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Archive for 24 abril 2015

Publicado en Wadi As en su edición del 18 de abril de 2015

El primer libro de cuya lectura tengo un recuerdo más o menos nítido era uno finito y con ilustraciones que recopilaba una veintena de poemas de Gloria Fuertes bajo el título de “Piopio Lope, el pollito miope”. La portada era azul y se veía en el centro al susodicho pollito subido en un cascarón de huevo, navegando por un mar embravecido. Lo que, por más bromas que humoristas patrios hayan hecho de la autora, nadie le puede quitar es ni un ápice de mérito, pues recurrió a la poesía, género literario que tanta maestría precisa, como lenguaje con el que compartir su mundo de fantasía ni más ni menos que con los niños, público exigentísimo al que no le vale cualquier cosa. No sé hasta qué punto la señora Fuertes fue “culpable” de mi afición a la lectura, pero desde luego que algo tuvo que ver cuando uno de sus libros es el primero de otros muchos, muchísimos que le han seguido. Ahora que a mis espaldas cargo con treintaytantas primaveras, me doy cuenta de la enorme valía de esta poeta que, con palabras fáciles de pronunciar y comprender, con rimas pegadizas y musicales, era capaz de plantear situaciones, imposibles y absurdas para los adultos, sorprendentes y divertidas para los críos.

Tras Piopio Lope vinieron más libros de Gloria Fuertes, otros tantos de Barco de Vapor, cuentos de los hermanos Grimm y Andersen, clásicos de la literatura adaptados para pequeños lectores, los primeros “poemas poemas” de Neruda, Quevedo, Darío, etc. analizados en el colegio con la seño Lourdes… y en primero de BUP con Justo descubrí con “El perfume” cómo alguien puede ser a la vez despiadado y sensible, y en tercero con Mari Carmen Padilla nos empapamos tanto de Cervantes que hasta llegamos a escenificar uno de sus entremeses, y en COU Maruja nos ayudó a descifrar “Poeta en Nueva York”, poemario lorquiano complejo y profundo. Y en la facultad tuve unas pocas asignaturas que brillaban con luz propia frente a la mayoría –tostoneras totales-, y que incluían en el temario lecturas interesantísimas, algunas de las cuales recuerdo con cariño y agradecimiento, como las propuestas por Pedro Sorela en Redacción Periodística de segundo: la redención perseguida en “Los miserables”, de Víctor Hugo, la aproximación al horror nazi en “Si esto es un hombre”, de Primo Levi, y las reflexiones sobre la vida y la escritura de Rainer María Rilke en “Cartas a un joven poeta” son algunas de ellas. Y, en paralelo/sucediendo a la literatura disfrutada en las aulas, estuvo/está la que llega porque sí, la que encuentra uno en tomos antiguos en casa de los abuelos, con la que se reencuentra uno años después de la primera leída, la que te regalan, la que te recomienda el bibliotecario, la que te presta una amiga, la que inspira el guión de una peli fascinante, la que se compra por fascículos, la que se consume en archivos de audio, la que se escucha en un recital poético…

Y todo este historial lector me lleva a concluir que, más que placer y entretenimiento, la lectura lo que da es la oportunidad de transitar por tantos caminos como tramas contienen los libros y como veces vuelva uno a revivir las tramas de tales libros. Porque los libros te ofrecen la posibilidad de meterte en otra piel, de sentir de otra manera distinta a la tuya y, además, cuando a ti te apetezca. De su mano tienes la magnífica ocasión no ya de viajar a otros mundos, sino de ver el mismo mundo desde múltiples puntos de vista diferentes, de alcanzar una misma meta por muy diversas rutas; por eso un libro nunca se agota y de él aprenderás tantas cosas como veces lo leas. La lectura no es tanto el pasaporte a mil millones de universos, como la invitación a construir mil millones de caminos que están ahí esperando a ser trazados conforme vayas avanzando en las historias que plantean. Hagamos consciente este hacer camino al leer que emprendemos cada vez que dejamos de habitar nuestras vidas para enfundarnos en las que nos brinda la lectura.

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Artículo publicado en Wadi As en su edición del 11 de abril de 2015

Si bien en España se oye lo de “febrero loco”, el mes del calendario berlinés que merece tal apelativo es abril. Y tanto. Llevamos apenas un puñao de días y ya han dado buena muestra de ello.  No me refiero ya a que la primavera –que, ilusa yo, como buena mediterránea que soy, asocio con el calorcito y el terraceo- sea fresca –tanto que no sé si, acaso, más que de “primavera” deberíamos hablar de “invierno cálido”-. Es que en una misma tarde bien puede salir el sol, que después caer una granizada y seguirle unos cuantos copos de nieve. Así las cosas, lo que no me explico es cómo las plantas no se plantan, cómo las centrales sindicales del mundo natural no llaman a la huelga y se rebelan ante el sindiós que nos gobierna. Y estando yo padeciendo esta locura meteorológica que me tiene el cuerpo dislocao, me ha dado por pensar en otro desgobierno, y es el que rige hoy día las relaciones sociales y laborales. Será tal vez por imitación de los patrones locos, loquísimos que a veces sigue la Pacha Mama –como bien está mostrando en su arranque de temporada, al menos en la capital alemana-, el caso es que en la forma que tenemos de funcionar en el trabajo, en el reparto de tareas en una asociación o en la misma familia, encontramos ejemplos que distan de la perfección y sabiduría que solemos atribuirle al procedimiento natural en el que se inspiran –y que, a veces, a los hechos me remito, no es tal ni tan así-.

No hay más que reparar en lo habituados que estamos a actuar a golpe de ocurrencia, a merced de la improvisación. Que sí, que no es nada raro que el que nominalmente aparece como jefe en el organigrama, pero que para nada actúa como tal, deje de tomar decisiones a  tiempo, de dotar de contenido las reuniones y de calendarizar las ejecuciones de objetivos –por citar tres problemas recurrentes en el trabajo en grupo-, para dejarlo todo en manos de la eventualidad, del subidón de adrenalina –y exceso de cafeína- de sus subordinados ante la –lógica y normal, ante tal panorama- pillada de toro, y de unas imprevistas dificultades sobrevenidas que ni él ni cualquier otro mortal habría sido capaz de ver venir –al menos así se justifica-. Lo gracioso del asunto es que esta manera imposible pero desgraciadamente común de trabajar trasciende fronteras –no, señores, no es un mal exclusivo español; en todos sitios cuecen habas-, sectores económicos –empresa pública y privada- y  ámbitos –institucional, universitario, asociativo-. Vamos, que está por todas partes. No sé, por tanto, si acaso esto no sea signo de los tiempos que vivimos, en los que nada absolutamente nada nace con visos de permanecer.

Quizás esto explique la rapidez con la que varían las prioridades –lo que ayer era de máxima urgencia, hoy no merece ni medio comentario- y con la que cambian los criterios –lo que ayer era válido, hoy ocupa un lugar secundario, si es que lo hace- y, en el mismo orden –más bien desorden- de cosas, sitúo también el poco valor que damos a la palabra dada, lo frecuente que es el “donde dije digo”. Y me pregunto cómo demonios puede sostenerse una gestión de gobierno, un ideario político, una idea de negocio, un proyecto de familia, una relación sentimental o afectiva, sobre pilares tan poco pilares, tan volátiles, sobre arenas tan movedizas. Sí, claro, siempre que todo eso lo hagamos depender de la espontaneidad, de la arbitrariedad, de la variabilidad, de una chispa de ingenio… así nos va.

Cierto, ciertísimo que la crisis nos ha hecho sacar de la bolchaca recursos para la supervivencia y que, entre ellos, el más socorrido es el de estar abiertos a todo, ser flexibles, receptivos y adaptarnos a lo que vaya surgiendo, que nos ha obligado a salir del camastroneo de la época de bonanza. Pero sin principios claros mantenidos en el tiempo, sin metas fundamentadas en un recorrido estructurado y sin los pies en la tierra, la genialidad -o no- que podamos tener  puede devenir en locura… como este abril berlinés loco, que, de durar todo el año, no habría Pacha Mama ni cuerpo serrano que lo aguantase.

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