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Archive for 19 agosto 2014

Publicado en Wadi As en su edición del 8 de agosto de 2014

 

En verano hacemos vida noctámbula. La calor nos obliga a deambular a la luz de la luna limosneando alivio pal foscazo sufrido y a dejar para entonces la mayor parte de nuestra actividad social que, con Don Lorenzo triunfando radiante, resulta inviable. El parlanchineo con la vecina, el pastoreo de los críos en los columpios, la tapilla con los colegas, la vueltecica anti-entumecimiento, la búsqueda, en definitiva, de ese airearse un poquito, se posterga hasta que el sol da el jornal por ganao.

Aunque lo bueno de las noches de verano de Guadix es que, por lo general, son fresquitas en comparación con los mercurios diurnos, no es menos cierto que hay noches en las que no corre una miaja aire. Éstas sí que son noches de verano por antonomasia. Pegajosas, pesadas, desesperantes. Noches en las que nos sobra la ropa, nos sobra hasta la piel. Noches en las que ni las duchas frías ni las sábanas más ligeras ni la cabezá en la hamaca playera en el balcón consiguen traernos el descanso anhelado máxime si toca trabajar.

Me sitúo en estas noches porque es en este tipo de noches cuando es más fácil escuchar una serie de sonidos que, de no ser por esta vigilia motivada por las altas temperaturas, pasarían absolutamente inadvertidos. Estando ya ubicados, por tanto, en estas noches de superverano, pongamos pues oído a lo que ocurre. Estas noches suenan distintas. El hecho de estar despiertos a tan intempestivas horas de la madrugada y, además, pasarlas que si en el balcón, en la terraza, en la puerta de la casa, en contextos todos impropios de nuestra rutina, nos lleva a aguzar los sentidos, manque nos pese, manque no nos queden fuerzas para ello, de manera que estamos más receptivos, aunque el cansancio acumulado nos impide recibir nítidos esos sonidos de ahí afuera, que nos llegan más bien matizados, amortiguados: murmullos de los que pasan, sus pasos alejándose, lejano brun-brun de una moto que pareciera jugar a imitar el zumbido de un moscardón, motor en marcha del camión de la basura, que carga la mercancía que el vecindario ansía quiten de en medio por el hedor que los desperdicios desprenden en especial cuando aprieta el calor, motor del camión que va regando las calles para aplacar ese fuego de asfalto, motores remotos que se oyen de por la vega, que la mente relaciona con esas grandes máquinas cosechadoras, pero que probablemente no sean más que de los coches que suben/bajan a/de la estación o los que van/vienen pa/de Benalúa, de la autovía. Noches en las que empezamos a conocer al vecino por sus ronquidos. Noches en las que aprendemos a distinguir a los vecinos y a clasificarlos por quién ronca más fuerte. “Bien podrían formar un coro”, pensamos, pues suenan hasta armónicos, acompasados. Comparsa de noches en vela. Se le suman maullidos y ladridos y todo retumba en nuestra cabeza. Oído sensible el nuestro… de más, en estas noches llenas, rellenas de sonidos, inmisericordes noches de verano.

 

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Publicado en Wadi As en su edición del 1 de agosto de 2014

 

Ahora que estamos de parón veraniego y tenemos más tiempo libre, les invito a hacer un viaje al pasado, del que poder rescatar ideas que aplicar en el presente, pa’intentar afrontar un poquito mejor lo que viene. No necesitaremos maleta, billete ni coche, tan sólo mirar en ese armario de la casa de Guadix -la suya o la de algún familiar-, en el que se apilan esos grandes  álbumes en los que se guardaban fotos, estampicas, recortes de periódico -todo con lo que inmortalizar momentos llamados al recuerdo-, cogerlos y echarles un vistazo.

 

Ahí estamos nosotros, chiquiticos. Y nuestros hermanos, primos, amigos de la infancia, hechos unos micos, en cumpleaños, de domingueros, en los caballicos, en los columpios. Hay también fotos de nuestros padres: de chicos, de novios, casaos, embarazaos. En algunas aparecen junto a abuelos, titos, con los bisabuelos. Conforme la generación es más lejana y los retratados, más jóvenes, el papel pasa del color al blanco y negro. Fijémonos en esas fotos. Reparemos en las más amarilleadas, las de nuestros parientes más distantes del árbol genealógico, testimonios gráficos de la España que les tocó vivir, una España muy dura ante lo que no cabía sino remangarse y hacer de la necesidad, virtud, y con agua, raspas de pescao, una chispa de aceite y vinagre, preparar sopa, y apurar las ropas hasta que, por quedar reducidas a harapos, era imposible volver a zurcirlas, y si el año había ido bien y se juntaban cuartos pa’matar un marrano, aprovechar de él hasta la pringue que soltaba y elaborar con ello jabón pa’lavar, limpiarse las heridas y hasta los zapatos. Aquellas viejas encorvadas y enlutadas eran auténticas “superwoman” que, además de sacar a sus hijos adelante en medio del hambre y el riesgo sanitario, atendían la casa sin las comodidades actuales e iban al río/lavaderos y echaban el día restregando trapos, y arrimaban también el hombro en el campo, en la cuadra, limpiando el negocio del marido. Hombres que tampoco lo tenían fácil, ya fuera en una tierra que no siempre daba lo esperado, con el ganao, como marchantes teniendo que hacerse diariamente kilómetros y kilómetros… aquello era apretarse el cinturón y, además, día tras día, no a raticos ni por rachas.

 

Por supuesto que no se trata de renunciar al bienestar social logrado, pero sí de dejarnos contagiar por la fuerza de voluntad y el espíritu de sacrificio de esos de las fotos desgastadas. Y por su hospitalidad para con los vecinos, retrataos en más de una de esas imágenes, tanto o más que parientes más cercanos. Las casas estaban siempre abiertas, solícitas a la ayuda. Las puertas, la segunda vivienda de aquellos hogares; las placetas, el patio de juegos de los críos. Y por la mano que se echaba la gente, que si pa’ las conservas, con la crianza de los niños, pa’ hacer recaos en las tiendas.

 

Han cambiado los tiempos, sí y no. Pensemos en ello. Porque de esos viejos álbumes podemos sacar interesantes recetas de futuro.

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Nota: Esta entrada está  compuesta por los artículos publicados en Wadi As en las ediciones del 27 de junio, 4 de julio, 11 de julio, 18 de julio y 25 de julio.

 

Una propuesta

Porque los barrios no son las casas ni las calles entre las casas ni las plazas que se forman por el cruce de las calles, sino las personas que habitan las casas y se mueven por las calles y plazas. Porque la vida de los barrios depende de la vida que le den quienes en ellos viven. Porque sin gentes que hagan comunidad en radio corto, a corto alcance, el futuro de las tradiciones unidas a los barrios queda en manos de cuatro nostálgicos. Porque sin la red social que cada cual va tejiendo en el ámbito más próximo, que es la vecindad, ya pueden implicarse asociaciones e instituciones, que faltará siempre ese plus de asistencia esperado de un pueblo con barrios que encierran tanta historia e historias. Porque nuestros abuelos, que llenaban verbenas, que llevaban su vela en la procesión, que se comían su pinchito, que paseaban a sus niños en los caballicos, que guardaban sus mejores galas para los días señalados del calendario, no estaban mejor de dineros que nosotros. Porque nuestros abuelos, a diferencia de nosotros, tenían siempre una silla en verano que sacarse a la puerta pa’tomar el fresco por las noches, y un hueco en torno al brasero en la mesa camilla en las largas tardes de invierno, y un pedacico de panceta y un chatillo vino, o un vasico anís y un rosco de manteca pal vecino que se acercara pa’preguntar por la operación de cadera de la mama, el parto de la hija o la caída de la bici del nieto. Porque nosotros, a diferencia de nuestros abuelos, tenemos móviles, coches, tarjetas del banco, obligaciones, muchas, demasiadas, que nos quitan tiempo pa’mirar pa’un lao y pal’otro y pa’ver al vecino como algo más que ése con el que nos cruzamos en el portal, y el barrio algo más que la manzana donde está emplazada nuestra vivienda. Porque nos tenemos que meter en la cabecica que unas fiestas lucidas no dependen del presupuesto público ni de los colaboradores privados habituales ni de que los de siempre sigan pringando, sino de que yo, tú, aquel y el de más allá pongan su granito de arena y hagan barrio, hagan Guadix, desde el contexto más distendido, que son sus fiestas zonales. Valgan estas líneas de introducción al asunto que me ocupará las próximas semanas y no es otro que la puesta en valor de esos espacios de convivencia en los barrios que las modernuras nos han hecho minusvalorar muy injustamente y, en concreto, los festejos que se han venido celebrando en las barriadas señeras de la ciudad, con sus usos y costumbres propias, sus expresiones gastronómicas y culturales particulares, sus manifestaciones populares correspondientes. Porque es lo suyo que pongamos oído a lo que nuestros mayores han estado haciendo antes que nosotros, y se nos pegue una miaja de aquel orgullo de barrio que se tenía y contrarreste la apatía que cunde hoy día como la pólvora entre las casas, por las calles, de accitano en accitano.

 

Fiestas de enero a mayo

Estando repasando, al fresco de las noches accitanas de luna y estrellas, las fiestas de antes y  lo que de aquello pervive (o no), me cuentan que, incluso en las tradiciones que permanecen, falta esa marca de barrio que les daba tanta fuerza.

San Antón, más que vivencia, convivencia. A grandes rasgos, el San Antón de antaño y el de hoy no ha cambiado demasiado: se siguen quemando iluminarias, y comiendo pringá y, ya por la mañana, yendo a la era a darle las vueltas a la ermita y comprar la cuña. Sin embargo, cuando quien vivió antiguos sanantones comenta que lo de prender la luminaria no era cosa de asociaciones o pandillas, sino de familias a las que se iban arrimando vecinos, quienes sacaban sus sillas de anea y echaban lo de la matanza pa asar sobre ascuas que apartaban de la lumbre con una horca de labriego y que, al día siguiente, en la procesión, las muchas carrozas que desfilaban iban engalanadas con lo mejorcico que se tenía en casa, pues entonces uno se da cuenta del cariz que tenían aquellos sanantones, de fiesta participada por todo quisqui desde la convivencia en vecindad.

San José, relevante festejo. Por san José, entonces un día grande, la gente empezaba a ponerse la ropa de primavera comprada y los trajes que las modistas de barrio habían estado preparando en invierno, aunque las mejores galas se dejaban para estrenar el Viernes Santo. En todas las familias había un José, por lo que la fiesta estaba garantizada. La importancia del festejo quedaba clara con la “feria chica” de ganado en el río, con marchantes de toda la parte oriental de la península.

Semana Santa, hermandades de barrio. La Semana Mayor de Guadix sigue ocupando hueco en la agenda de los accitanos. Sin embargo, se ha diluido el vínculo que unía al accitano con las hermandades de su parroquia. Salvo en las cofradías de mayor raigambre, la adhesión a una advocación no tiene ya prácticamente nada que ver con la pertenencia a una comunidad parroquial. ¿Influirá/será síntoma acaso esto del desapego del cofrade respecto a las parroquias que son sede de sus hermandades?

Las Flores a María (mayo), además de celebrarse en todas las parroquias, incluso en colegios –caso de la Divina Infantita, donde las niñas ofrecían colonia y flores a la Virgen y se vestían de ángeles a diario durante el mes, o de las niñas de las teresianas, que el 13 de mayo, Virgen de Fátima, iban en procesión desde la Ermita Nueva a la iglesia de Fátima, cantando canciones marianas, vestidas con baby blanco y pañoleta blanca de tela-, suponían en las calles de Santa Ana una vivencia particular, con los altaricos que montaban los vecinos, que salían en rosario de la aurora los domingos del mes, recorriendo cada semana una zona del barrio. El último domingo, el rosario acababa en Fátima, que celebraba su fiesta grande.

San Torcuato no se entendía sin la procesión de por la mañana, con las niñas de refajos bordaos, ni sin la merienda de la tarde, cuando se empezaba el brazuelo de la matanza y se acompañaba con habas y tortas; ni las fiestas de la Virgen de Fátima sin los numerosos altares con imágenes marianas adornados con enseres de cobre, macetas y tapetes, ante los que paraba el trono de la virgen.

 

 

Fiestas de junio a diciembre

¿Caída del empleo? ¿Descenso demográfico? ¿Merma de servicios? ¿Traslado a barriadas de nuevo cuño? ¿Pérdida de religiosidad? ¿Cambio de gustos/preferencias de ocio? No sólo estos factores pueden explicar que las fiestas de nuestros barrios señeros hayan perdido fuelle. La mayoría de los festejos aquí recogidos compartían como elemento significativo la implicación generalizada del vecindario, apego que no se ejerce hoy día con tanta vehemencia. No esperemos fiestas locales de gran participación, sin un compromiso vecinal de peso.

Corazón de Jesús, feria de la Estación. “Eran fiestas de mucha gente”, coinciden en señalar quienes conocieron la “feria” de la Estación de hace décadas, con verbenas amenizadas por los mejores conjuntos musicales de la provincia, donde los cohetes no cesaban el día de la procesión, dejándose sentir en toda la ciudad. Gentío no sólo por los festejos. Es que entonces la Estación era un barrio populoso; eran muchísimos los vecinos empleados en la Renfe.

Por Santiago y Santa Ana, fiesta local, tres noches de verbena, ferial con pinchitos, churros y caballicos, carreras de cintas y sacos, cucañas/piñatas de barro, certamen de reina y damas, procesión de Santa Ana con filas nutridas… todo el barrio implicado, en una cosa, en varias. En la memoria de muchos santaneros está el sonido de los almireces que salía de las cocinas en la mañana de la procesión, cuando se preparaba el arroz de conejo o pollo con el que las familias festejaban su día grande.

La fiesta de agosto de la Virgen de Gracia, patrona de la Ermita Nueva, no se limitaba al día de la procesión ni siquiera a la semana de cultos: mantenía colaborando a vecinos durante mucho más y en mucho más. Caso de la rondalla y sus pasacalles para recaudar fondos, o de quienes invertían horas en sacarle lustre al cobre y repasar los picos bordaos con los que adornaban los altaricos caseros dedicados a la Virgen, o en pelar/cortar las frutas que echaban a la sangría, llevar las papas al horno o guisar la fritaílla de conejo que se compartían con los vecinos días antes y/o en el día en sí. Muchos hoy lamentan la falta de ese espíritu de comunidad que se vivía antes.

En septiembre, durante tres días la gente subía en rosario desde Santa Ana hasta la ermita del Cristo del Humilladero. A la llegada, se decía misa. Al tercer día, sangriada, refrigerio y sorteo de un cuadro del Cristo.

Pa poder sacar a San Miguel y pagar el conjunto musical, vecinos del barrio iban casa por casa pidiendo dinero. Por la calle San Miguel, que engalanaban para la ocasión, se instalaban los cacharricos y organizaban carreras de cintas y sacos, cucañas, certamen de reina y damas y, el día de la procesión, a mediodía, tenía lugar la llegada de una carrera ciclista. Vecinos que abarrotaban la verbena -el escenario se ponía entre la frutería de Caminos y el bar de la Bicha-. Vecinos que se tomaban los churros en el Macuto y llenaban los bares del barrio. Vecinos que acudían en masa a la misa: se tenían que abrir las puertas del templo para que se pudiera seguir la celebración desde la placeta. Vecinos que poblaban las filas de la procesión. Vecinos que no se quejaban si, durante el fin de semana de festejos, había más ruido de la cuenta. Vecinos que recogían la mugre que quedaba tras la fiesta.

 

 

Costumbres unidas a la rutina de barrio

Hay costumbres muy unidas a la rutina de barrio, tanto que muchas se acaban perdiendo por no resultar lo suficientemente llamativas como para velar por ellas, aunque sean tan particulares, tan expresión de la vida de placeta, como las fiestas que hemos repasado.

¿Que por qué debemos evitar que esto se olvide? Porque fortalecer las redes vecinales, compartir vivencias con el vecino, convivir con intensidad con el de al lado nos ayuda a conocer mejor nuestro entorno, a reconocer las carencias y a detectar los puntos fuertes, a valorar lo que nos singulariza y también aquello en lo que coincidimos con los accitanos de otras zonas, a tomar, en definitiva, conciencia de pueblo, cosa que no todos los pueblos hacen/tienen, pero que sí deben hacer/tener aquellos pueblos que no quieren resignarse a lo que venga, sino elegir el rumbo de sus pasos.

Y hablaré hoy de hábitos como, por ejemplo, el de “salir a tomar el sol”, muy común en otoño, invierno y en la temprana primavera. Sí, eso de, después de comer, los fines de semana, ponerse algo comodico, pasarse a recoger al vecino/a, y aprovechar las tardes de sol no demasiado frías pa’subir por la rambla Baza hasta el Diente y la Muela, ir carretera Murcia arriba (o abajo)…

A los sanantoneros noveles tal vez les interesaría saber que las lumbres se hacían con la leña que traía la gente de campo tras la poda de olivos, no con cualquier trasto. Hay más muestras de cómo el carácter agrícola de la comarca ha impregnado desde siempre el calendario accitano, caso de la “inauguración oficial” del verano, determinada por las sangrías que se preparaban para beber con los vecinos, encuentros para los que se ponían a asar las primeras papas de la temporada, al igual que la marca del otoño eran esas ristras de pimientos rojos puestos a secar en las fachadas, y esos tarros en los que se echaban pa’conserva los excedentes de la cosecha, y los boniatos, las peras o los membrillos que se cocían o las castañas que se asaban por los Santos, mientras que  el olor a cebolla cocida por allí, por allá, que empezaba en la Purísima y se prolongaba hasta san Antón, era señal inequívoca del invierno y del tiempo de matanzas de marranos, vividas en familia y en vecindad. Vecinos y familiares eran los invitados de las Comuniones, en las que, al acto religioso, le sucedía un desayuno casero para hermanos, primos y para los niños de la placeta, con magdalenas y roscos de horno, bizcochos de la Frasquita y chocolate, después de lo cual se iba al parque, donde los fotógrafos sacaban los obligados retratos, y luego pa’ la casa pa’comerse en familia el arroz.

El apego a parientes y vecinos se tenía en vida y en ausencia de los mismos. Además del adecentamiento de tumbas y visita a los cementerios, antaño, en tazones con agua y aceite, se ponían “mariposas” (cartón en redondo con un pabilo de vela). Se colocaban en las bañeras o en los lavaderos de las casas y se prendían en memoria de los muertos en la noche del 1 al 2 de noviembre. El día de los difuntos la gente se lo pasaba de misa en misa.

Y, en Nochebuena, familias enteras salían de aguinaldo y se convidaban a anís y mantecaos a’ca parientes y, por supuesto, a’ca vecinos.

 

Chispas que prendan la llama

Y concluyo esta serie de artículos con los que he querido poner en valor la vida de barrio como forma de rescatar Guadix de la apatía que acecha a ciudades de rango medio como la nuestra, y lo hago de la mano de personas y colectivos que, a través de las iniciativas que llevaron/llevan a cabo, han ejercido/ejercen como elementos dinamizadores fundamentales en los barrios accitanos donde desarrollaron/desarrollan su labor. No están todos los que son, pero estos que propongo bien pueden dar pie a ese repaso que cada cual debería realizar en busca de estas “chispas” que lograron/logran prender la llama del entusiasmo por la solidaridad entre vecinos como fase primera de hacer ciudadanía. Sirva esto, por tanto, de homenaje a todos ellos, pero también como pistas/claves que quizás despierten en alguno/a de ustedes las ganas de emprender proyectos de barrio ilusionantes.

Durante su etapa como párroco de las Cuevas de Guadix, Don Rafael Varón puso en marcha mucho bueno y nuevo, tanto en materia de formación humana y religiosa, de asistencia espiritual, como de intermediación/apoyo en cuestiones mundanas. Hoy me centro en el Teleclub Nuestra Señora de Gracia, que echó a andar en 1968 como punto de encuentro de los jóvenes. Don Rafael quería que aquellos muchachos/as acabaran siendo “gente de bien”, según comentan quienes aquello vivieron, y mientras “los tenía entretenidos”, que si con el teatro, en la rondalla, en la banda de cornetas y tambores, en actividades deportivas –fútbol, atletismo, damas, ajedrez-, los quitaba de beber vino, de salir a cazar gatos que vender en tabernas, de tantos otros caminos que extravían a las personas. Con cariño, aquellos críos, hoy muchos ya abuelos, recuerdan las excursiones a la playa gracias a las que pudieron disfrutar de algo que no estaba a su alcance, o de las serenatas, aguinaldos y de aquellos festivales musicales con los que recaudaban fondos para campañas benéficas y para el propio mantenimiento del club. Claro que Don Rafael no estaba solo. Le respaldaban vecinos, muchos, de muy diverso perfil, y la Institución Teresiana, muy presente en la Ermita Nueva, y miembros de otros clubes juveniles, como el club de San Miguel o el Ameyal, de Santa Ana, impulsado por su entonces párroco Don José Luis de los Reyes. En Ameyal, que estaba en la calle Recreo, se daba mecanografía, cocina y contabilidad, y se promovía el ping-pong, el fútbol y el teatro. Había tuna. Se organizaban excursiones en el día. En julio, celebraba en el patio de las escuelas el “Festival de la Calabaza”, con el concurso del “un-dos-tres”, actuaciones musicales amateur y cuenta-chistes. Don José Luis fue también quien ideó en los 60, 70, las primeras Cabalgatas de Reyes y los primeros Belenes Vivientes, así como que salieran niñas vestidas de samaritanas en la “procesión de los carpinteros”, La Flagelación, del Martes Santo, allá por los años 80.

Mención merece la asociación de vecinos de la Barriada de Andalucía, muy activa desde sus inicios. Las actividades emprendidas por la asociación de vecinos de La Espartera, relativamente joven, hacen creer que aún pervive en muchos esta idea del barrio como núcleo de convivencia básico. Además, a todos nos vendrán a la cabeza investigadores, músicos, maestros, “accitanistas” sin más titulillo, forofos todos de Guadix creyentes en las particularidades de nuestros barrios como parte de la identidad rica de nuestra ciudad.

 

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