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Archive for 25 febrero 2015

Artículo publicado en Wadi As en su edición del 21 de febrero de 2015

 

No hay mensaje más rotundo que el de los hechos y, si estos vienen de un crío, ni qué decir. Mi hija todavía no completa una frase en un mismo idioma, pero con una claridad meridiana se hace entender y, por ejemplo, cuando tiene ganas de ir a la calle, coge sus botitas del zapatero e intenta ponérselas. Despega y pega el velcro del zapato una y otra vez, como si acaso la posible falta de adherencia del dispositivo fuera la razón por la que no consigue su objetivo, que no alcanza no por esto, sino porque no abre las botas lo suficiente como para que el pie resbale por la caña y entre por completo. Pero ella es tenaz y, lejos de desesperarse o aburrirse, convierte la operación en un divertido entretenimiento. Mirándola desde una distancia prudencial y con total disimulo, me pregunto si no debería aplicarme el cuento y tomarme con filosofía esos varios asuntos en mi día a día que precisan de tiempo y paciencia. “Querida Juana, una nueva lección de vida que me das”, pienso. Y vosotros, madres y padres, abuelos/as, tíos/as, cuántas veces no os habréis también sentido pequeños ante los pequeños cuando estos se muestran tan sumamente grandes. Y es que ellos, a diferencia de nosotros, tienen el “disco duro” vacío de prejuicios, poses, imposturas, “basura social” que se va archivando –no sé si a modo de virus o de spam sin más, por seguir con el argot informático- a medida que se van soplando velas de cumpleaños, conforme se va ampliando campo conocido. Están limpios de hipocresías, de eso que se llama “saber estar”, de “lo políticamente correcto”. Por tanto, cuando dicen y hacen, hacen y dicen tal cual lo piensan, lo sienten. De ahí que cuando uno escucha salir de la boca de un niño un piropo a la comida que ha preparado, a la función teatral a la que le ha llevado, al cuento que le ha contado, al juguete que le ha regalado, sabe a ciencia cierta que ha dado en el blanco. Cuando aún están plenos de inocencia –que se va perdiendo conforme uno se hace viejo-, los niños son la mejor manera de calibrar la exquisitez de nuestra tarta, la calidez y ternura de la bufanda que hemos tejido para ellos o nuestro acierto al haberlos apuntado a esta u otra actividad. Tened por seguro que si algo no les sabe bien o no les agrada o no se lo están pasando pipa, lo dirán tanto sus palabras como sus gestos, y sus caras, auténticos espejos del alma, no lo podrán ocultar. Por tanto, a unos críos se les puede tachar de maleducados, a otros de caprichosos, brutos, traviesos, desobedientes… pero, unos y otros, cuando dicen lo que dicen, lo dicen de forma directa, sin rodeo que valga, y con absoluta sinceridad. ¡Tanta doblez, tanto cinismo, tantas falsedades encontramos a diario en las noticias y en nuestras mismas vidas! ¡Como para no desear un poquito de esa frescura con la que actúan los niños!

Cuando decimos eso de “hasta un niño lo puede hacer” nos referimos a algo fácil de lograr. Usamos lo de “no seas un crío” para reprocharle a alguien su flagrante inmadurez ante algo. Hoy no seré yo quien acuñe expresiones similares que minusvaloran a los pequeños de la casa, grandes en muchas cosas. En cuanto a patochás, sinsentidos y disparates en el comportamiento, los adultos vamos sobraos. ¡Lo complicá que volvemos la vida con tanta falsedad, tanta chapa y pintura exterior, tanta sofisticación! Por ello es que hoy quisiera compartir con vosotros este ejercicio de humildad y, sobre todo, de escucha activa a los niños, a nuestros hijos, sobrinos, nietos, vecinos. Observarles y tomar nota de cómo resuelven algunas situaciones nos puede ayudar a caer en la cuenta de obviedades que no vemos por nuestra sembrada de absurdeces y aburridísima manera de afrontar la vida en nuestro triste y gris “mundo de mayores” .

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Artículo publicado en Wadi As en sus ediciones del 24 y el 31 de enero de 2015

Les propongo hacer un viaje en el tiempo al Guadix de los años 50 y 60, aquel cuya población superaba los 30.000 vecinos, y seguir con ustedes un recorrido por calles que concentraban buena parte de las tiendas del pueblo y de las viviendas habitadas.

Si les invito a acompañarme en esta ruta es porque, al oír nombres tenidos ya por olvidados, pero que durante un tiempo formaron parte del escenario habitual, tal vez cada cual, comerciante o cliente, pueda sacar sus conclusiones respecto a este sector que no atraviesa actualmente su mejor racha. Viajando, por tanto, a uno de sus momentos de mayor fuerza, quizás resultará más sencillo identificar qué había que ahora no, qué no había que ahora sí.

Por de pronto, había más gente. En la época a la que me refiero, Guadix alcanzó sus mejores cifras demográficas. Entonces no era preciso reivindicar ni la condición de Guadix como municipio de entidad intermedia ni el comercio como sector estratégico, pues ambas cuestiones eran claras y manifiestas: bastaba con pasear por el centro para percatarse de la importancia del gremio de comerciantes en un Guadix vivo, en el que, además, cada barrio tenía sus vaquerías, sus hueverías, sus hornos, sus carpinterías, sus barberías, sus sastres y modistas… y su propia identidad.

Apenas han pasado unas décadas y, sin embargo, parecieran siglos los que nos separan de aquel Guadix. Los pocos comerciantes de entonces que siguen hoy día en el sector miran con nostalgia hacia atrás y, de sus comentarios, junto a la alegría del recuerdo, emana también una triste resignación, la de ver cómo estos nuevos tiempos, con nuevas gentes con nuevos hábitos, han dado de lado al comercio tradicional. Los cambios de costumbres y los nuevos horarios que marcan nuestras vidas, la revisión del precio del arrendamiento de locales comerciales tras el fin de los contratos de renta antigua para estas superficies (a partir de este año puede hasta triplicarse), el no tener a quién (familiar o empleado) pasarle el testigo del negocio y la imposibilidad de competir en precio con el gigante asiático, se encuentran entre los factores que han llevado a la bajada de persiana de muchísimas tiendas, no ya en Guadix, sino en muchos otros lugares. Parece, por tanto, muy difícil evitar lo que se plantea como inevitable, y que vemos que ya está sucediendo: centros urbanos plagados de franquicias, calles impersonales con tiendas de baratillo y polígonos industriales con mamotretos de hormigón ocupados por salas multicines y grandes superficies.

No obstante, no considero tan imposible que Guadix pueda llegar a recuperar alguna vez parte de la vitalidad de entonces. Aun dando por ciertas las causas que han cavado la tumba de muchos negocios, existen dos asideros importantes: la reinvención, por un lado, y la adaptación a las nuevas maneras de funcionar de la sociedad, por otro. Ante las muchas adversidades, a los comerciantes de viejo cuño no les queda otra que aguzar el ingenio y buscar la forma de adaptarse a las nuevas costumbres de la gente sin perder por ello un ápice de calidad en el género ofertado, de exquisitez en el trato y de solera aprendida durante tantos años de ejercicio. Y, por supuesto, contar, como aliadas, con las nuevas tecnologías y “hablar” el mismo idioma “digital” de hoy día. Este grandísimo esfuerzo reconversor que se le exige al comerciante de toda la vida debería verse acompañado por el apoyo de las instituciones, no sólo ya porque el comercio suponga un sustento económico de primer orden para muchas ciudades, como le ocurre a Guadix, sino porque ligado a la supervivencia de estas tiendas a las que me refiero, está la del mismo casco histórico. Se echan en falta, asimismo, líneas especiales de financiación para pymes del sector por parte de la banca, y del legislador se esperaría cierta regulación de los precios de alquileres para evitar abusos de los propietarios arrendadores de locales comerciales. Y nosotros, los clientes, tenemos muchísimo que decir y que hacer y, en la medida de nuestras posibilidades, deberíamos seguir entrando y comprando en estos establecimientos emblemáticos, historia viva de la ciudad y de nuestras propias familias, y cooperar así en su mantenimiento. El cliente, al fin, tiene la última palabra.

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Para trazar la ruta del paseo por el Guadix de los años 50 y 60 del siglo pasado, me han sido imprescindibles los testimonios recabados de comerciantes de entonces que siguen hoy día al pie del cañón, así como de fieles clientes de estos locales tradicionales. Comestibles, bazares, tercenas, ultramarinos donde comprar el testamento con que aviar los embutidos de las matanzas, plaza-abastos, alpargaterías, talabarterías… palabras todas frecuentes de oír en aquellos tiempos. Tiempos en los que el 20 de enero, festividad de San Sebastián, patrón de los comerciantes, era fecha señalada tanto en la agenda del gremio en particular como de la ciudad en general. Se hacía triduo y el día del santo se cerraba por la mañana, pues se sacaba la imagen en procesión; luego había una fiesta en el Casino. Años después se seguía con el triduo, se abrían las tiendas por la mañana, se hacía comida al mediodía, se cerraba por la tarde y después se iba al campo de fútbol, donde jugaban los comerciantes entre ellos.

Pepe Lorente y sus hijos Carmen y Pepe en la procesión de San Sebastián. Avenida Medina Olmos. Finales de los años 60. Por aquel entonces, Lorente estaba empleado en ultramarinos Antonio Sierra

Pepe Lorente y sus hijos Carmen y Pepe en la procesión de San Sebastián. Avenida Medina Olmos. Finales de los años 60. Por aquel entonces, Lorente estaba empleado en ultramarinos Antonio Sierra

Como ya apunté la semana pasada, ofrezco estas líneas como homenaje a un sector que ha sido muy importante en nuestra ciudad y que actualmente tiene ante sí retos y desafíos, ninguno de ellos sencillo de afrontar. No es cuestión de idealizar el pasado; más bien de tomarlo como referencia. Tampoco de negar la realidad de cómo se hacen las cosas y cómo funciona el mundo hoy día, pero sí al menos de reivindicar la dedicación, el esfuerzo y el cariño de los que tienen un proyecto personal y apoyan en esos tres pilares el valor añadido de sus productos y servicios. Sin embargo, más allá de mis motivaciones para con este artículo, están las reflexiones que lleven ustedes a cabo durante y después de este viaje al Guadix del comercio. Y les aseguro que, sin éstas, este escrito no estará en absoluto completo.

¡Recuerden! Guadix, casco antiguo,  años 50 y 60. ¡Preparados! ¡Listos!…

Pues, ¡aquí estamos! Partimos de la calle Imagen y lo hacemos al olor que sale del horno de la Matilde -amasa como nadie unos roscos famosos en todo el pueblo-, misma calle donde está el bar de los Pajarillos (Bar Gallina), célebre por sus tapas de pajarillos fritos y morcilla caliente. Avanzamos hacia la iglesia del barrio y nos dejamos caer por la calle Santa Ana hasta pararnos ante la puerta de la Corsetera, cuyo nombre le viene porque hace sostenes y corsés a medida. Además, forra botones y vende garbanzos tostaos molíos que da en papel de estraza hecho un cartucho, habas fritas, cañamones, mixtos de crujío, petardos pa’San Antón y chucherías en general.

Girando a la derecha por la calle San Francisco, nos detiene la música de guitarra, bandurria y laúd que sale del bajo de uno de los edificios, donde tienen la academia los hermanos Cándido y Frasquito Ortiz -como nosotros acabamos de hacer, solían hacer muchos de entonces, que pasaban por el callejón sólo por oírlos tocar-. Enfrente, el estudio de fotografía de Lola Valverde. Más adelante, las gaseosas y sifones La Accitana y, frente a estos, la sastrería Muro. Entremedias del sonido de cuerda de los Cándidos y el de las máquinas que embotellan gaseosa, se escapa el de los martillazos del Potaje desde su taller de carpintería.

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Sastrería Muro. C/San Francisco. Año 1955

Volviendo a la calle San José nos encontramos con la imprenta 1º Abril, frente a la que cual, en la placeta Castillo (actual plaza de Oñate), hay un bar con el mismo nombre, a espaldas del café España.

Salimos a la calle Mira de Amézcua, pero subimos de un salto –licencia que nos permite tomar este viaje imaginario en espacio y tiempo- hasta el cruce de la calle Santiago con la Bovedilla, y hacemos el repaso durante la bajada. Según bajamos, a la derecha, están: la farmacia de don Juan Medialdea, la carpintería La Torre, el horno del Chinas (San Antoñico), la barbería del Gaucho, persianas Fali, el bar La Torre, ultramarinos y tallados Bermúdez, la funeraria de Guerra y Rodríguez (años después se traslada a un local de la Mira de Amézcua), una droguería y la sastrería Morales. También en la calle Santiago, pero en la acera de la izquierda, de arriba hacia abajo: la papelería de la Dora, la barbería del Puntas, la zapatería María Angustias Pérez, la tintorería la Rosa de Oro (años después pasa a un local de la calle Ancha, donde sigue actualmente), cerámicas Miguel Cabrerizo (cuñao de la Gardeña), la taberna del Mañas, reparaciones de radio y televisores Triviño, el Palero que vende picón, reparaciones de radio y televisores Ariza, la exposición de muebles de almacenes Julián, los Plataneros (tienda con la que después se queda la Pilar la Compadrita) y el taller de reparaciones de máquinas de coser Alfa que llevan Miguel y su socio, el marido de Lola Encinas.

En la calle Mira de Amézcua, en la acera de la derecha según se baja hacia la avenida Medina Olmos, después de la centralita de Telefónica está la tienda de las máquinas de coser Singer, el café España, el hotel Comercio (actual hotel Palacio de Oñate) y los almacenes Julián (menaje de hogar, discos, zapatería… unos grandes, grandísimos almacenes). En la acera de la izquierda: la sastrería Antonio Lechuga, zapatillas el Chicharico, la ferretería de Claudio Navarrete, la tercena de la Piedad, mercería, corsetería y géneros de punto El Paraíso, tejidos y novedades Lechuga, tejidos Bautista Martínez y confecciones Pepe Beas, haciendo esquina con la calle Tárrago y Mateos. En parte de los locales que acabo de indicar, se ubican posteriormente tejidos Troncho, la droguería de Chavarino y la panadería Antonio López.

En la placeta de los Cuchilleros está la tienda de ropa de bebé de Joaquín Ochoa, la droguería de Felipe Salas, electrodomésticos Ventura y, en el centro de la plaza, el quiosco de Salique. Dan a la placeta también tejidos Chindo y la tienda de ultramarinos de Pepe.

Seguimos por Tena Sicilia dirección avenida Medina Olmos. En la acera de la derecha, está la ferretería de Buenaventura Fernández (después conocida con el nombre de su hijo Hipólito), ropa de bebés y niños Paco Cambil, almacenes La Confianza, la droguería de José Chamorro, géneros de punto y corsetería Los Madrileños Jesús Herreros, papelería Pérez, perfumería Madrid, el acceso a la plaza de abastos, y ropa de bebés y niños Las Amapolas. Ante estos locales, el quiosco de flores de Anita la Gardeña. En la acera de la izquierda, en sentido descendente: sombrerería Pérez, Ernesto Valverde el afilaor, moda de señora y caballero Guillermo Cambil, ferretería Amézcua, tejidos y confecciones Par, sombrerería Julio, calzados Vázquez, menaje Pleximar (local ocupado después por Eléctrica Madrid) y heladería Los Valencianos, haciendo esquina con la avenida.

Volvemos sobre nuestros pasos hasta la Placeta de los Cuchilleros y tomamos la calle Tárrago y Mateos. De un lado: la ferretería de Buenaventura Fernández (después trasladada a la calle Tena Sicilia), tejidos Gázquez, calzados Lucena “La guapa”, la barbería del maestro Juan y confecciones Juan de Dios Beas (haciendo esquina con la calle Ancha). Enfrente: ultramarinos Antonio Sierra (el tío Calistro), que sigue hoy día en el mismo sitio con el nombre de “Hija de Antonio Sierra”, seguido de dos comercios que continúan en activo, si bien en otros emplazamientos, y que son Fenoy y almacenes San Juan.

Almacenes San Juan. C/ Tárrago y Mateos. Finales de los años 50. En la imagen, de derecha a izquierda, Manuel García, José García, Enrique Sánchez, Luis Matías, Jacinto Carvajal y Ramón Sánchez

Almacenes San Juan. C/ Tárrago y Mateos. Finales de los años 50. En la imagen, de derecha a izquierda, Manuel García, José García, Enrique Sánchez, Luis Matías, Jacinto Carvajal y Ramón Sánchez

Llegamos a la calle Ancha. El repaso a los comercios lo empezamos desde prácticamente el caño de Santiago. Bajando por la acera de la derecha: muebles Julián, tintorería la Rosa de Oro, eléctrica Miguel, Banco Hispano-Americano, confitería La Oriental, billares Patri, bar Dólar, ferretería La Llave (Ramón Sierra y Antonio Zurita), farmacia Abellán, géneros de punto y corsetería Los Madrileños (Manuel), administración de lotería Leonardo Rivas y confecciones Juan de Dios Beas (haciendo esquina con la calle Tárrago y Mateos). Bajando por la acera de la izquierda: la tienda de las máquinas de coser Alfa, gestoría Carvajal, bar Ramírez (ahora, estanco Ramírez), la exposición de los almacenes San Juan, electrodomésticos Espinar, confitería La Oriental, la droguería de Luis Balboa, papelería 1ºAbril, papelería Bocanegra, el zapatero remendón Chato el Doce, ferretería Fernando Cañas, Manolo Ruiz Tejidos (Borlas), tejidos Los Gómez, calzados Cruz –que sigue- y juguetería y mercería Julio Calabazas. Un poco más abajo, enfrente, ultramarinos Pepe (después se traslada a Tena Sicilia a la altura de la Placeta de los Cuchilleros; a los años, el local lo ocupa Susan, tienda de ropas de bebé), calzados Cándido –también vende levadura-, tejidos los Calpena y la farmacia de Pulido.

A la Plaza de las Palomas subimos por la pequeña calle peatonal Requena Espinar, transversal a la calle Ancha. En esa calle, están tejidos y confecciones Manolo Lomeña, tejidos Gázquez, la droguería de Abelardo Fuentes, tejidos Antonio Martínez, sastrería Monedero, géneros de confección Manolo Goben, droguería Encarna y tejidos de Los Peinado.

En la plaza, en estos tiempos de los que hablamos, hay una sucursal de La General, la pastelería Roquer, el Casino, la droguería de Juan Balboa, el estudio fotográfico de Jesús Valverde (hijo), Correos, la papelería de Andrés Jurado, relojería Garzón, la farmacia de Castro, pastelería La Oriental, la farmacia de doña Adela Fajardo, artículos de fumadores y prensa El Estebilla, el cine Acci, la perfumería Sara y la sastrería Merino (local ocupado después por Los Valencianos).

Hasta la calle Ancha accedemos esta vez por Magistral Domínguez, donde están tejidos Gregorio Ruiz y comestibles José María. Enfrente, electrodomésticos Paco Espinar (hijo de Paco Polos).

 

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