Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 31 marzo 2015

Artículo publicado en Wadi As en su edición del 28 de marzo de 2015

Bajo el capirote uno está incómodo. Mira que hacemos pruebas en casa para calzar bien el cucurucho con la pieza de tela que lo enfunda, pero no sé cómo nos la apañamos que, durante el desfile, acabamos teniendo que servirnos de una de las manos –la que no carga ni vela ni farol- pa ir o bien soltando tela hacia atrás o bien pillándola y trayéndola hacia delante, con el fin de ajustar los dos agujeros frontales a nuestros ojos, para poder ver y evitar así tropiezos y peores percances. Pero, además de este frecuente problema logístico, existen otras inconveniencias, tales como el dolor de cabeza que surge cuando la base del capirucho es especialmente dura y se hinca en la frente, la sensación de agobio sobre todo cuando fuera hace calorcillo o corre poco viento, y la dificultad para respirar a pleno pulmón, algo muy deseado cuando, por ejemplo, nos molestan las lumbares, bien por estar ya finalizando el trayecto, bien por llevar parados en el mismo sitio un buen rato, y para desentumecerse alivia bastante tomar y expulsar aire profundamente. Claro que, en verdad, estas cosillas non gratas entran dentro de esto de hacer penitencia.

También bajo el capirote uno se ve raro y no sólo porque ir con capuchón no forme parte de nuestra indumentaria habitual. Estamos tan acostumbrados a exhibirnos ante amigos, conocidos y, en realidad, ante casi cualquiera –que si con los selfies en Wassap y por Twitter, que si con las imágenes de nuestros momentos más íntimos en el perfil de Facebook o Tuenti-, tan narcisistas somos, que nos saca por completo de la piel que habitamos el hecho de renunciar a la sobreexposición vistiendo un hato de hechura básica, que nos tapa de pies a cabeza y que, además, es el mismo que el de otros muchos, quienes también, como nosotros, cubren su cara.

Bajo el capirote se siente uno distinto, privado de unas capacidades, como ésta de ser reconocido por los demás, pero provisto de otras, como poder descender más fácilmente a lo que bulle en lo más profundo de nosotros. Lo de pasar de incógnito junto a quienes nos ponen nombre y apellidos nos descoloca, nos vemos fuera de lugar, cambio de perspectiva que hace que reparemos en cuestiones importantes que quedan, sin embargo, sepultadas por las urgencias diarias. Que sí, venga, vale, que también hay ratos en los que ponemos oído a lo que susurran quienes aguardan en la acera el paso de la procesión. Pero es un pecadillo menor esto de caer en la tentación de la escucha indiscreta, de doblegarse ante tan bajas pasiones en vez de seguir imperturbables la senda de la expiación buscada –pequeña desviación contemplada en la condición misma del penitente-.

La incomodidad, la rareza, la diferencia sentidas debajo del capirote contribuyen a ponernos en situación, allanan la disposición del alma a la reflexión y al rezo. El silencio que guarda uno aumenta, asimismo, el aislamiento que se logra bajo el capuchón, circunstancias desde las que pensamos en esto y aquello: en lo que ha comentado el pichurrillo come-pipas junto al que acabamos de pasar, sí, pero también se cuela un avemaría, y un “pues a ver cómo soluciono esta papeleta”, y un padrenuestro seguido del recuerdo de la última fanfarronada del vecino, del penúltimo rapapolvo del jefe y del antepenúltimo desvelo a cuenta de los hijos, y un “¡Ay, Dios mío!” una, otra y otra vez, sí, Dios dicho e invocado muchas veces y de muchas maneras, porque es por él por el que aceptamos ir incómodos y sentirnos raros y distintos debajo del capirote. Sin tener a Dios presente durante la Estación de Penitencia, poco penitente se es, por mu tieso que llevemos el capirucho, mu planchaíca la túnica y mucho que aguante encendía la vela.

Hay muchas formas de experienciar la fe. Cada día, en lo bueno que nos ocurre y también en lo malo, incluso en esas jornadas que se van sin pena ni gloria, se nos brindan continuas oportunidades para ello. Y esta vivencia que hoy comparto de ir debajo del capirote, y que muchos de ustedes han podido o podrán experimentar en Semana Santa, es también, sin duda, una de ellas. Pensamientos, emociones y sentimientos personales e intransferibles, incontables e irreproducibles, únicos e irrepetibles.

 

Hileras de penitentes en la procesión de la Virgen de la Estrella (2010)

Hileras de penitentes en la procesión de la Virgen de la Estrella (2010)

Read Full Post »

Artículo publicado en Wadi As en su edición del 21 de marzo de 2015

 

En campaña cabe todo. No hay tiro errado. Cualquier cosa, ya sea razonada y razonable o bajuna, ya sea sesuda o rastrera, sirve en tanto contribuya a la causa, a saber, a hacerse con la poltrona de turno. La campaña que acabamos de vivir a cuenta de las elecciones al Parlamento de Andalucía no ha sido la excepción, lamentablemente. ¡Y yo, ilusa, que pensaba que iban a marcar el inicio del fin de una etapa, que ya medio habíamos llegado, políticos y ciudadanos, a la conclusión de no querer más bla-bla-bla estéril ni más descalificación gratuita y sí más propuestas realistas y factibles sobre la mesa! Pues no, naíca. Tanto que unos y otros han hablado de regeneración democrática pa luego na de na, más de lo mismo. Muy felices me las prometía yo desde mis Berlines de que iba a asistir al no-va-más de hacer política con mayúsculas y de que este punto de inflexión –motivado por el desafecto que cunde en el electorado hacia políticos y arrimados- iba a dejarse ver ya en la campaña andaluza. Pero no. Ni los partidos de siempre han hecho el examen de conciencia exigido por el desencanto hacia su gestión ni tampoco las formaciones emergentes se han sabido aplicar el correctivo que piden a los anteriores y, al final, unos y otros, han caído en los vicios de toda la vida: la ordinariez, el griterío y el vocingleo de los mítines, mensajes efectistas pero sin chicha, y ruido, mucho ruido, panorama en el que sólo pueden abrirse paso arengas demagógicas que únicamente los muy fan tienen cuerpo de digerir y apelaciones al miedo dirigidas tanto al parroquiano como al indeciso.  Pues eso. Nada nuevo bajo el sol.

No sé si lo que más se me ha repetido han sido las muletillas y coletillas facilonas, la sarta de “y tú más” y las pullitas de mal gusto de las declaraciones diarias o si el empacho me viene de los debates televisados y la flagrante incapacidad de los primeros espadas para plantear una opción de gobierno seria para una región que va necesitando ya un cambio de rumbo, más allá del toma y daca de la pelea dialéctica típica de estos formatos. El caso es que, visto el nivel, pienso en las citas electorales que quedan por venir este año y me echo a temblar. Difícil, no, dificilísimo decantarse por el/la candidato/a menos malo/a, en vez de por el/la mejor. Triste, no, tristísimo cuando la mediocridad marca el ritmo. ¿Qué valorar de él/ella? ¿Su habilidad de escapar indemne de los escándalos de su partido? ¿El  descaro con el que calla la boca del contrincante? ¿Su astucia para esquivar las preguntas comprometedoras del entrevistador?

Quizás es que no se puede sacar de donde no hay. Quizás es que las campañas, campañas son, trazo grueso puro y duro, por mucho juego limpio y discusión sosegada que se invoque. O quizás es que a nosotros nos va la marcha y, aunque de cara a la galería nos escandalizamos ante la vulgaridad y simpleza predominante en tiempo preelectoral, en verdad se nos conquista con el eslogan más bobo, la propuesta más disparatada, la puesta en escena más pintoresca. Tal vez son nuestras filias y fobias más profundas y personales las que nos hacen elegir a unos u otros. Fíjense, si no, en la evolución misma de cualquier campaña: en los primeros días se cuida más o menos lo que se dice y cómo se dice y también se citan los problemas que más preocupan a los votantes; en el ecuador, cobran protagonismo los modos y maneras de los candidatos y, en los últimos coletazos, se pierden las formas y todo acaba reduciéndose al clásico “buenos –los míos-“ versus “malos –los demás-“, pesando el verdulero sobre el estadista, el tacticista sobre el político vocacional, yéndose a la yugular del oponente sin miramiento alguno. Lo chabacano, la mordida fácil resultan finalmente más eficaces que la idea más trabajada de terminar con el paro estructural, la corrupción endémica/epidémica, las urgencias colapsadas o los déficits educativos. El trazo grueso acaba funcionando. Deberíamos hacérnoslo mirar.

Read Full Post »

Publicado en Wadi As en su edición del 14 de marzo de 2015

Once años han pasado de aquel 11 de marzo que no se me va de la mente. Grabada a fuego tengo una colección de imágenes, sonidos, impresiones de unas jornadas en las que Madrid se tiñó de muerte, tinta con la que tuvimos que escribir las crónicas de aquellos días.

Sin embargo, en este 2015, traigo al presente el año siguiente a los atentados y los homenajes que entonces se organizaron en memoria de las víctimas. Con pesar, me acuerdo de familiares de aquellas y de supervivientes engrosando asociaciones enfrentadas –distanciamiento que continúa, por desgracia, y cada cual organiza por su lado los actos conmemorativos-, de políticos en bandos que se afanaban por mostrar radicalmente opuestos, de España dividida por enésima vez. Fue entonces cuando se hizo patente el principio del fin del “todos a una” que posibilitó en su día el pacto de la Transición de la dictadura a la democracia. Con los muertos de aquella matanza apenas velados, había en 2005 más ruido mediático y rifirrafes entre los presentes que respeto público por los ausentes, que quedó reducido a ponerle un bosquecito en el Retiro y colocar unas cuantas placas aquí y allá. Desde entonces, la grieta no ha hecho sino abrirse más y más, fractura de la que también hemos participado nosotros, ciudadanos de a pie.

¿Qué nos pasó el 11-M? Nos pasaron muchas cosas por la cabeza y en muy poco tiempo. Resultado: unos señalaron a ETA, otros el bigote de Aznar en la “foto de las Azores”. Y más con las tripas que con la razón, cada cual votó desde la rabia y desde las antípodas tres días después en las Generales. La situación nos pudo y, dirigentes y pueblo llano, saldamos la cuenta de la masacre cebándonos contra unos u otros y apartando el foco de los verdaderos responsables, que no fueron otros sino quienes murieron matando por la causa yihadista, que constituye, por cierto, once años después, la amenaza actual principal para la civilización occidental, para los valores de nuestra sociedad. La magnitud del suceso cristalizó un odio que había ido ganando enteros hasta polarizar la opinión pública. Los españoles volvíamos a retratarnos como parte de un todo partido en dos. Y se hizo política –y tertulia- desde la división, en vez de desde la unión necesaria y fundamental en momentos tan delicados y difíciles como aquellos. Y desde entonces se dio por imposible un entendimiento firme y continuado en cuestiones tan importantes y perentorias como ésta de proteger la integridad nacional y los derechos constitucionales frente a quienes quieren acabar con todo esto.

¿Que tuvieron que suspenderse las elecciones del 14-M y aplazarse? Tal vez sí. ¿Que le faltó altura de Estado a los líderes políticos en los días y meses y años que siguieron? Sin duda. ¿Que nos sobró resentimiento y nos faltó entereza para manifestarnos juntos contra el terror? Por supuesto. Pero de nada sirve lamentarse por lo que pudimos hacer y no hicimos. Toca mirar hacia adelante. El pulso de los yihadistas sigue echado y serán muchos los bretes en los que nos pongan. Ahora que el enemigo exhibe impúdicamente su implacable poder de destrucción, sí que parece que empezamos a verle las orejas al lobo y poquito a poco a espabilar y a poner a cada cual en su sitio. Así, comienzan a leerse y oírse planteamientos, bastante bien argumentados, sobre lo que en verdad pasó y nos pasó aquel 11 de marzo, sin que una marea de críticas les impida abrirse hueco en la opinión pública y publicada, tal y como ha estado sucediendo años atrás cuando alguien pedía llegar hasta el final en las investigaciones y exigir poder ponerle nombre y apellidos a quienes planearon y financiaron el 11-M. Los incondicionales de cada extremo –tanto los que siguen viendo la mano de ETA en la  preparación del atentado, como los que tildan a Aznar de “asesino”- nunca abandonarán el sinsentido de sus postulados. Pero la urgencia de buscar la manera de afrontar este desafío que plantean quienes matan y extorsionan en nombre de su dios, nos obliga al resto a hacer autocrítica, a tener claro quiénes son las víctimas y quiénes los verdugos, a estar abiertos al debate y, desde luego, más receptivos ante las medidas extraordinarias que tengan que tomarse.

Read Full Post »

Artículo publicado en Wadi As en su edición del 7 de marzo de 2015

Parece que están de moda las “superwomen”, las mujeres que lo pueden llevar to pa’lante y presumen, además, de hacerlo sin apoyos y, encima, rozando la perfección. Por si eran pocos y poco pesados los cometidos que tradicionalmente se han asociado a las mujeres –y de los que ha costado tanto desmarcarse-, ahora, además de esos, debemos asumir roles relacionados a los hombres. Es decir, que en vez de optar por que la mujer decida cómo, cuándo y con quién va a repartirse qué tareas, en vez de garantizar el acceso y disfrute de derechos y oportunidades sociales en pie de igualdad para mujeres y hombres, poniendo en marcha los recursos necesarios para tal fin, el tinglao se ha montado de tal manera que no nos quede otra que ser lo uno y lo otro: todo al mismo tiempo. En este nuevo estado de las cosas –que, por cierto, sigue diferenciando roles por géneros y catalogando responsabilidades como propias de hombres o de mujeres, craso error de partida que denota poco avance en la materia-, volvemos a quedarnos las mujeres con bastante poco margen de maniobra y menor poder de decisión, ya que se nos obliga a seguir un único camino, una sola forma de funcionar, la de las “superwomen/supermujeres”, y esto implica llegar a un nivel y, si no lo alcanzamos, venimos a ser una especie de medio-mujeres, desde luego no mujeres del siglo XXI.

Y yo me pregunto si estamos dispuestas a consentir esta nueva imposición erigida sobre unos supuestos superpoderes que se nos atribuyen y, según lo cual, podemos atender sin problema la casa, los niños, la pareja, el trabajo, las aficiones personales, las gestiones del día a día y, encima, hacer todo esto solitas y con sonrisa de oreja a oreja. Creo que nos equivocamos muy mucho, queridas mías, si toleramos semejante barbaridad. Tan fuera de lugar está la maternidad como única opción posible para la mujer, como dar por cierto el cliché de ejecutiva agresiva sin vida privada, el de devora-hombres sin voluntad de arraigo sentimental y, por supuesto, también este mix de paridora de críos, enfermera, contable, auxiliar de geriatría, amante, limpiadora, maestra, aprovisionadora de víveres… –ocupaciones todas ejercidas casi a diario a jornada completa, aparte de los deberes laborales con los que haya que cumplir-, y que, como los otros “modelos de mujer”, se ha instaurado sin previa consulta. Esto, lejos de liberarnos, nos sobrecarga, nos frustra si no se llega al 10, éxito que se nos presupone dadas las supercapacidades que en teoría tenemos.

Total, que las mujeres debemos demostrar más de lo que cada cual es para, al menos, poder mostrarnos… un coste muy alto el que pagamos por dejar de ser invisibles, situación injustísima que nosotras mismas, con todo esto de las “superwomen”, retroalimentamos precisamente al querer mostrarnos todoterreno, multifunciones, todopoderosas, incansables al desaliento, en esa demostración de poder y poderío respecto a los hombres. Resultado: el colapso.

¿Qué hacer? Pues plantarse y no pasar por el aro. Estamos en nuestro derecho de decidir no ser unas supermujeres y es nuestro deber combatir cualquier sentimiento de pena o resignación que pueda generarse si vemos que no encajamos en lo que cuentan otras mujeres sobre la ausencia de vaivenes emocionales durante la adolescencia, de juventud sin complejos corporales ni presiones estéticas, de menstruaciones sin molestias, de matrimonios/vidas en pareja sin altibajos, de embarazos “a la primera”, de partos sin complicaciones, de pospartos de rápida recuperación, de lactancias agradables, de reincorporaciones fáciles al mercado de trabajo tras el parón maternal. Personalmente desconfío de estas historias intachables y de las “supermujeres” que las protagonizan. A éstas y a todo lo que nos presione, agobie, angustie, tenemos que decir “basta”. Nuestra fortaleza no será mayor cuantas más tareas asumamos, sino que radicará en mostrar que somos dueñas y señoras de nuestras decisiones, en que cada una de nosotras, desde su individualidad y en pleno uso de la libertad, marque su ruta, defina por sí misma su sitio en el mundo, ponga su “hasta aquí quiero llegar” donde le plazca. Que quede garantizado poder hacer esto es lo que debemos reivindicar el 8 de marzo*, es por lo que tenemos que luchar cada día de nuestra vida.

 * Este artículo se suma a la campaña lanzada desde Naciones Unidas con motivo del Día de la Mujer, que este año lleva por lema “Empoderando a las Mujeres, Empoderando a la Humanidad: ¡Imagínalo!“. En palabras de la propia organización internacional, este eslogan “recrea un mundo en el que cada mujer y cada niña puede escoger sus decisiones, tales como participar en la política, educarse, tener sus propios ingresos, vivir en sociedades sin violencia ni discriminación”.

housewife-23868_640

 

Read Full Post »

Publicado en Wadi As en su edición del 27 de febrero de 2015 

¿Tan aciago es nuestro presente continuo que andamos siempre enredando con eso del más allá? Choca que las voces de ultratumba sean lo que nos vaya a alegrar el día, pero a los hechos me remito y, cuando sale a la luz algún caso de casas encantadas, no me puedes negar que el asunto no invite a tertulia hasta con el vecino malafollá. Incluso te haces el encontradizo con la cotilla a la que evitas en circunstancias normales. Que sí, que gusta el folcloreo ultramundano más que a un tonto un lápiz. ¡Como si en el más acá no hubiera motivos suficientes para chillar de espanto! Quizás sea precisamente por eso, esto es, por un exceso de berrinches pedestres, por lo que nos falta tiempo para perder éste, el tiempo, con mejunjes de supuestas propiedades mágicas –vendidos con la etiqueta de “medicina alternativa”-, con terapias más cercanas a la mano milagrera de los curanderos de pueblo que de las batas blancas de laboratorio/hospital, con vendedores de humo metidos en política. Vamos, pa’ echar a correr y no parar ni un segundo.

Ni una caterva de zombis hambrientos pisándonos los talones asustan tanto como los tremebundos efectos de una crisis que no es sólo de parné. El espíritu es la parte débil de esta historia; es lo que más se resiente. ¡Estos, los nuestros, sí que son espíritus resentidos, y no los que dicen buscan saldar cuentas con los vivos y se cuelan a través de la güija! ¡Más corpóreo que el crujío de tripas cuando el buche no está contento! ¡Más carnal que el tembleque que da el no saber de dónde sacar dinero pa’tanto pago pendiente! Pero no. Pese a ser tan fuertes y persistentes las señales del acabose que vienen del más acá, preferimos pensar en el más allá y en maldiciones y malas suertes ajenas al mundo que tocamos y pisamos, tentándonos más las historietas de vampiros salidorros, hombres lobo metrosexuales y diablos que visten de Prada.

Como muestra de esto que cuento está el relato de los hechos de más de un testigo directo de algo tan terrenal, terráqueo, térreo como el terremoto que, con epicentro en Ossa de Montiel, se ha dejado sentir días atrás en el centro de España. Algunos de los testimonios que hemos podido leer delatan cómo lo inexplicable sobrenatural es lo primero que viene a la cabeza. Describiendo aquellos momentos de temblor, ha habido quien ha hablado de “perros ladrando al misterio”, de gorros y sombreros colocados en la pared que “tomaron vida ellos solos”… lo esotérico, lo paranormal, en definitiva, como respuesta automática ante una situación extraordinaria sobrevenida. Así las cosas se explica que, de lo más leído sobre el seísmo, haya sido la historia del enterrador de Ossa que se encontraba cavando una tumba justo cuando tuvieron lugar los temblores y el consiguiente mal rato que pasó viendo vibrar el panteón de enfrente. El morbillo apocalíptico nos puede. Semos asín.

Claro que, como antes apuntaba, dado el panorama existente, es normal que se nos dispare el automático y que rápidamente huyamos a lo fantasioso para escapar lo antes posible de la tétrica realidad. Para experiencia de terror, el reciente Debate sobre el Estado de la Nación, en el que las ideas de regeneración brillaron por su ausencia, en el que sobraron por su presencia los típicos rifirrafes en un triste parlamento donde hubo poca palabra bien dicha. Desde luego que, con esta actitud, ni estos políticos ni los que esperan turno en el banquillo nos van a sacar de la crisis tan bestia que padecemos. Con hondo pesar –que ya quisieran para sí las almas en pena de las psicofonías- recibimos los expatriados todas estas noticias, que enfrían nuestras expectativas de regreso. Vamos, que tenemos purgatorio pa´rato.

En resumen, que puedo entender que, precisamente por lo terroríficas que son las señales del más acá, haya tanto compatriota entregado a la causa del más allá, pero no comparto este recurrente recurso a lo irreal, a la charlatanería, a la superstición. Es más bien tener los pies en la tierra lo que hace falta para cambiar las cosas. Dosis de realidad por un tubo.

Read Full Post »