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Archive for 29 diciembre 2014

Publicado en Wadi As en su edición del 20 de diciembre de 2014

 

Los que vivís en Guadix en cuerpo y alma tenéis una oportunidad de oro pa’empaparos de la Navidad accitana, pues buena parte de ella se deja sentir en las calles en ese trasiego especialmente acelerado –e, incluso, bullicioso- motivado por las citas sociales ante las que hay que aprovisionarse. Durante estos días, esta animación extra saca a Guadix de su natural melancolía, y ofrece, pese al frío, una más que estampa, imagen de y en movimiento. Conservando el recogimiento que le es propio, Guadix en Pascuas, no obstante, se deja hacer y sigue un ritmo distinto.

En esto tiene “mucha culpa” –bendita culpa- el comercio tradicional y sus maneras -heredadas de generación en generación- de atender al público, poniendo en esto, en la atención y en su calidad, su valor añadido más significativo. Y los bares y restaurantes, las pastelerías y confiterías, que animan las fiestas alegrando el estómago. Y las asociaciones musicales, las entidades que asisten -con particular intensidad en estas semanas- a los que peor están, los colegios y sus funciones escolares navideñas. Y…

Y este cambio en la rutina resulta palpable si, por ejemplo, reparamos en nuestros sentidos y en cómo entra la Navidad por cada uno de ellos. Así, claro está que las Pascuas en Guadix saben al roscón que hornean en cada panadería siguiendo un estilo. Y al cordero ternico de las sierras vecinas que llena los platos de muchas mesas los días señeros. Y a las tapas de siempre que entran como nunca -pese a lo bien servido que va uno con tanto cenorro, tanta comilona-.

El tacto de la Navidad accitana es el de las prendas que no pican, el de las suaves lanas de mercería, de los chaquetones de piel y de las buenas suelas de zapatos que nos protegen del suelo helao. El de una pulsera o un reloj nuevos sobre la muñeca, el de una gargantilla sobre el cuello. El del papel marrón que arrugamos pa’hacer los cerros del belén.

Pa’vista, la de las zambombas con cintas de colorines de los puestecillos de la avenida, la de las luces intermitentes típicas de los escaparates de las eléctricas y de las jugueterías. Huelen las Pascuas guadijeñas a bollería de horno, a leña de chimenea, a perfumes y cremas, a pescado fresco, a taco de carne recién cortada, a fruta y verdura que se come con los ojos. A especias y bacalao salao de los veteranos comercios de ultramarinos. A lacas y champús de las peluquerías. A cebolla cocida y masa de chorizos frita, señal inequívoca de que en esa casa se está de matanza de marrano. Y, si se pone oído, uno aprecia el énfasis especial con el que los vendedores del mercao pregonan su género y los loteros ambulantes, su material. Y los villancicos en tiendas –dentro y fuera-, en aguinaldos callejeros, en teatros e iglesias.

Y todo esto, amigos míos, es un privilegio sólo al alcance de los que, como decía, están en Guadix en cuerpo y alma.

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Publicado en Wadi As en su edición del 5 de diciembre de 2014

Decir “Navidad” y “Madrid” es hablar de colas ante las administraciones de lotería del centro y ante los establecimientos -cada vez menos- especializados en el amasado tradicional del roscón de reyes. Y de los mantecaos de confitería que uno empieza comprando por gramos y acaba las Pascuas acopiando por kilos. Y de los jóvenes que se toman las uvas al ritmo de las campanadas del reloj de Sol durante los últimos ensayos antes de la gran cita del 31. Y de la sobredosis de luz en las vías principales. Y del trajín en las oficinas de correos pues, si bien lo de escribir christmas es ya cosa de minorías y los paquetes de regalo son menos que en época de bonanza, siguen teniendo en estos días más actividad de lo normal. Y de la calle Preciados convertida en cauce por donde van ríos de gente, gente que entra y sale de tiendas, de cafeterías/chocolaterías, de bares, del metro. Y de la Plaza Mayor y aledaños con los puestos, primero, de belencicos y adornos navideños, y semanas después, de pelucas estrambóticas y artículos de broma. Y -por consiguiente- de chicos y grandes desfilando con orgullo y alegría el pelucón finalmente comprado. Y de la charleta con el portero del edificio sobre cuándo uno se va o regresa a la casa de tal o cual pariente para celebrar tal o cual festejo. Y de los belenes visitables. Y de los espray blancos echados deprisa y corriendo sobre moldes en las ventanas y de los arbolicos descalichaos y los espumillones despeluchaos del año el picor que se dejan entrever a través de éstas, pues en la gran ciudad no habrá tiempo para mucha cosa -y ahora mucho menos dinero que tiempo-, pero sí para recibir la Navidad de alguna manera.

Éstas y otras estampas más enumeramos en un momento una madrileña y ésta que esto escribe -que, aunque no nacida en Madrid, no hay día que no sienta su ausencia- mientras me acerca en coche al metro de Potsdamer Platz. En pleno corazón de Berlín -que, por cierto, se puso el traje navideño a mediados de noviembre, pero sigue luciendo igual de mustio-, ahí estamos nosotras, mano a mano, recuperando del recuerdo vivencias muy del Madrid de estas fechas, donde hay mucho calor y color que pueden con el frío y la apatía de la rutina.

Porque habrá quienes prefieran pompa, consumo y abuso. Porque habrá quienes encuentren en lo anterior motivos para despotricar contra las Navidades, descalificando el todo -y a todos los que las celebramos- por la parte que opta por el despiporre. Pero éste no es mi caso ni el de otros muchos y, si tengo que escoger una forma de inaugurar este serial de artículos (pre-)navideños, es de la mano de historias menudas como las que mi amiga y yo hemos recopilado en apenas diez minutos, de esos pequeños episodios, carentes de boato pero que, sin embargo, uno más otro, componen el escenario del tiempo que viene.

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Artículo publicado en Wadi As en su edición del 29 de noviembre de 2014

¿Por qué humillamos a los maestros? ¿Por qué nos vemos más listos que ellos? ¿Por qué le damos siempre la razón a nuestros niños ante cualquier incidente con el profesor? Estos porqués bien los podríamos dejar retumbando en nuestras cabecicas, ya que ¡madre mía lo que se ve -y se lee- por ahí! Que si el año pasado más de 250 profesores denunciaron agresiones –la mayoría, de parte de alumnos-, que si más de diez educadores al día acuden al servicio de ayuda psicológica y jurídica del Defensor del Profesor, que si la violencia escolar contra docentes se da cada vez más en Infantil y Primaria, que si aumenta progresivamente el índice de agresiones y las falsas acusaciones contra el personal educativo, así como el número de maestros que se plantean abandonar su profesión por tan insoportable clima laboral…

Que naide está libre de culpa, oye, y cunde como la pólvora esto de creernos valedores de derechos pero para nada sujetos a obligaciones, y tanto lo uno como lo otro entran en el mismo lote de la vida en democracia. Y que no vayamos de que somos los más inocentes del planeta, que aquí todos, el que más y el que menos, hemos puesto nuestro granito de arena en esta gran montaña que pesa sobre el profesorado patrio, harto del desprecio contra el que tienen que batallar a diario y que sobrecarga su ya de por sí ardua tarea de instruir e impartir conocimientos a las mujeres y hombres del mañana.

Digo yo que los padres algo tendremos que ver en todo esto. Porque es propio de niños consentíos a los que no se les niega nada en casa, que luego en el colegio o con sus amigos en la placeta repitan las mismas rabietas/pataletas y, al no saber cómo reaccionar cuando no se hace lo que quieren, encuentren en la violencia una forma fácil y rápida de afrontar el conflicto. Porque es propio de padres que piensan que sus hijos son perfectos que, si el maestro les comenta algo que ha detectado en el menor y que igual precisa de intervención especializada (p.ej.,psicológica), enseguida se encierren en su orgullo y sólo vean al docente como un metomentodo, en vez de como alguien que alerta sobre algo que no marcha.

Educar en el respeto a la discrepancia/diferencia, en la asunción de responsabilidades, en la aceptación de errores y su subsanación, en el empleo de la palabra frente al grito/al palo… nada de esto es materia curricular: los niños lo aprenden al calor del hogar, son puras esponjas y absorben lo que hay en su entorno más cercano. De ahí nuestro deber, padres, de actuar. Marcarles límites no excluye ejercer con ellos una activa capacidad de escucha. De igual manera, debemos confiar en el maestro/profesor, desdeñando adoptar cualquier actitud altiva que mine su autoridad a ojos de nuestros hijos, sus alumnos. La normativa que se haga para proteger a los docentes será papel mojado si los padres no les reconocemos su posición. Apaciguar la convivencia en las aulas, restaurando la figura del profesor e implicándonos en el día a día de la escuela, buscando un punto de encuentro entre el centro y la familia, redundará en un mejor rendimiento escolar del alumnado y, por supuesto, en una sociedad más fuerte y estructurada.

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Artículo publicado en la edición del 22 de noviembre de 2014

 

Dada la cruda realidad contra la que luchamos día tras día, tienta, y mucho, inventarse una vida y fingir ser otro/a en un entorno/contexto en el que nadie que nos conozca nos pueda identificar y nos delate ante la concurrencia como mentirosos apuraos -y de esto, oye, tampoco hay necesidad, por mu malamente que esté el asunto-. A grandes brochazos, podríamos clasificar en tres grupos a estos artistas de la simulación.

Empezaré refiriéndome a los fingidores compulsivos, que son los que van de sobraos y fanfarronean, exagerando al extremo -y sin poder evitarlo-, sobre lo –mucho- que saben, sobre lo –mucho- que tienen. “Su vida” es pura épica, carne de novela. Causan hartazgo, a la vez que lástima, porque el patetismo de algunos en su intento de aparentar lo que no son, es bastante conmovedor: la trola que sueltan es tan descomunal que no les convence ni a ellos.

Luego están los que se sirven de las nuevas tecnologías para re-crearse a su antojo. En la era digital en la que vivimos, sin duda son los duchos en las maquinicas los que tienen más opciones para hacer de su capa, un sayo: pueden quemar nervios y ahogar las penas padecidas en el mundo real, por poner dos ejemplos, bien en el plano fantástico que ofrecen los videojuegos, o bien meterse en la piel de ese/a que siempre han querido ser, comprar lo que toda la vida han anhelado, tener el trabajo de sus sueños y las relaciones que les satisfacen, en universos virtuales como el de Second Life.

He dejado para el final al caradura profesional, ése que no sólo alardea de lo que no es, sino que, además, usa ese personaje ficticio construido sobre el referente real de su persona para estafar sin complejos –algunos, incluso, a gran escala-. En el último mes, tres nombres, los de “el pequeño Nicolás”, Fonsi Loaiza y Enric Marco, se hicieron hueco en la agitada actualidad de nuestro país. A los tres les une su querencia por mentir a lo bestia y hacerlo sobre su persona, mero instrumento para llegar al personaje, desde el que han actuado sin vergüenza alguna. El primero, con una capacidad de fabulación desorbitada –y cuyas intenciones no están aún del todo aclaradas-, se hizo pasar por asesor de la Vicepresidenta del Gobierno y por activo del CNI. El segundo, al que la prensa le colgó el cartel de “el pequeño Nicolás de ‘Podemos’”, durante semanas fue de plató en plató presentándose como representante del Círculo de Deportes de ese partido, cuando nunca lo fue, por tal de ganar notoriedad. Y el tercero era un flagrante impostor, calificativo que da título a la última novela de Javier Cercas, que trata sobre dicho menda, quien fingió ser superviviente del nazismo hasta que fue desenmascarado finalmente hace unos años. Mentirosos hasta la médula, jetas sin escrúpulos. Y estos, junto a los de los otros grupos, hijos todos de estos tiempos confusos, donde la verdad se traviste de mentira con pasmosa rapidez y frecuencia.

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