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Archive for 17 noviembre 2014

Artículo publicado en Wadi As en la edición del 8 de noviembre de 2014

 

Demostrado: no sirvo para dar pronósticos. ¡Y yo que pensaba que la intuición era una de mis virtudes! Pues no. La reciente experiencia que hoy comparto me ha hecho ver que peco de tirar a la baja. Me pasa por subestimar el enorme poder de la masa, porque se me olvida, una y otra vez, colocar en el lugar que merece el factor instintivo que acaba desequilibrando la balanza hacia un extremo u otro, es decir, que me cuesta sintonizar con el elemento último que nos lleva a prescindir de raciocinio y empatía, convirtiéndonos, en este nivel tan primario, en blanco fácil de aduladores y demagogos, en pasto de campañas agresivas, de “pan y circo” mediático, de “vótame y flípalo” político.

Esto no lo cuento desde la tribuna teórica, sino, como avanzaba al inicio, tras haberlo vivido en carne propia, al reconocerme y declararme víctima de la histeria colectiva, en este caso, a cuenta de las increíbles ofertas en moda textil y de hogar que hace unos días puso en circulación una conocida cadena alemana de supermercados. ¿Cómo, ilusa de mí, pude creer que bastaba con ir tempranico, que estando allí a las ocho y cuarto, esto es, un cuartito de hora después de abrir, iba a poder comprar con tranquilidad sin la bulla que se monta por las tardes? Tremendo fallo de cálculo, absoluta minusvaloración del potencial del competidor directo, osease, de otros compradores ávidos de chollos.

Caí, sí, en las promesas de calidad al mejor precio que llenaban el folleto promocional de amarillos fosforitos y costes resaltados. Y sí, me agobié cuando vi a lo lejos que ya antes de que abrieran había una veintena de personas -¿o eran más?- esperando para entrar. Y esto hizo que intercambiara no más que un parco saludo con una vecina con la que suelo conversar; la fiera bruta de mis mazmorras que andaba suelta aquella mañana me hacía verla como posible contrincante, así que “¡nada de cháchara, esto es la guerra!”. Agobio que aumentaba conforme me iba encontrando por el camino con quienes, a las ocho y pocos minutos, ya salían con el “botín”: como si de un bebé se tratara, una mujer apretaba gozosa contra su pecho la “bata-manta” que acababa de agenciarse; el abuelo que se me quedó mirando como diciendo “Chata, ya sólo hay restos” llevaba con cuidado exquisito tres paquetitos que dejaban ver la franela de unos pijamas; ya dentro, una nutrida fila de carros hacían cola ante la caja, todos cargados con productos del catálogo. El ansia por alcanzar la meta me hizo esquivar con gran habilidad estantes, empleados y clientes, tener sitio en primera línea ante los montones de las gangas, detectar en tiempo récord los objetivos fijados y rápidamente echarlos a la cesta.

Pasado el subidón de adrenalina que me provocó el episodio, fui volviendo poco a poco a mis cabales y entonces vinieron las preguntas: “¿cómo ha ocurrido el qué y por qué?”. Y la respuesta, sencilla e inquietante: “es lo que hay”.

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