, que empezó a dárselo al pequeño, y entonces ella volvió a sus mensajes y emoticonos. Tan jóvenes, tan viejos. Los otros, tan viejos, tan jóvenes. Ciertamente vivir el amor no entiende de edad.

 

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