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Archive for 29 enero 2014

Publicado en Wadi As en su edición del 24 de enero de 2014 

 

Hoy me aplico a pie juntillas lo de ir con pies de plomo. Más me vale hacerlo y, además, en el sentido literal de la cosa. Entre quesos anda el juego, amigos míos y, apoyada en tan patrias expresiones que tienen al pie como referente preferente, me las repito cual mantras dado lo vital que me resulta aquí y ahora estar concentrada en dar un paso tras otro sin resbalarme en el intento. Pies, pies. Al menos hasta el portal de casa serán los pies y su función como atril del cuerpo lo que centre la atención de mis sentidos. No está el suelo pa bromas, obra y gracia de la niebla cristalizada en una película de hielo que cubre las calles de Berlín, convirtiéndolas en auténticas pistas de patinaje. Un paso en falso y, ¡zas!, costalazo que viene, vestugones que van. Y que esto se quede en un susto y unos cuantos cardenales y no se acabe en la camilla de un hospital. Más que ir caminando, pareciera marchar ahora mismo como vemos en la tele que hacen los astronautas sobre la Luna, como pisando huevos, aunque, a diferencia de ellos, no llevo ese traje que podría ayudarme a amortiguar cualquier posible caída. Una, dos y hasta tres personas he visto besar el suelo en apenas diez minutos; os aseguro que contra su voluntad. Lo bueno es que queda poco trecho pa alcanzar la meta. ¡Ay! ¡Qué agustico voy a estar en nada, en un ratejo, apegaíca al radiador, mientras me tomo un té bien caliente! Pronto llegará el premio al calor del hogar. Pero no toca ahora y aquí pensar en ello. No puedo permitirme el lujo de despistarme y olvidarme de mis pies de plomo a pie juntillas. La tentación de ir de ésta a aquella idea vuelve a rondarme. Es demasiado fuerte. Es aburrido ir todo el rato con la vista clavada ahí delante. Es molesto tener el cuerpo tanto tiempo con tanta tensión, por el miedo a pisar en falso. Es inevitable perderse en pensamientos que se cruzan, como éste que ahora viene, sobre el significado figurado del dicho que me ocupa, sobre el aplomo tan grande que debe guiar nuestras actuaciones, nuestras decisiones cuando hablamos de andarnos con pies de plomo, cuán extremada la cautela, cuán medidas las consecuencias de nuestras acciones, si lo que queremos es mantenernos enteros, sin indeseados imprevistos. Aquí y ahora, embebiíca que voy, con las rodillas ligeramente flexionadas, con los brazos abiertos pa guardar mejor el equilibrio, siento en carne propia los extremos del correlato real del chascarrillo metafórico y, sin duda, conviene el paso firme y seguro, frente al ligero y rápido, la respuesta meditada frente al impulso rebelde, la calma frente a la agitación. Lección de vida, cortesía del gélido invierno berlinés, sobre los días complicados en que nos movemos y existimos. No será que la Madre Naturaleza no nos advierte sobre el peligro de descuidar la precaución. ¡Hala! ¡Ay! Al final, porrascazo. Si lo digo antes…

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Empacho

Publicado en Wadi As en su edición del 10 de enero de 2014

 

¡Ay! ¡Tontaca yo, que creía que la vuelta al caldico pollo y la tortilla liá me iba a entonar el cuerpo, hartico que estaba de tanta tripotera navideña! Pero va a ser que no, que ésta no es razón suficiente pa tanta pesadez como padezco, que sigo con la boca pastosa y unos pinchazos en la tripa que ni después de las comilonas de Nochebuena, Nochevieja, Reyes. Y, además, hasta me da penilla quitar las guirnaldas de las lámparas y las estrellicas de la pared. Si va a resultar al final que voy a echar de menos y to los fastos de estos días pasados, días en los que añoraba la tranquila marcha de las semanas en las que no hay más aliciente que la cervecilla del viernes o los pastelillos del domingo. Pues ya veis. De esta guisa me halláis, sorbiendo el moquete y dejando caer la lagrimilla, mientras cierro la caja de los floripondios y las luces intermitentes.

Que no, que “lo de menos” es el mantecaíllo extra que nos hemos estao tomando de recena al calor del brasero y “lo de más” es, pasadas las fiestas, tener que seguir aguantando al cara dura de turno que se jacta de lo espabilao que es al haber conseguío, gracias a su gracejo, que si un pellizquillo de aquello, que si una ayudilla por eso otro, mientras uno, esclavo de una nómina, tiene que andar escatimando cada céntimo. O tener que soportar al padre que alardea de su hijo y celebra cada logro como si acabase de ganar el Nobel, o a la madre que es incapaz de hablar de otro asunto que no sea de potitos, pañales, biberones. O no quedarle a uno otra que tolerar la impertinencia de quien propone ajustes para todos, pero curiosamente no para sí. Que no, queridos míos, que lo que mayor indisposición causa no son tanto los excesos calóricos del último mes, como regresar a nuestro día a día y comprobar cuantísimo nos indigesta tanto desmán que nos rodea, cuán vomitiva es la actitud de más de uno, y de dos.

Por eso, paisanos, regomeyo, ninguno, si os coméis un cacho morcilla cuando vayáis de lumbres por San Antón. Tened por seguro que lo que os hará echar mano del bicarbonato o la sal de frutas no será el peazo pan con panceta asá, sino esas otras muchas cosicas que, idas las Pascuas, siguen estando ahí muy a nuestro pesar. No os quepa duda que lo que más cuesta de esta cuesta de enero es el empacho de volver a lo de siempre y encontrar lo mismo. ¡Qué hartura, madre mía! Y con esto se van al garete esos buenos propósitos que al filo de la medianoche del 31 de diciembre campearon por nuestra mente animados por las burbujas, por el anisete. ¡Jesús bendito, qué llenazo más grande! Fatigaícos vivos que estamos y apenas  hemos empezao a hincarle el diente al nuevo año. Así las cosas, ¿qué más decir? Paciencia y, ¡hale!, ¡pa’lante!

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Publicado en Wadi As en su edición del 3 de enero de 2014

 

Pese a lo mucho que mucho nos pesa tras las Navidades, que si la tripa, que si la cabeza, que si tanto número rojo, cuando uno hace balance de las últimas semanas logra rescatar ciertas cosas, que si esto, que si aquello, que salvan de la quema las ganas de volver a festejar futuras Pascuas. Hay momentos especiales que brillan con luz propia e irradian energía suficiente como para reemplazar el aburrimiento y la apatía, por el entusiasmo y la ilusión, instantes en los que la rueda de lo previsible tropieza con ese abrazo “de gratis”, esa felicitación inesperada, esa sonrisa espontánea, ese algo que sorpresivamente sucede y que obliga a hacer un bienvenido alto en el camino “de lo de siempre”. Nos cuesta poner en valor como merecen tan preciados regalicos porque lo que llega de sopetón suele ser malo, remalo, requetemalo. Tan acostumbraos estamos a tener que encajar pérdidas repentinas, traiciones insospechadas, decepciones de ésta, de aquellos, que no nos queda ánimo pa estar receptivos ante lo bueno que ocurra de súbito a nuestro alrededor, de manera que nos echamos en brazos de la rutina como recurrente remedio ante lo impredecible doloroso que nos hace padecer tanto, sin pensar que vivir en ese fatalismo, en ese ir cabizbajos, embebíos, con la mirada siguiendo el dibujito de las losetas, lejos de evitarnos sufrimientos, amplifica sus efectos, al no dejar hueco a tantísimo bueno que viene/surge sin avisar ahí fuera, aquí dentro de nosotros. Igual que se nos dispara el automático plañidero y machacón cuando el infortunio llama a nuestra puerta, estemos también dispuestos a reaccionar, raudos y veloces, ante aquello que, sin esperarlo lo más mínimo, despierta en nosotros ese agradable cosquilleo en el estómago que precede a todo un huracán de sensaciones en el cuerpo entero. Entrenemos la capacidad de sorpresa, de sorpresa para lo bueno; re-aprendamos lo de quedarnos ojipláticos y boquiabiertos, pues pese a formar ya parte del mundo adulto, aún nos restan muchos recovecos fascinantes de la vida por descubrir, por disfrutar con la misma intensidad a como lo hacíamos de niños.

Puede haber sido un villancico de esos que suenan sin tregua en las tiendas, el discursito de alguno de los brindis que se suceden en la cena navideña con los del trabajo, el sabor de las castañas asás que compras en uno de esos puestecillos ambulantes, la inocentá del chistoso de turno, la uva que se resiste en las Campanadas, el caramelazo que te llueve en la Cabalgata de Reyes, lo que oyes decir mientras repostas gasolina en tu viaje de vuelta, estas y otras taitantas circunstancias típicas de estas fechas en las que puedes verte envuelto casualmente quizás causen esa tan impensada como profundamente deseada revolución que acabe con ese resignarse a lo malo que viene. Saquémosle pringue a lo mucho bueno que sale a nuestro encuentro cada minuto. Al fin y al cabo en esto consiste vivir, en estar pa lo malo, pero por supuestísimo también pa lo bueno. ¡Faltaría más!

 

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