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Archive for 31 diciembre 2013

Publicado en Wadi As en su edición del 27 de diciembre de 2013

 

Al final uno tiene que reírse, porque mejor reírse que avinagrarse y, pa lo que le queda al año, mejor rematarlo con una sonrisa en el careto que llenicos de malafollá, pues el mal carácter enferma el alma y en tiempos achuchaos, como estos, al menos que tengamos lustrosas nuestras emociones y limpica de malas ideas la cabeza y podamos así poner cordura entre tanto sinsentido que nos rodea. Y sí, digo “malafollá” porque es lo que gastan, y a carros, muchos de por estas tierras donde he ido a poner el huevo; con el agravante de que estos  carecen de ese regusto de humor negro que hace del malafollaísmo granaíno un delicioso modo tragicómico de entender la vida.

Y todo esto viene por cómo uno llega a desarrollar una coraza frente a tanto rancio esaborío como abunda por aquí y, lo más curioso, cómo ante la indiferencia y, aún más, ante la sonrisa que acaba uno esbozando como antídoto frente a las maneras toscas del personal, estos se enfadan aún más, se vuelven más sonoros sus refunfuños. Normal que sus cuadriculadas mentes cortocircuiten cuando les diriges unas sonrisicas en vez del exabrupto que esperan recibir proporcional al suyo. Un gesto amable no se corresponde con la mala educación con la que te han tratado no sabes muy bien por qué. Que les desbarates el croquis de cenizo que enturbia su ánimo es lo que más les puede molestar a los amargados con los que a veces me toca lidiar mientras guardo turno para pagar en algún comercio, cuando viajo en transporte público, en cualquier contexto que implique una mínima interacción. Y yo me pregunto qué ganan siendo así. Me dirás tú qué gana ése que lleva una caja de lucecitas de colorines, de esas que se cuelgan en el balcón pa adornarlo en Navidad, y que está el tío que se come no ya las uñas, sino las manos enteras, impaciente porque la viejecilla que va delante ha decidido pagar en monedicas, cuando luego él hace lo mismo y también suelta calderilla sobre el mostrador. Me dirás tú qué gana la viejecilla, cargada de galletas especiadas típicas de estas fechas, despreciando la ayuda que le ha ofrecido una muchacha para bajar el escalón que da a la calle, cuando claramente no puede hacerlo por ella sola, o con dificultades. Me dirás tú qué ganan esos jovenzuelos con gorros de papanueles empujando pa querer subir los primeros al autobús, cuando hay tantísimos asientos libres. Me dirás tú si no es una enorme contradicción participar de la parafernalia navideña con tan poco espíritu conciliador como el que es de esperar en especial en tan entrañables fiestas. Ni siquiera en Pascuas hacen una pausa de su mal genio habitual. No es sana tan agria actitud ante la vida. No me queda otra que seguir apostando por la risa/sonrisa para navegar en estas aguas turbulentas. Sí, este es mi deseo para 2014, que la sonrisa/risa salga en nuestro auxilio cuando más faltica haga.

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Publicado en Wadi As en su edición del 13 de diciembre de 2013

 

Erase una vez un autobús cargado de gente, tanta que apenas se podía distinguir de quién era ese brazo, de quién aquella pierna. Marco tan poco vistoso como éste sirvió, sin embargo, como magnífico escenario para nuestra historia. Sin el encanto de un palacio, sin varitas mágicas de por medio, fue la combinación casual de diversos factores lo que convirtió en cuento de Navidad lo que pasó una tarde de diciembre en un bus urbano.

El factor tiempo tuvo mucho que ver. Apenas unos minutos de retraso y cuatro gotas locas bastaron para que la cantidad de personas en torno a la marquesina se multiplicase en un instante. Éramos muchos los que esperábamos el autobús. Cuando asomó a lo lejos, el personal empezó a impacientarse. Nadie estaba dispuesto a quedarse en tierra. Fue parar y abrir las puertas y desatarse la histeria, con codazos que iban, pisotones que venían, entre quienes querían bajarse y los que habían pensado subir ellos primero. Pero entonces, se abrió paso entre el griterío una voz grave, pero jovial, que pedía educadamente calma. Venía de dentro. Era un señor mayor, corpulento, de poblada barba blanca, que había logrado hacerse hueco entre quienes taponaban la puerta principal de entrada/salida. Esto permitió que muchos que le seguían pudieran salir. Motu proprio, comenzó a organizar las bajadas y subidas. Estuvo ayudando a señoras con bolsas y viejitos con andadores. A mí también. No se pensó dos veces agarrar el carricoche para facilitarme la entrada. Con tanta entrega lo hizo, que casi se le cayeron al suelo sus gafas de cristales redondos. “¡Casi!”, dijo, entre risas que salían de lo más profundo de su cuerpo. Parecían venir de retumbar en su panza. Eran tan frescas, tan sinceras, que nos las contagió a los que nos quedamos en el descansillo central junto a él. En la siguiente parada, volvió a ordenar las subidas y bajadas. Era admirable cómo con buenas maneras y una sonrisa de oreja a oreja había acabado con los empujones y las caras largas.

Subieron entonces dos quinceañeras. Se pusieron a mi lado. El factor espacio, más bien la falta de él, hizo que me enterase de que estaban cuchicheando sobre el gallardo caballero. Se reían mucho. Risas pícaras, las suyas. Del alemán a la turca que hablaban creí entender que se preguntaban si acaso sería Santa Claus. Y, el hombre, que estaba en todo, de seguida se unió a la charla para dejar claro que no lo era, que eso era un invento de Cocacola, y ellas también se dieron prisa en explicar que no celebraban la Navidad.

Él no quería ser Papa Noel, pero lo fue. Al igual que las chavalillas terminaron teniendo ese hormigueo en la barriga que sienten quienes sí esperan con ilusión sus regalos en Nochebuena. Desde luego que yo no subí al autobús queriendo ejercer de narradora de este cuento por accidente, pero así ha sido. ¡Qué se le va a hacer! Así de bella y retorcidamente imprevisible es la vida.

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Hoy toca hacerle un homenaje a esas canciones cantadas en grupo por lo más florido de cada casa y que, o bien por referirse a la Navidad o por haberse publicitado en su día en estas fechas, el caso es que agrada al oído rescatarlas de la fonoteca y escucharlas mientras uno se halla en plena operación de adecentamiento navideño del hogar o se merienda un mantecao, por poner un par de ejemplos de actividades propias del ahora que nos toca vivir. Pues, ¡hale!, a disfrutarlas y vaya por delante mi Felices Pascuas para todos ustedes vosotros.

 

We are the world

Hablar de canciones que unen Navidad y compromiso solidario del famoseo cantor obliga a empezar el repaso por el “We are the world“, canción escrita en 1985 por Michael Jackson y Lionel Richie, que interpretaron acompañados por un elenco de primeros espadas -Ray Charles, Kenny Rogers, Diana Ross, Paul Simon, Tina Turner, Billy Joel, Stevie Wonder, Cyndi Lauper, Bob Dylan y Bruce Springsteen, entre otros- en uno de los videoclips que año tras año sigue siendo de los más enlazados por la concurrencia en las redes sociales para felicitar las Pascuas. Los beneficios obtenidos por la canción fueron donados a una campaña humanitaria contra la hambruna en Etiopía.

 

Somos el mundo

Y seguimos con “Somos el mundo“, la versión del clásico ochentero cantada en español latino y editada más recientemente, con ocasión de una campaña de apoyo a los haitianos tras el terremoto que dejó maltrecho al país caribeño hace unos años.

 

Do they know it’s Christmas?

Un año antes del “We are the world” de Jackson & Cía. fue el tema “Do they know it’s Christmas?“, escrito por Bob Geldof y Midge Ure, de Ultravox, el que sirvió para abanderar la campaña contra el hambre en África. Sting, Bono y George Michael son algunos de los que ponen su voz en este tema.

 

War is over

¿Quién dijo que el “War is over” de Lennon no podía someterse a los ritmos del bel canto? La muestra está en esta versión que sale de las mismísimas gargantas de los Tres Tenores, Carreras, Pavarotti y Domingo.

 

Miss Sarajevo

No es una canción típicamente de Navidad, pero creo recordar que vi el videoclip de la canción por primera vez por Pascuas. Es “Miss Sarajevo“, fruto de la unión de U2, Brian Eno y con la participación de Pavarotti, basada en la historia real que tuvo lugar durante la guerra en la antigua Yugoslavia de los años 90 y en la que un grupo de ciudadanos, cansados de los horrores de la guerra y de no poder tener una vida normal, organizaron  un concurso de belleza, durante el cual las participantes posaron con una pancarta con el lema “Don’t let them kill us” (No dejes que nos maten).

Que no se acabe el mundo

¿Y quién no se acuerda de aquellos programas especiales que hacían en TVE1 para Nochebuena, que se llamaban “Telepasión”, donde aparecían cantando algunos de los presentadores de la cadena? Uno de sus temas de coro más recordados fue “Que no se acabe el mundo”.

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Publicado en Wadi AS en su edición del 6 de diciembre de 2013

 

Pensar en Guadix en estos días me lleva a sus calles, donde la gente va y viene a la caza del regalo, en pleno acopio de víveres ante las fiestas. No puedo imaginarme este Guadix prenavideño sin los villancicos que suenan por los altavoces repartidos por el centro de la ciudad o sin los escaparates de las tiendas, en los que cada cual muestra lo mejor que tiene, expuesto entre lucecitas y guirnaldas. Al hilo de estos recuerdos, me pregunto qué sería de Guadix sin su comercio tradicional. Sería algo terrible; primero, para la economía accitana, basada en gran medida en esta actividad al por menor; también, y conectado con lo anterior, Guadix sería menos Guadix, perdería parte de su identidad, unida, por su condición de cruce de caminos, al intercambio comercial; y le quitaría mucha vidilla al pueblo pues, además de puntos de venta, estas tiendas funcionan como lugares de tertulia, información, encuentro.

 

De un tiempo a esta parte, el pequeño comercio accitano ha pegado un bajón considerable. Lo dicen los comerciantes, que ven cómo pasan de largo clientes de toda la vida que ahora acaban yendo al mercadillo, a los veinte duros, a los hiper de Granada. Pero lo dicen también quienes pasan por delante de las tiendas y, cuando ven en los cartelitos lo que cuesta, y comprueban lo finucha que tienen la cartera, aprietan el paso y siguen pa’lante, manque-pese. Este desencuentro no es exclusivo de Guadix. Afecta al sector en general: a la imposibilidad de competir en precios con los grandes almacenes y con la producción china, se suma la crisis, que mantiene el consumo bajo mínimos.

 

Además, los hábitos han cambiado. Se dispone de poco tiempo como para andar yendo a por esto allí, a por eso allá, cuando en un mismo sitio se puede comprar de todo en un rato. También sucede que los horarios de estos pequeños negocios no suelen ser compatibles con los de quien trabaja.

 

Tal vez el pequeño comercio deba responder al desafío que le viene desde distintos frentes aguzando el ingenio y, por ejemplo, apostando por aumentar su presencia online, mimando al cliente habitual con descuentos y esmerándose aún más en ofrecer ese trato cercano y esa garantía de calidad del producto que haga que uno se vaya contento y con la intención de volver, adaptándose a los horarios de la vida moderna, optando por la especialización, viendo a la tienda de al lado no como la competencia, sino como un aliado al que se le manden clientes, a sabiendas que llegarán otros de su parte.

 

Y nosotros, aunque tiesos como la mojama, pongamos cada cual el granito de arena que podamos y entremos en estas tiendas: pensemos en lo que nuestra compra va a hacer de bien en la economía accitana, en lo caro que nos ha salido muchas veces lo barato, en lo animados que están nuestros barrios con estos pequeños comercios, en los que vender es un arte que va más allá de hacer caja.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 29 de noviembre de 2013

 

Hasta hace no mucho, opositar pa maestro-escuela era una tarea costosa, pero que ofrecía una grata recompensa para quienes salían airosos de los exámenes. Tener una placica fija, un sueldo asegurao y unos horarios compatibles con los que impone la crianza de hijos eran incentivos que brillaban, y de qué manera, al final de ese túnel de las oposiciones. Esto nos sonaba a chino mandarino a los que seguíamos otras vocaciones; nos tenía que bastar como único acicate ese acto de fe que supone eso de sentirse realizado con el mero ejercicio de la profesión. Hasta no hace mucho, el maestro-escuela que aprobaba las oposiciones pasaba a formar parte de una casta privilegiada, pues tras el no exento de dificultades maratón opositor, le esperaban en la meta alicientes que le ayudarían a soportar la egregia y complicada misión de participar activamente en la formación de los niños, de ponerlos en la senda de un porvenir provechoso. Insisto, otros teníamos que conformarnos con las etéreas mieles de la satisfacción personal, lo cual se queda por el camino después de tanto esfuerzo por contrastar informaciones, para que luego tuiteen más un rumor que esa noticia que ha llevado tanto curro. Pero esto es harina de otro costal. Hoy toca hablar de la docencia y de cómo en apenas unos años ha cambiado totalmente el panorama, tanto, tantísimo, que no hay incentivo que logre frenar el aumento in crescendo de bajas por depresión entre el profesorado de Primaria y Secundaria.

 

Cuando señalamos la crisis como culpable de la mala situación en la que se encuentra la educación en nuestro país, nos quedamos con frecuencia en la crítica a la dotación económica que la Administración destina a esta área, que el clamor general considera insuficiente. Es cierto que reducir gasto supone, entre otras cosas, menos plazas ofertadas en centros públicos, con lo que esto implica de más alumnos y más horas lectivas por profesor. Sin embargo, solemos dejar en el tintero aspectos que tienen también un papel importante. No es ya que los maestros tengan que trabajar con más alumnos, alumnos que por lo general están más interesados en wassapear que en aprender ortografía, sino que encima de contra esa desgana multiplicada deben batallar contra continuas faltas de respeto por parte del alumnado y de los padres de esos niños. En esto de la crisis de la educación en España, claro que los políticos, los que nos gobiernan y también los que han gobernado, tienen mucho que ver, entre otras razones por haber sido incapaces de sentarse unos con otros para elaborar unas directrices sólidas sobre las que asentar ese sistema de enseñanza llamado a sobrevivir a gobiernos de uno y otro color. Pero en paralelo a esta “crisis-de-la-Educación”, hay una profunda “crisis-de-educación”, hay un déficit en la transmisión de valores de padres a hijos, valores basados en el civismo, la capacidad de escucha, el poder de la palabra frente al insulto, el respeto a la autoridad del profesor. Esta mala educación no es cuestión de dinero. Ésta se combate al calor del hogar.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 22 de noviembre de 2013

 

Las pelis de patadas voladoras, puñetazos en estéreo y pistoleteo cada cinco minutos no son mi primera opción a la hora de echar el ratico en frente de la tele. Pero he de admitir -y el que esté libre de culpa tire la primera piedra- que uno se va a la cama con cierto alivio en el cuerpo después de haber visto alguna “stalloneada” –llámese también “schwarzeneggerada”, “stevenseagalada”, “chucknorrisada”…- de ésas en las que los malos terminan con el rabo entre las piernas. Que sí, que estoy con vosotros en que son una fantochá sobreactuada pobre en diálogos brillantes y generosa en exhibiciones de tiro con una amplia gama de armas; pero qué agustico se queda uno al ver que le dan pal pelo al que violaba, mataba, robaba, extorsionaba, amenazaba al mundo con una hecatombe nuclear. Hay una parte de nosotros, esa que tenemos bien dentro, escondiíca debajo de todos los niveles esos que los loqueros llaman “conscientes” o “racionales”, que aplaudiría con las orejas si alguno de esos ajusta-cuentas de ficción diera el salto a la realidad y le cantara las cuarenta a más de uno. La Justicia se queda tan justita en la vida real que nuestros deseos más profundos e inconfesables por políticamente incorrectísimos cabalgan junto al justiciero que actúa al margen de la ley y pone a cada cual en su sitio.

 

Con etarras sanguinarios que tras un puñado de años salen de la cárcel con licenciaturas bajo el brazo y regresan al terruño recibidos como héroes, con violadores múltiples que vuelven a las calles de las que fueron sacados por haber destrozado tantas vidas, con chorizos de guante blanco que escapan del juicio casi de rositas pa tantísimo como/que mangaron, con delincuentes reincidentes a los que la policía está hartica de detener, pues es normal que nuestra confianza en el correcto funcionamiento del Estado de Derecho esté bajo mínimos. Esta sensación de impunidad, de que los malos terminan ganando, también pone su granito de arena en ese desencanto que sentimos por todo y hacia todo. Pero es que es de cajón que nos sintamos así. Es que no se entiende cómo puede estar sucediendo esto. ¿De verdad que no hay nadie, ahí arriba, entre los que mandan, entre los jueces, al que no se le ocurra cómo evitar que los malos se rían en nuestra cara, mientras nosotros encima tenemos que callarnos, agachar la cabeza y rezar para que nuestros caminos no se crucen con los de esos piezas?

 

Pero, mentes pensantes de ahí arriba, hagan por favor algo rápido al respecto, porque puede que llegue el día en el que, por tanta injusticia acumulada, por tan deficiente reparación del daño causado, la cordura, la sensatez y el respeto, valores que rigen la vida en sociedad de los ciudadanos de bien, acaben siendo reemplazados por el resentimiento, la rabia y la sed de venganza de ese jinete que nuestra impotencia alienta en las mazmorras de la conciencia. Entonces puede que se líe parda, pardísima.

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Publicado en Wadi As en su edición del 15 de noviembre de 2013

Para ser alemana, mi monitora de Pilates improvisa con frecuencia y hasta cuenta chascarrillos graciosos entre bocanada de aire que se toma, bocanada de aire que se suelta. Eso sí, impone en clase una férrea disciplina prusiana. Vigila que hagamos cada ejercicio con absoluta exactitud. No hay excusa que valga. Por muchos crujidos que salgan de nuestros acartonados cuerpos, por mucho que nuestras flácidas piernas tiemblen de fatiga, ya sabemos las sufridas mamis que nos reunimos bajo su tutela que, si no nos concentramos en las fases de cada estiramiento, la sesión pasa de ser algo “durillo” a convertirse, no ya en un sobresfuerzo rayano a la tortura, sino en el contexto perfecto para tirones y lesiones. Sin duda que, para mí, lo más difícil de este embolao de inspirar y espirar a la vez que se levanta esta pata y se baja aquel brazo, es cuando hay que retener el aire en su justa medida e ir soltándolo a su debido tiempo. La capacidad de concentración que se exige no es tanta como el poder de contención, como el control que nuestra mente debe ejercer sobre la respiración y sobre el cuerpo en su conjunto.

 

Habiéndole echado un vistazo a la prensa patria de esta última semana, me pregunto si acaso no debiéramos ejercitar esto de dominar nuestros impulsos, saber cuándo coger y cuándo soltar el aire, cuándo y durante cuánto aguantarlo. Cuando, como ahora sucede, se respira tanto pesimismo, se masca tanta desgracia, lo único que apetece es deshacerse rápido de esta asquerosa carga; si tóxico es lo que se engulle, veneno es lo que sale por nuestra boca. El tema es que, si esto sigue así, llegará el día en el que estaremos tan llenos de porquería, tan cegados de fango, que nos pongamos a dar palos de ciego a diestro y siniestro sin importarnos contra quién ni por qué. En cierta manera, ya estamos viendo que hay quienes protagonizan episodios que encierran tamaño sinsentido: he ahí los que se creen más listos que los médicos y les agreden por discrepar con el diagnóstico que les dan; los que arremeten contra la “gente Iglesia” y sin embargo se muestran tolerantes con creencias que impiden el desarrollo de los derechos y libertades más elementales; los que piden democracia para sí, pero ni por asomo la ponen en práctica cuando toca aceptar posturas divergentes del discurso oficial; los que escupen a los periodistas que informan para medios que no son de su cuerda; los que señalan con el dedo a políticos, banqueros y empresarios, pero son incapaces de hacer una acusación concreta argumentada más allá de la topiquísima parrafada antisistema que rula por las redes sociales. Están las aguas ya lo suficientemente revueltas como para que encima provoquemos más marejadas. Ganas no faltan de dejarse arrastrar por la corriente, pero ahora más que nunca debemos templar los ánimos y actuar con contundencia, pero desde la sensatez y la cordura. Todo en su justa medida. Todo a su debido tiempo.

 

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