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Archive for 18 abril 2014

Publicado en Wadi As en su edición del 16 de abril de 2014

 

Casi imposible es ponerle palabra a lo que entra por el ojo y el oído y, a la vez, cautiva el olfato y, además de tener su versión gustativa propia, incluso puede tocarse. Así, por mucho esmero que pongan los comentaristas durante las retransmisiones televisivas de las procesiones de Semana Santa, lo que cuentan se queda corto. Como cortas quedan estas líneas. La vivencia de este catecismo al aire libre que son los desfiles procesionales exige eso, ser experimentada en carne propia, para completar su función como llamada al rezo, más o menos silente, al recogimiento, más o menos solemne, a la expiación, estación última de la penitencia pretendida al poner en la calle estos conjuntos escultóricos bellamente engalanados, majestuosamente mecidos al son de la música. Será este seguimiento indirecto de los hechos que la distancia me obliga a hacer, y que resta fuerza a las emociones que se dan cita bajo la luna, a la luz de candelerías y hachones, entre la bruma de incienso que envuelve los pasos. Será por las arremetidas que la vida, más bien la muerte, ha dado por aquí y por allí, en apenas unos meses, llevándose a seres muy cercanos y queridos. El caso es que lo que oigo de estos reporteros sobre los crucificados, las vírgenes de palio, las imágenes a las que se refieren, no me ayuda a conectar con la aflicción del penitente. “Y, ante ustedes, los pies de Cristo”, comentan, mientras la cámara enfoca el detalle del extremo inferior de una cruz. Pero esto, que tal vez de haberlo escuchado después de haber presenciado un par de procesiones, habría sido suficiente invitación para remover todos esos sentimientos que, como creyente y semanasantera, suelo tener a flor de piel por estas fechas y en otras circunstancias, me resulta en estos momentos un incompleto llamamiento a tomar parte de eso que muchos estáis sintiendo in situ.

 

Pies castigados, los de cualquiera de esos que se echaron a las drogas, que han dado con sus huesos en la calle, sin techo, sin rumbo, almas perdidas, dignidad olvidada. La mirada ida del nazareno que carga con la cruz es la del que huye de la guerra, la del vecino que agoniza en soledad, la de la mujer maltratada, la del niño sin infancia. Los puñales de filigrana se hincan en los pecherines de las vírgenes como raja por dentro el puñal del desconsuelo por la pérdida de quien se fue tras una enfermedad sobrevenida, por una desgracia inesperada. La sonrisa de mi hija me da alas a la esperanza que se abre hueco entre tanta pena. Dios quiera que en medio del sufrimiento siempre podamos encontrar razones a las que agarrarnos para seguir creyendo en la redención que aguarda al final del camino del penitente. Estos episodios, estas heridas que sangran, y no tanto la imaginería que procesiona, es lo que conduce la reflexión cristiana de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo que emprendo en esta Pascua. Ejercicio tanto o más intenso.

 

 

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 28 de marzo de 2014

 

Tras tres años largos fuera, la idea de España que me queda contiene recuerdos del pasado, impresiones del presente por lo que leo y escucho en los medios, y el anhelo de volver algún día. Y esa idea cada vez es más eso, una idea. Está cada vez más despegada de cosas concretas, como pueda ser una bandera o un idioma. Tampoco está asociada a una determinada manera de ser, de mirar, de amar. Al final lo que me viene cuando sacan a colación el nombre de España es algo así como la idea de una contradicción: hay un clamor general para que se apañe el desaguisao existente, pero cada cual lo hace a su entender, pretendiendo que éste, su entender, se imponga como solución sobre el resto. Esto y no querer acabar con la profunda y poliédrica crisis, es lo mismo. Las iniciativas en solitario están condenadas al fracaso. Tan difícil papeleta no se resuelve levantando trincheras entre unos y otros. Por muy empeñao que esté cada cual en que lo suyo, lo que dice su partidito, es lo que deshará el entuerto, en el fondo sabemos que sólo en torno a la misma mesa y con el firme propósito de aunar posturas se podría conformar ese frente común preciso para afrontar tantos problemas que tanto y a tantos afectan.

 

Y así ha quedado claro durante estos pasados días vestidos de luto por la muerte de Adolfo Suárez, el político que hizo de la voluntad de acuerdo, de la búsqueda de consensos, su mejor baza para guiar al país desde la dictadura a la democracia. Porque con nuestras condolencias iban también nuestras ganas de reafirmarnos en ese íntimo, privado deseo de unión de fuerzas ante el desastre económico, el desafecto hacia las instituciones, el riesgo de desmembración territorial, el insuficiente posicionamiento patrio en el exterior, la sangría de la emigración, el reto de la inmigración.

 

Entre todos, y por ese afán secretamente compartido, hemos convertido al hombre-Suárez en el mito-Suárez, que trasciende la valía de su trayectoria al frente del país en unos momentos complicadísimos, para pasar a simbolizar ese esfuerzo colectivo que políticos, empresarios, periodistas, ciudadanos hicieron durante la Transición. La marca-Suárez acuña, pues, el espíritu de una época en la que todos, desde su singularidad, ayudaron a escribir ese proyecto en común que era sacar pa’lante la España democrática. Y ese “todos-a-una” es lo que queremos invocar, aunque no lo hagamos a quemarropa, por si con ello contravenimos las siglas con las que simpatizamos.

 

¿Que qué idea de España me viene? Una idea débil, difusa; ¡hay tanta división, tanto partidismo/sectarismo!…, pero -y esto llega por la parte de anhelo que preña mi idea de España- espero que esta ansia de hacer equipo que nos ha dejado la resaca informativa de los últimos días, revitalice esa idea de España basada en la fuerza de la unidad, el respeto de la ley, el valor del compromiso, el reconocimiento del sacrificio, la apuesta por el pacto desde la discrepancia ideológica.

 

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