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Archive for 28 febrero 2014

Spam

Publicado en Wadi As en su edición del 21 de febrero de 2014

 

Hay que ver qué barbaridad de correo basura nos entra a diario en nuestras cuentas de mensajería electrónica. Por muchos filtros que se pongan, siempre se cuelan en nuestra bandeja de entrada unos cuantos contenidos ni esperados ni buscados ni de parte de nadie remotamente conocido, por no hablar de los otros muchos que automáticamente se van archivando en el contenedor de spam que está programado para evitarnos la tediosa tarea de tener que mirarse esos mensajes para comprobar si se trata efectivamente de no deseados. Qué pena no contar con una carpetilla en la testera para ideas basura, un sistema de clasificación mecánica de pensamientos tóxicos, prescindibles, inútiles, de manera que en un abrir y cerrar de ojos se lanzaran al olvido todas esas historias que nos causan tantos calentaeros de cabeza, siendo, como son, ni importantes ni interesantes ni llegamos a saber mu bien cómo ni a través de quién o qué las hemos recibido. Solicos nos metemos en lo sin segar, nos soliviantamos por tonteriícas, el regomeyo no cesa de retumbar en las paredes de nuestra mente, minando nuestro ánimo, agotando las reservas previstas para afrontar el día, con las que dar el do de pecho ante lo que de verdad importa.

 

spam

 

Pienso, en concreto, en la cantidad de tiempo que se va en cualquier en teoría pequeña gestión con la administración, con el banco, con la inmobiliaria, con los diferentes servicios de luz, teléfono y demás contratados para el hogar. Lo que uno consideraba como un trámite sin más, se convierte de repente en una maraña burocrática para la que hace falta tener un máster y un doctorado en desfacedor de entuertos. Por no mentar la de neuronas que quemamos en el trabajo con los encargos que hace el jefe con la etiqueta de “prioridad máxima” que, al día siguiente, no merecen ni medio comentario ni su más mínimo interés y que acaban acumulándose al fondo del cajón. O la de energía que desperdiciamos escuchando los fantasiosos relatos de nuestra amiga, de nuestro cuñao, de los vecinos del quinto, del que sea que lo pinta todo fantásticamente bien, y hacemos el paripé de que sí, de que nos estamos tragando la trola que se nos está soltando, cuando sabemos que lo que está entrando por nuestros orejos es más falso que el beso de Judas. O lo mucho, muchísimo que nos atonta matar el aburrimiento a base de engullir la primera caca facilona que echan por la tele o el último bodrio visto en el cine tras cuyo visionado dan ganas de pedir la hoja de reclamaciones e incluso la devolución del importe. Pachanga pura, pura morralla en la que nos perdemos, que nos despista de nuestros verdaderos objetivos en la vida, de nuestros anhelos más profundos, de nuestras aspiraciones personales e intransferibles. Ya que no nos viene de fábrica, nos toca motu proprio procurarnos un sistema anti-spam que nos quite de en medio tanta cosa chusca que hay por ahí. Cuestión perentoria de salubridad emocional.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 7 de febrero de 2014

 

Reconozco que, de un tiempo a esta parte, todo esto del fútbol me da una pereza increíble. No sólo me harta que haya partidos casi a diario, sino sobre todo to el tinglao que se mueve en torno al fútbol, ¿o debería llamarse “la industria del fútbol”, o “el politiqueo a costa del fútbol”, o “el chanchulleo con la excusa del fútbol”? Porque, sinceramente, creo que el fútbol-deporte es eso, una mera excusa para el fútbol-negocio, el fútbol que hay ahora, en el que priman los réditos económicos, los ingresos por publicidad, derechos de imagen y retransmisión etcétera-etcétera, sobre el buen juego que pueda ver uno desde las gradas o desde el sofá de casa. El espectáculo no está tanto sobre el campo como fuera: millones y millones de euros que vienen y van en este universo paralelo a ese otro mundo faltico de ellos, que es el que pisa todo hijo de vecino; jugadores que dan más titulares en la prensa rosa que en la deportiva; presidentes de clubes que usan su poltrona pa hacer carrera política o pa poner en orden sus chiringuitos. Puf, puf, perezón enorme ver la sección de “Deportes” de cualquier telediario -¿o debería rotularse “cotilleo futbolero”?-, donde tiene cabida cualquier chascarrillo, cualquier anécdota, cualquier chorrada que tenga cualquier remota relación con el fútbol. Hay tanta sonrisa profidén, tanto periodista estrella, tanto maletín de por medio, que cuesta creerse el producto que se vende, osease, esto del fútbol. Al menos a mí me resulta complicado conectar con esa pasión que se presume en el hincha, cuando cada dos por tres los equipos cambian de entrenador, de plantilla, de estrategia. Esto es lo que me hace pensar, cada vez con un mayor convencimiento, que el fútbol-fútbol, el de viejo cuño, ese que comportaba expresiones tales como “sentir los colores” o “sudar la camiseta”, es ya cosa de unos cuantos locos nostálgicos que disfrutan con un buen partido de fútbol, sea el que sea, gane quien gane.

 

Luis Aragonés

 

Luis Aragonés no pegaba ni con cola en este teatreo de figurines y figurantes en que ha devenido el balompié. No me digáis que no chocaba verlo en chándal en los partidos, o escuchar lo seco y cortante que se mostraba en la sala de prensa, o lo directo que era con sus jugadores, cuyos cachés y egos se los pasaba por el arco del triunfo y no se cortaba un pelo pa echarles cuantos rapapolvos fueran precisos. El tío iba a lo que iba, ni a lucir palmito ni a perderse en palabrería biensonante ni a ser el más colega, sino a hacer fútbol, a tocar balón y meter goles y ganar. Y lo demás eran cuentos chinos. Y puerta pal que no le gustase. Era un tío raro, sí, pero aún y todo con sus rarezas cosechó éxitos en este fútbol de hoy día que cada día es menos fútbol y más de todo lo demás. Y esto es de un mérito tremendo. Sí, señor. Y de agradecer.

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Publicado en Wadi As en su edición del 31 de enero de 2014

 

Dan Brown y demás cuentistas montados en el dólar a cuenta de chascarrillos pseudorreligiosos deben estar contentísimos con esas imágenes que circulan por el Internete, en las que se ve a una gaviota y un cuervo atacando a unas palomas que acababa de soltar el Papa Francisco desde un balcón del Vaticano como símbolo de la paz que se desea para Ucrania. Me imagino a todos estos fabuladores relamiéndose de gusto ante la interpretada por otros tantos de la misma cuerda como una señal inequívoca de que el fin de los días está próximo, viendo los cuernecillos del diablo detrás de esta trifulca aviaria. Que cundan como la pólvora estas comidillas sobrenaturales les abona el campo pa luego poder sacar esos libros sembrados de bulos igual de gordos que de efectistas. Más de uno estará cocinando su próximo bodrio superventas sobre la lucha terrena del Bien y el Mal al calor de esto, que no es más que una simple anécdota que, como mucho, podemos tomar como metáfora de estos tiempos difíciles que corren, en los que la injusticia parece ganar una partida tras otra, dejando poco hueco a la esperanza. Pero de ahí a elevar esta enganchada animal a categoría de advertencia sobrehumana, va un cacho grande. ¿Apocalipsis? Now? No al menos a la manera magufa, no según quienes, en el cambio de milenio, vieron llegar el acabose, mismos que, pasada la fecha sin petardazo apocalíptico alguno, han ido subiéndose al carro de mil y una historietas similares; la última, que en diciembre de 2012 se iba todo al garete, que así lo dijeron los mayas, y, bueno, aquí seguimos.

 

A la vista de los hechos abogo por descender al plano mundano y poner atención en aquellas otras señales, más sosas que las de mágico cuño, pero que presagian un porvenir más negro que el de tales pronósticos fantasiosos. No nos vayamos a intrigas vaticanas, conspiraciones masónicas, guerras de ángeles y demonios. No abandonemos el mundo que se conjuga en presente para refugiarnos en la superstición, la paraciencia, la estafa descarada, sobre todo cuando tenemos ante nosotros un futuro inmediato tan desconcertante. Pongamos los cinco sentidos en detectar las puntas de esos icebergs que amenazan con raspar la quilla y hundir la flota… y de verdad. Hay cosicas que se quedan atrapadas en los pliegues de lo cotidiano que no auguran na bueno. Preguntémonos, por ejemplo, por qué cada vez cuesta más encontrar en las redes sociales un comentario discordante de lo políticamente correcto, de lo socialmente guay; sobre cómo al que se sale del discurso bienqueda rápidamente se le cuelga el cartel de “facha”, aunque en realidad sea más rojo que Negrín; sobre lo mucho que batallaron generaciones pasadas por los derechos de los trabajadores, hoy tan deficientemente representados; sobre cómo la violencia en la pareja comienza a edades tan tempranas, entre críos paridos en la España democrática. Hay motivos para la alarma mucho más inquietantes que el ataque de un cuervo y una gaviota a unas palomas.

 

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