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Archive for 22 octubre 2014

Publicado en Wadi As en su edición del 10 de octubre de 2014

Hay pocas cosas que me irriten más que cuando, estando yo recogiendo las cacas que acaban de echar mis perros, voy y piso las dejadas por otros “cuatro-patas”. Entonces es cuando se me queda una cara de tonta-de-remate, que da paso a la furia y, finalmente, a la indignación. Ahora que está tan de moda indignarse, desde luego que encuentro más de un motivo para manifestarme como indignada. Porque no es cosa del barrendero deshacerse de los regalicos malolientes de los que se desentienden muchos dueños de perros, sino de estos, y por cuyos “descuidos” pagamos el pato los que sí los recogemos, y más de uno –y de dos- nos meten en el mismo saco, mirándonos con recelo cuando pasamos junto a las cancelas de sus casas, por el mero hecho de estar paseando con nuestras mascotas.

Sobre “hacerse el longui” cuando de lo que se trata es de ocuparse de los excrementos del can propio, existe toda una casuística: desde los “ay-es-que-no-me-di-cuenta” disimulones que hablan por teléfono mientras el perro planta el pino, pasando por los que llevan sueltos a sus perros –y, por tanto, ojos que no ven, corazón que no siente- y, como es natural, estos hacen aguas mayores donde se les antoja, hasta los que, si descubren que les estás observando con ánimo de censurar su conducta, encima justifican su laissez-faire-laissez-passer alegando que ellos ya pagan impuestos pa’que “otros”, llámense “servicio municipal de limpieza” o la suela de tu zapatilla, retiren el “pastelito” de la vía pública. Pero en todos los casos el sentido cívico brilla por su ausencia.

Bien podríamos aplicarnos el cuento no sólo respecto a este particular, sino también en lo relativo a tomar conciencia, en general, de nuestra aportación al mantenimiento de los espacios que compartimos de felpudo pa’fuera. El barrendero tiene su cometido y el equipo de supervisión del arbolado el suyo y a los basureros, técnicos de alcantarillado y demás personal relacionado con el asunto les corresponden muy diversas tareas, pero buena parte de la responsabilidad de que un vecindario, un barrio, un pueblo luzcan limpios nos compete a los ciudadanos de a pie. Igual si nos convenciéramos de que la calle es tan nuestra como nuestra casa no dejaríamos en el suelo del portal ese “clínex” usado que se nos ha caído al sacar las llaves del bolso ni apagaríamos el pitillo contra la fachada en la que nos hemos apoyado mientras esperábamos el bus ni pegaríamos en cualquier sitio ese chicle que ya no sabe a na. Y pondríamos cuidado en no echar a la acera las cáscaras de las pipas que nos hemos zampao mientras venía la procesión, en llevar al contenedor los cascos de lo que hemos bebido en el “botellón”, en preguntar sobre el correcto reciclaje de este/aquel trasto que no estamos mu seguros dónde tirar. Ni ramblillas, barrancos, solares abandonados se merecen estar comíos de “mier…”. Ni parques, bulevares, plazoletas. Si tenemos la solución tan a mano, ¿por qué no la ponemos en marcha?

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Publicado en Wadi As en su edición del 3 de octubre de 2014

El mal es real. La maldad existe: sin contextos desestructurados que la expliquen, sin déficits mentales que la justifiquen, sin componentes morales ni sobrenaturales que respondan por ella. En este mundo, el que pisamos con los pies, hay gente mala, muy mala, y porque sí. No busquemos razones tras el secuestro en masa de niñas en Nigeria, tras las ejecuciones de civiles por parte del Estado Islámico, tras los abusos del pederasta de Ciudad Lineal, tras tantos casos que nos ponen los pelos de punta por lo inexplicable, lo injustificable, lo increíble que suena que eso sea posible porque sí. Ni a los raptores nigerianos, los verdugos con ansias de notoriedad ni al musculitos que supuestamente habría engatusado, drogado, secuestrado, abusado, violado a crías, les tembló la mano para cometer las atrocidades que se les imputan, todas peores que hechas por cualquier ser sin capacidad de raciocinio, pues en ellas hay una voluntad muy firme, la de sembrar el mal. Porque sí.

Sociólogos y pedagogos salen rápido a la palestra citando como crucial el efecto de un entorno social adverso en la maduración de los valores que van conformando la personalidad del individuo. Psicólogos y demás hacen lo propio subrayando los renglones torcidos de la mente y la conducta que pueden llevar a tal o cual comportamiento. Incluso los curas, santones y magufos new-age echan mano del diablo para acabar clasificando lo inclasificable: el mal porque sí.

Porque los periódicos vienen llenos a diario de otros muchos ejemplos de todo esto, creo que deberíamos considerar como suficientes estos continuos avisos a navegantes que se nos ofrecen, estos toques de atención sobre algo que sabemos que está ahí, aunque prefiramos vivir sin aceptarlo. Precisamente porque la realidad es la que es, tendríamos que reparar más en los cuentos, no en los pastelosos de la factoría Disney-y-similares, sino en las versiones originales, hard-core total, pues tras animales que hablan, duendecillos vengativos, instrumentos mágicos, brujas y hadas se esconden auténticas llamadas a la supervivencia en un mundo cruel y despiadado, donde la maldad no calza mallas rojas ni cuernos en la cabeza ni precisa de la pobreza ni de una infancia truncada para campear a sus anchas. Cenicienta tiene que aguantar la muerte de su madre, a una madrastra y unas hermanastras que la desprecian y a un padre que la ignora, la madrastra de Blancanieves le pide al que manda a matarla sus entrañas para cocinarlas, en “La dama y el león” se muestran los reiterados intentos de una mujer por recuperar a su amor de los brazos de otra, en “La luz azul” un rey prescinde de un soldado convaleciente, aunque leal, por estimar que ya no le es útil… pasen y vean y lean a sus hijos estos relatos, llenos de advertencias escritas para que los niños puedan sortear la irrupción de la maldad-porque-sí en sus caminos. La verdad tras los cuentos es tan real como la vida misma y los peligros que aguardan a la vuelta de la esquina.

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Publicado en Wadi As en su edición del 26 de septiembre de 2014

Estos tiempos no sólo son malos para la lírica, como dice la canción, sino también para defender/justificar cualquier inversión en lo que sea cuyo rendimiento/resultado no se vea en seguida. Contagiados por la desesperación/desesperanza de las horripilantes cifras de paro, de negocios en quiebra, de familias al borde del abismo, soltamos, creo, demasiado a la ligera, eso de que “¡vaya esperdicio de dinero!” cuando nos referimos al que se dedica, por citar dos ejemplos, a poner en valor yacimientos arqueológicos o a mandar satélites/robots/astronautas al espacio. “¿Y esto pa’qué, con la de hambre que se podría quitar con ese dinerico?”, hemos dicho en alguna ocasión. Pero más allá de la contradicción en la que entraríamos siguiendo esta línea argumental, pues si se cerrara el grifo de la investigación científica habría otras tantas miles de personas dependientes de estos puestos de trabajo y que se quedarían también sin qué echarse a la boca, caeríamos en un error considerable al valorar tan por encimilla lo que, al menos, deberíamos juzgar desde la serenidad y con perspectiva.

A poco que uno navegue por Internet, vea unos capítulos de la serie divulgativa “Cosmos”, se ojee el índice de cualquier revista de esas de movidas interesantes, da con bastante rapidez con más de uno –y de dos- casos de descubrimientos de aparatos, elementos y funcionalidades que usamos en la vida diaria, que tienen su origen en las investigaciones realizadas por los laboratorios de la NASA o la Agencia Espacial Rusa a cuenta de la “carrera espacial”. Que sí, que a ellos lo que les movía era poner a Zutanito en órbita, pero pa’ello tuvieron que hacer cálculos/estudios/desarrollos que encuentran aplicación en nuestra pedestre rutina. El pique galáctico entre superpotencias mundiales “ha permitido”, por ejemplo, que se haya mejorado el aislamiento de nuestras casas como forma de aprovechar la energía o el sistema mismo de tratamiento y depuración urbana del agua. Entre los avances médicos ligados a la carrera espacial están los monitores cardiacos, la tecnología actual del marcapasos, las técnicas de desinfección en hospitales, el láser, los sistemas de detección del cáncer de mama o las bombas de insulina. Hasta el tubo dental, las lentes de contacto, los alimentos deshidratados/liofilizados –café soluble-, el termómetro digital, herramientas sin cable –taladro inalámbrico-, el GPS, el código de barras, los detectores de humo, la pintura anticorrosión, los pañales desechables, los trajes de baño para competición, entre otros, fueron pensados para ser empleados en el espacio.

¿Crisis económica?, haberla, hayla. ¿Que hay que hacer todo lo posible por mejorar la situación de quienes la están padeciendo?, por supuesto. Pero parémonos un momento antes de echar por la boca sapos y culebras contra el gasto en tal y cual asunto relacionado con la ciencia y veámoslo como una inversión de futuro de la que, si no nosotros, sí que se beneficiarán nuestros descendientes y de la manera más insospechada que nos podamos hoy por hoy imaginar. Ampliemos perspectiva. Aunque nos cueste dado el percal, intentemos ver un poquito más allá.

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