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Archive for 28 mayo 2015

Publicado en Wadi As en su edición del 23 de mayo de 2015

Teníais que haber visto la cara de una y la de la otra. La de una tensa, la de la otra relajada. Una gastando morro apretado, ojos acusadores, gesto serio para donde fuese que dirigiera la vista. La otra mirando al frente, en realidad a ningún sitio, perdiendo sus pensamientos –lo más seguro- en eso o aquello, no importaba, y tan impasible ademán contagiaba su rostro de una llamativa quietud. Tanto llamaba esto la atención como los tatuajes que su camiseta ancha y desgastada dejaba ver en sus brazos, que conocieron tiempos mejores, cuando la lozanía propia de la juventud mantenía tersa una piel que con los años ha dado de sí, de manera que no sabría deciros si el motivo tatuado era una enredadera vegetal o si se trataba de alguna palabra o frase en árabe, o acaso de una silueta. Bien es cierto que no estaba lo suficientemente cerca de ella como para verlo al detalle, no tan cerca, desde luego, a como estaba la otra a la que me refiero, que la ha tenido en su punto de mira, al menos, durante el trayecto en bus que he compartido con ambas.

Serían las dos de la misma quinta y ¡madre mía qué distintas eran!, y no lo digo ya porque una llevara la melena teñida cortada a lo Merkel y la otra luciera su pelo canoso recogido en una trenza hasta la cintura ni por los mocasines beis de cuñilla de una y las botas negras de punta redonda y suela basta de la otra ni por los pantalones de corte recto color crema de una y los vaqueros apegadísimos de la otra ni por el conjunto de blusa y rebeca de lana de una y el chaleco de cuero de la otra. Vamos, no sólo. Lo digo también porque detrás de tan contrapuestos atuendos hay estilos de vida diferentes y muy diferentes formas de disfrutarla.

Por mucho que Berlín sea una ciudad donde uno puede salir a la calle como un mamarracho sin que nadie se escandalice por ello, el choque entre lo convencional y lo extemporáneo también existe y, por consiguiente, la murmuración a cuenta de las pintas y de la alegría con la que “el/la pintas” exhibe palmito.  Y, como en España, se puede uno topar con quien va a por el pan en pijama y con quien lo primero que hace al levantarse por la mañana es alicatarse el careto con ciento y mil potingues. Y, por supuesto, como en cualquier otro lugar del mundo, hay siesos criticones y hay pasotas despreocupados y esto, que es cuestión de carácter, no entiende de años ni de nacionalidad. Porque allí bajos, aunque más campechanos y dicharacheros, tenemos mucha tontería con esto de las apariencias, que parece que si no vamos de punta en blanco es que no somos nadie que merezca la pena. Y, de hecho, las miraditas que la vieja rancia le ha echado a la vieja rockera yo ya las tengo vistas y siempre que he presenciado un pisteo desaprobador como ese al que acabo de asistir me pregunto que tal vez lo que hay detrás de tan censora actitud no es sino mucha envidia. Envidia hacia el otro no ya por haberse atrevido a ir de tal guisa, sino por hacerlo sin complejos y con total naturalidad. Y es que esto de hacer de su capa un sayo, este vivir a la manera que cada cual estime oportuno, no es algo de lo que pueda presumir cualquier hijo de vecino, igual que cuesta horrores pronunciarse abiertamente sobre cuestiones morales, sobre la creencia religiosa que se profesa o sobre la opción política escogida, cuando éstas no son la elección de la mayoría. Y, en verdad, creo que nos haría mucho bien cambiar el chip al respecto y no ya dejar de juzgar el contenido por el continente –que también-, sino transformar la envidia o la codicia que nos lleva a descalificar al otro, en esa fuerza que nos ayude a conseguir el cambio envidiado o codiciado. Al menos no se nos agriaría el ánimo ni cebaríamos las frustraciones que invitan a poner verde a quien no se ajusta a lo estándar, como si en esto consistiera ser feliz.

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¡Qué grande es Joe Cocker! Y lo es por la sencilla razón de ser el único que ha logrado convertir las versiones que ha hecho de otras canciones, en “sus” canciones, diluyendo casi la autoría de quienes las compusieron. Pena que no viva taitantos años más para seguir versionando y deleitándonos con su gran maestría y mejor voz. Como prueba de ello, comparto a continuación estos tres vídeos.

First we take Manhattan” (de Leonard Cohen). De esta versión no alabo tanto la personalidad que le aporta a una pieza que lleva el sello de otro fenómeno musical como es el gran Cohen, como el mero hecho de haberse atrevido con una canción del artista canadiense. ¡Olé tus tripas, Cocker! Aparte que el producto resultante es bastante bueno.

 

Sorry seems to be the hardest word” (de Elton John). Personalmente prefiero escuchar esta canción en boca de Cocker, sin el toque nasal de John. Prefiero el movimiento de Joe con el que quisiera sacar toda la energía para hacer su voz aún más desgarradora, que las pintas estrafalarias de Elton sentado al piano. Pero es cuestión de gustos, claro está.

With a little help from my friends” (de Los Beatles). ¿Cómo, que esta canción es de los escarabajos ingleses? ¿Acaso no era de Cocker? Sí, exacto, este caso tira por tierra el dicho ese según el cual cualquier versión que se haga es incapaz de superar o mejorar la original. Pues va a ser que no.

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Publicado en Wadi AS en su edición del 2 de mayo de 2015

Lo que leo estos días sobre el hallazgo de posibles restos de unas termas en la placeta del Conde Luque, lo que leo de nuevo sobre el teatro romano encontrado en la que fuera huerta de los Lao, me ha llevado a esto, eso y aquello, a tres reflexiones que comparto a continuación con ustedes al hilo de lo que la tierra accitana ha mantenido escondido durante mucho, muchísimo tiempo, y que ahora sale a la luz.

La primera cosa que me ha dado por pensar es si esto no deberíamos considerarlo como el aliciente definitivo para tomar conciencia, de una vez por todas, de la valía de Guadix, dado el rico poso que han dejado tras de sí los diversos pueblos -y sus diferentes culturas- que la han habitado. Esto, señoras y señores, no es algo de lo que pueda presumir cualquier municipio. Es un privilegio que lleva aparejada, eso sí, una obligación, pues se necesitan ciudadanos a la altura de las circunstancias: no podemos permitirnos el lujo de quedarnos de brazos cruzados. Pero no podremos poner en valor el patrimonio local si desconocemos su historia; no podremos sentir orgullo por algo sobre lo que tenemos tan solo una ligera idea. Acerquémonos, pues, a la historia de Guadix, escrita en libros, pero también conferenciada en charlas. Acerquémosla, desde los medios de comunicación, al público general. Acérquenla, maestros y profesores, a sus alumnos.

Segunda reflexión. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que nuestros políticos están en campaña ante las municipales, no estaría mal recordarles que aspiran a gobernar por y para el pueblo. Estimados políticos, la gente les vota a ustedes y el programa con el que se presentan. Nos importa muy poco que, para llevarlo a cabo, tengan que romper la disciplina de partido o enfadarse con superiores “intocables”. Sé que es predicar en el desierto pedirle a sus partidos que dejen de utilizar las instituciones para torpedear o acelerar la ejecución de tal o cual proyecto en tal o cual sitio en función de su signo político. Pero no puedo no decirlo. Piensen, al menos por un momento, que de esas batallitas patéticas sale perdiendo el pueblo y los votantes a quienes se deben. Ustedes, que tendrán la posibilidad de gobernar, ustedes, que ejercerán de oposición, podrán emprender ese plan –o estrategia o como quieran llamarle- que impulse definitivamente Guadix y lo sitúe donde le corresponde. En sus manos está que el teatro romano reciba todos los fondos que sean precisos para esa puesta en valor que lo coloque en el mapa cultural internacional. Muevan Roma con Santiago y busquen una salida para la Alcazaba, cuyo deterioro es galopante. Agilicen la recuperación del casco histórico, tema que, desde que me conozco, ha estado presente en el rifirrafe político. Hagan el favor de mirar por Guadix y sus intereses –me refiero a los de Guadix, no a los suyos personales-.

Sobre el turismo va mi tercera reflexión. Hay ciudades con la décima parte del patrimonio y solera de Guadix que, sin embargo, aparecen en las guías con tanto o más espacio que el que  Guadix ocupa. En gran medida se trata de aguzar el ingenio y sacarle lustre a lo ya existente. A veces se trata de un eslogan pegadizo, o de un suvenir llamativo, o de una web turística atractiva por la que sea fácil navegar.

Por supuesto que Guadix merece ese “museo de la ciudad” –que parece que arranca por fin- que recorra su historia, que muestre sus costumbres a través de textos, fotos, enseres, archivos de audio, vídeos. Pero por qué no también un museo del cine, o del Cascamorras, o de oficios tradicionales, o del bordado. Por qué no subirnos al carro del turismo gastronómico tan en boga –Guadix y su repostería tan fina, su pan, sus churros-tejeringos tan particulares, sus contundentes guisos de cuchara con productos de matanza, el melocotón de la comarca…- o del “turismo verde”, mejorando y señalizando las rutas que ya los accitanos aficionados al senderismo conocen y promocionándolas en ese mundillo. Las opciones son infinitas. Y muchísimas más propuestas pueden surgir y plantearse y ponerse en marcha siempre y cuando haya voluntad de llegar a acuerdos y de unir fuerzas.

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Artículo publicado en Wadi As en su edición del 25 de abril de 2015

Cuando el pañal no logra absorber lo suficiente y empapa y ensucia la ropa que acabas de ponerle limpia –habitual secuencia de hechos-, paciencia. Cuando te vacía los armarios y dispersa el contenido por el suelo de toda la casa, paciencia. Cuando vuelca el cuenco de comida, paciencia. Cuando vuelve a hacerse pis encima, ahora que creías que ya tenía el asunto superado, paciencia. Cuando se enferma justo en esa semana tan decisiva en el trabajo, paciencia. Cuando, pese a que le has explicado lo importante que es respetar los animales y las plantas, va y se pone a jugar con la tierra de la maceta en la que habían empezado a salir brotes de las semillas que con tanto celo has estado cuidando, paciencia.  Cuando, a hurtadillas, ha conseguido hacerse con uno de los botines más preciados de la casa, la caja de bombones, y tú esto lo averiguas por el rastro de chocolate que ha ido dejando en las cortinas, en el albornoz, en los cristales… paciencia.

Y, oído de otros padres: también paciencia cuando te dice que ha estado con tal y cual en tal sitio y sabes que miente. Y también paciencia cuando, limpiando su cuarto, descubres entre sus cosas, cosas que piensas que no son para alguien de su edad. Y también paciencia cuando, estando limpiando su cuarto y tras haber visto lo que no te hubiese gustado en absoluto ver nunca, te das cuenta de lo poco que conoces a este/a chaval/a que habita la habitación de tu hijo/a y lo poco que reconoces tu impronta en sus lecturas de mesita de noche, los póster de las paredes, las ropas del perchero. Y también paciencia cuando la ves que no sabe para dónde tirar, a qué dedicarse el día de mañana. Y también paciencia cuando le oyes hablar de “asuntos de adultos”, pero razona aún como un crío.

Y, escuchado de otros padres: también se precisa mucha paciencia cuando te echa en cara por qué no le habías hecho ver que el novio que tenía no le convenía, por qué no lo disuadiste de estudiar esa carrera que tan pocas salidas efectivas tiene, por qué te sientes incómodo/a con la vuelta a casa de ese/esa que tanto mundo se iba a comer y resulta que la realidad se ha ido comiendo sus aspiraciones. Mucha paciencia cuando te toque echarte al lomo las frustraciones de los retornados al nido familiar, o salir a buscar hasta debajo de las piedras el euro que no hay y que necesitas para evitar que el banco embargue tu casa, con la que avalaste a tu hijo cuando puso en marcha un negocio que quebró al poco de arrancar. Y, al final, y engarzando hasta el fin tantas y tan diversas situaciones que plantea la vida, llega uno a la conclusión de que, como padre o madre, pasa sus días entrenándose en el arte este de tener paciencia, materia que no acaba uno de aprobar cuando es nominado para abandonar este mundo.

Y es que los hijos nos ponen en tantos bretes y tan de continuo que es harto complicado mantener temple y tipo. Y que, para ejercitarse en el oficio y no rematar el día requemao, no nos queda otra –y esto también me lo han comentado madres  y padres más experimentados- que ver de dónde sacar fuerzas extra para afrontar el desafío cuando no basta el cariño inmenso que sentimos por nuestros vástagos. Yo he dado con lo que puede ser un filón interesante –el tiempo dirá- y es utilizar el anti-ejemplo como acicate para hacer bien las cosas. Así, ayer asistí en el metro a un espectáculo lamentable, el de una mujer que, delante de sus hijos, y ante el retraso que llevaba el tren, no tuvo mejor respuesta ante la demora del servicio que ponerse a soltar improperios y palabrotas y hacerlo, además, a grito pelao. Pero entre los presentes no encontró quien le diera la razón, aunque todos estuviéramos tan enfadados como ella por el contratiempo. Imposible empatizar con semejante basilisco. El hecho de imaginarme como protagonista de la escena me causó tanta repulsión que usaré tal estampa como tarjeta de advertencia cuando esté a punto de perder los papeles.

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